La España diversa y mestiza que desafía el relato nacional de las derechas juega la final del Mundial

El vestuario de la selección española lo completan nueve catalanes, cinco vascos y un gallego, tres de ellos, además, migrantes de primera o segunda generación. «La gente aparca las batallas culturales e ideológicas en momentos puntuales, como puede ser una competición internacional», defiende el sociólogo David Moscoso.
María Cappa recuerda el Mundial de 2010, cuando la mitad de los convocados eran catalanes o vivían en Barcelona, «epicentro del odio fascista» por el auge del independentismo. «El público les aplaudía igual porque lo que primaba era -como ahora- la ilusión de volver con la copa», recuerda.
«Los aficionados más conservadores tienen que lidiar con una importante contradicción: celebrar los éxitos de un equipo que representa la plurinacionalidad que ellos mismos rechazan», defiende el escritor Ramón Usall.


Madrid-18/07/2026 20:15
«El fútbol si sirve para algo es para integrar la sociedad (…), somos ejemplo de la integración«, reivindicó Lamine Yamal antes del partido entre Francia y España. La antesala: unas declaraciones racistas en las que Mariano Rajoy acusaba a Les Bleus de tener en su banquillo a demasiados futbolistas negros, prueba -fehaciente- del pasado colonizador de Francia en Camerún, Argelia, Togo, Costa de Marfil o Mauritania.
Lamine Yamal es hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana. El delantero nació en Esplugues de Llobregat (Barcelona), pero creció y vivió desde pequeño en el barrio de Rocafonda (Mataró). El vestuario de la selección española lo completan otros ocho catalanes, cinco vascos y un gallego; tres migrantes de primera o segunda generación, un defensor de los derechos LGTBIQ+ y un negacionista de la crema solar, colega, además, de Dani Desokupa. La Roja se ha convertido en una suerte de espejo de la sociedad española, una sociedad diversa y multicultural, una sociedad que la derecha y la extrema derecha se empeñan en negar. El Mundial de Fútbol, sin embargo, hace que las filias y fobias del entramado ultra queden –al menos, temporalmente- fuera de juego.
«El fútbol está completamente insertado en la sociedad. Las tensiones y la polarización también se ven en los estadios. Lo que ocurre aquí es que confluyen distintas vías en apoyo a la selección porque pesa más la necesidad imperiosa de sentirse ganadoresdel Mundial. La afición no hace -por tanto- un análisis profundo de la procedencia o los gustos de cada jugador», defiende María Cappa, periodista y coautora de También nos roban el fútbol (Akal). «La gente aparca las batallas culturales e ideológicas en momentos puntuales, como puede ser una competición internacional. Lo vimos también cuando España ganó el Mundial de fútbol femenino en 2023. El machismo, la xenofobia y los discursos de odio que promueven los partidos políticos de derecha y extrema derecha volverán a recalar más pronto que tarde en el ámbito deportivo», lamenta David Moscoso, catedrático de Sociología del Deporte en la Universidad de Córdoba.
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El banquillo español cuenta con jugadores de hasta nueve comunidades distintas en un momento en el que la contienda política está marcada -entre otras cosas- por el debate sobre la plurinacionalidad del Estado. La final de este domingo coincide además con la reciente validación de la Ley de Amnistía por parte del TJUE. La Roja tiene a nueve catalanes en su lista de convocados para este Mundial, es decir, uno de cada tres miembros de la selección han nacido en Catalunya. Andalucía está representada con Gavi, Fabián y Álex Baena. La Comunidad de Madrid con Rodri y Marcos Llorente. País Vasco y Navarra suman un total de cinco jugadores en la alineación española. El País Valencià y Canarias envían -cada una- a dos futbolistas. Extremadura está en el once con Pedro Porro. Y Galicia, con Borja Iglesias.
«La derecha conservadora siempre ha querido convertir la selección en un instrumento de españolización, para normalizar la presencia del discurso nacionalista [español] en territorios como Catalunya o Euskadi. Y los aficionados más conservadores -los más exaltados con las victorias de La Roja– tienen que lidiar -habitualmente- con una importante contradicción: celebrar los éxitos de un equipo que representa la plurinacionalidad que ellos mismos rechazan», defiende Ramón Usall, sociólogo y autor de Futbolítica y Fútbol por la libertad (Altamarea). Esta circunstancia no es nueva. El vestuario que bordó la primera estrella en la camiseta de España lo integraban siete catalanes. La final se jugó dos años antes de la primera Diada multitudinaria -la primera de ocho- en las calles de Barcelona. «La ciudad era entonces el epicentro del odio fascista en España. La mitad de los convocados venían de Catalunya o estaban en el Barça. Y el público les aplaudía igual porque lo que primaba era -como ahora- la ilusión de volver con la copa», recuerda María Cappa.
