Noche santa y valiente: Reverencia a Luis Torres Nadal
El pasado 12 de junio de 2026 en la sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes en Santurce, fuimos testigos de la versión de esta obra protagonizada por mujeres bajo el título de “La noche santa”, a la cual se le añadió una bailarina y un actor también bailarín y cantante.

Por Alina Marrero
Para Fundación Nacional para la Cultura Popular
“La santa noche del sábado” es una obra icónica del icónico dramaturgo puertorriqueño Luis Torres Nadal. En los pasados cuatro años la pieza ha tenido dos puestas en escena con montajes distintos, ambos bajo la dirección de uno de nuestros directores más talentosos y creativos, Doel Ramírez.
En 2022 vimos una versión que aplaudimos, protagonizada por Pedro Orlando Torres y Efraín Rosa, a la cual se le añadió un bailarín (Karlos khalil). Además de esa novedad, la trama, propia de la década de 1970, se ubicó en el momento presente.
El pasado 12 de junio de 2026 en la sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes en Santurce, fuimos testigos de la versión de esta obra protagonizada por mujeres bajo el título de “La noche santa”, a la cual se le añadió una bailarina y un actor también bailarín y cantante.
Aunque el asunto se ubicó en aquí y ahora, a nosotros nos pareció que el tiempo se suspendía a su antojo con elementos propios de la década de 1970 que entraban y salían portados por los bailarines, como el teléfono de mesa negro de diez dígitos y una maquinilla, además de la música propia de la década donde la obra fue escrita.
Otro asunto fueron los discos de vinilo, los cuales están muy de moda, no obstante, colaboraron con esa ronda ecléctica temporal. Por supuesto, esta obra tiene que ver con el momento en el cual el dramaturgo la escribe. Los diálogos cargados de ironía, a veces macabra, responden a una realidad de la cual fuimos testigos con amigos homosexuales de entonces.

Por otro lado, esos diálogos y aun la situación podrían afirmar la verdad de todas las personas que caminan bajo la luz del sol, lo cual incluye a las parejas lesbianas. Por las distintas reacciones que ha tenido esta versión, decidimos tomar unos párrafos para manifestar lo que no deja de ser nuestro punto de vista, a la vez que documentamos algunos datos.
Dado que nuestro recordado amigo Luis era un conocedor vanguardista dispuesto a la experimentación, lo que nos consta con conocimiento de causa, dudamos que hubiera entendido como falta de respeto que se hiciera su obra con un elenco de actrices, sobre todo a casi 50 años después del estreno mundial.
Tampoco hubiera objetado la incorporación de bailarines. El mismo formó parte de elencos de obras donde el director lo añadía como bailarín.
Lo que importa en una evaluación, a mejor definir, opinión, es que si lo que vimos fue efectivo o convenció. Esto tiene tantas posibilidades como granitos de arena en la orilla de la playa.
Si comparamos los montajes como foco de evaluación corremos el riesgo de aferrarnos al impacto que el estreno mundial marcó y podríamos obviar la importancia y relevancia de una reinterpretación.
Por otro lado, lo único constante es el cambio. No hacemos a Shakespeare como él lo hacía en el siglo 17, de la misma manera no hacemos a Ibsen como él lo hacía en el siglo 19 y muchas veces olvidamos que en sus respectivas épocas, ese teatro era extraordinariamente comercial muy sujeto a cambios.
A ver si nos entendemos, no favorecemos los cambios de ruta y desenlace que algunos directores, también actores, imponen, a veces para cambiar el discurso o para lucirse mejor y no siempre favorecemos los cambios de título que hacen los productores, sobre todo si con ese cambio eliminan el autor. Esas son evidentes faltas de respeto y algo más.
No obstante, una pieza vista bajo la luz de otro momento en la historia puede ser, además de un comentario interesante, una reverencia al pasado. En el hermoso montaje de Doel Ramírez vimos reverencias a Luis Torres Nadal.

