España gana su segundo mundial: el último baile fue colectivo

Un gol de Ferran Torres en la prórroga corona un Mundial espectacular de la selección, que solo recibió un gol en ocho partidos. España fue muy superior a Argentina, salvo en los cinco últimos minutos en que Messi intentó darle la vuelta al partido sin éxito

José Precedo

José Precedo

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No era solo un partido de fútbol. Nunca lo es la final de un Mundial. En el palco estaban Donald Trump, presidente de los Estados Unidos y aspirante a líder del mundo libre, junto al presidente de la FIFA y a ratos su chico de los recados, Gianni Infantino. Y su némesis en el país, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani. Y Pedro Sánchez, el presidente español y el líder europeo que más ha chocado con Trump. Y los Reyes de España. Y Tom Cruise en el césped con su discurso sobre la importancia del fútbol. Y una lista de celebridades que daría para completar varias carteleras de Hollywood. Y 81.000 espectadores capaces de pagar más de 5.000 euros por una entrada. Y 1.800 millones de personas, la audiencia estimada, ante las pantallas en todo el planeta.Claro que son franceses… pero España fue más equipo y jugará la segunda final en su historiaClaro que son franceses... pero España fue más equipo y jugará la segunda final en su historia

En las horas previas, los titulares de la prensa deportiva, siempre espectaculares, muchas veces reduccionistas, lo vendieron como el primer (y tal vez último) duelo entre Leo Messi y Lamine Yamal. Desde el inicio del Mundial se había preparado el último baile del mejor jugador de la historia, la reedición de la temporada final de Michael Jordan cuando logró el sexto anillo para Chicago después de un año y medio retirado para jugar al béisbol. Sucede que Messi nunca llegó a desatarse del todo las botas: se fue del Barça a París y de allí a Miami, empezó a jugar a un ritmo más lento, pero con el balón todavía cosido a su pie izquierdo. En este Campeonato del Mundo se las apañó para llevar a Argentina a su segunda final consecutiva, entre goles y asistencias pero también entre polémicas y sospechas de que la FIFA (que controla los arbitrajes) tenía demasiado interés en verlo allí.

Enfrente de Messi no había un jugador capaz de hacer sombra al mejor de todos los tiempos. Pero sí un equipo, con su presión alta, las ayudas defensivas y el juego de posesión. Si solo fuese un partido, que nunca lo es la final del mundial, esas eran las armas.

En la primera parte el respeto entre ambas escuadras se impuso al fútbol. España tuvo más el balón sin llegar a crear ocasiones peligrosas ni disponer de un dominio absoluto. Gracias a un rebote, una combinación entre Olmo y Lamine acabó con un disparo de este casi sin ángulo que atajó el Dibu Martínez. Otra jugada colectiva acabó en un disparo de Oyarzábal que tampoco inquietó al portero argentino. Cucurella lo intentó también desde su banda pero el tiro salió fuera. Lamine no acababa de imponerse en su banda y a sus escasos centros no llegó nadie. Olmo, Fabián y Rodri se hicieron a ratos con el medio del campo, sin que el equipo rival pareciera incómodo.

Enfrente, Argentina lanzó varios balones largos que obligaron a Unai Simón a salir dos veces de su área, el primero de ellos a punto estuvo de dejar solo a Messi. El 10 no tuvo gran protagonismo en la primera mitad, pero su última versión, al borde de los 40 años, tampoco necesita estar enchufado todo el partido. La mayor parte del tiempo camina por el campo esperando su momento. No se implica en defensa y eso lo asumen sus compañeros que se multiplican para que el elegido llegue despejado al momento crucial del partido.

Tras el larguísimo descanso (de 30 minutos para montar un show al estilo de la superbowl, otra vez a costa del reglamento del fútbol, que establece una pausa de un cuarto de hora), el balón ya fue español. No solo fue posesión, también las llegadas a portería. Por la izquierda con Lamine, por la derecha con Baena primero y Nico Williams, después… Desde fuera del área, donde lo intentaron Rodri, Cubarsí y al final incluso Pedri. El portero argentino, Dibu Martínez, tuvo que intervenir varias veces. En los primeros 96 minutos, la selección sacó ocho córners por uno de Argentina, que sufrió el desgaste de la presión y de haber pasado por tres prórrogas en el Mundial. Cayeron sus dos centrales titulares por lesión. Y al borde del final del tiempo reglamentario Enzo Fernández acabó expulsado por doble amarilla.