La Roja, con tres migrantes a la cabeza
Mariano Rajoy ensalzó hace unos días el «altísimo nivel» de la selección francesa. «Eso sí, sin franceses«, matizó el que fuera presidente del Gobierno entre 2011 y 2018. Las declaraciones fueron calificadas de «racistas» y «estúpidas» por el Ejecutivo galo de Sébastien Lecornu. El popular no reparó en un detalle: 23 de los 26 convocados por Didier Deschamps han nacido en Francia. Y pasó por alto otra cuestión: el combinado español tiene en su once titular a Aymeric Laporte y Lamine Yamal. El primero nació en Agen, pero tiene ascendencia vasca -por sus bisabuelos- y prefirió vestir la camiseta de La Roja que la de los Bleus. Los padres del segundo llegaron a Barcelona procedentes de Marruecos y Guinea Ecuatorial. Lamine Yamal nació y creció en la periferia -barrios migrantes- de la Ciudad Condal. España también cuenta en su alineación con Nico Williams. La familia del extremo vasco, que partió de Ghana en busca de un futuro mejor, llegó a Bilbao de la mano de Cáritas, después de atravesar Burkina Faso, Níger o Argelia y cruzar la frontera hacia Melilla. Nico y su hermano Iñaki son dos de las estrellas del Athletic de Bilbao, un club que se enorgullece de fichar futbolistas que hayan nacido o se hayan formado futbolísticamente en Euskadi.
«La realidad multicultural que plasma la selección representa ni más ni menos que la cotidianidad de un mundo globalizado«, insiste David Moscoso. «España tiene cada vez más jugadores que proceden de otros países porque así es la evolución natural de las sociedades europeas, no tendría sentido un equipo en el que no hubiera ninguna persona migrante o racializada», coincide María Cappa. El Instituto Nacional de Estadística (INE) sitúa el porcentaje de población con nacionalidad extranjera en torno al 14,6%. La proporción es prácticamente la misma en el vestuario de La Roja. El 11,5% de los convocados por Luis de la Fuente para este Mundial tienen raíces en Francia, Marruecos, Guinea Ecuatorial o Ghana.
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Borboneando en el sofá
Lo que no refleja el combinado español es la diversidad sexual y de género que caracteriza a un país referente para el colectivo LGTBIQ+ como puede ser España. El 7,3% de los hombres españoles se declaran abiertamente homosexuales o bisexuales, según la Encuesta Nacional de Salud Sexual del CIS. Este porcentaje no tiene réplica en el once de La Roja. Y si la tiene, no es públicamente conocida. «La homofobia sigue pesando mucho en el mundo del fútbol. Los avances sociales no han alcanzado todavía muchos sectores retrógrados de la población y esta casuística no es más que una prueba de ello», desliza Ramón Usall. «La selección podría ser un espejo todavía mayor de la sociedad española si el fútbol abandonase también los discursos machistas y homófobos», concuerda David Moscoso. Borja Iglesias es el único de los 26 jugadores del combinado español que se ha pronunciado abiertamente a favor del colectivo LGTBIQ+. También fue uno de los escasos jugadores que mostró su apoyo expreso a Jenni Hermoso tras el beso no consentido que le propinó Luis Rubiales tras la final en la que la selección femenina ganó el Mundial en Sídney. La Audiencia Nacional confirmó en 2025 la condena contra el expresidente de la Real Federación Española de Fútbol por el delito de agresión sexual.
Los silencios que resuenan en la grada
Las fuentes consultadas por este medio reconocen que fútboly política «siempre han estado conectados», por mucho que los jugadores rara vez opinen sobre cuestiones sociales o quieran hacer pública su ideología. Unai Simón cuestionó en octubre de 2025 la censura de la FIFA por un homenaje del Athletic Club a las víctimas del apartheid y el genocidio en la Franja de Gaza. Lamine Yamal también sacó la bandera palestina en la celebración de La Liga que ganó esta primavera el FC Barcelona. Y Nico Williams o Borja Iglesias han hecho declaraciones en contra de la masacre del Gobierno de Israel. El silencio -con todo- sigue resonando en la grada más allá de la causa palestina. «Las redes sociales han permitido que los jugadores puedan expresarse sin intermediarios que manipulen o tergiversen sus palabras. Esto es producto de la descontracturazión de la sociedad. El problema es que muchos temas siguen siendo tabú en pleno 2026″, advierte María Cappa. «Los intereses comerciales frenan muchas veces las posturas explícitamente políticas, impiden que un futbolista hable de los precios de la vivienda, defienda el derecho a la autodeterminación o denuncie las desigualdades sociales», continúa Ramón Usall.
