Monumental ópera tibetana


05 de agosto de 2026 08:48
Xizang. Al aire libre, sobre un escenario de unos 460 metros de ancho y una escenografía inconmensurable conformada por las montañas del Tíbet, se representa durante el verano el espectáculo épico Princesa Wencheng, basado en la ópera tradicional tibetana, declarada en 2009 como Patrimonio Cultural Inmaterial por la Unesco.
Cientos de actores, bailarines y cantantes en escena. Masas corales, coreografías monumentales. Más de 50 monjes tibetanos haciendo sonar sus trompetas gigantescas. Impresionante. Atraviesan el escenario decenas de yaks, también llamados buey tártaro o gruñón, ganado lanudo que habita la región del Himalaya. Mientras decenas de hermosos caballos cruzan a todo galope, los borregos pastan.
El espectáculo Princesa Wencheng narra el viaje de esa culta dama hacia el Tíbet, en el que transporta durante más de dos mil kilómetros, a través de desiertos, ríos caudalosos y altas montañas nevadas, un inmenso tesoro: técnicos, médicos, textos agrícolas, granos y lo más importante: una estatua sagrada del Buda Shakyamuni.
Al final de su viaje, desposará al rey tibetano Songtsen Gampo.
En su versión original, esta obra dura siete horas. Se representa en un gigantesco auditorio al aire libre desde 2013 y se ha recortado a dos horas y media, pero no ha disminuido su monumentalidad.
La princesa Wencheng es budista y su llegada marcó un momento decisivo en la expansión del budismo en el Tíbet. Con su esposo, construyeron el templo de Jokhang para albergar la estatua del Buda Shakyamuni. Ella enseñó a los habitantes técnicas avanzadas de agricultura, metalurgia y tejido. Según la tradición, por su bondad y los milagros que se le atribuyen, el pueblo tibetano la consagra de forma mítica como la encarnación de Tara Blanca.
Pasajes sinfónico-vocales, episodios corales, voces solistas imponentes, danzas estilizadas. Estamos frente a un espectáculo grandioso, único en el mundo.
En la ópera tibetana, las máscaras son el elemento visual más importante porque revelan la identidad y la moral de un personaje al instante. Cada color representa un rasgo de la personalidad basado en la simbología budista y el folclor local.
El blanco representa la pureza, la bondad extrema y la sabiduría. El amarillo es el emblema de la sabiduría profunda, la compasión, la divinidad y el crecimiento espiritual; es el color reservado para los budas y los monjes eruditos. Rojo: poder, realeza, valentía. Verde: justicia, éxito y virtudes femeninas; es el color de las reinas, las princesas y deidades benévolas como la Tara Verde. Azul: astucia, coraje, fuerza indomable y ferocidad controlada. Negro: maldad, traición, avaricia y crueldad. Máscara de media cara (blanca y negra): personajes con doble personalidad, mentirosos o traidores que fingen ser buenos.
Originalmente, la ópera tibetana era representada por mujeres, acompañadas por percusiones e instrumentos de aliento tibetanos. Con los años, evolucionó a danzas ejecutadas por mujeres y hombres ataviados con grandes máscaras trapezoidales sobre sus cabezas.
En las noches de este verano, vemos decenas de bailarines con esas máscaras y cientos de actores, músicos, cantantes, bailarines y monjes haciendo sonar sus enormes trompetas tibetanas.
Arriba, las montañas cantan.
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04 de agosto de 2026 07:31
Xizang. Si al bajar del avión en el aeropuerto de Lhasa te encuentras con un sherpa, es que estás en la dirección correcta.
La orografía del Tíbet, formada por altas cordilleras, tiene las dimensiones de un sueño: el infinito que toma las formas sinuosas de picos de montañas coronadas por nubes blanquísimas. Flotan en un cielo azul profundo y bello. Un escalofrío nos recorre el cuerpo entero. Estamos en el techo del mundo. “Above us only sky”, resuena en la mente el verso de John Lennon mientras recordamos los nombres de quienes nos antecedieron en este sueño: Antonio de Andrade y Manuel Marques, en 1624, y la primera mujer occidental en entrar a Lhasa: Alexandra David-Néel, en 1924, y, por supuesto, el polémico nazi Heinrich Harrer, en 1938, autor del libro Siete años en el Tíbet, luego dos veces película.
Eso, película. Todo parece transcurrir en cámara lenta dentro de un filme, porque todo en el Tíbet es un misterio, un encantamiento, un honroso embrujo. Al mirar las montañas sinuosas hermanas del Himalaya tenemos la certeza de que las estamos tocando con las manos, lamiendo con la vista, escuchando con el corazón. Llorar es la única manera que encuentra el cuerpo para responder. ¡Estamos en el Tíbet!
La imponente morada de nieve
Solamente si digo que se trata de un sueño, podrán creerme que las montañas del Tíbet cantan. Es un sonido blanco, untuoso, tibio al entrar en contacto con las suaves ráfagas gélidas de viento. Al coro de montañas responde un clamor de nube. Su música son silbos. Y si avanzamos unos pasos, ese tam-tam completa un sonido de orquesta celestial.
“Morada de nieve”, eso significa la palabra Himalaya. ¿Nieve morada? La puede haber de los colores que uno quiera, porque el sueño es el único lugar donde todos los misterios se revelan y donde todo es posible, porque es imposible sustraerse de esta magia que nos circunda.
Foto Pablo Espinosa
Tíbet. El lugar del siempre jamás.
Me vuelvo hacia el sonido delicado de la garganta de una niña china que vomita babitas sobre las palmas extendidas de su madre y llora.
El famoso mal de montaña. Estamos a 3 mil 654 metros sobre el nivel del mar y cada paso, cada ascenso, son un recordatorio de que debemos respetar las montañas, así como aprendimos a respetar el mar.
El significado de la compasión
Mar de montañas.
Volteo al sonido de los pasos sobre sandalias de un grupo de monjes tibetanos. Me sonríen. Nos abrazamos.
Foto Pablo Espinosa
Como en un cuadro de Paul Delvaux, ese pintor de sueños, las mujeres del Tíbet pasan a mi alrededor concentradas en la nada. Sus rostros ensimismados, sus epidermis rojas, sus arrugas gruesas, sus trenzas oscurísimas. Los hombres portan sombreros de ala corta, trenzas apretadas en volúmenes como volutas que contrastan con las nubes tan blancas. Los tibetanos, esos habitantes de la techumbre del planeta.
Alguien me coloca una khata en el cuello y la anuda. Una khata es una suerte de bufanda blanca, pañuelo ceremonial de la cultura tibetana que simboliza la pureza, el respeto y la compasión en el budismo tibetano.
Como estamos en su cuna, es menester aclarar vocablos: “compasión” en budismo no tiene el pobre significado occidental de “lástima”, sino al contrario, es el deseo profundo de que todos los seres estén libres del sufrimiento y de sus causas.
Compasión, en sánscrito karuna, busca el bienestar de los demás. Ah, y el “sufrimiento” consiste en el cultivo de emociones negativas: el odio, la envidia, la ambición, el procurar hacer el mal a los demás.
Todo esto llega a mi mente mientras quien me coloca la khata a manera de bienvenida me conduce, uno después del otro, a los dos templos más importantes de la cultura tibetana: el templo de Jokhang y el palacio de Potala.
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