Fidel en su centenario


14 de agosto de 2026 00:02
Fidel Castro fue el último de los grandes líderes revolucionarios que cambiaron el mundo en el siglo XX. Fue el cerebro, el organizador y el arquitecto de la revolución cubana, la revolución más importante e influyente del siglo XX en América Latina y una de las más importantes en el mundo. Bajo su liderazgo, la pequeña isla de Cuba se convirtió en un referente mundial, en una voz fuerte y digna que se escuchaba con respeto y admiración, o con recelo y rechazo, según se estuviera a favor o en contra de ella.
La revolución cubana es la más longeva de la historia. Fidel fue también el dirigente con más años en el ejercicio del poder en el siglo XX y en los primeros años del siglo XXI. Estuvo al frente de los destinos de Cuba por 47 años y falleció de muerte natural en su querida isla.
La pregunta que debemos hacernos es precisamente ésta: ¿Cómo una pequeña isla de poco más de 104 mil kilómetros cuadrados, que en 1960 tenía poco más de 7 millones de habitantes, a 90 millas del país más poderoso del mundo, que ha sido objeto de un brutal bloqueo económico, de un aislamiento político de todos los países de la OEA, con excepción de México, que sufrió un asalto militar en Playa Girón en 1961, que tuvo que sortear múltiples intentos de asesinato contra Fidel Castro, que ha soportado por décadas una feroz guerra política, ideológica, cultural y narrativa de Estados Unidos y sus aliados occidentales para desacreditar a su revolución, y que ha enfrentado una embestida sin descanso, desde el primer día, de una comunidad de exiliados cubanos que se han convertido en un poder fáctico económico y político muy influyente en Estados Unidos, cómo, pues, una revolución así, ha podido sostenerse por tanto tiempo?
Debemos preguntarnos también ¿cómo ha podido resistir el pueblo cubano con una economía tan débil, que no tiene petróleo ni industria desarrollada, que es monoproductora y monoexportadora de azúcar, que no genera prácticamente tecnología propia y que no puede abastecerse de insumos, maquinaria y equipo, salvo muy raras excepciones, debido al bloqueo y a las represalias de Estados Unidos contra las empresas y países que se atrevan a comerciar con Cuba?
¿Cómo ha podido sostenerse esa revolución después del derrumbe de la Unión Soviética y del colapso del bloque socialista, cuya ayuda económica y militar había sido fundamental para sobrevivir al bloqueo estadunidense y que contribuyó a su crecimiento económico y a su desarrollo social?
¿Y cómo ha sobrevivido la revolución cubana a la intervención estadunidense de enero de este año contra su otro gran aliado, la Venezuela bolivariana, que fue su proveedora de combustible y ayuda económica durante el gobierno del comandante Hugo Chávez y hasta que Estados Unidos secuestró y apresó al presidente Nicolás Maduro?
La respuesta a estas preguntas es compleja. Parcialmente, creo que deben considerarse, entre otros, los siguientes factores: en primer lugar, el respaldo popular a la revolución, apoyo que se manifestó desde la campaña guerrillera encabezada por Fidel Castro y el Che Guevara en la Sierra Maestra, que derrotó militar y políticamente al dictador Fulgencio Batista. Los guerrilleros y Fidel, en primer lugar, supieron entender las necesidades y aspiraciones del pueblo cubano por justicia, libertad, independencia, soberanía y equidad; supieron organizar al pueblo, interiorizar en él el proyecto revolucionario y convertirlos no sólo en beneficiarios o simpatizantes, sino en verdaderos soldados de defensa de la revolución, inculcándoles una mística de identidad, de valentía, de solidaridad y sacrificio, no sólo con el proceso revolucionario que comenzó muy pronto en la isla, sino de solidaridad y respaldo a la luchas de liberación de otros pueblos en América Latina, el Caribe, Asia y África.
La revolución cubana ha sido una revolución socialista, inspirada en los principios del marxismo leninismo y en la experiencia de la Unión Soviética y de los países que siguieron el ejemplo soviético. Es decir, el gobierno cubano, desde muy temprano, una vez que tomó el poder, expropió la tierra, las industrias, comercios y servicios; estableció una economía planificada conducida por el gobierno, repartió la tierra entre las familias campesinas, mejoró las condiciones laborales de las y los trabajadores, llevó a cabo una gran cruzada alfabetizadora y educativa y creó uno de los más eficientes y equitativos estados de bienestar en el mundo, con logros impresionantes en educación, salud, cultura y deporte.