La salud mental es otra de las grandes olvidadas en los vestuarios, también en el de España. Ferrán Torres es el único jugador que ha reconocido públicamente haber superado una depresión a raíz de las críticas que recibía dentro y fuera del campo. Los jugadores de fútbol tampoco hablan en exceso de sus orígenes humildes, sus problemas personales y sus intereses académicos. La Roja tiene aquí sus propias excepciones. Fabián aseguró en múltiples entrevistas sentirse «orgulloso» del trabajo de su madre como limpiadora. Y le pidió que se retirara del mercado laboral cuando empezó a ganar dinero. Cucurella explicó por su parte cómo vive la crianza de uno de sus hijos, diagnosticado con autismo. Y Rodri habló sin tapujos de como compaginó sus inicios en el fútbol con el grado de Administración y Dirección de Empresas (ADE). La otra cara de la moneda lleva el rostro de Marcos Llorente. El lateral derecho ha protagonizado decenas de polémicas por sus declaraciones en contra de la ciencia y a favor de la sobreexposición solar o por fotografiarse junto al agitador ultra Dani Desokupa. La viva imagen de la selección como retrato de un país en el que conviven negacionistas y científicos, discursos racistas y personas migrantes, manifestaciones por los derechos humanos y defensores del régimen sionista, familias con conciencia de clase y multimillonarios sin escrúpulos.
El otro marcador del España-Argentina
La casualidad ha querido que España y Argentina se enfrenten en la final del Mundial que se celebra este domingo en Nueva York. Pedro Sánchez acudirá a un encuentro en el que no estará Javier Milei, pero sí compartirá asiento con Donald Trump. El otro partido no se juega en el campo. Y contrapone dos modelos diferentes de hacer política, uno progresista y otro neoliberal y de extrema derecha. «Milei quiere utilizar la victoria argentina para tapar las miserias y los problemas económicos del país, la mala gestión y la venta de tierras argentinas al mejor postor. Y Sánchez busca contagiar su imagen de la euforia colectiva de un potencial triunfo. Lo que pasa es que la emoción del que gane va a pesar más que los análisis políticos y seguramente se ignoren ciertas lecturas que serían súper valiosas, haciendo gala de la premisa de no mezclar fútbol y política que es paradójica y absolutamente errónea», reivindica María Cappa.
David Moscoso termina en cambio con una reflexión menos interpretativa y recordando los vínculos entre dos pueblos hermanos: «La batalla estará en el terreno de juego y entre dos selecciones que no solo han sido campeonas, sino que históricamente han sido amigas».
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Víctor López
Redactor de Investigación
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Así hemos cambiado en 16 años: la España que jugó la última final del Mundial casi no existe
- Pedro Sánchez, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal y Yolanda Díaz ya estaban en política, aunque salvo el ahora líder del PP ocupaban cargos menores.
- La vivienda y el paro eran las principales preocupaciones en 2010, año en el que el desempleo alcanzó el 20% de los afiliados a la seguridad social.

El año que Iniesta marcó en la portería de Países Bajos para elevar a la selección española masculina de fútbol y hacerla campeona del mundo, el Gobierno era progresista y la crisis de la vivienda daba sus primeros coleteos. Son escasas las similitudes que conectan pasado y presente, ahora que España enfrenta su segunda final, esta vez contra Argentina.
Aquella vez, los jugadores españoles tributaron en Sudáfrica –lugar donde se llevó a cabo el torneo- sus primas por la victoria para pagar menos impuestos. El 11 de julio de 2010, fecha del hito futbolístico, José Luis Rodríguez Zapatero era presidente de la nación y Mariano Rajoy el líder de la oposición. El bipartidismo mostraba robustez y PSOE y PP se repartían 323 de los 350 escaños del Congreso de los Diputados. Josep Antoni Duran i Lleida era el diputado por Convergencia i Unio (CiU), la tercera fuerza con más representación en el hemiciclo, y las alternativas se hundían en la indiferencia: Izquierda Unida alcanzaba solamente dos escaños (a pesar de casi un millón de votos) y UPyD, de Rosa Díez, tenía un único asiento.
A juzgar por los resultados que publicaba el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) unas semanas antes de la final, en mayo de 2010, las preocupaciones entre la ciudadanía eran muy diferentes a las actuales: el paro (82,9%) alcanzaba su pico en la última década, la economía (45,3%) obtenía el segundo puesto y el estado de los partidos políticos (15,8%) obtenía el tercer puesto. En 2010 habían pasado dos años de la sorprendente caída de Lehman Brothers y en España ya estaban desempleados el 20,4% de los afiliados a la seguridad social. Entre los menores de 25 años la cifra llegaba hasta el 43%, unos datos que no dejarían de incrementarse en los años posteriores. 16 años después, el paro ronda el 10,3% y la mayor preocupación entre los españoles es la vivienda (41,3%),la crisis económica (24,9%) y la calidad del empleo (19,2%).