Luis De la Fuente metió en el campo a Merino y Ferran, que habían sido talismanes en las eliminatorias, y a Pedri para abrir espacios. Pese al asedio, 90 minutos (con el alargue de las pausas de recaudación) no fueron suficientes. Pero la prórroga ya sería de 11 contra diez. La ocasión más clara en ese tiempo extra fue un centro de Pedri que Nico remató de cabeza en el área pequeña. El balón lo volvió a sacar el Dibu. En el 96 se produjo la jugada polémica del partido (de la que con otro final se hubiera hablado durante años). Merino recibió el balón de espaldas en el área, no logró controlar, como tampoco lo hizo el meta argentino, y el balón cayó a Nico Williams. Gol pero celebrado por poco tiempo: el árbitro interpretó que Merino había pisado al defensa. Anulado.

El entrenador argentino, Leo Scaloni, sacó a Julián del campo para meter otro defensa más. Su objetivo ya solo parecía llegar con vida a los penaltis.El equipo español seguía asediando y un centro de Nico Williams lo envió Merino fuera por muy poco. Luego hubo un par de tanganas. Argentina intentaba que corriese el tiempo, España, que lo hiciese el balón. Y así se llegó al descanso de la prórroga. Y en el minuto siguiente, el 105 de partido, la jugada que se recitará en los próximos años, como la de Iniesta en Sudáfrica que un país entero se sabrá de memoria.

Zubimendi, que había entrado por Rodri, el mejor jugador del campeonato que acabó lesionado, jugó para Lamine. Como tantas veces en estas seis semanas, el 19 vio asomar a dos defensas y cedió el balón a su socio en la banda derecha. Pedro Porro puso un centro llovido al segundo palo y allí, Nico Williams, con su 1,81 de estatura, llegó con la cabeza para dejarla hacia atrás. Ferran Torres, otro nombre para la historia, reventó primero la red y luego el banderín de córner en la celebración. Fiesta total entre la expedición española: quedaban 14 minutos para la gloria, con un jugador más contra una Argentina que parecía fundida.

Las prisas a partir de ahí parecían argentinas y el rondo, por momentos, fue español, con olés incluidos en el público de New Jersey. Argentina colgó un balón desde muy lejos al área de España y un nuevo contraataque de Ferran acabó en gol, pero fue anulado por fuera de juego. Cuestión de centímetros, menos de medio brazo, según los muñequitos que dibuja el sistema informático.

Pero entonces entró en escena Messi, desaparecido durante casi todo el encuentro. En el minuto 115 dejó de caminar por el césped y se fue a la derecha, desde donde había arreglado todos los desaguisados de Argentina durante el campeonato. Primero puso un balón al área que acabó en un córner que él mismo sacó en corto. Buscó un apoyo y su centro, al segundo palo, como el que permitió remontar contra Inglaterra, se fue por encima del larguero. La réplica en la otra área la tuvo Nico Williams: con todo para sentenciar erró en la definición.

Los últimos momentos del 10 en el mundial se convirtieron en un tormento para España. En una jugada posterior disparó con fuerza desde fuera del área y golpeó a Merino en la cabeza que cayó desplomado. Recibió atención médica y regresó al campo.

Con todo el equipo esperando el balón en el área la siguiente falta a favor de Argentina la volvió a sacar Messi en corto para que le devolviesen el balón. Ahí fabricó un espacio para Giuliano Simeone que centró al corazón del área. Remató Senesi y se fue a córner por muy poco mientras dos países enteros contenían la respiración. Volvió a sacarlo Messi. Y una sucesión de rechaces acabó en otro saque de esquina. Messi, de nuevo en el córner en el descuento de la última prórroga peleando contra el calendrio. Puso el balón al primer palo con bote y el remate posterior de Simeone junior se fue alto.

Fue la última de Argentina y un trago superado para España, que había puesto el fútbol, siempre coral durante la mayor parte del encuentro. El árbitro pitó el final. Rodri fue elegido el mejor jugador del mundial pero el triunfo es colectivo: de quienes formaron cada once inicial y de aquellos que salieron desde el banquillo y también fueron determinantes, como Ferran Torres en la gran final, como Merino antes, como Zubimendi los minutos que hizo falta, Pedri o Marcos Llorente.

