La gente de “la Isla” y de los “pueblos pequeños”: regionalismo, lenguaje y capitalcentrismo en Puerto Rico
“Mucho gusto, soy de la Isla”, proclaman Los Pleneros de la Cresta en una plena que convierte en motivo de orgullo aquello que tantas veces ha sido pronunciado como una forma sutil de menosprecio…


Dr. Carlos I. Hernández Hernández
“Mucho gusto, soy de la Isla”, proclaman Los Pleneros de la Cresta en una plena que convierte en motivo de orgullo aquello que tantas veces ha sido pronunciado como una forma sutil de menosprecio. En la canción, una pregunta aparentemente inocente en una clase en la Universidad de Puerto Rico, acerca del lugar de procedencia deja al descubierto una geografía desigual: hay quienes parecen hablar desde el centro del país y quienes, por vivir más allá del Área Metropolitana de San Juan, deben explicar de qué pueblo vienen, como si habitaran una periferia remota y casi desconocida. Pero el canto invierte la mirada. La Isla no es el territorio que comienza cuando termina la capital. La Isla es Puerto Rico entero: sus montañas y sus costas, sus plazas y sus barrios, sus cañaverales y cafetales, sus memorias locales y sus innumerables maneras de nombrar el mundo.
Hay expresiones que se pronuncian con tanta naturalidad que dejan de parecernos extrañas. Y hasta circulan en conversaciones cotidianas, en programas de radio, en oficinas gubernamentales y hasta en los medios de comunicación. Una de ellas consiste en llamar “pueblos pequeños” a los municipios situados fuera del Área Metropolitana de San Juan. Otra, todavía más reveladora, es hablar de “la gente de Isla” para referirse a quienes viven más allá de la capital y de sus municipios cercanos.
La frase podría parecer inofensiva. Sin embargo, contiene una visión particular de Puerto Rico. Cuando desde San Juan se habla de “la gente de Isla”, se produce una paradoja casi involuntaria: parecería que la capital no se encuentra también sobre la misma isla. El lenguaje crea una frontera imaginaria. De un lado quedan quienes habitan el centro político, administrativo y mediático del país; del otro, quienes parecen vivir en una periferia distante, rural o secundaria.
No se trata de cuestionar la importancia histórica de San Juan. La capital ha desempeñado un papel fundamental desde los primeros siglos de la colonización española. Su bahía, sus fortificaciones, su actividad comercial, sus instituciones gubernamentales y su riqueza arquitectónica forman parte inseparable de la historia puertorriqueña. Tampoco debe interpretarse este señalamiento como una crítica a sus habitantes. El problema no es San Juan. El problema surge cuando la centralidad administrativa de la capital se transforma en una jerarquía cultural que disminuye simbólicamente al resto del país.
La isleta que llamó “Isla” al resto del país
Conviene comenzar por una precisión histórica y geográfica. El San Juan originario no debe confundirse con el municipio contemporáneo ni con el conjunto del área metropolitana. El núcleo histórico de la capital se estableció en la Isleta de San Juan, una pequeña franja de tierra situada frente a la bahía y conectada con la isla principal mediante puentes y una calzada. Allí se levantó la ciudad que durante siglos concentró las funciones políticas, militares y administrativas del gobierno colonial.
San Juan fue, durante buena parte de su historia, una capital protegida y también ceñida por sus murallas. El Servicio de Parques Nacionales señala que las fortificaciones de mampostería llegaron a rodear completamente la ciudad. Aquella defensa, indispensable ante las amenazas imperiales del Caribe, terminó convirtiéndose con el paso del tiempo en un límite para una población que necesitaba nuevos espacios. En 1897 se produjo el derribo parcial de la muralla oriental y de una sección de la muralla sur. También fueron demolidos la Puerta de Santiago, su revellín -una obra defensiva exterior de una fortificación- y su bastión, además de partes de San Cristóbal. La apertura permitió que la ciudad comenzara a proyectarse con mayor libertad hacia Puerta de Tierra.
La imagen resulta sugerente: durante siglos, la capital miró al país desde una isleta y desde una ciudad amurallada. No es posible afirmar, sin evidencia documental adicional, que las expresiones “la gente de Isla” o “los pueblos de la Isla” surgieran directamente de aquella configuración urbana. Sin embargo, la geografía histórica permite reconocer la carga simbólica que todavía acompaña esas palabras. Desde una isleta convertida en centro político, el resto del territorio podía ser imaginado como exterioridad, como periferia o como una otredad situada más allá de las murallas materiales y mentales de la capital.