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Dónde estaban los actuales líderes
Aunque en 2010 ya había alguna cara conocida en el Congreso. Pedro Sánchez, que en aquellos tiempos era un político de segunda fila y ocupaba un puesto como concejal en el Ayuntamiento de Madrid, saltó al hemiciclo nacional durante un breve periodo de tiempo debido a la renuncia de Pedro Solbes. Un año después, en las elecciones que dieron a Rajoy como ganador, Sánchez estuvo en las listas pero no obtuvo escaño. Alberto Núñez Feijóo sí estaba entre los rostros más conocidos del panorama político. Llevaba ya un año como presidente de la Xunta de Galicia y ese mismo año protagonizó una polémica por unos comentarios que Feijóo pronunció sobre una joven actriz durante un acto de las Nuevas Generaciones del PP: «Voy a ser breve porque he quedado con María Mera a partir de la una en ir a tomar una copa. De momento me dijo que no, pero lo voy a intentar», dijo el presidente gallego sobre una mujer de 24 años. Feijóo tenía entonces 48 años.
En cuanto a Santiago Abascal, actualmente con un fuerte discurso «antichiringuitos» y contra la clase política, en 2010 estaba en un cargo nombrado a dedo por el Gobierno de la Comunidad de Madrid de Esperanza Aguirre. Entonces ocupaba el puesto de director de la Agencia de Protección de Datos de la Comunidad de Madrid. Yolanda Díaz, por su parte, era la coordinadora de Izquierda Unida en Galicia y concejala en el Ayuntamiento de Ferrol.
La vivienda y la ultraderecha en 2010
Sin duda la gran diferencia entre las dos épocas tiene que ver con la economía. Mientras que España en la actualidad atraviesa un momento boyante en términos macroeconómicos, hace 16 años había varios síntomas de estancamiento. Actualmente se constata un crecimiento del PIB cercano al 2,4–2,6%, entre los más altos de la eurozona, y en 2010 era de un 0,1%. La construcción de vivienda entonces se paralizó por la crisis económica y la falta de demanda, mientras que en la actualidad el mercado está tensionado entre otros motivos por la falta de pisos en el mercado. La crisis iniciada en 2008 provocó que los desahucios se dispararan en 2010 hasta alcanzar un total de 54.250, más del doble que en 2025 (25.540). Sin embargo, el precio de los alquileres es el principal problema de la actualidad: el metro cuadrado estaba a 7,8 euros mientras que actualmente ronda los 15,3, más del doble.
Aunque uno de los mayores contrastes de España se puede constatar en el auge de la ultraderecha. En 2010, no había ningún partido a la derecha del PP en el Congreso de los Diputados. España 2000 y Falange apenas acumulaban 20.000 votos de forma conjunta. El panorama en el resto del mundo también era radicalmente diferente: el presidente de EEUU era Barack Obama, Nicolás Sarzoky en Francia, Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, Silvio Berlusconi en Italia, Angela Merkel en Alemania y David Cameron en Reino Unido. Las relaciones hispanoargentinas, con Zapatero y los Kirchner en el poder, eran mucho más nutritivas que las actuales, ya que Javier Milei ha llegado a definir a Sánchez como «impresentable».
Sobre la firma
Jose Carmona
Redactor de Política
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Deporte más allá del Mundial: las ligas cooperativas ocupan las canchas públicas de Madrid
Ahora que el espectáculo elitista del Mundial acapara la atención de las redes, es importante poner en valor el deporte de base. Las ligas cooperativas son un espacio donde la práctica deportiva vuelve al barrio sin las barreras económicas y sociales presentes en las competiciones municipales y privadas.

«Participar en una liga cooperativa para mí ha supuesto una forma completamente distinta de vivir el deporte», cuenta Paula, jugadora y miembro de la asamblea de la Liga Gamberra, un colectivo deportivo centrado en el baloncesto «horizontal, asambleario y que no depende de ninguna institución». Este surgió con el fin de acercar el deporte de equipo a aquellas personas que han sido históricamente expulsadas de él por sus estructuras binarias, machistas y cisheteropatriarcales. Por el contrario, Paula asegura que «la Liga Gamberra es transfeminista, anticapitalista, antirracista, anticapacitista, antigordófoba y antifascista».
La forma de operar de la Liga Gamberra coincide con los principios que definen al deporte cooperativo, que, según Alfredo del Río Casasola, profesor de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de una investigación sobre deportes cooperativos, «nace del rechazo tanto a las alternativas deportivas burocráticas propuestas por los municipios como a las ligas privadas que ofrece el mercado». Una distancia de las opciones institucionales que se combina con «unas normas y compromisos propios», que los convierten en una práctica «cotidiana y no esporádica«.