Uno de los mayores méritos del proceso revolucionario cubano fue haber confiado y promovido el poder popular, haber alentado la organización de la gente en los barrios, escuelas, comunidades rurales, centros de trabajo, creando una cultura política desde abajo, horizontal, promoviendo la participación de la gente en la discusión de sus problemas, en la búsqueda de soluciones y en la toma de decisiones. Ese poder popular, esa politización y organización desde las comunidades han sido una de las columnas centrales que explican la fortaleza y la longevidad de la revolución cubana.
El papel de Fidel Castro fue el del protagonista central de ese proceso. Con su visión de estadista, con su enorme carisma, con su capacidad oratoria fuera de lo común, con su energía y con el ejemplo de trabajo y compromiso incansable del que siempre dio muestras, se convirtió en el gran educador, en el formador de la consciencia política del pueblo cubano, en su principal organizador y en el líder que supo interiorizar los valores, principios y conductas de la revolución en el pueblo cubano. Esa pedagogía revolucionaria realizada por Fidel, con su palabra y sus acciones, está en la base de la construcción de una gran experiencia revolucionaria, de sus logros, pero también es lo que explica la resistencia y la resiliencia del pueblo cubano en defensa de su revolución hasta el día de hoy.

Mi amigo Fidel Castro
14 de agosto de 2026 00:04
Lo primero que llamaba la atención en Fidel Castro no era su uniforme ni su estatura ni su barba, ni siquiera su elocuencia.
Era su curiosidad. Tras largas horas de conversaciones para nuestro libro Fidel Castro: biografía a dos voces, o Cien horas con Fidel, cuando todos los demás estábamos agotados, él seguía formulando preguntas, buscando aclaraciones, hurgando en detalles históricos o científicos con energía intacta. A menudo he pensado que ése era el secreto de su longevidad política: antes que un hombre de poder, Fidel era un hombre de conocimiento.
A lo largo de mi carrera periodística, he tenido la oportunidad de conocer a importantes jefes de Estado, dirigentes políticos, intelectuales y líderes que dejaron huella en su época. Pocos de ellos, sin embargo, me impresionaron tanto como Fidel Castro.
No me refiero aquí al mito, tan a menudo cultivado por sus admiradores como por sus adversarios. Hablo del hombre, del ser humano al que tuve el privilegio de conocer de cerca durante muchos años, de interrogar durante incontables horas y observar con detalle mientras razonaba en voz alta, reconstruía episodios históricos hasta el más mínimo detalle y articulaba hechos de apariencia insignificante con amplia perspectiva geopolítica.
Sus mecanismos cerebrales impresionaban. Poseía una memoria prodigiosa. Pero más notable aún era, insisto, su curiosidad intelectual, la cual se mantuvo intacta hasta el final de sus días. Nada de lo que concernía al mundo le era ajeno.
Estas conversaciones con él me enseñaron una lección esencial: para comprender a Fidel, había siempre que mirar más allá de su imagen pública, de su figura mediática. Su vida estuvo entrelazada con la historia de Cuba durante más de medio siglo, pero también reflejó las grandes convulsiones de la segunda mitad del siglo XX: la descolonización, la guerra fría, los movimientos de liberación nacional, la globalización neoliberal, la crisis climática y el consiguiente surgimiento de un mundo más diverso, más multipolar, en el que las antiguas potencias occidentales ya no ostentan el monopolio de la toma de decisiones.
Precisamente, porque Fidel Castro ocupa un lugar tan singular en la historia contemporánea, cualquier nuevo texto sobre él puede parecer, a primera vista, superfluo. ¿Qué más se puede decir sobre un hombre al que ya se le han dedicado tantísimos libros? La respuesta es sencilla: cada época plantea nuevas preguntas al pasado y cada generación reinterpreta a las grandes figuras históricas a la luz de sus propias inquietudes.
En un panorama mediático, en el que a menudo se reduce a Fidel Castro a la condición de ícono adorado o de ogro abominado, propongo optar por un camino más desafiante: captar la complejidad de una vida extraordinaria sin caer en la hagiografía ni en la condena ideológica. Cuando se cumplen, este 13 de agosto de 2026, 100 años del nacimiento de Fidel, este enfoque se ha vuelto esencial.
Durante décadas, la figura del líder de la revolución cubana quedó atrapada en una pugna de relatos. Para algunos, sigue siendo un símbolo de resistencia frente al imperialismo; para otros, encarna todos los excesos del socialismo de Estado. Estas visiones contrapuestas –por muy legítimos que sean los sentimientos que las sustentan– a menudo terminan oscureciendo una realidad histórica mucho más matizada.
La misión del historiador no es avivar pasiones, sino, ante todo, arrojar luz sobre los hechos. Por eso me gustaría aquí recordar que Cuba no puede entenderse al margen de la relación singular que ha mantenido durante más de un siglo con su poderoso vecino: Estados Unidos.
