La Argentina de Messi remonta a Inglaterra en otra batalla épica y se cita con España en la final
El partido más tenso e intenso del campeonato acaba con una victoria albiceleste agónica, con dos asistencias de Messi en los últimos minutos para asegurarse “el último baile”


15 de julio de 2026 23:38 h
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En 1982, cuando acabó la guerra de las Malvinas, no había nacido ninguno de los futbolistas que han disputado la semifinal entre Inglaterra y Argentina. Tampoco en 1986. En aquellos cuartos de final de “la mano de Dios” y el mejor gol de la historia del fútbol, el cénit de Maradona, a Messi aún le faltaba un año para llegar al mundo. En 1998, Messi tenía 11 años. Harry Kane, cinco. Eran niños en aquella eliminatoria en la que Argentina volvió a tumbar a Inglaterra, y Simeone forzó la tarjeta roja a Beckham. Pero hay rivalidades que se heredan sin haberlas vivido ni sentido. De padres a hijos, de abuelos a nietos, ahora con vídeos de Youtube y TikTok, una disputa entre países que trasciende lo deportivo.
Argentina e Inglaterra han disputado el partido más tenso e intenso del Mundial, el de las cuentas pendientes. Se jugaba en el presente pero también contra el pasado. En la memoria de todo el planeta fútbol estaban Maradona, Lineker, Tatcher, Simeone y Beckham, en el palco de Atlanta. Y, como casi siempre en los Mundiales (con la excepción de 1966), Argentina ha vuelto a ganar a Inglaterra en una eliminatoria. La albiceleste volvió a remontar un partido que perdía a cinco minutos del final y le dio la vuelta. Uno a dos, y billete a Nueva Jersey, donde espera España el domingo en la final del Mundial.
El partido fue muy caliente incluso antes de empezar. La primera batalla fue en los himnos. Los argentinos pitaron al God save the King y los ingleses le devolvieron el mal gusto. No habían pasado ni tres minutos del inicio del partido cuando Leandro Paredes ya le había soltado una colleja a Bellingham, Enzo Fernández a Rogers y Pickford a Giuliano Simeone (hiperactivo). Y diez minutos de la primera tangana. Los banquillos se gritaban. Para sorpresa de nadie.
Cada duelo acababa en empujones, patadas, braceos. El árbitro, el estadounidense Ismail Elfath, conocido por dejar jugar, racaneaba tarjetas. Como en el Uruguay-España de la fase de grupos en la que los sudamericanos lesionaron a Yeremy Pino y Nico Williams. Con un mediador tan débil, la guerra estaba cantada y el fútbol tardó en aparecer.
La primera amarilla fue inglesa, para Anderson. Messi había comenzado a regatear a media Inglaterra, en un amago del gol maradoniano, que el futbolista inglés cortó por lo criminal. Más tangana. Inglaterra había tenido dos faltas laterales, con centros convertidos en batallas en el área. Enzo Fernández disparaba fortísimo pero alto desde fuera del área. La atención estaba en las disputas. En la guerra. El partido se fue al descanso sin goles y con muy poco juego. Pero con 19 faltas en apenas 45 minutos (una cada dos minutos). Siete para Inglaterra y 12 para Argentina.
El descanso desató el fútbol
La reanudación fue menos tensa pero más intensa. Sin himnos el segundo tiempo arrancó con menos agresividad y algo de fútbol. Bien para el espectáculo. Argentina asedió, con dos disparos consecutivos de Julián Álvarez y un córner de Messi. Inglaterra arrancó a presionar, con un regate de infarto del Cuti Romero en su propia área, que acabó en aplausos al salir bien.
Pero Kane, el nueve de Inglaterra que juega de todo, se vistió de diez. Bajó a su campo a recibir e inició una jugada que acabó en el primer gol de Gordon a centro de Rogers. Un contragolpe de manual del equipo de Tuchel con un fallo clamoroso de Nahuel Molina.
El gol despertó a Argentina, que inició una presión asfixiante con una defensa inglesa bien plantada. Djed Spence le sacó un balón en el área a Giuliano Simeone que celebró aún más que el gol. A partir de ahí, comenzó un monólogo albiceleste.
Messi, prácticamente inédito hasta ese momento, fue entrando en el partido. La estrella del fútbol mundial lanzó paredes, hizo de tiralíneas y puso un centro de 40 metros que remató Nico González pero que sacó Pickford de la línea de gol. El astro argentino se resistía a marcharse antes de tiempo de su sexto mundial.
