Fatboy Slim, memorias difusas de un renovador de la pista de baile: “Me he tenido que ‘googlear’ porque recordaba poco”
El artista británico, pionero de los noventa y autor de algunos de los mayores himnos de la electrónica de las últimas décadas, convirtió la cultura de club en un fenómeno de masasEscuchar el artículo



Sevilla – 16 JUL 2026 – 05:30 CEST
“Antes de actuar siempre me escondo en algún sitio y observo a la gente sin que me vean. Quiero entender sus vibraciones, cómo de borrachos van, la edad media en la pista…”. Semanas antes de subirse al escenario de Icónica Santalucía Sevilla Fest, el músico y DJ británico Fatboy Slim —de nombre real Norman Cook (Londres, 62 años)— comentaba esto por videollamada desde su casa en Brighton. Consciente de que su relación con el público español es larga (es habitual de festivales y de Ibiza, donde tiene dos fechas en agosto y otra más el 5 de octubre) y de que no ha sufrido apenas altibajos en sus cuatro décadas de carrera, lo que más preocupaba aquel día al autor de Better Living Through Chemistry era que su concierto estaba previsto en martes “y al día siguiente hay clase”, apuntaba con esa juvenil y disfrutona aproximación a la vida que siempre le ha caracterizado y que, de momento, no tiene ninguna intención de perder.
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Lo que no sabía Cook era que, por gracia de Mikel Oyarzábal, Aymerich Laporte y Pau Cubarsí, entre otros, iba a contar con el más incómodo de los teloneros posibles, una semifinal de Mundial en la que juega el equipo local y que, justo después de conocerse la coincidencia, ya imponía una salida al escenario de mínimo media hora más tarde de lo originalmente previsto. Tampoco debió de importarle mucho todo esto, dada su histórica relación con este deporte, del que es seguidor hasta el punto de ser accionista del club de la ciudad que le acoge desde hace casi tres décadas, Brighton. En 2004, el estadio en el que juega el equipo local fue bautizado durante un partido como Palookaville, nombre del entonces recién lanzado cuarto (y último) álbum de Fatboy Slim. Hoy, el estadio lleva el nombre de una tarjeta de crédito, lo que nos dice mucho de cómo ha cambiado todo.
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Cuando, mediada la segunda parte, Cook se asomó entre bambalinas, lo que vio fue a casi 8.000 personas, en su mayoría enfundadas en la omnipresente camiseta color crema de la selección española, con banderitas rojigualdas, la cara pintada e instalados en una euforia que a él le tocaba gestionar. Muy mal se le tenía que dar la cosa para no aprovechar la ola de felicidad tras la victoria de los de De la Fuente. Apenas cinco minutos después de que el árbitro pitara el final del partido —eso no se podía enfriar—, el inglés saltó al escenario pegando saltos, enfundado en unas bermudas y una camisa estampada de manga corta dispuesto a celebrar todo lo bueno que nos dio a finales del siglo pasado la idea aquella de mezclar el rock con la electrónica, pero esa vez, desde los códigos de esta última, o sea, con un dj, enfocado abiertamente a la pista de baile, sin posturas mesiánicas, acortando al máximo la distancia que había entre el escenario y el foso. Junto a artistas como Chemical Brothers, Basement Jaxx o Propellerheads, Fatboy Slim contribuyó de forma decisiva, más que cualquier banda de guitarras, a darle vida al rock.
“A veces pienso que ya no tengo edad para esto, pero luego miro a la gente y veo lo bien que se lo están pasando y decido seguir”, confiesa. “En pandemia estuve parado 14 meses y no te puedes imaginar en el agujero negro en que pasé ese tiempo, por lo que voy a aprovechar al máximo el tiempo que me quede aún en este negocio haciendo esto. No creo ya que sea mucho, por lo que voy a ir a tope”, afirmaba de forma premonitoria. La primera media hora del espectáculo fue arrolladora. Los éxitos que marcaron una época se fueron trufando con sampleados de clásicos del rock, como el Smells Like Teen Spirit, de Nirvana, o del hip hop, como el It’s Tricky, de Run DMC. También hubo remezcla del clásico de House Of Pain, Jump Around, un tema que, de una forma u otra, parece que debe asomarse en cualquier edición de este Icónica festival, que este año cumplía ya su sexto año.
En las pantallas, la propuesta giró alrededor del homenaje a los grandes del siglo XX. Así, se asomaron desde Andy Warhol hasta David Bowie, pasando por Iggy Pop o James Brown. También hubo algunos guiños a la cultura digital a nivel usuario, simultaneando pantallas de programación en MS-DOS (antiguo sistema operativo de Microsoft) —que debieron provocar sudores fríos entre los más mayores del lugar— y aquellos chorros verticales que se hicieron icono pop en la película Matrix. Cada diez minutos, aparecía Greta Thunberg de forma más o menos inopinada. Y a renglón seguido, la selección española. Un delirio.