Torres Nadal entró en nuestra vida en 1971 durante los ensayos de “Areyto Pesaroso” de Victoria Espinosa, producción que formó parte del Primer Festival de Teatro Latinoamericano en el teatro Cooparte de Barrio Obrero. Aunque no pertenecía al elenco, él solía rondar el terreno, siempre con un libreto en mano en la búsqueda de jóvenes actores y conversaciones inteligentes.
Poco tiempo después coincidimos en “Llora en el atardecer la fuente” de Luis Rechani Agrait, puesta en escena dirigida también por Victoria Espinosa y estrenada en el Teatro Tapia en 1972. Para entonces Torres Nadal y yo éramos buenos amigos que compartían noches llenas de ocurrencias.
Torres Nadal tenía un ingenio afilado, casi travieso, que convertía cualquier conversación en carcajada. Además de brillante, era generoso y siempre dispuesto a aportar. Le encantaban las bromas el último día de función.
Tal como pasó en la puesta en escena de 2022, en el estreno de “La noche santa” en 2026 nos encontramos con Antonio García del Toro, director del estreno mundial de “La santa noche del sábado” el 25 de agosto de 1977, el cual se dio dentro del XI Festival de Teatro de Vanguardia del Ateneo Puertorriqueño. Le hicimos a Antonio muchas preguntas sobre el trayecto de su montaje.
Esta producción realizada por El Cemí reunió en el escenario a Marcos Betancourt (1930-2012) y a Ernesto Concepción (1943-1999). Años después, en 1986, Concepción volvió a acercarse a la misma obra, esta vez junto con José Luis “Chavito” Marrero (1926-2009), con quien desarrolló una versión experimental producida por Bohío Puertorriqueño.
García del Toro y Torres Nadal confiaban el uno en el otro, y el dramaturgo se sentía seguro con el director de su pieza. García del Toro hizo recomendaciones que Torres Nadal incorporó a su libreto. El dramaturgo tomó las sugerencias del director como parte de su proceso de búsqueda.
“La santa noche del sábado” es una de las piezas más representadas del dramaturgo ponceño y cada vez que se hace el teatro repleto aplaude de pie. Las versiones que hemos visto no cambian esa verdad.
“La santa noche del sábado” (1977) presenta a una pareja romántica de hombres que, tras veinticuatro años de relación, enfrenta el caos emocional como efecto de la rutina y la soledad que comparten. La versión femenina de Doel Ramírez con el título de “La noche santa”, retoma la estructura dramática y el conflicto central, pero la reinterpreta desde la experiencia de dos mujeres contemporáneas.

En la versión original, Emigdio (rígido y temeroso del cambio) y Monserrate (agotado y en busca de revalidación fuera de la relación) muestran dos formas distintas de lidiar con la represión social y el miedo a la visibilidad homosexual en el Puerto Rico de la década de 1970 donde poner a dos hombres a hablar de su intimidad en un escenario era casi un desafío directo al país. La obra fue un acto de valentía en todo el sentido de la palabra.
En la versión femenina, donde Nina González, es la mujer equivalente a Emigdio mientras que Rebeca Caquías, la equivalente a Monserrate, el conflicto se mueve hacia otro tipo de vulnerabilidad, una que no depende tanto del miedo social sino de la carga emocional que se espera de las mujeres.
La infidelidad en la pareja femenina adquiere una dimensión más dramática al tratarse de un hombre, lo cual es devastadoramente imperdonable en una pareja de lesbianas. El tedio de una relación larga, la necesidad de ser validado, la soledad dentro de la convivencia y el miedo a la ruptura son temas que se mantienen en ambas versiones.
La visibilidad lésbica contemporánea, aunque no del todo avalada, permite ese punto de vista. En 1977, la homosexualidad era un tabú en Puerto Rico, y la obra de Torres Nadal fue pionera en mostrar una pareja gay sin el respectivo cliché. Su asesinato en 1986 añadió un peso simbólico a su legado y convirtió la obra en un documento emocional de una época marcada por la violencia hacia lo queer.
Aunque el discrimen y la violencia no están superados, la comunidad LGBTIQ+ está más organizada y cuenta con apoyo y solidaridad del exterior. A ver si nos entendemos, no hablamos de obviar lo que urge todavía luchar, nos referimos a la justa perspectiva de esta comunidad que crece con valentía.
Con todo, podemos señalar que algunos parlamentos de la obra aluden a la sexualidad masculina y en boca de mujeres no tienen el mismo impacto, algo que podría revisarse para una reposición.
Entendemos que la versión femenina del texto de Luis Torres Nadal no reemplaza la obra original: la reinterpreta. Y aunque cerramos el asunto de nuestro punto de vista por este medio, la conversación social puede continuar.

