El motivo por el que la “ameba comecerebros” va al cerebro: casi todos los casos tienen consecuencias fatales
Desde que hay registros, en todo el mundo se han detectado alrededor de 500 casos. Al no haber tratamiento, la gran mayoría de ellos han acabado con el fallecimiento del paciente.

La ameba Naegleria fowleri.


Biotecnólogo especializado en biomedicina y enfermedades raras
Las aguas cálidas de lagos y piscinas con un mantenimiento deficiente son un criadero perfecto para todo tipo de microorganismos. En ellas nadan bacterias, algas y todo tipo de formas de vida simple que conforman un ecosistema completo. Entre la marabunta microscópica también habitan depredadores como la ameba Naegleria fowleri que engulle a las indefensas bacterias sin compasión. Pero en algunas ocasiones, esta ameba también ha infectado a presas más grandes, por lo que recibe el apodo de la “ameba comecerebros”.
Cuando una persona se lanza a nadar en una masa de agua estancada, parte de ese líquido puede acabar en la cavidad nasal. Y si, por mala suerte, en las gotículas se encuentra N. fowleri, lo que comienza como un baño placentero puede derivar en una pesadilla fatal. La ameba, por motivos hasta ahora desconocidos, accede al cerebro atravesando los pequeños orificios del cráneo y ahí abandona su dieta basada en bacterias para empezar a devorar neuronas.
Todavía no existe tratamiento para esta infección, llamada meningoencefalitis amébida primaria (PAM), que presenta una letalidad superior al 95 %. Como indican desde el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos, de los 167 casos de PAM reportados entre 1962 y 2024, sólo han sobrevivido 4 personas. Los síntomas comienzan con un fuerte dolor de cabeza, fiebre y náuseas, y empeoran rápidamente hacia el coma, que suele manifestarse a los 5 días. Tras esto, las personas fallecen entre 1 y 18 días después.
¿Por qué una ameba va al cerebro?
N. fowleri es un parásito facultativo. Es decir, que no necesita infectar a humanos para completar su ciclo vital y reproducirse. Esta ameba, en su etapa de vida libre, se alimenta de pequeñas bacterias hasta que aumenta a un tamaño suficiente y se divide en dos amebas independientes. Pero la clave para entender por qué acaba en el cerebro de las personas podría estar, precisamente, en la forma en la que caza a sus presas.

Composición de imágenes de microscopía que muestran las distintas formas que adopta Naegleria fowleri durante su ciclo vital. Izquierda: quiste; centro: trofozoíto; derecha: flagelado.
En el entorno microscópico, muchas bacterias viven escondidas en pequeñas cavidades para estar más protegidas de la intemperie y de los depredadores. Por ello, esta ameba se ha ido especializando en buscar e introducirse en cavidades estrechas. El comportamiento, llamado claustrofilia, es muy interesante a nivel evolutivo, ya que ha llevado a la ameba a desarrollar protrusiones y vesículas con las que arrastrarse por espacios angostos.
Por este motivo, según explican en un artículo publicado en Biorxiv, cuando la ameba llega fortuitamente al interior de la cavidad nasal, se ve atraída por el pequeño conducto del nervio olfativo y lo sigue hasta llegar al cerebro. Una vez allí, se alimenta por trogocitosis, es decir, arrancando pequeños trozos de las paredes de las células con las que entra en contacto que, al tratarse del cerebro, son mayoritariamente neuronas.
Estudiando cómo se arrastran las amebas
Como trabajar con N. fowleri conlleva un gran riesgo, en el estudio emplearon una ameba de la misma familia llamada Naegleria gruberi, que no tiene la capacidad de causar la enfermedad. Esta prima hermana no puede sobrevivir a la temperatura del cuerpo humano y, además, carece de mecanismos con los que dañar a nuestras células. Por tanto, con la tranquilidad que supone trabajar con organismos que no suponen un riesgo mortal, colocaron varios ejemplares ante canales de entre 2 y 8 micrómetros de grosor y las siguieron con un microscopio.
Pronto detectaron que N. gruberi no podía entrar por los canales más estrechos, de 2 y 4 micrómetros. Pero sí que cabían en los de 8 micrómetros y, una vez entraban, aumentaban su velocidad de desplazamiento al doble que en un espacio abierto. Según reportan los investigadores, la ameba se desplazaba a 40 micrómetros por minuto, lo que cuadriplica la velocidad de las células del sistema inmunitario en espacios de tamaño similar.
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Por ello, hipotetizan, ahí puede estar la clave de la capacidad de infección de N. fowleri. Al conseguir llegar al cerebro indetectada, puede comenzar a alimentarse sin encender las alarmas. Con toda esa comida a su abasto, la ameba se reproduce rápidamente y, una vez el sistema inmunitario detecta la amenaza y trata de actuar ya es demasiado tarde. Aunque los propios autores apuntan a que, para asegurarse de que están en lo cierto, primero han de comprobar que N. fowleri se comporta como N. gruberi.
De ser así, este estudio, que todavía no ha pasado la revisión por pares, muestra que la ameba acaba “comiéndose el cerebro” porque la evolución ha grabado en sus instrucciones una forma peculiar de buscar alimento. Por vicisitudes del destino, la zona de los senos nasales superiores comparte una configuración similar al terreno en el que la ameba cree que va a encontrar bacterias. Pero lo que acaba encontrando son neuronas con las que se da un festín, para desgracia de los desafortunados nadadores que se topan con ella.
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