Igual que en 2010 en Sudáfrica y nunca antes, campeones del mundo. Rodri, el capitán, esperó a que Trump, uno de los grandes estorbos de este mundial, se saliese de la foto para levantar la Copa del Mundo, la segunda de España en su historia. En los álbumes del futuro saldrá en una esquina junto a su subordinado, Infantino, mientras una de las mejores generaciones de futbolistas de la historia celebran su gesta.

Un triunfo, decíamos, colectivo. Los números no explican todo el fútbol pero a veces ayudan a entenderlo: el equipo más ofensivo recibió solo un gol en contra durante ocho partidos contra las mejores selecciones del planeta. Y Argentina, la vigente campeona, no llegó a tirar entre los tres palos, durante 120 minutos.La Argentina de Scaloni se queda sin regalo de fin de ciclo para Messi y su grupo de amigosLa Argentina de Scaloni se queda sin regalo de fin de ciclo para Messi y su grupo de amigos

En el reverso de la foto que siempre depara el deporte: Messi, el mejor jugador de todos los tiempos, llora con su medalla puesta mientras mira a la grada. El último baile fue colectivo y también español. A él le espera LA HISTORIA.

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La incómoda sensación de ser la única persona feliz en una pizzería argentina en la final del mundial

  • España se ha proclamado campeona del mundo por segunda vez en el Metlife Stadium y Argentina ha perdido el cuarto mundial que alimentaba sus sueños ante los aficionados argentinos que se congregaban La Fugazzeta, una pizzería de Santiago de Compostela

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El ambiente en el interior de La Fugazzeta
El ambiente en el interior de La Fugazzeta

Anxo F. Couceiro

Santiago de Compostela —

20 de julio de 2026 01:23 h

Actualizado el 20/07/2026 03:11 h

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Una historia es siempre el ángulo desde el que se cuenta. He aquí uno: España se ha proclamado campeona del mundo por segunda vez en su historia en el Metlife Stadium de Nueva Jersey ante Donald Trump, Tom Cruise y Shakira. Y he aquí otro: Argentina ha perdido en el campo el cuarto mundial que alimentaba sus sueños en La Fugazzeta, una pizzería de Santiago de Compostela donde el único que no vestía de albiceleste era este cronista, que termina ahora de aporrear su portátil sobre una de las mesas altas que el local tiene dispuestas contra la pared, ideales para “comer parado, al estilo porteño”. En los 107 minutos que trascurrieron desde el inicio de partido al gol de Ferran Torres que bordó la segunda estrella española, esta pequeña pizzería argentina pasó de Bombonera a tanatorio.

Antes de que la mozzarela volase enrabietada en La Fugazzeta, hablo por teléfono con mi amigo Alfredo Garófano, fotógrafo argentino que lleva cuatro décadas en España. Empezó su carrera como paparazzi y hoy es jefe de fotografía de la revista Lecturas. Por su objetivo ha pasado toda la crónica social imaginable, desde Lady Di hasta Anabel Pantoja. Es un hombre que no sólo lo ha visto todo sino que lo ha inmortalizado todo (entre otras cosas, al rey Juan Carlos desnudo, hito profesional que le hizo creer durante breves e ingenuos momentos que se haría rico). Pero hoy se siente raro. “Lo único que no había visto nunca de un partido es la necesidad de dar tantas explicaciones para decir que se va con uno u otro equipo. En Catalunya dicen ‘Voy con Messi para que los españoles se jodan’ o ‘Voy con España porque hay ocho del Barça’. Me parece una locura”. Todos los países tienen sus monstruos particulares, rarezas mutantes capaces de carcomer cualquier enfoque desde un lore indescifrable para el observador externo. El monstruo español es la rivalidad Madrid-Barça. Un argentino puede intentarlo, e incluso ponerle muchas ganas al empeño, pero nunca será capaz de hacer entender del todo El Peronismo a un español; del mismo modo que un español nunca será capaz de hacer entender a un argentino que un votante madridista de Vox obsesionado con la “prioridad nacional” en la política abjure de la Selección porque no hay jugadores de su club y sí muchos del rival. Alfredo tampoco es inmune a paradojas. Cuando hablamos, faltan apenas dos horas para que el balón empiece a rodar y no sabe aún cómo sentirse. “A mí me pasa como a Alejo Stivel: en el momento en que el árbitro inicie el partido, yo ya gané un Mundial”, me dice. A lo largo de este Mundial, he recibido mensajes verdaderamente apocalípticos de Alfredo, hasta el borde de la apatridia. “Argentina y su selección me confirman todas las razones correctas por las que me fui de ahí hace 40 años y nunca jamás se me ocurrió volver”, me dijo cuando la albiceleste perdía 2-0 contra Egipto. Sus refunfuños llegaban con la misma rapidez con la que Argentina remontaba y el temperamento emocional de Alfredo corregía su curso en nuestro chat con un rosario de stickers de Messi. Él dice que no sabe a quién animar hoy, y yo le creo.

