Irán: una guerra sin vencedores que ha cambiado el mundo
Mientras Trump renuncia a más combates y pone el énfasis en la presión económica contra Teherán, arremete contra sus socios y debilita sus alianzas



Washington – 22 AGO 2026 – 23:45 AST
Donald Trump prometía que la de Irán iba a ser una guerra “muy rápida” y la semana entrante se cumplirán seis meses de su inicio. Miles de muertos más tarde, con 50.000 soldados desplegados en la zona, unos precios de la energía mucho más elevados y una economía tambaleante, el conflicto está estancado y no se ha cumplido ninguno de los grandes objetivos del presidente estadounidense: el régimen sigue en pie y no da señales de flaqueza, no renuncia a su programa nuclear y el estrecho de Ormuz, convertido en la clave del conflicto, está cerrado casi por completo. El republicano da cada vez más señales de frustración: esta semana ha declarado el estrecho “territorio estadounidense”, prometido un “día D económico” en Irán y ha arremetido contra países aliados. Sin una solución en el horizonte, la guerra ha dejado heridas en el mundo que tardarán en curar. O que pueden acabar siendo permanentes.

El impacto global se deja sentir en la seguridad alimentaria, ante el encarecimiento de los fertilizantes que antes circulaban sin problemas por el estrecho de Ormuz; en la destrucción de infraestructura en la zona y en un menor crecimiento del PIB de países afectados por el encarecimiento de la energía. Cuando el 28 de agosto se cumplen 180 días desde que Estados Unidos e Israel lanzaron sus primeros ataques contra Irán, esta extraña guerra —en la que ya se ha anunciado dos veces (en abril y en junio) un alto el fuego para conversaciones que no han solucionado nada— ha entrado en una nueva fase. El poderío aéreo estadounidense no ha doblegado a Irán y estos meses de combates ya han consumido muchos más proyectiles de los que los mandos militares consideran prudente y las reservas de munición e interceptores están muy disminuidas.
Trump, eso sí, parece haber descartado la vuelta a los combates abiertos en un futuro inmediato, aunque las negociaciones de paz ni están ni se las espera. En su lugar, y ante el fracaso de los bombardeos en doblegar a Teherán, el republicano ha anunciado una presión económica “sin precedentes” contra Irán. Su secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha declarado esta semana que el objetivo sigue siendo “hacer caer a este régimen”, aunque ha precisado que en esta fase del conflicto se priorizará elevar la presión económica sobre la República Islámica.
Las señales de hastío de Trump se multiplican. El viernes volvía a insistir en que el estrecho de Ormuz, por el que hasta el comienzo de la guerra el 28 de febrero pasaba la quinta parte del petróleo y del gas natural que se comerciaba en el mundo, está abierto con normalidad.

