La impresión y edición de libros en Puerto Rico (1900-1930)
Con el cambio de soberanía, acaecido en 1898, Puerto Rico sufre muchas transformaciones políticas, económicas y socioculturales. A pesar de ello, la impresión de libros se mantuvo en desarrollo y en avance. El impulso recibido desde la liberalización de la imprenta en 1870…


Por: Carlos J. Vélez Mercado
Con el cambio de soberanía, acaecido en 1898, Puerto Rico sufre muchas transformaciones políticas, económicas y socioculturales. A pesar de ello, la impresión de libros se mantuvo en desarrollo y en avance. El impulso recibido desde la liberalización de la imprenta en 1870, mantuvo en constante crecimiento la cantidad de talleres tipográficos y la calidad de los impresos durante principios del siglo XX. En la primera década del siglo, existieron alrededor de 45 imprentas en toda la isla, siendo su concentración en San Juan. Sin embargo, aún no existía una empresa editorial organizada que sirviera de intermediario en las redes del mundo libresco para poder imprimir, diseñar, editar y divulgar un libro. Era misión del autor o escritor poder gestionar su propia publicación, lo cual no era tarea fácil.
Para las primeras tres décadas del siglo XX, la impresión de libros estuvo dominada por los talleres tipográficos dedicados a publicaciones periódicas e imprentas pequeñas dedicadas a impresos de menor escala. La gran mayoría de los libros y folletos salieron de estas imprentas pequeñas, no necesariamente relacionadas con el mundo periodístico. Por ejemplo, la imprenta y tipografía de Francisco J. Marxuach nace en San Juan en el periodo entre siglos. Este taller, además de hacer sellos de goma, impresos de cuentas, encuadernaciones e impresos a dos tintas, publican alrededor de 13 libros, siendo el año 1900 el de más publicaciones. Entre ellas, se encuentran: Novelas cortas por Carlos Casanova, Poesías de José Antonio Daubón, Cantos rodados por Félix Matos Bernier y Virutas (versos festivos) de José Mercado “Momo”. En el caso de los talleres dedicados a publicaciones periódicas, además de ofrecer trabajos de imprenta a particulares, estás también promovieron series o colecciones de libros para sus suscriptores. Ya esta práctica se había visto en el siglo XIX con el periódico literario El Buscapié, en donde su director, Manuel Fernández Juncos, crea la Biblioteca de “El Buscapié”. Estas iniciativas estimulan la edición de libros en la isla y podrían considerarse las primeras empresas editoriales de libros en Puerto Rico. Entre ellas encontramos a los periódicos: La Democracia, El Boletín Mercantil, La Correspondencia, El Día, entre otros. De estas, se distinguen dos empresas que dirigen sus esfuerzos, no solo a editar sus revistas, sino a editar sistemáticamente varios libros.

En 1913, nace la Revista de las Antillas, siendo fundada y dirigida por Luis Lloréns Torres, Mariano Abril y Ramón Negrón Flores. La revista buscaba ser un espacio para “estrechar los vínculos de relación intelectual” entre los países hispanoamericanos y los Estados Unidos, siendo Puerto Rico el espacio geográfico e histórico de convergencia entre ambos. Ya para el mes de septiembre, la Compañía Editorial Antillana, dirigida por Pablo Roig y Luis Lloréns Torres, se haría cargo de la publicación. Esta compañía anuncia a sus suscriptores la reducción del número de páginas de la revista, pero que, en cambio, recibirán de manera gratuita un libro de la serie Biblioteca Americana. Según la empresa, ésta:
“[…] es una colección de obras, de autores americanos, que publicaremos en tomos mensuales, debidamente numerados, y lo cuales tomos verán la luz el día primero de cada mes, junto con el número correspondiente de la Revista”.
Esta iniciativa comenzaría en marzo de 1914 y se publicarán cuatro tomos de dicha serie. Los títulos y autores de los mismos son: Sonetos Sinfónicos por Luis Lloréns Torres, Oscar Wilde: Estudios y Traducciones por Miguel Guerra-Mondragón, Bronces de Antonio Pérez Pierret y El Jardín de Pierrot: Sonetinos de Antonio Nicolás Blanco. Ya para el quinto tomo (mes de julio) se anunció la publicación del título Páginas Revolucionarias, obra inédita de Eugenio María de Hostos, sin embargo, nunca se llegó a publicar. Fue durante ese mes, y a solicitud de los suscriptores, que la Compañía anunció la publicación trimestral (ya no mensual) de la Biblioteca Americana y el retorno al número original de páginas de la Revista de las Antillas. Con esto, la Compañía Editorial Antillana le dará más peso al contenido de la revista que la publicación de la serie. Solo se publicarían dos libros bajo esta nueva política, siendo en noviembre de 1914 el último número de la Revista, dando fin a esta empresa editorial.