El camino a mi destino tiene ese aquel fantasmagórico de las grandes gestas deportivas. Apenas cuatro familias paseando a sus bebés y algún guiri despistado con maletas por la calle. Voy a ver el partido en La Fugazzeta, una pizzería argentina fundada por Alejandro Bigiovani hace cuatro años. Él lleva 27 en nuestro país y ha logrado convertir este negocio pequeño y encantador, de 125 metros cuadrados atestados de camisetas colgantes, en un templo canchero este Mundial. La tele canta los goles y él las pizzas: tiene un micrófono tombolero con el que anuncia cada pedido. “Yo el partido no puedo verlo. En cuanto empiece, me pongo detrás de la barra”, me dice. Está nervioso, mosca. No le ha gustado el papel de los suyos durante la competición. “Salvo en el partido frente a Inglaterra, que ahí sí”, dice con voz arenosa que recuerda al vídeo viral de El Coco Basile hablando del Blue Label como “un elixir”. Entre las mesas se respira una ilusión contagiosa, familiar. Me llama la atención una pareja, él con la albiceleste y ella con la segunda equipación de la selección española, esa blanca que tanto se ve. Son Matías y Rochy. “Llevo 20 años en España, los mismos que hace que la conocí”, me dice ella. “’¡Algo tendrá España!”, bromea ella. Les acompañan sus dos hijos, ambos vestidos de azul y blanco pese a haber nacido en nuestro país. “¿Nunca os planteasteis venir hoy vestidos de la Roja?”, les pregunto. Los dos niegan con la cabeza, serios y hasta sorprendidos de que plantee la cuestión. Hablo también con Kiko Medarde. Como lleva la elástica de Messi, doy por hecho que es argentino. Error. “Soy de Santiago, pero voy con Argentina desde siempre. Me identifico con el país, con su pasión. Desde chaval me gustaban jugadores como Riquelme, Saviola, Aimar… Como culé, con Messi me volví loco. Lo adoro. Para mí, es lo máximo”. Hay gallegos que, por razones políticas o estéticas o sentimentales, no apoyarían nunca a España en una final. Le pregunto si es su caso. “En absoluto”, me aclara. Sus razones son puramente futbolísiticas. De hecho, me dice, tiene un blog de fútbol donde ha escrito una carta pública a Messi explicándole por qué esta noche le apoyará a él en lugar de a su país.

Matías y Rochy posan antes del inicio de la final
Matías y Rochy posan antes del inicio de la final

Otro que lleva la camiseta del 10 es Diego (mientras redacto esta frase me doy cuenta de lo tonta que suena, pero qué le vamos a hacer). Está en Compostela de paso. “He parado aquí de camino a Bilbao para asistir a la boda de mi hermano”. Viene en una autocaravana. En el camping donde duerme, preguntó por un bar donde ver la final y le recomendaron sin duda La Fugazzeta. “Estoy muy nervioso. Hoy quiero ganar, más que por mi país, por Messi. La forma en la que lo tratan en Argentina es muy injusto y ojalá se resarza”. Eric y Daniela viven en Lalín con su hijo de 10 meses. Están aquí, en Santiago y en La Fugazzeta, para vivir una noche grande. “Nos dijeron que aquí habría ambiente”. Con esa camaradería medio sobrenatural que nos brota a los padres primerizos, le cuento a Eric que yo también tengo un bebé. “¿Y te venís a trabajar con un muchacho en casa? ¿Encima entre argentinos?” Su bebé me mira y ríe.