Tras la última pausa para la hidratación de futbolistas y recaudación de la Uefa, ya todo fue un asedio argentino. Messi por la izquierda abría el campo de una Inglaterra que defendía con todos mientras caían los centros en su área. De Paul para Mac Allister dos veces, una al palo. Messi para Nico González, fuera (y fuera de juego).
Tuchel asumió el bombardeo que estaba sufriendo y decidió colgar a los suyos del larguero, en una decisión táctica tan antigua casi como el propio fútbol (el que inventaron los ingleses). Sacó a O’Really y al gigante Burn para defender los centros con altura. Argentina lo intentaba con centros y también desde lejos. A la salida de un córner, Messi recibió y arrastró a varios contrarios, generó el espacio y cedió el balón a Enzo Fernández solo al borde del área que tuvo tiempo para pensarse un zapatazo con el que empató el partido. Uno a uno a cinco minutos del final. El resultado hacía justicia a un partido en el que ninguna selección era superior a la otra. Mick Jagger en el palco negaba con la cabeza. Simpathy for the devil.
Inglaterra siguió encerrada, jugando a no perder, con un autobús en el área. Mientras Argentina quería más. Había estado contra las cuerdas otras veces. Messi siguió abriendo espacios con nueve minutos de descuento. Y como en el partido que ya hemos visto varias veces en este Mundial, llegó la remontada. Tras un balón al palo de Mac Allister, llegó otro centro al área del 10 que remató a gol Lautaro Martínez. Explosión albiceleste en Atlanta. Cuentas pendientes otra vez.
El descuento pareció más un partido del siglo XX que el Mundial de 2026. Inglaterra se enfocó en el patapún pa’lante. El portero inglés se dedicó a colocar balones al área desde su campo. La defensa argentina era un frontón ya con los ingleses volcados. Messi trataba de defender con el balón. Bellingham se encaraba con cualquier argentino que se le cruzase. El Dibu Martínez perdía tiempo y la afición infartaba, antes de que el árbitro pitase el final tras 12 minutos de descuento. Argentina regresa a la final, que ganó hace cuatro años. Messi se cita en el último baile, con España.Claro que son franceses… pero España fue más equipo y jugará la segunda final en su historia
Otra vez más, y ya van tres, Argentina tumbó a Inglaterra en un Mundial. Esta vez no hubo mano de Dios ni una expulsión forzada. Un partido disputado, con fútbol al final en el que ganó el equipo que quiso jugar. Y se recordará como el de México 86 o el de Francia 98. Otro trauma para los ingleses que recordarán mucho tiempo los cambios ultradefensivos de Tuchel que no sirvieron para parar a Messi. Ni tampoco a Argentina.
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La fiebre por Messi vuelve a Barcelona, convertida ahora en otra capital argentina
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- Crónica — La Argentina de Messi remonta a Inglaterra en otra batalla épica y se cita con España en la final

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Barcelona

15 de julio de 2026 23:52 h
Actualizado el 16/07/2026 00:07 h
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Qué bonito es el fútbol. Y, probablemente, nadie lo vive como los argentinos.
Unas 3.000 personas se han reunido en un hotel de l’Hospitalet de Llobregat (Barcelona) para bancar a la selección albiceleste en un partido con una altísima carga emotiva, culminado con una histórica remontada que lleva al equipo de Leo Messi a su segunda final consecutiva.
No es que este miércoles se haya reunido más gente porque se trate de una semifinal o porque el partido es a las 9 de la noche. Es el sexto evento que organiza la Filial Argentina de Barcelona en este Mundial y en todos se han agotado las entradas, también cuando el partido se ha celebrado a las 4 de la madrugada en un día laborable.
“No me preguntes, no tiene ningún sentido”, explicaba Sebastián Romero, 42 años, cuestionado por la manera en la que los argentinos viven este deporte.
La fiebre argentina se ha notado durante el Mundial en la capital catalana. Se ha visto en el metro, los días de partido, con vagones repletos de camisetas albicelestes. También en las plazas tras una eliminatoria de madrugada, con miles de personas cantando en Arco de Triunfo a las 6 de la mañana con el sol ya asomando en la ciudad.https://www.instagram.com/reel/Dark_EgIZEu/embed/captioned/?cr=1&v=14&wp=1262&rd=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es&rp=%2Fmundial-2026%2Ffiebre-messi-vuelve-barcelona-convertida-ahora-capital-argentina_129_13383682.html#%7B%22ci%22%3A0%2C%22os%22%3A996.6999999999534%2C%22ls%22%3A228.5999999998603%2C%22le%22%3A989.8999999999069%7D
Según datos del Ayuntamiento, en Barcelona hay más de 53.500 argentinos empadronados. La cifra no para de crecer y se ha doblado respecto a 2019, cuando había 26.300. La provincia es también el lugar con más vecinos de esa nacionalidad en todo el país, con más de 86.600 de los 450.000 repartidos por España.
