Se cumplen 50 años del “evento musical más importante de todos los tiempos”… y todos los que lo vieron cabrían en la Casita de Bad Bunny
El 4 de junio de 1976 los Sex Pistols dieron en Mánchester un concierto, ante un puñado de miembros de la incipiente escena local, que cambiaría el rumbo del rock



Madrid – 03 JUN 2026 – 23:30ACTUALIZADO:04 jun 2026 – 02:12 AST
Cuando decenas de miles de personas acuden cada noche a ver a Bad Bunny en Madrid y comparten millones de vídeos que inmortalizan cada gesto del artista, resulta extraño pensar que tal día como hoy, hace exactamente 50 años, se celebró un concierto que presenciaron probablemente menos personas que las que perrean cada noche en la Casita de la estrella puertorriqueña, pero que pudo cambiar la música popular para siempre. Un bolo recreado en al menos dos películas (24 Hour Party People y Control) y elegido por la revista NME como “el evento musical más importante de todos los tiempos”. Hablamos del concierto de los Sex Pistols el 4 de junio de 1976 en el Lesser Free Trade Hall de Mánchester.
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Media población boomer de esa ciudad del norte de Inglaterra asegura haber asistido a aquel concierto seminal del punk. Pero, como apunta David Nolan en I Sweare I Was There (Juro que estuve allí), libro canónico sobre aquel concierto, resulta relativamente sencillo despejar uno de los grandes misterios de la historia del rock: ¿cuánta gente acudió a ver a unos chavales casi desconocidos de Londres aquella calurosa noche de viernes en Mánchester? Según los archivos municipales de la ciudad, la venta de entradas generó un total de 14 libras. A 50 peniques que costaba cada entrada, se vendieron por tanto 28 tickets. La confusión y el baile de asistentes obedece, en parte, a que hubo otro concierto de los Pistols unas semanas después en la ciudad, de modo que el selecto club de espectadores que la leyenda ha situado en aquella sala, entre ellos Bernard Summer y Peter Hook (Joy Division y New Order), Morrissey (Smiths), Marc E. Smith (The Fall), Tony Wilson (Factory Records), se repartieron probablemente entre las dos fechas.

Lo que se sabe es que quienes trajeron a los Pistols a aquella sala fueron Peter McNeish y Howard Trafford, dos chavales de Mánchester hartos ya del glam rock que escuchaban en la universidad. En una ciudad del norte como la suya, la manera de enterarse de algo de lo que se cocía en Londres era la prensa musical británica, que aplicaba las hiperbólicas enseñanzas de Fleet Street a la cultura popular. Leyeron el 18 de febrero de 1976 en el NME una reseña, firmada por Neil Spencer, sobre el grupo que había teloneado a Eddie and the Hot Rods en el Marquee londinense. Contaba que hicieron una versión de The Stooges (No Fun) y que cuando alguien del público les reprochó que no sabían tocar, uno de la banda les respondió: “¿Y qué?”. El artículo hablaba de sexo, violencia y anarquía. “Lo nuestro no es la música, es el caos”, decía el grupo.
Aquella reseña les cambió la vida, y también el nombre. Pasaron a llamarse Pete Shelley y Howard Devoto y empezaron a intuir que había un camino para el grupo que estaban montando y que se llamaba The Buzzcocks. Tenían un coche de un compañero de piso a su disposición ese fin de semana y se fueron a Londres a ver a los Sex Pistols. Los vieron en directo el 20 y el 21 de febrero y, preguntando por su manager, les dirigieron al 430 de King’s Road, donde Vivienne Westwood y Malcolm McLaren llevaban la boutique Sex, alrededor de la que revoloteaba el incipiente punk londinense. Lo demás es historia.
El 4 de junio Johnny Rotten, Steve Jones, Glen Matlock y Paul Cook, los Sex Pistols, ofrecieron en la pequeña sala situada en el piso de arriba del Free Trade Hall el que quizá fue el más importante de los 124 conciertos que dieron antes de estallar en directo el 14 de enero de 1978 en el Winterland Ballroom de San Francisco, en una actuación que simbolizó la muerte oficial de la era original del punk.

Lo cierto es que la epifanía que experimentaron los componentes de las cuatro bandas de Mánchester (Buzzcocks, Magazine, Joy Division y The Fall) a las que transformaron los bolos de los Pistols en la ciudad fue más estética o filosófica que musical. No reprodujeron su sonido, pero sí su actitud. Aquella noche de hace 50 años los Pistols rompieron la tradicional relación entre el público y la banda. No se trataba de contemplar el virtuosismo ni una elaborada puesta en escena. Mostraron un camino directo para cualquiera que quisiera expresar su descontento. Ahí nació una nueva forma de entender el rock, que acabó moldeando décadas de música anglosajona y, por extensión, de todo el mundo.
Pero aquel concierto también habla de la creación de los mitos. Sedimentos de verdades y mentiras que se asientan durante décadas. Lo único que queda del concierto es un póster casero, un poco de película en super 8, algunas fotos y una entrada en la que, por cierto, pone por error que el año es 1076. Cincuenta años después —aunque parezcan 950, como dice la entrada— el pop sigue creando mitos. De Johnny Rotten a Bad Bunny, de Vivianne Westwood a Marta Ortega. Los periodistas, por nuestra parte, seguimos empeñados en encontrar “el evento musical más importante de todos los tiempos”. Pero esta vez, reduciendo considerablemente el espacio para la leyenda, lo contemplan cientos de miles de ojos en vivo y decenas de millones en las pantallas de sus móviles.
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