En la previa, los cánticos interiores ensordecen la aparición de Tom Cruise. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, y etc. Cuando la realización pincha a Messi, el bar se viene abajo: tiembla. El plano de Lamine es recibido con abucheos. “A estos putos les tenemos que ganar”. Debo lucir arrugado en este momento como un pito encacahuetado por el frío, porque Evangelina, porteña de vacaciones en España, se compadece y me susurra al oído: “El argentino se acuerda de la madre, del origen, de la orientación sexual… vas a escuchar de todo, tenés que entenderlo”. A eso vengo, le digo. No sé dónde estará el bebé de Eric ahora pero seguro que también ríe. En el momento del himno, el bar se divide: algunos piden silencio y otros se acaban imponiendo para cantarlo. Los que hacían “shh” al principio acaban siendo los que más botan. “Esto España no lo tiene”, me comenta Kiko, el gallego messiánico. Diego nos escucha e intercede. En el inicio de su travesía para llegar a la boda de su hermano, pasaron por Madrid coincidiendo con la seminifinal España-Francia, y no se podía creer el pálido ambiente callejero. “No había nadie en la Plaza Mayor ni en la Puerta del Sol. Nosotros en Argentina tenemos una heladería y cuando pasamos a la final, dimos feriado. Nadie fue a trabajar”.

El ánimo se templa cuando el balón empieza a rodar. Sorda tensión. Hay que esperar a la primera falta de Pedro Porro para oír a la Fugazzeta. El partido tiene todos los alicientes literarios posibles porque es rico en opuestos. Se enfrenta una España que ha perfeccionado el juego de posición contra la locomotora de emociones en la que se ha convertido una Argentina capaz de bascular entre susto y muerte con apenas segundos de diferencia; el mejor jugador de la historia, acariciando la que puede ser la última hazaña de su carrera, contra el joven aspirante que ya ocupa su trono en Can Barça y ahora aspira a hacerlo en el mundo entero. La tecnología sirvió un extra de tensión en la Fugazzeta. La conexión a Dazn del bar tenía un poco de delay con respecto a la de TVE de los bares vecinos. Por eso la ocasión que Lamine y un rebote endiablado brindaron a España en los cinco primeros minutos fue escuchada –que no vista– por este gap del espacio/tiempo como un tanto rival en La Fugazzeta; y por eso cuando Argentina rechazó el balón finalmente la parroquia lo celebró como un tanto propio. Esas largas-pero-no-tan-largas posesiones españolas que se sucedieron en adelante fueron gestionadas por el público con rigor: celebraron cada falta táctica, cada despeje, cada balón con peligro de córner que la defensa argentina lograba minimizar en saque de banda. En cuanto a los insultos, fueron menos de los anunciados por Evangelina. Apenas un “gallego puto” que un joven encapado con el Sol de Mayo aplacó educadamente, no sé si por deferencia a mí. Cuando el mismo joven me preguntó, enmarcianados sus ojos, qué carajo hacía con el ordenador abierto en vez de siguiendo sin parpadear el partido del siglo, y le expliqué mi labor periodística, se alarmó un poco. Miró de reojo para el lado del bar del que había salido aquel “gallego puto” y me pidió que no pusiera en la crónica los exabruptos. Le dije que no lo haría, que se despreocupase, y al final ya ves que sí lo estoy escribiendo, chaval, en fin, tendrás que perdonarme: así somos los periodistas: ratas. Y, en realidad, tú eres el héroe de esta subtrama. De hecho, me llega por otra clienta que el ambiente que se vive en la Plaza Roja de Compostela, donde está instalada una pantalla gigante, es en realidad más hostil, con pocas excepciones entre la monocromía roja y abucheos al himno argentino.

La tónica del delay spoileroso vuelve a perturbar el partido cuando, en el minuto 38, el Dibu Martinez repele un tiro blando de Oyarzabal que da tibio fin a una gran jugada de España (y, particularmente, de Olmo, de menos a más en la primera parte). La atajada del portero se siente gol argentino por una Fugazzeta que temía lo peor. Al descanso, la sensación es la de un guión previsible. Una España que trenza jugadas sin garra y una Argentina paciente en su enclaustramiento a la que nada acaba de sorprender, tampoco las tímidas incursiones de un Lamine al que su equipo no parece buscar todo lo que podría. Escribe Alfredo mientras Shakira canta: “Ojo que Argentina tiene el partido donde quiere”. ¿Lo dice deliciándose o temeroso? Yo no lo sé y creo que él tampoco. En La Fugazzeta no hay aire acondicionado; la única ventilación que nos agracia es la de los clientes que se abanican con los cartones de las porciones de pizza. Cuando, tras la interminable pausa superbówlica, se vuelven a ocupar las localidades y me llega el aceitoso resto de alguno de esos aires, lo agradezco.