Paula, miembro de la Liga Gamberra: «El deporte también es político»
Estos principios de autogestión y compromiso los comparte también la Liga Cooperativa de Basket (LCB), otro ejemplo de deporte cooperativo en la Comunidad de Madrid. «Nuestra liga está hecha por los jugadores y los equipos que la forman», declara Javier, jugador y miembro de la LCB. Tanto esta liga como la Gamberra son «gratuitas«, pero «eso no significa que no tengas que aportar nada». En ambos colectivos se pide que cada equipo se implique en las tareas de gestión y organización de la temporada. Por lo tanto, «la liga sale adelante gracias al trabajo colectivo«, declara el jugador.
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Un modelo que apuesta por la implicación y la autogestión frente a la mercantilización del deporte de base y el pago de cuotas. Además de enfrentar lo que Alfredo del Río describe como «la inflexibilidad y la falta de participación en las normas que hay en las ligas municipales».
Deporte ‘queer’
«El deporte también es político», asegura Paula, de la Liga Gamberra. Para ella la práctica deportiva ha sido esencial en su día a día «desde bien pequeña». Tras haber jugado en distintas ligas federadas, donde podía entrar por ser «una mujer cis» que «nunca ha tenido problemas para participar en el deporte institucional», una amiga le contó que existía una liga queer «que pretendía generar un espacio seguro y accesible para todes». Paula siempre había mantenido una actitud crítica ante las ligas federadas, pues «no estaba cómoda con sus normas para participar» y entendía que estos espacios se constituían sobre violencias contra «las personas trans, no binarias o, simplemente, que no encajan en la estructura concreta de hacer deporte que nos imponen». Considera que formar parte de la Liga Gamberra le ha alejado de esas lógicas y violencias. Lo que le ha ayudado a ganar «autoconocimiento de mi manera de ser y de estar en el juego, de cuidar, de hacer comunidad y, sobre todo, me ha hecho repensar todas las normas y reglas establecidas».
«Vivimos en una sociedad dividida de forma binaria y las instituciones deportivas lo reproducen y contribuyen a intensificarlo», lamenta el investigador de la UCM Alfredo del Río. Una realidad que se observa desde las ligas infantiles, donde «estas lógicas de separar por sexo a niños y niñas empiezan muy pronto». Este pensamiento segregador en el deporte afecta directamente a aquellas personas que no pueden situarse con facilidad en el marco binario del género, lo que lleva en muchas ocasiones a su exclusión de estos eventos.
Esta marginación es especialmente sangrante en el deporte de élite, que para Paula, miembro de la Liga Gamberra, «es una herramienta para imponer el género como una cuestión biológica«, lo que ha llevado a «la expulsión de las personas trans e intersex de los Juegos Olímpicos».
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Una situación contra la que combate día a día la Liga Gamberra, un espacio deportivo «queer y transfeminista» que ocupa las canchas públicas y abre una grieta que nos permite vislumbrar una práctica deportiva que escape de estas lógicas binarias. Sin embargo, la Liga Gamberra va más allá del género, enfrentando otras barreras que se establecen en los espacios normativos de deportes como la gordofobia y el capacitismo. En relación a esto, Paula remarca que «para participar en la Liga Gamberra no se requiere una condición física, una corporalidad concreta, ni capacidad económica».
En algunas ligas municipales y privadas también se están dando pasos para acabar con la separación por sexos dentro de los deportes de equipo. Como declara Alfredo del Río, existen ciertos eventos públicos que permiten la presencia de equipos compuestos tanto por hombres como por mujeres y «en algunas ligas privadas se está fomentando la mixticidad«. Sin embargo, para Paula estas iniciativas siguen «basadas completamente en una estructura reduccionista del género binario«, que obliga a las personas a entregar su «documento identificativo» y a demostrar «una identidad binaria institucional para participar». Una realidad que también lamenta Alfredo, pues considera que estos intentos de romper con la segregación «no son transinclusivos».
La Liga Cooperativa de Basket también trata de abordar esta división binaria dentro del deporte, lo que ha llevado a que «todos los equipos sean mixtos»; lo que, para Javier, de la LCB, «nos enriquece mucho». Sin embargo, aún les falta bastante camino por recorrer, pues «es indudable que la mayoría de la liga es heteronormativa«, declara el jugador. Para Alfredo del Río, una de las razones que dieron lugar al surgimiento de la Liga Gamberra «es el hecho de que la Liga Cooperativa de Baloncesto no supo acoger realmente la inclusión de personas trans«.