No veremos una iniciativa similar hasta el 1922, iniciada por la revista Puerto Rico Ilustrado. Es esta publicación un semanario ilustrado que comienza a publicarse en marzo de 1910, bajo la tutela de tres hermanos venidos de Tenerife: Romualdo, Matías y Manuel Real González (más tarde ingresaría un cuarto hermano, Cristóbal). Teniendo estos hermanos experiencias previas en el mundo tipográfico, se trasladan a Puerto Rico y se insertan rápidamente en la prensa del país. Fundan alrededor del año 1906 la empresa Real Hermanos y se convierten en los grandes propulsores de la imprenta moderna en Puerto Rico. Entre sus negocios se encuentra: el taller de imprenta, la librería, el semanario Puerto Rico Ilustrado (1910) y el periódico El Mundo (1919). Es dentro del semanario que nace la serie Biblioteca de “Puerto Rico Ilustrado”.

La Biblioteca comienza a publicarse en el interior de la revista como parte del ofrecimiento del semanario. Sin embargo, en 1922, la serie comienza a publicarse por separado, ofreciendo tres libros por año. El requisito para obtener estos tres tomos, según consta en un anuncio, era suscribirse a un año a la revista Puerto Rico Ilustrado por la cantidad de $5.50 dólares (siendo la suscripción anual regular a $6.00 dólares). Los primeros tres libros conforman tres antologías de poesías, escogidas por el poeta Carlos N. Carreras, denominados: 1. Los poetas que fueron, 2. Los Contemporáneos y 3. Los Nuevos. Esta iniciativa, continuaría para los años de 1924 y 1925, sumando un total de nueve libros para la colección de la Biblioteca de “Puerto Rico Ilustrado”. Entre los títulos de la serie, aparecen: Leyendas Puertorriqueñas por Cayetano Coll y Toste, Cuentos Pedagógicos y Literarios por Federico Degetau y Cantos de la Sierra por José P. H. Hernández. Resalta esta Biblioteca, no solo por su nítida tipografía, fino papel y coloridas portadas, sino por el interés de la revista por cultivar, divulgar y exportar la literatura nativa. Así lo atestigua el semanario cuando dice:
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“Nuestro regalo se hace extensivo también a toda persona que resida, no sólo en la isla de Puerto Rico, sino también en los Estados Unidos, Santo Domingo, Cuba y Méjico, pues para todos estos países el importe de la suscripción es, asimismo, $5.50”.
A pesar de ello, este “regalo” no durará mucho, ya que en 1925 se verá un aumento en los costos para los residentes en países extranjeros. El costo de suscripción anual, más los tres libros, para los residentes en Estados Unidos sería de $6.50 y para los otros países extranjeros de $9.00. La Biblioteca dejaría de imprimirse por separada y continuará publicándose en el interior del semanario hasta la década de 1930.
Pese al interés de publicar libros, ambas empresas desistieron de continuar sus series. La condición colonial de Puerto Rico y, en parte, la baja alfabetización explica esto. Los elevados costos para importar papel, tinta y maquinaria para producir dichos libros inciden en el precio del producto cuando llega a los lectores. Ya en 1866, José Julián Acosta menciona que los altos impuestos en la importación de papel a la isla causaban que el comercio del libro y la impresión fuera bien escasa. Así mismo, en 1915, Nemesio Canales, de manera jocosa, nos describe su sentir al gestionar la publicación de su libro Paliques:
“En Puerto Rico es menos difícil meterse en política y llegar a juez o consejero del Ejecutivo, o poner una tienda y hacerse millonario, que imprimir un libro. Para sacar un libro de la imprenta, además de loco, hay que ser más paciente que Job y más terco que un aragonés”.

