San Simón y San Antón: las islas del horror franquista recuperan su lugar en la memoria de Galicia
Muchos de los prisioneros de este centro de concentración en la ría de Vigo tenían entre 50 y 70 años y estaban en condiciones de insalubridad.


- Este viernes las islas han sido declaradas por el Gobierno como Lugar de Memoria Democrática dentro de un proceso en el que la Xunta se ha mantenido de perfil.
21/08/2026 21:30-Actualizado a21/08/2026 22:03
El campo de concentración de las illas de San Simón y San Antón era un infierno rodeado de agua. Más de 5.600 presos republicanos fueron recluidos en este enclave, ubicado a pocos kilómetros de Redondela. Estuvo en funcionamiento desde octubre de 1936 hasta el 13 de marzo de 1943. En un primer momento ingresaron hombres provenientes de Pontevedra, pero más tarde se convirtió en el destino de reclusos de todos los rincones del país. Muchos de ellos eran personas mayores que pasaron sus últimos días encerrados en estos pequeños islotes. Hoy, asociaciones memorialistas e historiadores han conseguido ponerles nombres y apellidos.
Una de las víctimas de San Simón fue Antonio Machuca, de Talavera de la Reina (Toledo). Tenía 62 años cuando fue detenido por haber sido jefe de la Guardia Municipal y condenado en Cáceres a cadena perpetua por rebelión militar en marzo de 1937. Llegó al centro en 1939 y falleció un año después. La condena del toledano Ricardo Madrigal fue de seis años por los mismos motivos. Sin embargo, este labrador de sexagenario murió pocos meses después de ingresar. Felipe Malpica (Torrelaguna, Madrid) fue uno de los presos de más edad. Tenía 72 años cuando lo detuvieron acusado de auxilio a la rebelión y sobre él recayó una condena de 12 años que fue conmutada posteriormente.