“Ahora ser argentino en Barcelona es mucho más fácil”, explica Diego Justo, uno de los organizadores del evento. “Antes no había ningún plan que recordara a lo que hacemos en nuestro país”.
Cuando falta media hora para que empiece el partido, la cola da la vuelta a todo el hotel. Se ven camisetas albicelestes, muchas, pero también del Barça con el 10 de Messi; del Nápoles con el 10 de Maradona y hasta del Atleti con el 14 del ‘cholo’ Simeone.
“Y ya lo ve, el que no salta, es un inglés”, gritan ya en la cola ante la mirada atónita de algunos turistas que se hospedan en el hotel.
No todos son argentinos. Ricard Gómez, Joan Peña y tres amigos más son de Barcelona y están en la cola hablando en catalán. “Quiero que gane Argentina por Messi”, admite Joan. “Y, por otro lado, teníamos ganas de vivir el fútbol como lo hacen los argentinos”.
Dentro del hotel, en una sala de convenciones con cinco pantallas gigantes y decorada con trapos con motivos de River Plate, los asistentes no dejarán de cantar ni un segundo. Tampoco pararán los tambores y el incesante ritmo de la cumbia en una fiesta que durará hasta la madrugada.
Los aficionados animan y cantan —o gritan— como si el equipo de Scaloni les pudiera escuchar en Atlanta. El calor es abrasador y en la primera pausa de hidratación algunos ya se han quitado la camiseta.
Diego Justo explica que empezaron a organizar eventos para ver Argentina en un bar durante el mundial de 2014. Rápidamente, vieron que los argentinos de la ciudad echaban de menos poder ver el fútbol rodeados de sus compatriotas.
“La entrada en el primer bar dónde organizamos los encuentros era por orden de llegada y solo cabían 500-600 personas”, recuerda Justo. “Había gente que dormía en la calle la noche antes para tener sitio”.
Le pregunto si él ha notado que cada vez hay más argentinos en la ciudad. “Por supuesto”, responde. “Esto es una cadena: viene uno y está bien aquí, se da cuenta de que también puede comer asado y jugar al fútbol. Entonces trae al amigo, al primo y al hermano y cada vez somos más”.
No resulta fácil hablar con nadie porque en la sala nadie para de cantar ni un segundo. El gol de Gordon en el minuto 55 ni siquiera se notará. Ni un lamento, ni un grito de rabia, solo un aumento de los decibelios de los tambores y de los cánticos.
Pasan los minutos y algunos empiezan a pensar que la magia, esta vez, no va a ocurrir. “Este año creo que no va a ser”, confiesa Sebastián Romero en un ataque de honestidad. “Siempre vamos al filo y no siempre puede acabar bien”.
Pero la sala de convenciones tiembla con el zapatazo de Enzo que le da el empate a Argentina. El ambiente y el ruido de antes del gol era una broma comparado con el éxtasis que empieza en el minuto 85. Unos se suben a hombros de los otros, la gente se abraza, y la sensación en la sala es de que, porque no, los astros tal vez se vuelvan a alinear para la albiceleste.
La locura por el gol del empate todavía no ha amainado en la sala cuando, en el 93, se confirma la remontada argentina con el gol de Lautaro. Todo retumba de nuevo, todavía más fuerte, y vuelve a sobrevolar por este hotel en las afueras de la ciudad la sensación de que esa afición y ese equipo están tocados por una varita mágica.
El júbilo es indescriptible y transversal, menos para Emiliano. Este colombiano, vigilante del evento, auguraba una noche tranquila cuando Inglaterra parecía que se iba a clasificar. Incluso le había escrito a su mujer que tal vez llegaría antes a casa.La Argentina de Messi remonta a Inglaterra en otra batalla épica y se cita con España en la final
“Me tocará aguantar la fiesta hasta las dos de la madrugada”, confiesa resignado. “No lo entiendo pero este equipo siempre se acaba saliendo con la suya”.
Un réquiem por Francia
- De los 1.248 futbolistas que participaron en el Mundial, 99 son franceses. Francia ha aportado 13 jugdores a Argelia, 12 a Haití, 11 a Congo y 10 a Senegal: dispone de tal excedente de futbolistas de primer nivel como para dar y repartir
- — Francia, el Mundial viejo y el mundo nuevo

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15 de julio de 2026 21:29 h
Actualizado el 16/07/2026 05:30 h
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La victoria de la selección española sobre la francesa implica algo especial. Es una victoria de mérito y, además, de prestigio. Como lo era, años atrás, derrotar a Brasil. Francia se ha convertido en lo que antes fue Brasil: la mayor fábrica mundial de futbolistas talentosos.