De la misma manera, y a pesar de las nuevas políticas de instrucción pública a principios de siglo XX, más del 50 por ciento de la población no sabía leer ni escribir entrado la década de 1920. Poder vender un libro a una población que no podía leer no es un buen negocio. Por ello, la gestión de imprimir libros no fue una buena inversión para estas empresas, las cuales principalmente priorizaron la publicación de sus revistas y semanarios.
Escapando de los altos costos de impresión y en búsqueda de un trabajo más fino, algunos escritores deciden editar sus textos fuera del país. Muchos optan por publicar en imprentas y casas editoriales en Estados Unidos, Francia y España. Es en este último país donde el puertorriqueño Rafael Hernández Usera funda en 1925 la Editorial Puerto Rico; una casa editora, “con sede en la calle Libertad nº 23 de Madrid, con la idea de publicar libros que fueran de su interés”. Edita esta empresa siete libros, siendo cuatro de ellos las Obras Completas de Luis Muñoz Rivera, compiladas por Luis Muñoz Marín y gestionada su impresión por Epifanio Fernández Vanga. Es, a mi consideración, la primera empresa editorial puertorriqueña fuera de Puerto Rico. Así mismo, el Departamento de Instrucción de Puerto Rico publica muchos de sus textos escolares en Estados Unidos, en empresas como: Silver, Burdett & Co. (Nueva York, Boston y Chicago); Hinds, Noble & Eldredge (Philadelphia y Nueva York); D. C. Health & Company (Boston) y Rand McNally & Company (New York y Chicago). La gran mayoría de estos textos en inglés o traducidos al inglés, siguiendo las políticas educativas del Departamento.

Volviendo a Puerto Rico, en 1928 el huracán San Felipe destruye material y espiritualmente al país, lo cual, junto a la Gran Depresión, provoca una crisis económica y social severa. Este triste panorama posibilita, en cambio, un debate intelectual sobre el futuro político e identitario del país, siendo el epicentro de éste la Universidad de Puerto Rico. La asimilación cultural o americanización impuesta y la imposibilidad de tomar sus propias decisiones sobre los destinos del país hacen cuestionar las futuras relaciones políticas y culturales con la nación estadounidense. Por ello, surge un discurso nacional dirigido a promover lo nativo, desde una visión hispanista de la sociedad puertorriqueña. Es la Generación del 30 el grupo que asume la tarea de generar el debate en diferentes frentes y fomentar su divulgación, principalmente, en libros. Es bajo este contexto que, en la década de 1930, surgen las primeras empresas editoriales dedicadas exclusivamente a promover el libro puertorriqueño. Pendientes a la continuación…
Sobre el autor…
Carlos J. Vélez Mercado es estudiante de maestría en el programa de historia en la Universidad Interamericana de Puerto Rico, Recinto Metropolitano. Además, trabaja en el archivo de la Fundación Luis Muñoz Marín, junto al Dr. Julio Quirós. Este trabajo forma parte de un proyecto investigativo en curso de Vélez Mercado sobre la historia de las empresas editoriales en Puerto Rico. Si el lector tiene información, se puede comunicar al siguiente correo electrónico: velezcarlos113@gmail.com.
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