Los atunes se convirtieron en grandes cazadores gracias al asteroide que aniquiló a los dinosaurios. O eso creíamos hasta ahora
Un estudio desmiente que el asteroide que extinguió a los dinosaurios crease al atún gigante actual. Al parecer, la evolución de su regulación térmica tardó mucho más en llegar.



Colaborador de National Geographic España
Durante décadas, la comunidad científica ha mantenido una teoría fascinante sobre el origen de ciertos depredadores marinos modernos. Tras el impacto del asteroide que acabó con los dinosaurios hace aproximadamente 66 millones de años, la desaparición repentina de las grandes criaturas del Cretácico dejó enormes vacíos ecológicos en los océanos. Hasta ahora, se asumía que los ancestros de los peces escómbridos aprovecharon esta vacante para evolucionar con rapidez hacia especies gigantescas.
Esta narrativa tradicional sugería que la extinción masiva impulsó de forma directa la aparición de características insólitas en el mundo acuático. Entre estas adaptaciones destacaba la endotermia o capacidad de mantener el calor corporal, una propiedad sumamente rara entre las especies marinas que les otorgó la fuerza necesaria para nadar grandes distancias a altas velocidades. Según este postulado histórico, el gigantesco impacto cósmico fue el detonante definitivo para que estos animales se transformaran en cazadores letales.
Una revisión del mapa evolutivo
Sin embargo, una investigación publicada en la revista científica Proceedings of the Royal Society B, Biological Sciences ha desmontado este mito al analizar detalladamente el registro fósil y la secuencia genética de 50 especies de la familia Scombridae. El equipo liderado por Chase Brownstein, investigador de la Universidad de Yale, ha descubierto que el árbol genealógico de estos peces muestra una historia mucho más compleja y prolongada en el tiempo. La diversificación no ocurrió de manera inmediata tras la catástrofe planetaria, sino a lo largo de un proceso de 40 millones de años.
Los análisis genéticos revelan que la capacidad de regular la temperatura corporal surgió de forma independiente en tres ocasiones distintas dentro de esta familia marina. Sorprendentemente, al menos dos de estas transiciones evolutivas sucedieron entre 10 y 15 millones de años después de la caída del meteorito. Asimismo, los datos confirman que el impresionante tamaño actual que caracteriza al atún no se desarrolló de forma masiva hasta hace apenas diez millones de años, desacoplando este crecimiento del evento de extinción del Cretácico.
Mecanismos biológicos y nuevas funciones
El estudio enfatiza la importancia de no atribuir causas simplistas a la evolución de rasgos anatómicos sumamente complejos en los organismos vertebrados. «El hecho de que un rasgo tenga una función particular no significa que haya evolucionado debido a esa función. La evolución es ciega, por lo que los rasgos se ensamblan de muchas maneras diferentes y pueden ser aprovechados secundariamente para nuevas funciones», explicó Chase Brownstein a IFLScience.
Estas conclusiones sugieren que los grandes depredadores marinos sufrieron un proceso de exaptación, por el cual ciertos rasgos anatómicos originados para un propósito específico terminaron desempeñando funciones distintas. Aunque el gran tamaño corporal y la regulación del calor corporal facilitan las inmersiones profundas y las largas migraciones de estos peces, estos atributos no surgieron impulsados directamente por la catástrofe cósmica. La pérdida de los grandes reptiles submarinos ofreció una oportunidad ecológica, pero los mecanismos adaptativos se modelaron mediante un desarrollo progresivo e independiente.
Debates sobre la influencia de los cetáceos
Por otro lado, existen teorías alternativas que vinculan la evolución de estos veloces peces con la aparición de los primeros cetáceos, sugiriendo una competencia directa con ballenas y delfines primitivos. No obstante, Chase Brownstein se muestra bastante escéptico ante dicha postura e indicó que «francamente, es solo un invento«. Además, el científico argumentó tajantemente que «ningún biólogo tiene una máquina del tiempo que podamos usar para retroceder 56 millones de años y observar cómo las ballenas superaron a los atunes en competencia«, para después apostillar que «simplemente, no se pueden corroborar las afirmaciones sobre estos sistemas sin un registro fósil extremadamente completo, e incluso así es difícil.»
Frente a esta perspectiva, investigadoras del sector como Dahiana Arcila, perteneciente a la Universidad de California en San Diego, sostienen que los marcos temporales sí coinciden con la diversificación de los mamíferos marinos durante el Eoceno. La científica cree que examinar más de mil especies pesqueras ofrece un panorama complementario sobre la distribución geográfica y las dietas de aquella época. Aunque las discrepancias sobre las interacciones ecológicas del pasado continúan entre los expertos, el nuevo consenso científico deja claro que la transformación de estos peces en gigantes de los mares fue un proceso gradual.
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