Sobre los méritos del equipo de Luis de la Fuente vamos a escuchar y leer mucho en los próximos días. De Francia sólo quedará el eco de una estrepitosa caída en semifinales. Si me lo permiten, pues, entonaré un réquiem por “les Bleus”. Creo que lo merecen. Y, de paso, me sumaré a quienes meten los pies en ese estúpido charco rajoyano de si los franceses son franceses o seres de otra galaxia.
Empecemos por Raoul Diagne. Hasta donde yo sé, y exceptuando el excéntrico caso de Saadi Muamar Gadafi, hijo del que fue dictador libio y capitán de la selección de su país por orden paterna, Diagne fue el único futbolista internacional cuyo padre ejercía como ministro del Gobierno. También fue el primer futbolista negro de la selección francesa. Debutó en 1931, cuando su padre era diputado por Senegal en la Asamblea Nacional de Francia y ministro de las Colonias.
Raoul Diagne fue años más tarde seleccionador de Senegal y se le considera el padre del fútbol senegalés. Murió cerca de París, como francés y senegalés, en 2002.
Salgamos por un momento de la negritud (un término muy usado por el poeta y político Léopold Sédar Senghor, que fue diputado socialista francés y presidente de Senegal) para valorar la enorme fuerza centrípeta de la República Francesa. Raymond Kopa, estrella del Real Madrid y Balón de Oro en 1958, era francés y polaco. Michel Platini es hijo de italianos. La
familia de Antoine Griezmann procede de Alemania. Los padres de Thierry Henry eran de Guadalupe y Martinica. Luis Fernández nació en Cádiz. Etcétera.
Es decir, que el antiguo imperio francés no basta para explicar la diversidad de orígenes entre los jugadores de la selección. O su color, si es que eso interesa a alguien.
La capacidad integradora de Francia está detrás de todo, incluyendo al fútbol.
En el Mundial de 2026 han participado 1.248 futbolistas. De ellos, 99 son franceses. Creo que ese es un dato definitivo. Al margen de nutrir su propia selección, Francia ha aportado 13 franceses a Argelia, 12 a Haití, 11 a Congo y 10 a Senegal. Es decir, que Francia dispone de tal excedente de futbolistas de primer nivel (las selecciones citadas se han ganado la participación mundialista) como para dar y repartir.
Es cierto que selecciones como la de Haití y Congo carecen de competiciones locales a causa de la violencia y la inestabilidad y se ven obligadas a reclutar entre la diáspora. Pero también es cierto que las “banlieues” francesas, esos lugares supuestamente siniestros y marginales (hagan una visita si pueden: no encontrarán los horrores que esperan), producen grandes futbolistas a un ritmo de vértigo.
Y no hablamos de chavales crecidos entre chabolas y potreros, según la mística argentina y en general iberoamericana, sino de jóvenes formados desde muy pequeños en buenas escuelas de fútbol y con una educación escolar más que aceptable.
No hay “banlieues” con peor fama que las de París. Quizá hayan visto una película titulada Les miserables, sobre la angustiosa existencia en esos barrios. Esas historias de rabia y desesperanza son ciertas. También es cierto que ninguna administración europea, por no decir del mundo, se preocupa tanto como la francesa por ofrecer salidas. Y en ningún lugar del planeta se concentran tantas escuelas de fútbol y clubes de formación como en Seine-Saint Denis, el departamento más tormentoso de la región parisina.
El Departamento de Seine-Saint Denis tiene 1,7 millones de habitantes. Su consejo gubernamental se entretuvo en diseñar una alineación de los futbolistas locales. Encabezada por Mbappé y bajo camisetas de distintos países, habría podido competir dignamente en el Mundial. A partir, recuerden, de solamente 1,7 millones de personas.
Francia no jugará la final del domingo. Eso corresponde a España. Su industria futbolística, sin embargo, es tan potente como para garantizar la capacidad competitiva durante mucho tiempo. ¿Son franceses los futbolistas franceses? Según Ileman Ndiaye, nacido y criado en Normandía, prefiere jugar con Senegal porque la selección francesa no le “hace soñar”. “No es lo mío”, dice.Francia, el Mundial viejo y el mundo nuevo
Y eso, la posibilidad de elegir, está muy bien.