Alfredo del Río Casasola: las ligas cooperativas consiguen situar «de igual a igual a los diferentes grupos sociales que habitan un barrio»
Sin embargo, este análisis no es condenatorio, al contrario, pues el investigador considera que algo que caracteriza a las ligas cooperativas es que son espacios especialmente «vivos y con muchas fricciones, que son positivas porque muestran que puede haber formas distintas de hacer las cosas». Por lo tanto, no son colectivos con principios inamovibles ni dinámicas cerradas, sino que mutan con el tiempo y se adaptan a las personas que los habitan.
Barrios politizados por el deporte
Las ligas cooperativas se caracterizan por trascender el ámbito deportivo, convirtiéndose en «un lugar de encuentro cotidiano para las personas que habitan los barrios», celebra Alfredo. Un espacio que, además, consigue ser más transversal que otras formas de deporte colectivo porque «no tiene muchas restricciones a nivel de juego, ni de forma física, ni de dinero». Por lo tanto, para el investigador estas ligas consiguen situar «de igual a igual a los diferentes grupos sociales que habitan un barrio».
Estas ligas sirven además como espacio de aprendizaje político. Como cuenta Alfredo del Río, su funcionamiento permite transmitir los principios de «la autogestión» a sus participantes. Sobre todo a «la gente que viene interesada únicamente por el deporte» y que nunca han tenido la experiencia de «construir una práctica alternativa a través de juntarse, debatir, ir a asambleas y comprometerse con unos principios que se eligen en común». Javier, miembro de la Liga Cooperativa de Basket, cuenta que «la mayoría de la gente que compone la LCB no es militante», por lo que encuentra en la liga una «herramienta transformadora» donde se introducen ideas como la «horizontalidad, el asamblearismo y la autogestión».
«Formar parte de la Liga Cooperativa de Basket nos llevó a conocer de primera mano el deporte popular en Palestina«, asegura Javier. Hace unos años, la liga entró en el proyecto Basket Beats Borders. Una red que nació en 2017 de un grupo de jugadoras de baloncesto adolescentes habitantes del campo de refugiados palestinos de Shatila, Beirut, cuyo objetivo era dar visibilidad internacional a su realidad formando lazos con otros colectivos deportivos de todo el mundo. «Fue una experiencia muy bonita porque hicimos un encuentro con este equipo de adolescentes en Madrid». Esto llevó a los miembros de la liga a implicarse aún más con la lucha contra el genocidio sionista en Palestina. Javier cuenta que «es muy difícil ayudar», pero han «estado apoyando con actividades autogestionadas o recaudando dinero con conciertos en centros sociales».
Como señala Javier, las ligas cooperativas suelen contar con conexiones que van más allá del ámbito deportivo y pueden llegar a introducirse en espacios que actúan sobre la vida política y social. Según Alfredo del Río, «se da una relación bidireccional entre el deporte cooperativo y otros actores sociales y políticos del barrio», a través de la cual se tejen «relaciones de apoyo mutuo”.
Paula indica cómo desde la Liga Gamberra han hecho lazos tanto con iniciativas deportivas afines a sus principios, participando en «la construcción de una red internacional de deporte popular y accesible», como con movimientos sociales presentes en la ciudad, formando parte de «los colectivos internos que organizan el Orgullo Crítico de Madrid«. Javier, de la Liga Cooperativa de Basket, cuenta también cómo «el impacto político de la liga en nuestros barrios es alto», debido a sus redes con «el movimiento popular, las asociaciones de vecinos, los colectivos de barrio y los centros sociales ocupados«.
«Venimos de una sociedad muy competitiva donde se nos ha educado para ganar», comenta Javier de la Liga Cooperativa de Basket
Un impacto que llega también al cuidado y la preocupación por las instalaciones públicas. Estos espacios, en muchos casos, quedan olvidados o no cuentan con grupos lo suficientemente organizados como para brindarles una atención continuada. Además, según el investigador Alfredo del Río, también existen «experiencias de generación de infraestructura propia frente a las debilidades de la pública». La Liga Gamberra es un claro ejemplo de cómo estos colectivos se hacen cargo de las instalaciones deportivas municipales. Esta ha realizado varios llamamientos públicos criticando el «deterioro de los espacios públicos» y la falta de «canchas techadas, pistas accesibles y fuentes». E incluso ha desarrollado una campaña de presión contra el Ayuntamiento de Madrid para «mejorar las canchas públicas» y combatir la privatización del espacio. Mientras, las de los pabellones «suelen estar reservadas por equipos de ligas municipales y federadas», critica Paula. Un abandono del deporte de base que contrasta con la entrega de «cantidades ingentes de dinero y recursos al deporte profesional», lamenta Alfredo.