La revolución de 1959 nunca se desarrolló en un entorno normal. Desde el principio, se enfrentó a intentos de desestabilización, a una invasión armada, a un bloqueo económico destinado a prolongarse durante décadas y a una constante confrontación mediática y política. Ninguna evaluación seria de las decisiones del gobierno cubano puede pasar por alto esta realidad, lo cual no significa que todo pueda explicarse –y mucho menos justificarse– mediante presiones externas.
El propio Fidel Castro sabía que toda revolución genera sus propias contradicciones, errores y rigideces. A veces hablaba de esto con una franqueza y una fuerza autocrítica que sorprendía tanto a sus detractores como a sus admiradores. Su ambición no era construir una sociedad perfecta –él sabía que tal cosa no existía–, sino preservar la independencia nacional, requisito fundamental, según él, para cualquier política de justicia social.
Otro aspecto llamativo de su figura era la extraordinaria amplitud de sus horizontes. Su visión trascendía con creces las fronteras de Cuba. África ocupaba un lugar especial en su pensamiento. América Latina y el Caribe constituían su ecosistema geopolítico natural. Asia despertaba cada vez más su interés a medida que hacia allí se desplazaba el centro de gravedad del mundo. Mucho antes de que el término se generalizara, él ya había previsto la emergencia de un Sur global y el advenimiento de un orden internacional multipolar y multicéntrico.
Con la distancia, esa intuición resulta hoy singularmente lúcida. El mundo que se perfila ante nuestros ojos ya no es el que surgió tras el colapso y la implosión de la Unión Soviética. Nuevas potencias se consolidan, los países del Sur global reclaman mayor autonomía, el síncope climático amenaza a la humanidad, las tecnologías ligadas a la inteligencia artificial cambian todas las reglas del juego y el equilibrio de poder internacional atraviesa una profunda restructuración.
Revisitar la figura de Fidel Castro en este contexto no es un ejercicio de nostalgia; es una forma de comprender mejor ciertas dinámicas claves de nuestro presente.
No pretendo convencer al lector de que admire a Fidel Castro. En cambio, le propongo algo más valioso: entenderlo.
Comprender cómo un joven abogado de Santiago de Cuba se convirtió en una de las figuras políticas más influyentes del siglo pasado; comprender cómo una pequeña isla caribeña logró ejercer, a escala mundial, una influencia diplomática y moral muy superior a lo que cabría esperar por su tamaño, y, por último, comprender por qué –casi 10 años después de su fallecimiento– Fidel Castro sigue ocupando un lugar tan singular y tan especial en el imaginario político mundial.
Las grandes figuras históricas son objeto de constante reinterpretación. Las pasiones se aplacan, los archivos se abren y las perspectivas cambian. La historia va ocupando gradualmente el lugar de la controversia. Este proceso es esencial, nos aleja de las vanas polémicas y permite acercarnos a la verdad sin pretender jamás poseerla por completo.
Espero que los lectores recorran esta corta nota con esa misma apertura de espíritu, atentos tanto a los hechos como al contexto. Sobre todo, que piensen en un Fidel Castro profundamente humano: estratega y visionario, a veces obstinado, a menudo audaz e incluso temerario, pero siempre convencido de que los pueblos pueden escribir su propia historia.
Esta convicción, más que ninguna otra, explica probablemente por qué el nombre de Fidel Castro sigue siendo inseparable de los grandes debates sobre soberanía, justicia social e independencia de las naciones.
Al repensar hoy en el comandante de la revolución cubana, con ocasión de su centenario, el lector no se limita a meditar sobre la vida de un líder: se adentra en una época histórica convulsa, cuyos ecos palpitantes siguen moldeando nuestro mundo actual y su futuro.
Entre flores y banderas, Moscú honra la memoria de Fidel Castro
13 de agosto de 2026 14:25
Moscú. Frente a la estatua de Fidel Castro en la capital rusa, en una plaza que lleva el nombre del líder de la Revolución de Cuba, cientos de moscovitas se dieron cita este jueves para depositar flores rojas y rendirle homenaje en ocasión del centenario de su natalicio.
Organizado por el Partido Comunista de Rusia y la embajada de Cuba, el acto contó con la asistencia del viceministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguei Riabkov, quien, al hacer uso de la palabra en representación de las autoridades rusas, destacó: “Fidel Castro seguirá siendo para siempre uno de los símbolos más destacados de su época, una figura de alcance verdaderamente universal. Es todo un referente moral y ético reconocido en la defensa de los principios de justicia e igualdad. Gracias a su ejemplo de vida abnegada, los pueblos de muchos países alcanzaron la independencia y eligieron su propio camino de desarrollo”.