Palestina celebra el pase de España a la final del Mundial tras su apoyo a Gaza
- La cuenta oficial del Estado de Palestina ha celebrado el pase, mientras influencers muestran plazas abarrotadas de gente que grita los goles de la selección española ante Francia
- Crónica — Claro que son franceses… pero España fue más equipo y jugará la segunda final en su historia

15 de julio de 2026 10:54 h
Actualizado el 15/07/2026 14:08 h
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Una plaza de repleta de cientos de aficionados celebra un gol de España. Están en Gaza, pero gritan el gol de Mikel Oyarzabal, el de Pedro Porro y, tras el pitido final, la clasificación de la selección española a la final del Mundial. De fondo, edificios derruidos por los bombardeos de las fuerzas israelíes. “Hoy sois campeones”, dice Mahmuod Salhi, un influencer palestino que cuenta cómo es la vida en una tierra que sufre un genocidio a ojos del mundo.
En la misma plaza, otro creador de contenido, cuyo usuario de redes sociales es Ya7ya Sager, porta la camiseta del equipo español. “De Gaza a la gente de España, enhorabuena por la victoria”, escribe en un vídeo compartido en redes sociales. De fondo, los asistentes celebran levantando sillas. La selección española está en la final del Mundial. Gaza está con España.
Desde el comienzo de la Copa del Mundo, se han repetido imágenes como esta en redes como Instagram o TikTok. A raíz del reconocimiento del Gobierno español al Estado de Palestina o la condena firme al genocidio perpetrado por Israel —que ha asesinado a más de 70.000 personas en la Franja desde el 7 de octubre de 2023—. Pero no sólo. También tras el gesto de Lamine Yamal, estrella española y del FC Barcelona, tras la celebración del título de LaLiga con los culés, cuando ondeó una bandera palestina.https://www.instagram.com/reel/DayVHmAgC4y/embed/captioned/?cr=1&v=14&wp=1222&rd=https%3A%2F%2Fwww.eldiario.es&rp=%2Frastreador%2Fpalestina-celebra-pase-espana-final-mundial-apoyo-gaza_132_13381251.html#%7B%22ci%22%3A0%2C%22os%22%3A305.5%2C%22ls%22%3A216.69999999995343%2C%22le%22%3A218.30000000004657%7D
La cuenta oficial del Estado de Palestina compartió en la noche del martes una publicación en X con el texto “Viva España” y una imagen: la de Lamine Yamal con la enseña cuatricolor.
Palestina ha mostrado su apoyo a tres selecciones de fútbol desde el inicio del torneo: aquellas que han lucido su bandera en las gradas, en redes sociales o por medio de jugadores o entrenador. Son España, Bosnia y Herzegovina y Egipto. La última vez antes del triunfo español en semifinales ante Francia fue tras la clasificación a octavos, con la victoria de 3-0 a Austria.
El pasado mes, el Comité de Servicio de los Amigos Americanos (AFS) y Phoenix Logistic Services impulsaron una iniciativa de agradecimiento desde la Franja de Gaza a Pep Guardiola y a Lamine Yamal (la imagen que encabeza el artículo), por su apoyo al pueblo palestino. Se trató de sendos murales que coloreaban edificios destruidos por los ataques israelíes.

En mayo, artistas locales pintaron otro dibujo dedicado a la estrella de la selección española.Claro que son franceses… pero España fue más equipo y jugará la segunda final en su historia

España disputará el próximo domingo 19 de julio su segunda final del Mundial de la historia, tras la jugada (y ganada) en 2010. El rival será el vencedor de la otra semifinal, Inglaterra-Argentina, que se juega este miércoles a las 21.00 horas.
Sócrates, el futbolista que sí mezcló deporte y política (y le salió bien)
- Apodado ‘El doctor’, el brasileño capitaneó a su selección en el Mundial de España 82 y fue artífice de la Democracia Corinthiana, un movimiento horizontal en el fútbol en plena dictadura militar en su país
- — Al fin campeones del mundo

15 de julio de 2026 21:29 h
Actualizado el 16/07/2026 05:30 h
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Corría el año 1982. España estaba a punto de dar por finalizado el periodo de la Transición (al menos, según los libros de texto). Leopoldo Calvo Sotelo era aún presidente del Gobierno y cada salón español conocía a Naranjito. Era 5 de julio, pleno Mundial de fútbol y en el barrio barcelonés de Sarrià —donde se ubicaba entonces el estadio del RCD Espanyol— se enfrentaban dos de las selecciones más laureadas de todos los tiempos: Italia y Brasil. Los sudamericanos maravillaban con su fútbol arte, eran favoritos y habían arrasado a la Unión Soviética, a Escocia, a Nueva Zelanda y a Argentina. Les valía un empate. Perdieron. Los italianos ganaron el partido y, más tarde, el torneo: su tercera estrella en el escudo y Paolo Rossi como ídolo. Pero era entre los brasileños, en la llamada ‘Canarinha’, donde jugaba Sócrates, apodado ‘El doctor’.La «civilización» del fútbol
Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira —conocido simplemente como Sócrates— era el capitán de aquella selección. Nacido en 1954, tenía 28 años cuando recaló en España 82 para maravillar al mundo. Espigado, con una altura de 1,92 metros, tenía un porte elegante y su juego era técnico e inteligente. Había estudiado y ejercido la medicina antes de dedicarse profesionalmente al deporte, de ahí su apodo. Aquel 1982 fue mucho más que una Copa del Mundo: nació una nueva forma de entender el fútbol. Es la historia de un futbolista distinto: uno que no dudó en introducir la política en el deporte (o viceversa). Y le salió bien.