En la segunda parte, España intentó subir una marcha de su juego combinativo y logró amedrentar a la zaga argentina con dos jugadas casi consecutivas: un rizo demasiado rizado entre Oyarzabal y Fabián en el 54 que llegó al área chica y se trastabilló en sus propios pies y una veloz complicidad entre Olmo y Cucurella abortada inteligentemente por Montiel dos minutos después. El Dibu quiso dar emoción a estos intentos españoles llevando a córner en el 63 un inocente tiro lejano de Olmo y la posesión posterior volvió a meter en apuros a Argentina con un centro envenenado de Lamine. Pese a la falta de consecuencias de esta gota malaya, en La Fugazzeta cambió la temperatura. Se empezaba a masticar la sensación de asedio, confirmada en el 66 por el cabezazo a puerta de Ferran, recién incorporado a la fiesta en relevo de un afanoso pero gris Oyarzabal. El otro cambio de Luis de la Fuente, Pedri por Fabián, parecía buscar cierta fluidez en el juego, y como esa fluidez no acababa de encontrar el vértigo final que le diera sentido, en el 74 entraron Nico Williams y Mikel Merino por Baena y Olmo. España siguió llamando a la puerta (en el 77, el Dibu volvió a recoger un tiro lejano y espeso, esta vez de Pedri) y en La Fugazzeta los cantos empezaron a ser sustituidos por los rezos silenciosos. La amenaza roja no era espectacular pero sí constante, y a los suyos empezaba a temblarles el físico. El ánimo acabó de hundirse ante la expulsión a Enzo Fernández en el 93 por segunda amarilla. “Qué mal compramos el Mundial”, se escuchó suspirar, aunque la amonestación fue poco discutida. El bar vibraba de pesimismo y en mi bolsillo vibraba Alfredo. “Ya sólo podemos guarrear”, me dice. Los ojos de Alfredo, con o sin objetivo mediante, han visto muchas cosas. Han visto el toples marítimo de Claudia Schiffer, han visto los primeros amores de las infantas, han visto un pene real tostarse al sol. Pero nunca antes habían visto a una Argentina que llevaba 90 minutos encerrada atrás condenada encerrarse aún más atrás por una expulsión atolondrada. “España merece ganar este partido desde el minuto 10”, se resigna.

La última acción antes de la prórroga, una falta en la frontal provocada por Ferran, se saldó con el primer disparo que obligó de verdad al Dibu a estirarse: un soberbio latigazo de Lamine. La parada fue celebrada por La Fugazzeta con cierta languidez, como mascándose que lo peor estaba por llegar. Era una sospecha fundada. Nico probó de nuevo al Dibu con un cabezazo nada más empezar la prórroga. El vasco volvió a machacar los nervios de La Fugazzeta con un gol anulado en el 97 por una falta previa de Merino (falta bastante discutible, pero no en esta pizzería, claro). El susto fue tan grande que la confirmación arbitral de la nulidad despertó el primer cántico en más de media hora: “¡No pasa nada, no pasa nada!”. Bares vecinos respondían: “Tongo, tongo”, en un diálogo más vinculado a la convivencia que a la mala sangre.

“¡Si llegamos a penales llamá al 061, que traigan un desfibrilador!”, grita Matías, el marido de Rochy, en el descanso de la prórroga. No hizo falta. Al inicio de la segunda parte de la prórroga, Nico Williams peina hacia atrás un centro de Porro y Ferran Torres la rompe hacia la red con rabia. Silencio eclesial en La Fugazzeta. Al inicio del partido, me sentía micróbico ante la euforia de la diáspora argentina. Ahora, en cambio, me siento pornográfico. Es incómodo ser la única persona feliz de una multitud, y una Copa del Mundo, descubro ahora, no palia esa incomodidad. Al final, me tiene que venir a consolar Alejandro, el dueño del local. “Nuestra bronca es con los ingleses, con los españoles nos da igual. Nosotros celebramos haber llegado hasta aquí”.