La paradoja merece subrayarse: quienes hablan de “la Isla” para referirse al resto de Puerto Rico lo hacen desde una ciudad cuyo núcleo originario estuvo asentado precisamente en una isleta. El municipio actual de San Juan es mucho más amplio que aquel recinto histórico. Sus límites se extendieron más allá de la isleta y, en 1951, la incorporación del antiguo municipio de Río Piedras transformó de manera decisiva su territorio. Aun así, ni el municipio contemporáneo ni el área metropolitana pueden confundirse con la totalidad del país.
La geografía también corrige el lenguaje
La expresión “pueblos pequeños” puede ser apropiada cuando describe una realidad demográfica concreta y se utiliza con precisión. Existen municipios con una población reducida y comunidades que enfrentan los desafíos propios de una escala menor. Pero cuando la frase se aplica indistintamente a todo lo que queda fuera de la zona metropolitana, pierde su valor descriptivo y adquiere una carga condescendiente. Los municipios de Ponce, Mayagüez, Arecibo, Utuado, Cabo Rojo, Coamo, Yauco o San Germán no son apéndices remotos de la capital. Son espacios históricos con tradiciones propias, instituciones, memorias, economías regionales y aportaciones decisivas a la formación de Puerto Rico.
La geografía ayuda a desmontar algunos lugares comunes. La Isleta histórica de San Juan posee aproximadamente tres millas cuadradas. El municipio contemporáneo de San Juan, considerablemente más extenso por su desarrollo urbano y sus transformaciones territoriales, posee alrededor de 47.89 millas cuadradas de superficie terrestre. Numerosos municipios que podrían ser llamados con ligereza “pueblos pequeños” ocupan territorios considerablemente mayores. Arecibo tiene más de dos veces y media la extensión terrestre de San Juan. Ponce y Utuado superan ampliamente el doble. Mayagüez, Coamo y Cabo Rojo también ocupan áreas notablemente mayores.
Extensión territorial comparada de espacios y municipios seleccionados
| Espacio territorial, municipio o agrupación | Extensión terrestre aproximada en millas cuadradas | Proporción frente al municipio actual de San Juan |
| Isleta histórica de San Juan (no constituye un municipio) | 3.00 | 0.06 |
| Municipio actual de San Juan | 47.89 | 1.00 |
| Núcleo metropolitano inmediato: San Juan, Bayamón, Carolina, Cataño, Guaynabo, Toa Baja y Trujillo Alto | 214.06 | 4.47 |
| Arecibo | 125.94 | 2.63 |
| Ponce | 114.94 | 2.40 |
| Utuado | 113.53 | 2.37 |
| Coamo | 78.01 | 1.63 |
| Mayagüez | 77.67 | 1.62 |
| Cabo Rojo | 70.37 | 1.47 |
| Salinas | 69.40 | 1.45 |
| Yauco | 67.71 | 1.41 |
| Adjuntas | 66.69 | 1.39 |
| Orocovis | 63.63 | 1.33 |
| Río Grande | 60.62 | 1.27 |
| Juana Díaz | 60.28 | 1.26 |
| Lajas | 59.96 | 1.25 |
| San Germán | 54.50 | 1.14 |
| Cayey | 51.94 | 1.08 |
| Naguabo | 51.66 | 1.08 |
| Vieques | 50.79 | 1.06 |
| Aguadilla (incluye el sector de Ramey) | 36.54 | 0.76 |
| Cataño | 4.83 | 0.10 |
Fuente de las extensiones municipales: U.S. Census Bureau, Gazetteer Files. Para la Isleta histórica de San Juan: Municipio Autónomo de San Juan, Borrador del Plan de Mitigación Contra Peligros Naturales (2026).
La tabla no pretende establecer que la extensión territorial determina la importancia de un municipio. Un territorio más amplio no es necesariamente más poblado, más próspero ni más influyente. San Juan concentra una población densa, instituciones gubernamentales, universidades, hospitales, empresas, medios de comunicación y buena parte de la infraestructura cultural del país. Esa realidad no está en discusión.