Brasil estaba dominada en esos momentos por una dictadura militar. Vivía una de las peores crisis económicas de su historia hasta la fecha y su selección nacional era el deleite del pueblo —brasileño, pero también internacional—. Aquel fue, dicen, el mejor equipo que jamás ganó un Mundial. Llegó a España como favorita y se fue en segunda ronda.

Otro Sócrates —el filósofo, en este caso— se mostraba crítico con la democracia ateniense. Según expone Platón el pensamiento socrático en La República, se trata de una forma de gobierno degenerada y desordenada, que no garantiza de forma necesaria un buen gobierno y que abre la puerta a la tiranía. Abogaba por una aristocracia del conocimiento. En su Estado ideal, el poder debe recaer en los filósofos, quienes, gracias a su conocimiento y virtud, están capacitados para tomar decisiones justas.
Y si en este Estado ideal el gobierno corresponde a los filósofos, en el fútbol no puede sino recaer en los futbolistas. Sócrates —el futbolista— llevó este principio a la práctica en la década de los 80. Fue en el Corinthians Paulista, club al que había llegado en 1978 y del que era capitán.
Adiós Atenas, hola São Paulo. De nuevo, 1982, abril. El Corinthians, obligado por los malos resultados deportivos, cambia de presidente. Se ponen al frente un empresario de la banca —Waldemar Pires—, un sociólogo —Adílson Monteiro Alves— y varios futbolistas, liderados por Sócrates. Los militares llevaban 18 años gobernando el país y aún quedaban dos años más de régimen. Pero mientras, en ese equipo del sudeste del país nacía la Democracia Corinthiana. Su lema: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”.
El periodista escocés Andrew Downie, biógrafo de Sócrates, asegura en conversación con elDiario.es que “el factor más importante” para que se diera la Democracia Corinthiana fue la llegada del sociólogo Monteiro Alves al club como director deportivo: “Era un pensador progresista y políticamente comprometido que inspiró a Sócrates. Juntos concibieron la idea de un movimiento que otorgara poder a los jugadores y que, al mismo tiempo, tuviera un significado más amplio en un momento marcado por la dictadura”.
Democracia Corinthiana fue igual a autogestión: una persona, un voto. De futbolistas, sí, pero también de los demás trabajadores del club: utilleros, personal médico. Los jugadores ganaron autonomía y participaron en decisiones sobre horarios, fichajes, premios, concentraciones y aspectos de la gestión cotidiana. En un momento de restricciones por la situación política del país, el Corinthians supuso una mirada distinta (horizontal) a la vida común. Llevaban camisetas con mensajes como “Democracia” o “Dia 15 Vote” en mitad del movimiento Diretas Ja!, reclamando el derecho al voto.
Muy pocas figuras importantes han mantenido posturas políticas claras y duraderas, especialmente mientras siguen en activo
Andrew Downie — biógrafo de Sócrates
Sobre la reacción del equipo y los aficionados, el biógrafo afirma que, “como la mayoría de los jugadores se sumó a la iniciativa y el movimiento contaba con el respaldo de la dirección, no hubo quejas. El presidente del club estaba dispuesto a permitir que se expresaran libremente siempre que ello no afectara el rendimiento del equipo. En cuanto a los aficionados, nunca hubo unanimidad. Brasil es un país muy grande y el consenso absoluto siempre es difícil. Para los seguidores del Corinthians, lo más importante era ganar; mientras el equipo obtuviera buenos resultados, la Democracia Corinthiana contaba con apoyo”. En 1982 y 1983 ganaron el Campeonato Paulista, uno de los títulos más prestigiosos de Brasil.