Cuando entramos en la sala Carlos Marichal, la noche del estreno, atravesamos un pasillo casi a oscuras con velas en el piso. En las paredes, apenas iluminados, unos cuadros con recortes de periódicos del momento y el poema que escribiera el dramaturgo la noche anterior al día de su muerte llamaron nuestra atención.
Una vez en la sala se reveló una escenografía (Samuel Echevarría) de colores llamativos con los toques de un pre-set muy efectivo. El ambiente era estupendo y de la misma manera lo fue la felicidad que nos proporcionó el programa de mano, en este caso, virtual. ¡Laureles para los productores!
Como en 2022, el montaje de Doel Ramírez procuró belleza. Las luces (Andrea Soto), creativas y a la vez precisas fueron muy atractivas, un acierto del diseñador en complicidad con el director. La ruta escénica trazada por Ramírez y las composiciones, definidas y exactas, respondieron tanto a lo clásico y a lo vanguardista. La incorporación de una bailarina en la versión femenina fue una decisión hermosa del director que enriqueció la propuesta y le añadió una dimensión escénica más expresiva. ¡Aplausos para las ejecuciones de Siul Valentín Medina!
Hubo dos situaciones cruciales que corrieron en forma precipitada: cuando Rebeca le dice a Nina que la va a dejar y cuando Nina se entera que la infidelidad de Rebeca no es con una mujer. Se podrían trabajar esos instantes con un poco de más profundidad.
Un momento que arrancó nuestras lágrimas fue cuando Andrés Waldemar, quien tuvo a su cargo tres roles (Ángel, Luis Torres Nadal y cantante) interpretó con maestría la canción original de Marco Aurelio que hiciera famosa la voz Pellín Rodríguez en 1973, “Amor por ti”. Fue un detalle sublime. ¡Aplausos para la interpretación de Waldemar!
Linnette Torres (Nina) y Wanda Sais (Rebeca) son primeras actrices puertorriqueñas que da gusto ver en cualquier escenario y que han compartido escena en muchas ocasiones; el ‘rapport’ entre ellas es orgánico.
Tanto Torres como Sais tomaron las riendas de unos personajes deliciosos que supieron delinear con sensibilidad y credibilidad.
Recomendamos a los productores eliminar el principio y el final que aluden directamente al homenaje a Luis Torres Nadal, porque verdaderamente no son necesarios. La intención de honrar al dramaturgo arropa al público desde la fila de entrada a la sala.
Disfrutamos de esta puesta en escena que honra a nuestro amigo, el dramaturgo nacional Luis Torres Nadal. Felicitamos a todos los que tuvieron que ver con el éxito de este montaje, sobre todo a los productores y al director, porque la valentía de llevar a la escena puertorriqueña la versión femenina de una obra icónica que carga con un fuerte sentido emocional de pertenencia, le rinde tributo a la valentía del dramaturgo aquella primera vez y a la valentía de la comunidad LGBTIQ+.

Completan el equipo Maddy Rivera (voz de María); Yerilis Rivera (maquillista); Denisse Casiano (utilería); New Concept Design (equipo técnico); Doel Ramírez (sonido/regidor); Carlos Omar Camacho (asistente de producción); Ezequiel Sánchez (fotografías y videos); Randall Cott (arte gráfico/programa); Rafie Echevarría / Iconic Media (relaciones públicas). “La noche santa” fue una producción de Rafie Echevarría y Samuel Echevarría para Producciones Eche.
Sobre Luis Torres Nadal –
Nuestro teatrero, nació en Ponce, el 4 de julio de 1943, y fue privado, vilmente, de su vida el 15 de mayo de 1986 en su ciudad natal. Se distinguió como bailarín, coreógrafo, actor director y profesor. Paso a la posteridad como dramaturgo y poeta. Su sueño era establecer un Departamento de Drama en la Pontificia Universidad Católica, sueño que se pudo lograr después de su muerte. Entre sus obras se encuentran “El asesinato de la mariposa” (1972), “La víspera del día después” (1973), “Responso para una reina difunta” (1974), “La cena gentil” (1975), “Las once en punto y sereno, muerte y elogio del prócer Facundo Padilla”, (1976), “Maten a Borges” (1985).
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