La comparación permite demostrar algo distinto: la categoría de “pueblo pequeño” no puede utilizarse como una etiqueta universal para describir a todo Puerto Rico desde la mirada de la capital. Incluso Cataño, uno de los municipios de menor extensión territorial del país, supera la superficie aproximada de la Isleta histórica de San Juan. Aguadilla, por su parte, posee un territorio municipal completo que incluye el sector de Ramey y que debe distinguirse del tamaño de su casco urbano. La misma cautela debe aplicarse a San Juan: no es lo mismo hablar de la Isleta histórica, del municipio contemporáneo o de la región metropolitana.
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El propio concepto de Área Metropolitana debe manejarse con cuidado. La delimitación estadística federal de San Juan-Bayamón-Caguas divulgada por la Oficina de Gerencia y Presupuesto de Estados Unidos en 2023 comprende cuarenta municipios. Esa amplitud demuestra que una clasificación técnica, útil para analizar población, transporte o actividad económica, no debe convertirse en una clasificación cultural. Una persona puede residir estadísticamente dentro del área metropolitana y, sin embargo, ser tratada coloquialmente como parte de “la Isla” cuando vive lejos del núcleo capitalino.
Una capital que a veces mira al país como periferia
Puerto Rico ha vivido durante demasiado tiempo bajo una organización excesivamente centralizada. Las decisiones políticas, los presupuestos, los grandes proyectos, los medios nacionales y una parte considerable de la actividad cultural tienden a gravitar alrededor de San Juan. Ese patrón ha producido un efecto silencioso: muchas veces el país se imagina desde la capital y no desde la diversidad de sus regiones.
La historia de Puerto Rico, sin embargo, no puede narrarse únicamente desde San Juan. La riqueza azucarera del sur, la economía cafetalera de la montaña, la industria de la aguja en Mayagüez, los puertos regionales, la cultura afrodescendiente de Loíza y Ponce, la tradición agrícola de los pueblos del interior, las luchas obreras, las migraciones y los movimientos políticos adquirieron formas particulares fuera de la capital.
Ponce fue una ciudad decisiva durante el siglo XIX y desarrolló una vida económica, arquitectónica y cultural con características propias y que sin dudas fue la Capital externa de Puerto Rico. Mayagüez se convirtió en un centro intelectual y comercial del oeste. San Germán conserva una de las tradiciones urbanas más antiguas del país. Arecibo, Guayama, Coamo, Aguadilla, Fajardo, Humacao y tantos otros municipios no son notas al calce de la historia puertorriqueña. Cada uno posee una memoria que merece ser contada desde su propio lugar.
La expresión “gente de Isla” revela, precisamente, una distancia emocional. No describe solamente una ubicación geográfica. También puede insinuar que unas experiencias son centrales y otras provincianas; que unas voces pertenecen al escenario principal y otras llegan desde los márgenes. Esa manera de hablar empobrece nuestra comprensión del país.
Una geografía más democrática de la memoria
Puerto Rico necesita construir una mirada más equilibrada sobre sí mismo. Esto no significa sustituir un regionalismo por otro ni enfrentar artificialmente a San Juan con los demás municipios. Lo que significa es reconocer que la nación cultural puertorriqueña se ha formado desde muchos lugares simultáneamente.
La capital es parte indispensable del país, pero no es el país completo. Ponce no es “el sur” visto desde San Juan. Mayagüez no es una estación distante en el camino hacia la capital. Utuado no es una periferia sin voz. Vieques y Culebra tampoco son adornos geográficos separados de nuestra historia colectiva. Todas estas comunidades forman parte de una geografía humana más amplia, compleja y digna.
Quizás debamos comenzar por revisar nuestras propias palabras, porque las palabras no solamente nombran: también levantan murallas, dibujan fronteras invisibles y deciden quiénes ocupan el centro del mapa y quiénes quedan relegados a sus márgenes. En lugar de hablar con ligereza de “la gente de Isla” o de reducir la riqueza de nuestro archipiélago a la categoría indiscriminada de “pueblos pequeños”, podríamos comenzar a pronunciar nuevamente sus nombres. Nombrar correctamente también es una forma de respetar. Es devolverle a cada pueblo el lugar que le corresponde en la memoria colectiva.