“Hoy, por supuesto, los aficionados del Corinthians son mucho más progresistas que la mayoría y la Democracia Corinthiana se ha convertido en un motivo de orgullo para el club. La mayor parte de los medios de comunicación brasileños se opuso al movimiento y la mayoría de los demás clubes ni siquiera intentó imitarlo”, agrega. La Democracia Corinthiana terminó entre el 1984 y el 1985, con la salida de Sócrates a la Fiorentina y la marcha de las personalidades que la sostenían.
Su historia la recuperó el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, con motivo del partido entre Brasil y Marruecos en la primera jornada del Mundial de 2026: “Ya fueras el delantero estrella o trabajaras en la lavandería, tenías el mismo voto. Y mientras la dictadura militar torturaba y asesinaba a sus ciudadanos, Sócrates lideraba a los jugadores en la cancha usando chaquetas con las palabras ‘Quiero votar por mi presidente’ en la espalda”. “El tiempo pasa, pero ciertos legados siguen resonando por el mundo. Orgullo de ser del equipo del pueblo, orgullo de ser del Corinthians”, escribió en redes sociales el club brasileño, agradeciendo a Mamdani que “honrase su legado”.
En una entrevista ofrecida a la cadena británica BBC en el Mundial de 2010 en Sudáfrica, Sócrates comentó que el proyecto corintiano “aportó a la gente la conciencia de que podía votar y cambiar las cosas; hizo que las personas comprendieran, junto con otros movimientos que estaban surgiendo en el país, que era posible generar cambios”. “La gente me dio poder como futbolista popular. Si las personas no tienen poder para expresar lo que piensan, entonces yo puedo decirlo en su nombre. Si yo hubiera estado del otro lado, y no del lado de la gente, nadie habría prestado atención a mis opiniones”.
La implicación política de Sócrates, no obstante, no se materializó en los despachos, a diferencia de otros compañeros que participaron en la Democracia Corinthiana. “Nunca fue partidario de la participación formal”, cuenta Downie. Detestaba las reuniones y los trajes, y no quería someterse a un partido (político), con sus reglas, disciplina y campañas. Disfrutó, eso sí, de “una época feliz” como secretario de Deportes en su ciudad natal, Ribeirão Preto, pero era un cargo “práctico y puntual”. “Era un pensador, no un hacedor. Proponía ideas y dejaba que otros las implementaran”, concreta.
Después de su retirada como futbolista, mantuvo relación con Lula da Silva, a quien admiraba, “aunque ese respeto estaba acompañado de cierta frustración por oportunidades políticas desaprovechadas”. En sus últimos años, acudía al Palacio Presidencial cuando Lula era presidente para jugar al fútbol los fines de semana, en barbacoas que organizaba.
Sócrates murió en 2011, a los 57 años, por un shock séptico causado por una infección intestinal, después de haber sufrido cirrosis hepática tiempo atrás por una vida que acompañó del alcohol y del tabaco.
Desde 2022, junto al Balón de Oro se entrega el premio Sócrates para galardonar a jugadores implicados en causas sociales.

Sobre el fútbol actual, Sócrates valoró en la BBC que “hoy en día se les vende a los niños la idea de que el fútbol puede hacerte rico y famoso, pero nada más”. “Eso no significa nada, lo importante es conocer las dos caras de la vida y experimentar el encuentro con las personas”.
Preguntado por su legado sobre los jugadores, su biógrafo opina: “Trágicamente, Sócrates tuvo poca influencia sobre las generaciones de futbolistas que vinieron después de él. En el baloncesto, el fútbol americano y muchos otros deportes existen atletas que han adoptado posiciones firmes respecto a causas políticas: contra el fascismo, contra el racismo, a favor de una mayor inclusión, entre otras. Sin embargo, el fútbol parece ser, en gran medida, inmune a este fenómeno. Muy pocas figuras importantes han mantenido posturas políticas claras y duraderas, especialmente mientras siguen en activo. Esto ocurre tanto en Brasil como en otros países. Es una verdadera lástima. Sócrates se sentiría decepcionado”.

A Sócrates le sucedieron otros futbolistas que decidieron vincularse con la política directa o indirectamente. En el espectro de la izquierda, el excompañero de Sócrates en el Corinthians de la Democracia, Walter Casagrande, el también exjugador Juninho Pernambucano, Bebeto o Paulinho (aún en activo) han apoyado públicamente a Lula da Silva.
