Tom McCarthy, la mecánica de la literatura: “Me encanta leer manuales de instrucciones y encontrar poesía en ellos”
El escritor británico publica ‘Caja 808′, una novela que explora la idea de la repetición desde el ‘thriller’ tecnológico y el ensayo filosófico


Si, como suele decirse, todo escritor trabaja siempre sobre un único tema, el de Tom McCarthy (Londres, 57 años) es la repetición. En su primera novela de 2005, Residuos (editada en España por Lengua de Trapo), el bucle se expresaba en el proyecto del protagonista, un tipo que, tras recibir una indemnización por un extraño accidente, se embarca en la financiación de obsesivos actos de recreación. Ahora, en su último libro, aparecido en España como Caja 808 (De Conatus, 2026), el protagonismo recae sobre un concepto: el del patrón repetitivo, materializado en una serie de historias paralelas e interconectadas sobre ondas hidráulicas, sistemas de transmisión y movimientos de masas. A través de estos fenómenos el autor aborda, física o metafísicamente, el universo de las redes digitales, la logística global y los sistemas de información.
Pese a ser un libro sin centro, hay una historia con personajes reales: Lillian y Frank Gilbreth, padres de la ingeniería industrial de hace un siglo, expertos en eficiencia, estudiosos de los tiempos y movimientos de los trabajadores para aumentar la productividad. Así ordena en cierto modo McCarthy su complejo artefacto literario: “Cuando descubrí a esta pareja me di cuenta de que su historia sostiene gran parte del capitalismo industrial del siglo XX. Ese aislar el gesto individual de un trabajador en una fábrica, su relación con la cadena de montaje, el estudio de ese movimiento repetido a escala industrial por cientos de miles de trabajadores en todo un país o en una industria entera”.
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Con prosa gélida, Caja 808 nos lleva por laboratorios, simuladores, centros de investigación y espacios industriales donde cuerpos, imágenes e información son registrados, modelados y replicados. La escritura de McCarthy, precisa y objetiva, busca un difícil equilibrio entre el lenguaje técnico y lo emocional. En un túnel de viento donde el equipo olímpico austríaco de bobsleigh entrena, analiza flujos de aire y la aerodinámica de su trineo: “Ahí también están los deseos homoeróticos reprimidos del entrenador, los recuerdos ancestrales del técnico cuya familia murió en las inundaciones de 1952… todos esos datos e informaciones confluyen en un enorme tapiz. Yo entiendo la novela como ese espacio técnico y de simulación donde también circulan los deseos”.
McCarthy es ese tipo de autor capaz —a la manera de J. G. Ballard— de encontrar en el lenguaje técnico algo poético. “Lo veo cuando analizan ritmos y secuencias en partidos de fútbol; equipos como el Real Madrid o el Liverpool gastan millones aplicando algoritmos a todo ello. Para mí eso es poesía; ¿están diciendo A-B-B-A, C-D-D-C, D-B-C? Son como sonetos o sextinas”, dice. Y añade: “No veo contradicción entre lo tecnológico-analítico y lo poético y deseante. Me encanta leer manuales de instrucciones y encontrar poesía en ellos”.

El universo de McCarthy se ubica en alguna parte entre el del Ballard de La exhibición de atrocidades y el del Ulises de Joyce; también —como señala Rodrigo Fresán en el prólogo de Caja 808— entre el del Burroughs de Nova Express y el del Robbe-Grillet de El voyeur. “Durante la escritura de la novela leí mucho a Marcel Proust, que obviamente trata del fluir y del tiempo. Y a Henri Bergson, que trabaja en cómo capturar un instante temporal. Releí a Gilles Deleuze y Félix Guattari. Y a Norbert Wiener, que habla tanto de San Agustín y de teología como de ametralladoras automatizadas”.
Caja 808 es una exploración de los sistemas simbólicos del mundo y de la poética de esos sistemas, “y de cómo pueden entenderse, pero también desafiarse, modificarse o intervenirse”. Para su autor “escribir no tiene nada que ver con la originalidad, sino con una radical falta de originalidad. Con escuchar, repetir o sintonizar una serie de transmisiones que ya están ahí y traerlas al foco. Es una actividad muy pasiva”. Y añade: “La concepción humanista no viene realmente de la literatura, sino del neoliberalismo del siglo XX y de la industria de la autoayuda, de toda esa ideología que se ha superpuesto a nuestra comprensión de la literatura”.
En la obra de Tom McCarthy —que se completa con Satin Island, C o Tintín y el secreto de la literatura— cabe la confusión de ver ciencia ficción (“en realidad he leído a Ursula K. Le Guin y a Philip K. Dick; poco más”) cuando se trata de un narrador cuyo interés está en la tecnología. “Y yo creo que la cuestión de la tecnología está en la literatura desde siempre. Si vamos a Don Quijote, gran parte de su problema es precisamente su relación con esta. No entiende los molinos de viento, ni los batanes, ni ese molino hidráulico donde acaba atrapado. Siempre hemos estado dentro del ámbito de las comunicaciones tecnológicas y creo que ahí es donde nace la literatura”.

Preguntado acerca de cuál cree que es la marca estética de la escritura en lo que llevamos del siglo XXI, responde sin dudarlo: “El buffering. Mi novela Satin Island (Pálido Fuego, 2018) tiene en la portada esa rueda que aparece cuando el ordenador se queda cargando. Para mí ahí está toda nuestra temporalidad contemporánea, el interregno que decía Stéphane Mallarmé, ese período entre dos regímenes, cuando el viejo mundo ha terminado y el nuevo todavía no ha llegado. Estamos atrapados en ese espacio, esperando el render. Como personajes de Beckett, esperamos y esperamos algo que nunca llegará. Para mí eso es una situación teológica. Dios está ahí, pero no podemos verlo. La totalidad existe, pero no podemos convertirla en un archivo limpio”.
Caja 808 gira en torno a la idea del todo: “Creo que lo que intento generar en este libro es una totalidad todavía no realizada”. Si no fuera un libro, ¿no podría ser una videoinstalación, una obra visual, una pieza musical? “Me gustaría verlo como una ópera: una gran producción en la Deutsche Oper”. Pero es una novela. ¿O una anti-novela? “Ambas cosas. Perdón por volver otra vez a Don Quijote, pero esa también es una anti-novela. Toda su premisa es que la novela no funciona: que no puedes vivir como en esas novelas de caballería, ni siquiera leerlas, sin colapsar constantemente. La novela es una forma nacida de su propia imposibilidad; podríamos decir lo mismo de Tristram Shandy o de Ulises. Todas esas obras exploran la imposibilidad de la representación y de la experiencia coherente. Y, paradójicamente, mediante esa deconstrucción surge la novela de su propio derrumbe. Eso me parece fascinante”.
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