Puerto Rico no es una periferia que comienza cuando terminan las avenidas del área metropolitana. Es un mapa encantado que respira desde muchos lugares a la vez. Yauco despierta cada mañana con aroma de café, como si en sus montañas todavía madurara el grano oscuro que le enseñó al país a saborear lentamente su historia. Utuado guarda entre sus montañas la resistencia, la devoción espiritual y la memoria taína; allí, entre el rumor del Viví y los antiguos bateyes de Caguana, parece que los ancestros todavía conversan con la lluvia. Ponce, Ciudad Señorial y Perla del Sur, camina con la elegancia de sus balcones, sus plazas y sus leones de piedra, como una dama antigua que conoce el valor de su belleza, pero también el peso de sus luchas. Aguadilla, Nuevo Jardín del Atlántico, contempla el horizonte desde el noroeste y conserva en Ramey la memoria de haber sido centinela de la defensa hemisférica. Mayagüez, Sultana del Oeste, sabe a mangó maduro, a puerto, a ciencia y a Colegio; su nombre todavía lleva el eco de generaciones que aprendieron a mirar el mundo desde el oeste.
Arecibo, la Villa del Capitán Correa, recuerda que la historia también se escribió enfrentando invasiones extranjeras y defendiendo la tierra frente al mar. Loíza, Capital de la Tradición y corazón mayor de la cultura afrodescendiente puertorriqueña, hace sonar sus barriles de bomba para que ningún olvido pueda dormir completamente tranquilo. Lares conserva la llama del Grito como una antorcha que se niega a extinguirse. Jayuya, Capital de la Cultura Originaria, alza sus montañas como altares verdes. San Germán, Ciudad de las Lomas y fundadora de pueblos, camina lentamente por sus calles antiguas mientras las golondrinas regresan a conversar con los campanarios. Cabo Rojo lleva en sus salinas, en sus acantilados y en la memoria de Cofresí una historia que huele a mar abierto. Aibonito cultiva flores en la altura; Guayama conserva el misterio de su Ciudad Bruja; Caguas palpita como Corazón de Borinquén; Vieques sigue siendo Isla Nena; y Morovis, con la sabiduría irreverente de su antiguo decir popular, nos recuerda que Puerto Rico alguna vez se imaginó como “la Isla menos Morovis”.
Ninguno de estos pueblos es una nota al calce de la capital. Ninguno existe solamente cuando una carretera lo conecta con San Juan. Cada uno posee su propio reloj histórico, su manera de mirar el cielo, su memoria de trabajo, sus cicatrices y sus milagros cotidianos. Cuando se les llama indistintamente “pueblos pequeños”, no se está describiendo su extensión territorial ni la grandeza de sus aportaciones: se está revelando la pequeñez de una mirada que todavía no ha aprendido a contemplar el país en toda su amplitud.
La Isla no comienza cuando terminan las avenidas del área metropolitana. San Juan también es Isla. Más aún: el San Juan originario fue isleta, una pequeña ciudad ceñida durante siglos por murallas que la protegían de los barcos enemigos, pero que también limitaban su horizonte. Quizás algunas de aquellas murallas no desaparecieron completamente cuando fueron derribadas sus piedras: tal vez permanecieron, invisibles, en ciertas palabras y en esa antigua costumbre de mirar al resto del país como si comenzara más allá de la capital.
De ahí que, trascender los prejuicios capitalinos no exige levantar nuevas fronteras ni sustituir un regionalismo por otro. Basta con derribar esas murallas interiores: aprender a pronunciar el nombre de cada pueblo con respeto, acercarnos a sus historias, recorrer sus plazas, escuchar sus músicas y reconocer que ninguna región constituye una nota al calce de otra. Entonces podremos contemplar el país con una mirada más amplia y descubrir que Puerto Rico no posee un único centro: es un archipiélago de memorias que empieza y vuelve a empezar en cada montaña, en cada barrio, en cada costa y en cada comunidad donde alguien todavía pronuncia el nombre de su pueblo con orgullo.
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Dr. Carlos I. Hernández Hernández
Historiador Oficial de Puerto Rico.
- Tags: Arecibo, área metropolitana, Cabo Rojo, capitalcentrismo, Ciudad Amurallada, diversidad regional, gente de Isla, geografía cultural, Historia de Puerto Rico, historia local, identidad puertorriqueña, Isleta de San Juan, Lares, lenguaje, Loiza, Mayagüez, memoria colectiva, municipios de Puerto Rico, murallas invisibles, Ponce, pueblos de Puerto Rico, pueblos pequeños, Puerto Rico, regionalismo, San German, San Juan, Utuado
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