Otra forma de jugar
«Venimos de una sociedad muy competitiva donde se nos ha educado para ganar», comenta Javier, de la Liga Cooperativa de Basket. Una actitud que está presente también «en eventos como el Mundial o cualquier liga profesional«. Esta centralidad de la competición dentro de los espectáculos deportivos «sirve, además, como estrategia geopolítica para exaltar el sentimiento nacional», declara Paula, de la Liga Gamberra. Unos valores que afectan también a los espacios deportivos amateur, donde la competitividad deriva en que «las personas que no cumplen con el estereotipo de deportista se vean rechazadas y excluidas por la presión», asegura Alfredo del Río.
Además, estos principios derivan en muchas ocasiones en una deshumanización del adversario. «Ya sea en La Liga, en el Mundial, o en la NBA hay una relación con el equipo contrario donde se permiten actitudes que se ven en pocos lugares de la sociedad», asegura el investigador. Una deshumanización que, unida a la ola reaccionaria, acaba en situaciones de violencia como «los cánticos racistas y homófobos en los estadios«. Para Alfredo del Río estas actitudes se insertan en unas ligas municipales que no incentivan «la creación de vínculos estrechos con los equipos contra los que se juega». Una realidad que en las ligas autogestionadas no es tan habitual porque, al organizarse de manera asamblearia, «ofrecen lugares de encuentro entre los distintos equipos». Y «cuando se considera al otro como un igual es menos probable que se den vejaciones o faltas de respeto», declara el investigador.
Además, las ligas autogestionadas tienden a cuestionar abiertamente los principios basados en la competitividad. En estos espacios son habituales prácticas como la eliminación de la figura del árbitro, la transmisión de los principios del fair play (juego limpio) o la presencia de los cuidados como elemento central en los partidos. Paula cuenta cómo en la Liga Gamberra se asigna a «una figura de cuidador, que se encarga de mediar y transmitir al otro equipo las necesidades y conflictos que puedan surgir»; mientras, Javier, de la Liga Cooperativa de Basket, entiende que una de las prácticas que llevan a integrar el fair play en sus partidos es que «el máximo premio que tiene la liga es un partido de exhibición donde juegan los equipos con mayor valoración de fair play«.
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Solo la selección de fútbol une a la Argentina de Milei rota por la polarización
Mientras la política profundiza una polarización que sitúa a Argentina entre las sociedades más divididas del mundo, la selección sigue siendo el único símbolo capaz de reunir, aunque solo sea durante noventa minutos, a un país enfrentado.

El Obelisco de Buenos Aires, una mole de hormigón de sesenta y siete metros clavada allí donde se cruzan las avenidas 9 de Julio y Corrientes, es donde se festejan los títulos y se convocan las protestas. El miércoles, cuando Argentina remontó a Inglaterra en semifinales —un 1-0 en contra dado vuelta en los minutos finales— y selló su billete a la final, hacia allí volvió a marchar la multitud.
Lo hicieron juntos quienes casi nunca coinciden: los barrios acomodados del norte y los barrios populares y villas del sur, el que llega en metro y el que baja de un todoterreno, el hincha de Boca y el de River, peronistas y libertarios. Y no solo en Buenos Aires. En un país federal, de fuerte orgullo provinciano, las plazas de Córdoba, Rosario o Mendoza se llenaron a la misma hora, todas bajo la misma camiseta; unos con la oficial, la mayoría con réplicas. En una de las sociedades que los estudios sitúan entre las más divididas del mundo, el fútbol tiene algo de anomalía: casi lo único capaz de reunir durante unas horas a un país que la política divide cada vez con más fuerza.
No es fervor pasajero, sino estructura social. Los sociólogos que estudian el fenómeno en Argentina —de Pablo Alabarces a Diego Murzi— describen desde hace décadas el fútbol como un mecanismo de pertenencia antes que como un espectáculo: un vínculo que no se elige, se hereda por familia y por barrio y da identidad donde otras instituciones ya no la dan.
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Sobre esa base se levanta una dimensión casi religiosa, con su liturgia propia: los altares a Diego Armando Maradona en las esquinas, las miles de espaldas con un solo nombre, D10S, contracción de Dios y del número que vistieron Maradona y Messi. La lealtad tiene su reverso violento: desde 1983 se contabilizan más de doscientas veinte muertes vinculadas al fútbol argentino.
Hay una frase que suele atribuirse al delantero argentino Jorge Valdano, campeón del mundo en 1986 y uno de los pensadores del fútbol en lengua española: el fútbol es la cosa más importante de las menos importantes. En casi cualquier país encaja; en el suyo se queda corta. Aquí el fútbol es, sin más, lo importante: uno de los pocos –sino el último– terreno compartido que le queda a una sociedad enfrentada consigo misma.
