Qué ha pasado en Nepal: el colapso de un glaciar que desencadenó una catástrofe histórica

El colapso de hielo en el Himalaya desencadenó una avenida súbita capaz de arrastrar rocas, carreteras y poblaciones enteras. El calentamiento multiplica los ingredientes de estos desastres.

Cordon Press
Sergio Parra

Sergio Parra

Periodista especializado en temas de ciencia, naturaleza, tecnología y salud

Una gran masa de hielo colapsó en el Himalaya y desencadenó la riada que ha dejado al menos 162 muertos en Nepal, mientras cientos de personas siguen desaparecidas a ambos lados de la frontera con China. La clave para entender la magnitud de la tragedia está varios kilómetros por encima de las poblaciones arrasadas

El derrumbe glaciar movilizó agua, hielo, sedimentos y enormes cantidades de roca pendiente abajo, generando una avenida súbita extraordinariamente destructiva. No se trata, por tanto, de una inundación convencional: en las grandes crecidas de origen glaciar del Himalaya, el caudal máximo puede alcanzar magnitudes del orden de 15.600 metros cúbicos por segundo, según estimaciones científicas para eventos extremos con periodos de retorno de 100 años.

El desastre vuelve a colocar bajo los focos uno de los grandes riesgos de las montañas asiáticas. El Himalaya se está calentando, los glaciares pierden masa y aparecen y crecen lagos donde antes predominaba el hielo. Pero el calentamiento global no funciona como un interruptor que provoque automáticamente cada riada: desprendimientos, lluvias monzónicas, avalanchas y la propia inestabilidad del terreno pueden proporcionar el empujón final.

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Del hielo a una muralla de agua: así puede nacer una riada en minutos

Para comprender lo ocurrido hay que imaginar un glaciar no como una mole inmóvil, sino como un gigantesco río de hielo sometido continuamente a tensiones, fracturas, deshielo y gravedad. Cuando una gran sección pierde estabilidad, puede precipitarse ladera abajo y poner en movimiento un volumen colosal de materiales.

Las primeras informaciones sobre el episodio apuntan precisamente a un colapso glaciar como desencadenante de la catástrofe. El fenómeno fue suficientemente violento como para producir una señal sísmica que inicialmente pudo confundirse con un terremoto, mientras las imágenes y análisis posteriores permitieron relacionarla con el derrumbe en la montaña.

Pero hay un detalle que explica por qué estas riadas resultan tan difíciles de detener: el agua no viaja sola. A medida que desciende por pendientes extraordinariamente pronunciadas, incorpora barro, bloques de roca, troncos y restos del propio terreno. El flujo aumenta de volumen y densidad y se transforma en una masa capaz de modificar físicamente el valle.

Es una especie de efecto dominó geológico: hielo que cae, agua que se libera, sedimentos que se incorporan y un valle estrecho que canaliza toda esa energía hacia las poblaciones situadas aguas abajo. Las carreteras, puentes y edificios terminan enfrentándose no simplemente a agua, sino a un proyectil líquido cargado de toneladas de material.

Para hacernos una idea de la escala vale la pena rescatar una investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences que calculó que una gran inundación por vaciamiento de lago glaciar con un periodo de retorno de 100 años en el Himalaya podría alcanzar aproximadamente 15.600 m³/s de caudal máximo, comparable al de grandes ríos durante crecidas monzónicas cientos de kilómetros aguas abajo.

Imagen de satélite
Landsat 9 via USGS

Imágenes satelitales de las secuelas de la inundación desde Landsat 9.

Más de 5.000 lagos glaciares: el mapa de riesgo que crece sobre el Himalaya

El segundo ingrediente de esta historia lleva décadas formándose. A medida que los glaciares adelgazan y retroceden, dejan depresiones donde puede acumularse el agua de deshielo. Surgen así lagos glaciares, algunos retenidos por morrenas: acumulaciones de rocas y sedimentos transportados anteriormente por el propio hielo.

Hay más de 5.000 lagos glaciares en el Himalaya, muchos contenidos por este tipo de barreras naturales potencialmente inestables. El problema no consiste únicamente en que existan. Cuanto mayor sea el volumen almacenado y más vulnerable sea la presa natural, mayor puede ser el potencial destructivo si se produce una ruptura. Un desprendimiento de roca o hielo puede caer dentro de uno de esos lagos, generar una ola y provocar el desbordamiento; unas precipitaciones extremas también pueden aumentar la presión sobre el sistema.

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Además estamos ante una criosfera en transformación. Una revisión publicada en 2026 señala que el retroceso de los glaciares está favoreciendo la formación y expansión generalizada de lagos glaciares en el Himalaya-Karakoram, creando nuevas configuraciones de riesgo para las comunidades de montaña.

En Nepal el proceso puede observarse desde hace décadas. El análisis mediante satélite de los lagos glaciares entre 1977 y 2017 detectó una expansión que los investigadores relacionaron con una amenaza potencial creciente para poblaciones e infraestructuras situadas aguas abajo.

Pero conviene introducir un matiz esencial. Que haya más lagos y más hielo inestable no significa que todos vayan a romperse ni que cada desastre pueda atribuirse directamente al cambio climático. Un estudio publicado en Nature Climate Change no encontró una tendencia significativa en la frecuencia anual de las inundaciones producidas por lagos represados por morrenas desde finales de la década de 1980, pese al crecimiento de numerosos lagos.

La amenaza depende de algo más complejo: no basta con saber cuánto hielo desaparece; hay que conocer qué puede desencadenar el colapso y qué encontrará la riada en su camino.

Ahí reside quizá la explicación más importante de lo sucedido en Nepal. Una riada extrema se convierte en desastre humano cuando atraviesa carreteras, puentes, puestos fronterizos, viviendas y corredores por los que circulan miles de personas.

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