La marcha del 18 de julio
No existe razón alguna para dejarse amedrentar por las etiquetas despectivas de los sectores que promueven el inmovilismo político, escribe Ángel Rivera



Exhortar a la participación masiva en una movilización ciudadana es un acto de responsabilidad cívica que exige ignorar críticas superficiales, burlas y menosprecio de quienes insisten en reducir el reclamo de soberanía al gastado argumento de que se trata de una minoría electoral. La experiencia histórica universal demuestra, con contundencia, que las mayorías coyunturales no determinan la justicia intrínseca, la viabilidad ni el éxito futuro de una nación en su aspiración a gobernarse a sí misma.
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El siglo pasado ofrece múltiples ejemplos de procesos de descolonización que comenzaron en condiciones de extrema desventaja numérica y política. Irlanda es el caso paradigmático: a principios del siglo XX, el ideal de establecer una república soberana era defendido por una pequeña minoría militante que se enfrentaba al control militar, económico y cultural del gigantesco Imperio Británico. Sin embargo, tras alcanzar su emancipación política —y desmintiendo los augurios de miseria, caos y aislamiento que repetían sus detractores coloniales— Irlanda asumió las riendas de su propio destino. El tiempo confirmó la lucidez de aquella minoría inicial: hoy la República de Irlanda es un país plenamente viable, con uno de los niveles de desarrollo económico, innovación y calidad de vida más altos de Europa.
La Marcha por la Independencia prevista para el sábado 18 de julio constituye una cita impostergable con la historia contemporánea de Puerto Rico.
Ante la convocatoria al evento, resurge también un viejo reproche dirigido a las comunidades boricuas en el exterior: “Es muy cómodo defender la independencia disfrutando de los beneficios de un estado”. Como puertorriqueño que ha vivido en Massachusetts por más de cuarenta años, conozco bien ese argumento. Pero es una reacción simplista que confunde geografía con ideología. Lejos de ser una contradicción, la mudanza de un independentista a los Estados Unidos es profundamente coherente con su ideal. Uno no emigra buscando la estadidad; uno emigra buscando el bienestar y la estabilidad que ofrece un país soberano, que es exactamente el mismo estatus de libertad y desarrollo al que aspiramos para nuestra patria. Vivir y trabajar dentro de una nación independiente no es una claudicación: es una confirmación práctica del poder de la soberanía para generar riqueza.

No existe razón alguna para dejarse amedrentar por las etiquetas despectivas de los sectores que promueven el inmovilismo político y la dependencia. El respaldo a este justo reclamo —ya sea desde el casco histórico del Viejo San Juan o desde las comunidades de la diáspora en Boston, Nueva York u Orlando— se ejerce por un deber histórico ineludible con el pueblo puertorriqueño. El futuro de Puerto Rico se construye con argumentos firmes, convicción y la valentía necesaria para superar cualquier temor.
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Ángel Rafael Rivera
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