Cook, que no llevaba micro pero sí unos auriculares que jamás utilizó, se comunicaba con la hinchada en playback, moviendo los labios al ritmo de algunos mensajes motivacionales (solo nos pidió una vez que dejásemos el móvil, porque es listo, pero no plasta) en los momentos en que esa cámara con lente de gran angular que tenía sobre la consola enfocaba su sudoroso rostro. A veces, simplemente saltaba o hacía sonar una bocina (o dos incluso, una para cada mano).
Dejó de beber hace ya años. “Ha habido muchas fases de mi carrera en las que mi contable me ha sugerido que igual era buen momento para cambiar la orientación laboral de mi vida porque se acumulaban las facturas, y otros en los que he dejado de beber y drogarme y me he asomado al abismo de todo esto y, con la clarividencia que da la sobriedad, me he preguntado quién soy y qué estoy haciendo”, comentaba Cook. “Cada vez que las cosas se han caído, he conseguido encontrar una forma de volver. Muchos dicen que me reinvento, pero no soy Madonna, simplemente empiezo otra vez porque no me queda más remedio que arrancar de nuevo, pues lo de antes ha colapsado. Y muchas veces lo he hecho con otro nombre [ha grabado como Pizzaman, Beats International, Freak Power, y en sus inicios fue bajista de The Housemartins]. Afortunadamente, este de Fatboy Slim me ha durado bastante”.

Este año se ha publicado el libro Esto no acaba… hasta que Fatboy cante, un volumen de más de 300 páginas en el que se recorren las más de cuatro décadas de carrera de este hombre. Poco apegado a la nostalgia, “porque cuando caes en ella significa que algo se acaba o está a punto de acabarse y si empiezas a celebrar aniversarios y ya no paras”, Cook ha revisado sus archivos en busca de momentos clave en una carrera en la que, aparte de éxitos como The Rockafeller Skank, ha producido a bandas como Blur o The Beautiful South y remezclado a otras como Cornershop o A Tribe Called Quest. Actuó en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres en 2012. Tiene su evento propio en la playa de Brighton desde hace dos décadas y fue uno de los artistas que más cerca vieron la muerte en aquel Woodstock de 1999 marcado por el fuego y la violencia. “Me he tenido que googlear bastante porque recordaba poco”, apunta respecto a este libro que jamás pensó hacer. “Tampoco pensaba que los Stones, después de 15 años pidiéndolo, me dejaran por fin usar el sample de Satisfaction. Pero lo han hecho. ¿Y sabes qué? Me es absolutamente igual. He lanzado el sencillo y ya. No es ni importante, estoy a otras cosas”.
Cuando sonó ese Satisfaction Skank ya en la recta final del concierto de Sevilla, de unos 100 minutos, la pista eclosionó y Slim asentía con la cabeza y se movía con unos pasos largos que hace dos décadas eran saltos. Observaba la pista, realmente un crisol de generaciones, pero esta vez de verdad. Y atronó ese Praise You en un momento de comunión catártica entre pista y artista que es, exactamente, a lo que ha dedicado su vida profesional este señor. “En este trabajo mío debo mirar todo el rato a la gente, y eso hace que, aunque sea mayor, esté totalmente en sintonía con la pista, que es la clave. Para mí, pinchar es un diálogo entre iguales; yo no soy más que el que baila, nos comunicamos de tú a tú durante unas horas. Siempre he estado en la conversación, siempre he podido seguir en esto. Creo que si me tomara un año libre perdería el hilo y ahí tal vez ya no podría volver a hacer esto que hago. Siempre he tenido algo que decir y siempre he tenido algo que aprender”.
—¿Ha cambiado mucho la pista de baile?
—Lo principal que ha cambiado son las drogas. Ahora se toman otras distintas que en los noventa. Aparte de eso, la pista de baile siempre va a estar llena de gente joven que quiere ponerse ciega y ligar, esa energía siempre está ahí. Ahora, cuando la droga era el éxtasis, todo eran brazos en alto y abrazos a desconocidos. Cuando entró la cocaína, la cosa se puso algo más desagradable. Luego, con la ketamina la gente apenas se movía, era muy raro. Estaban ahí plantados, moviendo apenas la cabeza. Pero la idea de juntaros a bailar viene desde la prehistoria: estar juntos y olvidar los problemas del día a día. Eso no va a cambiar nunca. Y por eso aún puedo hacer esto a mi edad. Los fundamentos de este ritual no han cambiado.
Y se apagaron las luces. Y sonó El Danubio Azul, que lleva más de 150 años reventando pistas de baile por todo el mundo. Y si el mundo aún existe en 150 años, es posible que más de una canción de Fatboy Slim haga lo mismo. Ya es eterno.
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Xavi SanchoVer biografía
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