Los mercados también dan señales de hartazgo. Los mensajes de Trump en redes, que a principios de la guerra causaban terremotos en las Bolsas, ahora muestran cada vez menos influencia, según un análisis del portal de noticias Axios. El analista petrolero Ben Cahill apunta que en las primeras semanas del conflicto “había un vacío de información” y mucha incertidumbre sobre la política y los objetivos de Estados Unidos. Los mercados a menudo “reaccionaron excesivamente” en respuesta a esos mensajes. Ahora, esa perdida de impacto de Trump puede tener consecuencias de cara a las elecciones de noviembre, en las que los demócratas quieren hacer de los altos precios uno de los pilares de su campaña.
Críticas a sus aliados
En parte como consecuencia de esa frustración y la incapacidad de plegar a Irán a sus deseos, Trump arremete cada vez más contra los propios aliados. Antes de la cumbre de la OTAN en Ankara, en julio, el blanco de sus invectivas eran los socios transatlánticos, a los que reprochaba no aportar medios ni poner bases militares a disposición de Estados Unidos para la guerra. Esta semana ha situado en su punto de mira a un aliado árabe en Oriente Próximo, Omán, y a Corea del Sur, uno de los socios más firmes de Washington en Asia-Pacífico. En este último caso, con el agravante de que para arremeter contra Seúl elogiaba a su gran enemigo, el dictador norcoreano Kim Jong-un.
En el caso de Omán, que mantiene acuerdos con Washington para que las fuerzas estadounidenses utilicen sus aeródromos militares y puertos, a Trump parece haberle irritado especialmente que ese Gobierno esté en tratos con Irán para la imposición de algún tipo de mecanismo de peaje para los barcos que pretendan atravesar Ormuz, un cobro que no existía antes de la guerra y que ahora amenaza con hacerse permanente.
Al mismo tiempo, Teherán declaraba que el acuerdo con Mascate para gestionar el tránsito marítimo en el estrecho es inminente y no dudaba en burlarse de la situación. El régimen, que llama ahora a la comunidad internacional a reconocerlo como ganador del conflicto para darlo por cerrado, aseguraba que “la incapacidad de Washington de reabrir el estrecho es mayor que la distancia de 12.000 kilómetros que lo separan de Ormuz”.
En el anuncio de Trump sobre nuevas sanciones contra Irán y los países que permitan su economía siga funcionando, el mandatario también ha lanzado una llamada de advertencia a los propios socios de Estados Unidos. En principio, las medidas que anuncie Bessent deberían dirigirse sobre todo contra Teherán y los gobiernos que lo apoyan, sobre todo China. Pero el estadounidense aludía muy directamente a los aliados de Washington.
“Cualquier país que permita que sus instituciones financieras, empresas, aeropuertos o entidades gubernamentales aporten algún tipo de ayuda a Irán encarará tremendas consecuencias económicas”, declaró el miércoles. “Necesitamos que todos nuestros aliados se pongan del lado de Estados Unidos para aislar y derrotar la amenaza iraní”.
No está claro qué tipo de ayuda exacta quiere, ni qué sanciones podría imponer. Por lo pronto, Emiratos Árabes Unidos anunciaba la suspensión de todo su comercio con Irán tras una conversación telefónica entre el líder de ese país y Trump.
Es posible que el republicano aspire a que otros países de la zona tomen medidas similares. Aunque les pondría en un atolladero. Arabia Saudí, Qatar y el propio Omán tratan de mantener un cuidadoso equilibrio entre un socio a priori muy poderoso como Washington, con el que mantienen acuerdos de cooperación económica y militar, y un Irán con el que la geografía les obliga a convivir. Las declaraciones grandilocuentes de Trump no ayudan. Tampoco la situación actual de una guerra en la que la superioridad militar de Estados Unidos no ha servido de gran cosa frente a la República Islámica ni ha ayudado a proteger a sus aliados árabes de los ataques de misiles y drones del otro lado del golfo Pérsico.
La mayor andanada contra un aliado en los últimos días se dirigía contra Corea del Sur. Trump comenzaba la semana con una orden al Pentágono para recortar drásticamente las maniobras militares anuales con Seúl para responder a posibles ataques de Corea del Norte. Esta vez, alegaba el presidente estadounidense, debían concluir de modo precipitado para evitar enviar un “mensaje hostil” a Pyongyang.
La decisión de recortar las maniobras, que concluyeron el viernes, seis días antes de lo esperado, era llover sobre mojado: el Pentágono ha recurrido a los activos militares que mantenía desplegados en Asia-Pacífico, desde portaaviones a interceptores, para reponer el material que ha ido consumiendo en la guerra en el Golfo.
Corea del Sur ha tratado de contemporizar. Su Gobierno asegura que, con o sin ayuda de Estados Unidos, cada vez se hace más cargo de su defensa, y que las palabras de Trump solo buscan presionar para recabar más ayuda de Seúl.
Pero los comentarios de Trump han causado un cierto nerviosismo sobre la fiabilidad de Estados Unidos entre unos aliados asiáticos ya consternados por el temor de que Washington pueda dejar a su suerte a Taiwán si en un momento dado China quisiera atacar la isla para unificarla por la fuerza. Pekín, de momento, trata de pescar en aguas revueltas y su responsable de Exteriores, Wang Yi, se desplazó a Seúl por primera vez en cinco años para reunirse con las autoridades surcoreanas. Ese viaje se produjo un mes antes de la visita que el presidente chino, Xi Jinping, tiene prevista a Washington.
Preocupación en Tokio
Japón, el otro gran aliado asiático de Estados Unidos, ve las barbas del vecino cortar y pone las suyas a remojar. En el caso de Tokio, la situación es aún más delicada: pese a un fuerte aumento del presupuesto militar en los últimos años y una serie de reformas de sus leyes para incrementar la capacidad de sus fuerzas en el exterior, su Constitución le sigue prohibiendo mantener un ejército en toda regla. Desde la posguerra, su defensa siempre se ha basado en la premisa de que Estados Unidos acudiría en su ayuda en caso de ataque externo.
Ahora Tokio explora alternativas y, entre otras cosas, refuerza sus lazos militares con Australia. No es el único. Los europeos también buscan vías para hacerse cada vez más cargo de su propia defensa. En Oriente Próximo también hay movimiento. El 7 de agosto, Arabia Saudí, Pakistán y Turquía anunciaron un acuerdo de defensa mutua. Un paso aún más simbólico que real. Pero significativo acerca de cómo está cambiando la percepción de Estados Unidos entre sus socios.
Sobre la firma