Ídolos por encima de la grieta
Buena parte de esa comunión se explica por los ídolos, venerados a ambos lados de la grieta. Maradona, irreverente y político hasta el final —amigo de Fidel Castro y de Hugo Chávez, con el rostro del Che tatuado en el brazo—, es recordado por igual en el peronismo y entre quienes detestaban lo que representaba fuera del campo.
Con Messi ocurre algo semejante en sentido inverso. En marzo visitó la Casa Blanca con el Inter Miami y estrechó la mano de Donald Trump en pleno auge de las deportaciones. Tampoco es su único gesto incómodo para el votante progresista: desde 2020 es embajador global de la tecnológica israelí OrCam y en 2019 jugó en Tel Aviv pese al boicot. Ninguno le ha costado desgaste en casa: la izquierda argentina, rápida para la condena en cualquier otro terreno, no carga contra el icono.
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Y, sin embargo, esa centralidad tiene un reverso: la lógica del fútbol ha moldeado la manera de hacer política; la “futbolización de la política”. Los politólogos hablan de polarización afectiva, un fenómeno en el que el votante ya no rechaza las ideas del adversario, sino al adversario mismo, percibido como una amenaza a su identidad más que como un rival con el que negociar. El mecanismo es el de una hinchada: la pertenencia se hereda, no se discute y define tanto por adhesión como por rechazo. Los actos de campaña han incorporado la puesta en escena del estadio: cánticos, banderas y un enemigo que cohesiona.
No es nuevo: durante décadas la línea que dividió a los argentinos fue el peronismo y su reverso. Hoy la traza el Gobierno del libertario Javier Milei, que ha hecho de la provocación un método y del adversario —la «casta», los «zurdos», la prensa— un enemigo permanente. Enfrente, el peronismo vive su propia crisis: Cristina Fernández de Kirchner cumple desde junio de 2025 una condena firme de seis años por administración fraudulenta en la causa Vialidad, con inhabilitación perpetua, en arresto domiciliario con tobillera electrónica. Para media Argentina es una presa política; para la otra, una corrupta con trato de favor.
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Los números lo confirman. El Barómetro de Confianza de Edelman —elaborado desde comienzos de siglo, con más de 32.000 entrevistas en 28 países en su edición de 2023— situó a Argentina como la sociedad más polarizada del planeta, por delante de Colombia, Estados Unidos y España. Y no ha cedido. Lo confirma un estudio de 2025 que aplicó al caso argentino la metodología del Centro de Estudios Murciano de Opinión Pública, Según este estudio, el 52% de los argentinos percibe más enojo que dos años atrás —el 59% en el área metropolitana— y de forma asimétrica: lo advierte el 67% de los votantes peronistas frente al 36% de los de La Libertad Avanza.
Cuando el adversario deja de ser legítimo, las reglas parecen negociables: un 55% avala que un líder actúe «con decisión» alterando las normas si el país está en peligro y un 45% cree que la Justicia no debería contradecir al Parlamento. Tampoco es un mal solo argentino: según el Latinobarómetro, el respaldo a la democracia como sistema preferible a cualquier otro ha caído en la región desde el 63% de comienzos de siglo hasta rondar el 52%. El continente desconfía de sí mismo y Argentina encabeza el pelotón.
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En este escenario el fútbol es reparador pero conviene no exagerar el poder reparador de una Copa. Argentina ganó el Mundial de Catar hace cuatro años y el 20 de diciembre de 2022 la caravana de los campeones —el autobús descapotable que debía llegar al Obelisco— sacó a la calle a entre cuatro y cinco millones de personas, la mayor movilización de la historia del país: recorrió quince kilómetros en cuatro horas y acabó con los jugadores evacuados en helicóptero.
Los efectos medibles fueron reales, pero estrechos: el consumo privado creció un 10,7% interanual en el segundo trimestre de 2022 y la producción de televisores un 15,1%. Nada de eso alteró el fondo. La inflación cerró el año en el 94,8%, superó el 200% al siguiente y, once meses después, el peronismo perdía la presidencia.
Los propios argentinos parecen tenerlo claro. En el sondeo de Giacobbe Consultores de junio, el 48,8% prefería que mejorase la economía aunque la selección fracasara, frente al 44,2% que elegía el título: el 85,5% cree que un campeonato no cambiaría el voto de nadie y un 71,5% rechaza que el Mundial se use para promover la unidad política. Ese último dato es el más elocuente: la sociedad más polarizada del mundo celebrará el título, pero no comprará la reconciliación que venga envuelta en él.
Este domingo, cuando Argentina se mida con España, el país volverá a funcionar noventa minutos como una sola cosa; quizá unos días más si consigue la cuarta estrella. Después, la copa —la gane quien la gane— quedará en una vitrina y la política volverá a ocupar el Obelisco con otras banderas.
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