Apuntó: “Era un firme defensor de la creación de un nuevo orden mundial multipolar y, aunque en su época no se hablaba en esos términos, lideró y previó mucho de lo que está sucediendo y, estoy seguro, seguirá ocurriendo en el camino hacia la liberación de las ataduras imperialistas”.
Para Riabkov, “El nombre de Fidel está indisolublemente ligado a las principales corrientes del desarrollo político y social del mundo de la segunda mitad del siglo XX y de las primeras décadas del siglo XXI”.
El vicecanciller ruso añadió que “Fidel se convirtió en líder del movimiento por la liberación frente al dictado, por la afirmación del humanismo, líder de la libre expresión de la voluntad de los pueblos y de la auténtica soberanía de los Estados”.
El diplomático señaló: “A pesar del endurecimiento sin precedentes de la presión sancionadora de Washington sobre La Habana, a la que se ha sumado recientemente un agresivo bloqueo energético, los dirigentes cubanos, siguiendo al pie de la letra los principios de Fidel Castro, demuestran una fortaleza y un valor excepcionales a la hora de defender su soberanía y llevar a cabo una política exterior independiente”.
Subrayó: “La imposición de nuevas medidas restrictivas es una muestra de la impotencia de Estados Unidos, y no logrará doblegar la voluntad del pueblo cubano».
Riabkov elogió “la valentía, la firmeza, la tenacidad, la fe en sus propias fuerzas y la comprensión de su propia identidad con las que el pueblo cubano lleva ya 70 años superando pruebas inimaginables frente a las ambiciones hegemónicas y depredadoras de la élite estadunidense, lo que merece un respeto inmenso”.
Al referirse a los nexos que unen a Rusia y Cuba, el vicecanciller recalcó: “Juntos hemos demostrado una vez más que ninguna sanción es capaz de obstaculizar el diálogo entre pueblos y culturas, ni la atracción entre personas espiritualmente afines”.
Porque, agregó, “a pesar de todas las dificultades que nos plantean nuestros adversarios, a pesar de los intentos de frenar el impulso de nuestra cooperación mediante la intimidación y el chantaje político, no nos rendimos ni nos rendiremos”.
Riabkov terminó así sus palabras: “Rusia siempre ha estado y estará al lado de Cuba. Estamos dispuestos a tenderle nuestro hombro amigo. ¡Viva nuestra amistad, probada por el tiempo!”.
Por su parte, el embajador cubano, Enrique Orta González, recordó que “Fidel engendró en el pueblo cubano un cariño especial hacia el pueblo ruso. Fue el artífice de nuestra relación de hermandad inquebrantable. El comandante realizó 10 visitas a la URSS y en todo momento destacó la admiración hacia el pueblo ruso, al que le atribuía una profunda valoración a la paz, gran generosidad y nobleza humana”.
El jefe de la legación cubana se refirió a las amenazas que enfrenta Cuba, las calificó de “graves y cada vez más palpables”. Dijo que el prolongado bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Washington contra La Habana, vigente por casi siete décadas, se ha endurecido en los últimos meses, lo que ha reafirmado aún más su carácter genocida. “El cruel bloqueo impuesto contra el pueblo cubano ha multiplicado el daño humanitario infligido a la población”, enfatizó.
De acuerdo con Orta González, “Cuba responderá con la dignidad y la firmeza que ha demostrado nuestro valiente pueblo. Aprendimos de Fidel que la libertad, la justicia y la dignidad son principios que no se pueden negociar. El humanismo de Fidel, su ética revolucionaria, su dignidad y su integridad de carácter, su sentido de la justicia y su antiimperialismo son los pilares fundamentales de la actuación cubana”.
Uno de los organizadores del acto, Guennadi Ziuganov, líder del Partido Comunista de Rusia, indicó que “para nosotros Fidel Castro es un modelo y un ejemplo a seguir en estos tiempos difíciles. (…) Venció a todos, nos mostró cómo hay que luchar, vivir y vencer”.
Los asistentes, muchos de los cuales portaban banderas cubanas y camisetas alusivas al centenario de Fidel, escucharon la traducción de la canción “El Necio”, del cantautor cubano Silvio Rodríguez, y el tema interpretado en español por el Conjunto Grenada, grupo musical ruso que, desde hace más de cincuenta años y con varias generaciones de integrantes, tiene un amplio repertorio centrado en canciones de América Latina.
La ceremonia, que comenzó con un minuto de silencio en honor del líder de la Revolución de Cuba, concluyó cuando el vicecanciller Riabkov y el embajador Orta se acercaron para extender las cintas de las ofrendas florales, colocadas al pie del monumento, realizado en bronce por el escultor Aleksei Chebanenko, donde se puede ver a Fidel Castro de pie sobre una roca, en la que se inscribe de forma estilizada un mapa de la Mayor de las Antillas.
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