Darwin, ¿tenemos un problema? Los humanos influimos en la forma de los cráneos de los lobos

La presión humana altera la evolución del lobo gris. La caza y la fragmentación de hábitats modifican la anatomía de sus cráneos, acelerando cambios físicos imprevistos por la ciencia.

Wikimedia / Arturo de Frias Marques
Rubén Badillo

Rubén Badillo

Colaborador de National Geographic España

Los lobos poseen una capacidad de adaptación fascinante. Prueba de ello es que, por ejemplo, llevan 40 años adaptándose a vivir con radiación en Chernóbil. Sin embargo, el evento que más ha influido en su historia evolutiva probablemente sea el intento de domesticación por parte de los humanos, el cual ha dado como resultados a los perros actuales. Ahora, un estudio publicado en la revista Diversity and Distributions ha ido un paso más allá tratando de determinar cómo nuestras acciones de persecución, caza y fragmentación de las poblaciones han alterado su evolución.

En concreto, los investigadores de la Universidad de Oulu que han elaborado el estudio han puesto el foco en los lobos grises. En total, procesaron 227 muestras óseas procedentes de Asia, Norteamérica y Europa mediante tomografías tridimensionales de alta resolución. La gran sorpresa surgió al comprobar que el peso demográfico impuesto por las sociedades modernas supera los patrones de la selección descrita tradicionalmente por la ciencia.

Los investigadores determinaron que la geografía y el clima dictan una parte del tamaño, cumpliendo la conocida regla de Bergmann, la cual estipula que los animales de entornos fríos tienden a desarrollar cuerpos más grandes. Por este motivo, un ejemplar de latitudes elevadas muestra dimensiones superiores a los del sur. El tipo de presa disponible también condiciona la estructura ósea del depredador, ya que los grupos que se alimentan de grandes herbívoros como el alce necesitan estructuras cefálicas más robustas para ejercer la fuerza necesaria durante la caza activa.

Efecto de la actividad humana

El factor determinante que más llamó la atención de los expertos no responde a la naturaleza, sino a la caza y a la destrucción de ecosistemas. Al exterminar poblaciones enteras, los humanos provocaron el denominado efecto fundador, un fenómeno genético donde un grupo reducido da origen a una nueva estirpe con baja diversidad. «En muchos casos, los humanos han reforzado los procesos que naturalmente hacen que las poblaciones sean diferentes», explicó Dominika Bujnáková, investigadora doctoral de la institución finlandesa y autora principal del texto que revoluciona la gestión de la fauna, en una nota de prensa.

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La transformación física es tan evidente que los ejemplares modernos de Noruega y Suecia presentan rasgos anatómicos nunca vistos en sus antepasados del pasado siglo. Las poblaciones actuales muestran huesos frontales considerablemente más anchos, pómulos salientes y un hocico con una inclinación hacia abajo mucho más pronunciada. «Estos cambios morfológicos reflejan los cambios genéticos que ocurrieron cuando las poblaciones de lobos fueron diezmadas por la caza y posteriormente restablecidas por un pequeño número de inmigrantes», matizó Dominika Bujnáková al analizar la sustitución poblacional.

Estas alteraciones anatómicas extremas no se limitan en exclusiva a la región de Escandinavia, sino que se repiten de forma similar en entornos aislados de Italia, Alaska y el Ártico. Las poblaciones aisladas genéticamente derivan con rapidez de la morfología estándar de su especie debido a que el flujo de genes se detiene por las barreras artificiales. El análisis detallado de la morfología craneal demuestra que la evolución contemporánea avanza a una velocidad acelerada por culpa de la presión demográfica que ejercemos en el planeta de forma constante.

Implicaciones para la conservación

Los datos obtenidos gracias al minucioso estudio de las colecciones de los museos de historia natural resultan esenciales para diseñar los planes de recuperación de la fauna. La variación anatómica detectada avisa del peligro que supone trasladar ejemplares de una región a otra sin un análisis previo de sus adaptaciones locales. Mezclar poblaciones con trayectorias evolutivas y presiones ecológicas distintas puede mermar la capacidad de los animales para acoplarse con éxito a sus nuevos hábitats protegidos en los territorios de reintroducción.

Un estudio anexo centrado en 84 piezas encontradas en Fennoscandiaratifica que el cambio de presas influyó en este proceso. Al recuperarse las poblaciones de alces, los depredadores supervivientes requirieron adaptaciones mecánicas diferentes en su dentadura y musculatura maxilar para alimentarse. «Los resultados sirven como un recordatorio de que tanto las actividades humanas directas como las indirectas pueden dejar marcas duraderas en la vida silvestre, no solo en sus genes, sino también en cómo se ven y viven», concluyó Dominika Bujnáková.

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