También Pelé, apodado ‘O Rei’ y considerado por no poca gente el mejor futbolista de la historia, dio el salto a la política a finales del siglo XX. Fue ministro de Deportes durante tres años junto con Fernando Henrique Cardoso, jefe histórico del Partido de la Socialdemocracia de Brasil.Al fin campeones del mundo
Sin embargo, los casos más sonados recientemente proceden de la ultraderecha, por su simpatía con Jair Bolsonaro o con su hijo Flavio. Es el caso varias leyendas de la Canarinha. Romário, uno de los mejores delanteros de la historia, dio el salto a la política hace 16 años y pasó del centro-izquierda a, en la actualidad, ser senador por Río de Janeiro en el partido de Bolsonaro. Otras figuras como Ronaldinho, Rivaldo, Cafú, Neymar Jr., o Kaká se han sumado a mensajes de apoyo al ultra brasileño.
Rajoy y el PP, hacia la pendiente racista
- El expresidente sigue sin retractarse de su comentario xenófobo, que presupone que las personas de raza negra son de países lejanos. El PP ha cortado el cable con su electorado cristiano, humanista, ilustrado y moderado

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15 de julio de 2026 21:29 h
Actualizado el 16/07/2026 05:30 h
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Mariano Rajoy, un presidente de Gobierno que se jactaba de informarse con el Marca y que puso fin a su legislatura en un restaurante, avisó a los suyos cuando Pedro Sánchez ganó la moción de censura en 2018 de que no iba a ser un expresidente entrometido en los asuntos de España y su partido.
Hay que reconocerle que lo cumplió, en parte porque ya estaba Aznar como faro moral de los halcones, dispuesto a arengar y pintar un país en la debacle moral y social, dispuesto a ser un referente, justamente él, el hombre que mintió a un país para retener el poder, incluyendo a los directores de la prensa nacional progresista y conservadora en el 11M. Rajoy cumplió, retomó su plaza de registrador de la propiedad y siguió saliendo a caminar rápido. Había acabado su gobierno de manera abrupta, inesperada, sin admitir la corrupción sistémica en su partido y con un bolso de la vicepresidenta ocupando su escaño.
Sin embargo, el expresidente asoma de vez en cuando: en unas declaraciones, un acto, una entrevista puntual o una columna de opinión deportiva. Momentos que hacen recordar que ese señor tan campechano –y se podría pensar que tan moderado en comparación con Feijóo– también transita en algunos asuntos por la pendiente ideológica ultra. Racistas un poco somos todos, pero hay quien se evalúa y quien se jacta.
Escribió en su columna sobre el mundial que Francia tiene “una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”. Es decir, que las personas negras son a priori de fuera, o no tan de dentro como los blancos. Como si un ciudadano negro de Leganés, Badajoz o Barcelona, que se ha educado con la tele española, en el sistema educativo español o trabaja y paga impuestos en España no fuera realmente español. Como un español de dos o tres puntos menos.
En su siguiente columna publicada, este martes, Rajoy no dice que aquello fuera un error, ni un comentario racista que se le escapara y que esté dispuesto a deconstruir. Ni siquiera justifica que fuera un malentendido. Cuando el expresidente escribió que Francia tiene “una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”, quizás quería decir eso. Que las personas negras no pueden ser en el fondo más que africanas y siempre lo serán. Como ha renunciado a explicarlo, habrá que quedarse con la primera versión conocida de su pensamiento.
En su reciente escrito no matiza este comentario racista, pero sí critica a los que le han criticado, especialmente al Gobierno, al que acusa de chivarse y sacar partido en lugar, se sobreentiende, de resolver la corrupción. “Ellos no piden perdón por nada. Eso, por lo visto, siempre les toca a otros”. Eso sí, apela a quienes le conocen para que piensen de él lo mejor posible, pero sin desvelar si es xenófobo en plena regularización de migrantes en su país: “Ustedes ya saben cómo soy y lo que pienso. ¡Viva España!”, cierra su comentario. La verdad es que nos hemos quedado sin saber quién es y qué piensa.
Por si quedaban dudas de que el Partido Popular español ha cortado el cable con su electorado cristiano, humanista, ilustrado y moderado, Rajoy recuerda que no hay lapsus. Mientras Cáritas apoya la regularización de migrantes, con los pasos del papa aún resonando en España, Feijóo está en contra de la regularización, ha vinculado inseguridad y raza, su baronesa Ayuso suelta bulos de violaciones. Ahora, Rajoy, aquel presidente moderado que algunos añoran, deja claro qué opina de una Europa multicultural. Como dice Mariano, viva España, pero tal y como es, no como aquel país clasista y racista que añoran los más radicales. “Hay que tener buen humor”, titula el expresidente su columna. Antes de eso hay que tener honestidad y no azuzar el fantasma del racismo y el conflicto social que supone cuando dices amar a tu país.
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