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El hacinamiento, el hambre y la insalubridad provocaron una elevada mortalidad en el centro. Las últimas investigaciones han contabilizado algo más de 500 fallecimientos, además de otras tantas ejecuciones en los paseos cerca del penal o en otras localidades. Muchos de los cuerpos fueron enterrados en los cementerios de Redondela y Vigo, que llegaron a colapsarse. Gran parte de este censo fue verificado por los investigadores Gonzalo Amoedo y Roberto Gil, quienes advierten de que la cifra «no recoge la totalidad de las muertes» debido a que la documentación es incompleta o inaccesible.
Dionisio Pereira González, licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Santiago de Compostela y miembro del proyecto Nomes e Voces, es una de las personas que mejor conocen la historia de este campo de concentración. Explica a Público que las condiciones del centro fueron pésimas en todos los sentidos y de forma prolongada, desde los primeros meses en los que el centro funcionó como una prisión provisional, hasta su establecimiento como colonia penitenciaria. Los presos dormían en barracones donde cada interno tenía para sí unos 38 centímetros, lo que les impedía girarse mientras dormían. La comida era escasa y se sabe que algún director se lucró robando raciones. Losinternos convivían con ratas, piojos y todo tipo de plagas.
Además del terror por las constantes sacas camino de cunetas donde muchos fueron fusilados, hubo funcionarios que actuaban de forma corrupta, extorsionando a los presos. «Es el caso del director Fernando Lago Búa y el médico Francisco Bustelo que, en el verano de 1936, se dedicaron a exigirles importantes sumas de dinero por una libertad que a veces, o no se producía, o acababa en paseo«, añade. A ambos les acabaron descubriendo y lo pagaron con pena de muerte el 5 de enero de 1937.
La llegada de los represaliados de más edad se produjo, sobre todo, entre 1940 y 1941. La mayoría prodecían de Extremadura, Andalucía o Castilla-La Mancha. Ese año, señala Pereira, es cuando se disparan las muertes: «Este último año fallecían entre 10-12 internos al día, fruto de una alimentación muy deficiente y la extremada humedad a la que no estaban habituados». Para huir del hambre, los presos recurrían a coger berberechos, mejillones, lapas o minchas de las rocas, por lo que las diarreas y disenterías se generalizaron.
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Apenas 250 metros cuadrados de isla
La Illa de San Simón apenas tiene 90 metros de ancho por 250 de largo. A través de un puente, conecta con la de San Antón, aún más diminuta. El espacio era tan reducido en comparación con la cifra de prisioneros —llegó a albergar hasta 2.000 a la vez— que se acabó habilitando a poca distancia un buque reconvertido en cárcel: el Upo Mendi. «Llegó a comienzos de 1938 y en él se amontonaron casi 700 presos, la mayoría vascos», explica el historiador. Muchos se tiraron al agua para huir de las ratas gigantescas que había a bordo.
Antes de la guerra, estas dos islas habían funcionado como lazareto para enfermos contagiosos que llegaban a Galicia por barco. Siglos atrás, albergaron un monasterio ocupado por franciscanos y templarios. Poco después de la clausura del penal franquista, pasó a ser Colonia de Educación y Descanso, donde los miembros de la Guardia de Franco pasaban temporadas veraniegas. En agosto de 1950, 43 integrantes de este cuerpo policial perecieron ahogados al zozobrar su embarcación. A partir de ahí, las edificaciones estuvieron abandonadas hasta que se rehabilitaron como un orfanato para hijos de marineros fallecidos. Más recientemente, este espacio se ha utilizado para la celebración de brunchs, festivales y todo tipo de eventos.
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Desde hace años, el movimiento memorialista gallego exigía que este antiguo campo de concentración fuera reconocido como Lugar de Memoria Democrática. Este viernes, 21 de agosto de 2026, lo han conseguido definitivamente: el Gobierno ha publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE) la resolución por la que ambos islotes obtienen esta catalogación, al amparo de la Ley 20/2022. Esta declaración contempla medidas de resignificación que implicarán la instalación de placas y elementos informativos para divulgar los crímenes cometidos entre San Simón y San Antón.
Con este último paso empieza un camino de resignificación de un espacio donde actualmente nada recuerda el horror que se vivió allí y que algunos siguen negando. En 2025 el diputado autonómico del PP José Luis Ferro negó que exista constancia de muertes en San Simón. El mensaje fue calificado desde la Iniciativa Galega por la Memoria como «revisionista y de una gravedad extrema». Una de las evidencias más claras de la masacre que sucedió en las islas se encuentra en las propias críticas del entonces alcalde de Vigo. El franquista Luis Suárez Llanos llegó a presentar una queja oficial a las autoridades penitenciarias por el aluvión de cadáveres a los que ayuntamiento tenía que dar algún tipo de sepultura.
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Además, muchos de los detalles sobre cómo era la vida en las islas se saben gracias a las memorias que escribieron los propios presos: Diego San José, Dámaso Carrasco, Ildefonso Puente, Evaristo Mosquera… «Como resultado, están documentados unos quinientos fallecimientos en las islas, de los cuales solo siete fueron fusilados allí (en los muros de la Capilla de San Pedro), y el resto murió por las inhumanas condiciones que debieron de soportar, incluyendo algún suicidio y varias tentativas de evasión a nado, con trágicas consecuencias», sentencia Pereira.
Sobre la recién conocida declaración de lugar de memoria, el experto espera que vaya acompañada de medidas efectivas «que vayan más allá de lo simbólico». «Está bien señalizar y recopilar información del sitio, pero lo esencial es modificar el régimen de usos. En la actualidad, la Xunta de Galicia -que tiene la concesión de uso por parte del Estado hasta 2027- dedica las islas a actividades lúdicas, turísticas y de ocio en las que se ignora sistemáticamente su pasado penitenciario y se agravia a las víctimas y sus allegados», concluye.
As Madriñas: la valentía de las mujeres
La declaración de Lugar de Memoria también reconoce la heroicidad de muchas personas anónimas que hicieron todo lo posible por ayudar a los reclusos. Uno de los nombres que ha pasado a la historia es el del médico pontevedrés Celestino Poza Cobas. El doctor, que también había sido privado de libertad, atendió tanto a médicos como a guardias durante el tiempo que duró su arresto, ayudando a salvar la vida de decenas de hombres.

Igual de encomiable fue la ayuda de las «madriñas», mujeres que burlaban el control del régimen para llevar comida, ropa limpia y medicamentos al interior de la cárcel. Para muchas familias, estas pontevedresas supusieron el único enlace con los detenidos. Ellas recogían y llevaban cartas o noticias importantes a estos hombres, que muchas veces no tenían ningún enlace familiar en la provincia. Eran un faro de esperanza al que agarrarse.
Dionisio Pereira subraya que hubo «madriñas» en otros penales gallegos. Se sabe que hubo mujeres encargadas de cuidar y asistir a los más desvalidos en Rianxo, Santiago de Compostela o Cedeira. En el caso de Redondela, muchas procedían de Cesantes o A Portela y también de Arcade. «El trabajo que hacían comenzaba en el momento previo a que los presos embarcaran hacia la colonia. Allí ya se acercaban a darles agua o pan», relata el experto, que recuerda como, años después, aquellas relaciones acabaron en algún matrimonio entre presos y estas mujeres.
Sobre la firma
Laura Prieto Gallego
Redactora de Vivienda y Memoria Histórica.
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