Macarena Vidal LiyVer biografía
Recibe el boletín de Internacional
Internacional El País en Facebook
Internacional El País en Instagram
Internacional El País en TwitterComentarios2Ir a los comentariosNormas ›
Más información
El presidente de Irán pide terminar la guerra con Estados Unidos: “El mundo entero reconoce nuestra victoria”Agencias | Teherán
Llega a Oriente Próximo el portaaviones de EE UU que relevará al atribulado ‘Abraham Lincoln’Macarena Vidal Liy | Washington
Archivado En
Editorial «El País:: Seis meses de fracaso en Irán
Incapaz de lograr una victoria militar o de pactar una salida honrosa, Trump está empantanado en una incierta guerra económicaEscuchar el artículo
4 min.i


La operación Furia épica que Estados Unidos e Israel lanzaron el 28 de febrero contra Irán iba a durar cuatro o cinco semanas, según prometió la Casa Blanca. Seis meses después, Washington está empantanado en una guerra de resistencia que es a la vez el mayor lastre político de Donald Trump y una fuente de inestabilidad que trasciende Oriente Próximo. El régimen iraní no da ninguna señal de debilidad, ha masacrado la contestación interna, ha bombardeado media docena de países vecinos y además ha tomado conciencia de un poder que nunca había usado antes: el estrangulamiento a capricho del tránsito de hidrocarburos, lo que impacta en todas las economías de una forma u otra. En EE UU, la guerra ha reavivado la inflación, ha intensificado la presión sobre la deuda pública y ha enfriado las perspectivas de crecimiento en plena campaña electoral.
El estrecho de Ormuz es el símbolo más elocuente del fracaso estadounidense. Por esa vía transitaba cerca de una quinta parte del comercio mundial de hidrocarburos y ahora apenas unos cuantos buques se atreven a navegar. Solo en lo que va de agosto el petróleo acumula una subida del 20%. Las reservas de crudo y derivados en los países desarrollados están en mínimos. Los precios fluctúan al ritmo de tuits de Trump, dependiendo de las esperanzas de diálogo con Irán.
Mientras, la factura del conflicto no deja de aumentar. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, cuantificó el coste de la guerra ante el Congreso en 37.500 millones de dólares, pero el Center for Strategic and International Studies cree que la cifra real está más cerca de los 100.000 millones. Un gasto que ha acabado por dar la puntilla a la deuda pública estadounidense que se ha multiplicado por dos en apenas 10 años y que esta semana traspasaba la barrera de los 40 billones de dólares. El conflicto, además, ha mermado las reservas de armamento de la primera potencia mundial y ha abierto un boquete en la estrategia de seguridad de EE UU en Asia, al verse obligado a desplazar el portaaviones USS George Washington hacia el Golfo Pérsico para relevar al USS Abraham Lincoln, cuya tripulación llevaba meses sometida a un despliegue tan largo que han protestado sus familias.
Ante el fracaso estratégico de la campaña militar y el estancamiento de la vía diplomática, el presidente estadounidense promete ahora aislar económicamente al régimen islámico con una guerra económica. Es un reconocimiento de su incapacidad militar para doblegar a Teherán y de su incapacidad diplomática para lograr un acuerdo presentable ante sus ciudadanos. Pero el ahogamiento de Irán no es tan sencillo. Irán es una economía acostumbrada a las sanciones, ha establecido canales de exportación y financieros para eludir parte de los embargos y el régimen tiene pocos límites en el daño que es capaz de infligir a sus ciudadanos. Una verdadera guerra económica necesitaría de la ayuda global, principalmente de Emiratos Árabes Unidos, salvavidas financiero del régimen, y de China, que compra el 90% de las exportaciones petroleras de Teherán. Emiratos suspendió el comercio con Irán esta semana. Xi Jinping visita Washington el mes que viene.
La falta de resultados con la guerra ha hundido la credibilidad de Trump incluso entre los suyos. La impopularidad del conflicto, que ni siquiera tiene respaldo del Congreso, y los elevados costes de la gasolina irritan a un electorado que le votó para protestar por la carestía de la vida. Pero una retirada caótica o una paz sin logros tangibles sería aún peor. A los estadounidenses no les gustan los presidentes que proyectan debilidad. Así, después de seis meses de colosal fracaso estratégico, el conflicto entra en una nueva fase en la que tanto Washington como Teherán están seguros de poder infligir más daño al otro. Nada indica que la supuesta guerra económica pueda doblegar a la hermética teocracia iraní más que los bombardeos o el asesinato de su líder supremo. Irán no tiene ninguna prisa. Trump, por el contrario, está a 10 semanas de unas elecciones y el precio de la gasolina no para de subir.
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.


































