‘De todo tiene’: un Trapiello menos beligerante y más emotivo en su mejor entrega del ‘Salón de pasos perdidos’
El último volumen del proyecto diarístico que el escritor comenzó en 1990 logra arrancar la mayor emoción posible a la existencia cotidiana con maestría de estilo


A estas alturas ¿quién no conoce o ha oído hablar del proyecto de Andrés Trapiello titulado Salón de pasos perdidos? Lo inició tímidamente en 1990 (El gato encerrado, Pre Textos), con algo más de 35 años y en un momento de emergencia del diarismo literario en España: Salvador Pániker, Ignacio Gómez de Liaño, Miguel Sánchez Ostiz, Laura Freixas, José Carlos Llop, Andrés Sánchez Robayna, José Luis García Martín y tantos otros, rivalizaron en sus entregas, más o menos regulares, aportando voces rigurosamente personales a un género apenas atendido en nuestro país. Han pasado otros 35 años y diría que solo Trapiello se mantiene firme en su proyecto inicial, a caballo entre el diario y “la novela en marcha” (los diarios de Laura Freixas, también regulares, tienen otra dimensión, más íntima). El SPP de Trapiello (recurro a su nomenclatura) es como una gran casa de arquitectura abierta a todas las miradas, un trabajo sostenido y minucioso de hipotiposis, término para definir esa especie de espejismo verbal que hace ver las cosas como si se estuviese allí: remito a la descripción del tendero que sufrió una apoplejía en De todo tiene.
Lo cierto es que su proyecto, estableciendo una distancia temporal considerable como conditio, en torno a los diez años, entre la escritura y la publicación, generó algunas y lógicas suspicacias. ¿Podemos llamar diario a una escritura que se ve sustancialmente alterada por su autor con el paso del tiempo y en función de las circunstancias sobrevenidas? Lo cierto es que la moral de la abstención —los diarios deben mantenerse como fueron escritos en su día porque es esa huella temporal la que los define y les da el carácter que tienen: el punto de vista sin punto de vista, para entendernos—, una moral, en definitiva, de la transparencia literaria choca forzosamente con el libre albedrío creativo de un escritor que, por serlo, pone a trabajar todos los recursos disponibles en su propio proyecto, a fin de llevarlo a cabo. Y no tiene por qué dar explicaciones, pudiendo concluirse de todo ello que son los libros los poseedores de una identidad que les pertenece rompiendo, a menudo, las costuras de los géneros en los que se inscriben.
Hasta aquí el preámbulo a su último volumen diarístico, De todo tiene, el vigésimo quinto de su proyecto que cumple pues con este libro sus 25 años de recorrido y se corresponde con su diario del año 2011. Si tuviera que recomendar un solo libro de todo su Salón, sin duda elegiría este. Al margen de la maestría de estilo alcanzada por el escritor, con pasajes que rozan la perfección cervantina, sorprende su madurez. No es porque no creamos al escritor digno de ella sino porque en De todo tiene logra arrancar la mayor emoción posible a la existencia diaria y eso a lo largo de más de 400 páginas.
El libro transcurre entre los ítems de sobra conocidos por los lectores de Trapiello —Miriam, sus hijos, Las Viñas, el Rastro, los viajes, las conferencias y algún encontronazo vivido en ellas, su bibliofilia, el retrato de gentes, las iniciales semidescubiertas (un acierto de sus últimas entregas), Ramón Gaya, la presencia de la naturaleza …—, pero todo ello, lejos de ser la maquinaria muerta de un escenario, se aborda con un fino sentido del humor que a veces se inclina por el plano de la ironía y la causticidad y en otras casi fuerza la carcajada (sublime el episodio del vendedor de pergaminos o bien el ocurrido a su llegada al aeropuerto de Berlín). En todo caso, se acabaron los agrios retratos de colegas, los juicios de lamentación, las polémicas y las recriminaciones. Por el contrario, la vívida impresión de Hannah Arendt después de leer su biografía, la emoción que transmite la lectura que hace de las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo —nunca vimos a un Trapiello tan conmovido—, el retrato de Jorge Semprún como nuestro entrañable Pimpinela Escarlata (Semprún falleció en junio de 2011), la semblanza de Tomás Segovia… Todo ello, una actitud volcada en una mirada generosa sobre el mundo (que difiere de otras aportaciones del escritor, más beligerantes), hace pensar en cuántas veces el escritor no ha fundido y ha dejado enfriar las lejanas experiencias anotadas en 2011 para devolverlas a la vida, limpiamente, en 2026. El resultado es un cruce de temporalidades.

De todo tiene. Salón de pasos perdidos
Andrés Trapiello
Ediciones del Arrabal, 2026
439 páginas. 32,90 euros
Babelia El País en TwitterComentarios3Ir a los comentariosNormas ›
Más información
Piano, ‘big band’ y raíz: cuando el flamenco se abre camino hacia el jazzFermín Lobatón
Jasper Johns, un conductor en la nocheEnrique Andrés Ruiz
Archivado En
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
