Palestina celebra la victoria de España en el Mundial mientras Israel continúa sus ataques

Ramala celebra el triunfo de la selección de España ante Argentina en la final del Mundial.
Ramala celebra el triunfo de la selección de España ante Argentina en la final del Mundial. EFE/ Magda Gibelli

El Rastreador

20 de julio de 2026 09:01 h 

Actualizado el 20/07/2026 09:03 h 

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Israel mató este domingo a un hombre e hirió a otras diez personas, la mayoría niños, en un ataque aéreo contra tiendas de campaña de desplazados al sur de Gaza. En el este de Ramala, colonos israelíes asesinaron a tiros a dos palestinos, de 53 y 26 años. Desde Israel, varios ministros y diputados se sumaron a una marcha para reclamar la vuelta de los asentamientos en la Franja. Todo ello ocurrió el mismo día en que se disputaba una final del Mundial en suelo estadounidense, ante la mirada de Donald Trump.

Y, en mitad del genocidio y de las atrocidades del Ejército israelí, una plaza de Ciudad de Gaza decidió apartar durante un rato la mirada hacia el fútbol. Palestina volvió a celebrar una victoria de la selección española. Esta vez, en la final de la Copa del Mundo, por 1-0 ante Argentina, para bordar su segunda estrella en el escudo.

El creador de contenido Ya7ya_sager grabó las reacciones: miles de personas agolpadas para gritar el gol de Ferran Torres.

Rodeados por edificios derruidos por los bombardeos israelíes y en agradecimiento por el reconocimiento del Gobierno español al Estado de Palestina en 2024, a la condena del genocidio israelí contra Gaza y a la reivindicación de la bandera palestina por parte de Lamine Yamal, la plaza entera se volcó con España.

Ramala ondea la bandera de España

En Ramala, en el centro de Cisjordania, cerca de 3.000 personas ondearon banderas españolas y lucieron la equipación de la Roja en un acto en el que las autoridades locales elogiaron la postura del Gobierno español hacia Palestina y al que acudió personal diplomático español.

Antes del visionado, celebrado en una explanada a las afueras de la ciudad, sonaron los himnos de Palestina y España, y las mesas, adornadas con las banderas de ambos países, congregaban a cargos de las fuerzas de seguridad palestina, de la Autoridad Palestina, y a un representante consular español. Cuando fue la televisión la que reprodujo el himno de España, el recinto entero se puso en pie. No corrió la misma suerte la canción patriótica argentina.

Hubo también quien apoyaba a Argentina, sobre todo por devoción a Lionel Messi, que jugaba su último Mundial. “Soy seguidor del Barcelona desde que era pequeño, así que yo aquí estoy, animando a Messi y a Argentina”, dijo Moataz, de Qalqilya.

Apenas minutos después del gol de España, la organización interrumpió la retransmisión para informar del ataque de colonos contra el cercano pueblo de Deir Yarir, en el que habían matado a dos vecinos.

Las redes sociales de Palestina, de nuevo con España

Más tarde, la cuenta oficial de Palestina compartió en la red social X el cartel de campeón del mundo de la Roja, acompañado de corazones y las banderas de ambos Estados. Lo hizo, además, en respuesta a una publicación de Benjamín Netanyahu en la que mostraba el apoyo de Israel a Argentina para el partido.

No obstante, como contamos en este artículo, Argentina alberga una importante comunidad de palestinos que migraron al país a comienzos del siglo XX, algo decisivo a la hora de que el país latinoamericano reconociera a Palestina como Estado en 2010 tras una visita del entonces líder de Gobierno palestino, Mahmoud Abbas. En estos años, algunas de las voces más críticas con el genocidio palestino han llegado precisamente desde Argentina.España gana su segundo mundial: el último baile fue colectivoEspaña gana su segundo mundial: el último baile fue colectivo

Palestina ha apoyado desde el inicio del Mundial a España. Ha sido una de las tres selecciones a la que la cuenta oficial del país le ha dedicado publicaciones de apoyo de cara al torneo de fútbol. Las otras fueron Egipto y Bosnia y Herzegovina.


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