Rusia revela blancos de su ataque masivo contra infraestructura usada por las tropas ucranianas
Entre los objetivos alcanzados se encuentran plantas metalúrgicas que abastecen a empresas del complejo militar-industrial, así como centros logísticos y subestaciones eléctricas


Las Fuerzas Armadas rusas lanzaron la noche del viernes al sábado un ataque masivo contra infraestructura usada por las tropas de Kiev en diferentes provincias de Ucrania, comunicó en Ministerio de Defensa de Rusia.
La operación fue realizada con armas de precisión terrestres y drones de ataque de largo alcance. Entre los objetivos del ataque se encuentran:

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En la provincia de Dnepropetrovsk:
- La planta metalúrgica de Dneprodzerzhinsk (Kametstal) y la planta metalúrgica del Dnepr (Planta Metalúrgica Dneprovski), que son los mayores proveedores de productos metálicos para la producción militar en Ucrania.
En Nikoláyev y en la provincia homónima:
- Un centro logístico utilizado para el almacenamiento de equipo militar;
- La subestación eléctrica de Nikoláyevskaya.
En la provincia de Odesa:
- Un centro logístico utilizado para almacenar equipo militar;
- Un buque de carga seca en el puerto de Chernomorsk que transportaba armas y equipo militar para las fuerzas ucranianas.
En la provincia de Kiev:
- El centro logístico Sviatopetrovski, utilizado para almacenar equipo militar;
- Dos depósitos y centros de distribución de combustible para las FF. AA. de Ucrania en la ciudad militar de Blístavitsa, en el aeródromo de Gostomel;
- Un centro de inteligencia electrónica y radiotelefónica en la aldea de Brovary.
La peligrosa paradoja europea frente a Rusia
En el Viejo Continente nadie se hace ilusiones sobre una victoria militar fácil frente a Rusia, pero tampoco debe sobreestimarse el instinto de supervivencia de las élites europeas, considera el analista Timoféi Bordachiov.

La historia no se repite. Ni siquiera como farsa.
Y la nueva etapa del secular enfrentamiento entre Rusia y Europa tendrá, naturalmente, un aspecto completamente distinto al de todas las anteriores. Actualmente, las autoridades alemanas cierran, bajo un pretexto inventado, instituciones culturales y diplomáticas rusas, mientras las noruegas apresan buques científicos rusos. Todo vuelve al punto de partida que conocemos desde finales del siglo XV, cuando Europa intentó por primera vez contener el afán de independencia de Rusia.

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Al mismo tiempo, las autoridades alemanas, noruegas y de cualquier otro país europeo no buscan llevar la situación hasta un enfrentamiento cinético directo. La razón no es, desde luego, el espíritu pacífico de Berlín, París o Londres, que nunca les ha sido propio. Tampoco podemos hablar seriamente de que Europa esté dispuesta a mantener un diálogo diplomático sobre cuestiones más amplias de seguridad regional: todo lo que allí se dice al respecto son palabras vacías. Sin embargo, los intentos de evitar por ahora una confrontación obedecen a razones objetivas.
En primer lugar, los mayores Estados de Europa carecen de los recursos humanos y materiales necesarios. La situación es mejor en cuanto a armamento, pero por ahora prefieren enviarlo a Ucrania, cuya población está dispuesta a sacrificarse por las ambiciones europeas. La población de Europa no está preparada para combatir contra Rusia, y su nivel de empobrecimiento seguirá siendo durante mucho tiempo insuficiente para arrojar a alemanes, franceses o británicos de a pie a la hoguera de una confrontación armada. Tampoco confían demasiado en los polacos ni en los demás pueblos balcánicos. En Varsovia hay aún menos deseos de librar una guerra real contra Rusia, mientras que la retórica agresiva y exaltada encubre la falta de determinación militar.
En segundo lugar, en Europa evalúan de manera bastante adecuada el deseo de supervivencia de sus protectores estadounidenses y la ausencia en Washington de la más mínima voluntad de verse arrastrado a un enfrentamiento mortal con Moscú. Todo lo que se dice sobre el ‘paraguas nuclear‘ estadounidense sobre Europa no son más que cuentos infantiles en los que nadie cree. Así fue durante la Guerra Fría de 1946–1991 y así sigue siendo ahora: el gran amigo del pueblo soviético, el general De Gaulle, y sus sucesores no apuntaron en vano las armas nucleares francesas contra Moscú, Kiev y Leningrado. No pensaban vencer, pero al menos querían causar el máximo daño humano posible.

Por tanto, en el Viejo Continente nadie se hace ilusiones sobre la posibilidad de lograr una victoria militar fácil sobre Rusia; de lo contrario, ¿para qué iniciar un conflicto directo con ella? Sin embargo, estos argumentos racionales pueden chocar con factores de carácter subjetivo. Ante todo, porque no debemos sobreestimar demasiado el instinto de supervivencia de las élites europeas.
Al fin y al cabo, durante los últimos 150 años Europa no ha experimentado una renovación seria de sus élites, como sí ocurrió en Rusia o China, y seguimos tratando con los descendientes políticos directos de quienes desencadenaron la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

OPINIÓN
El primer genocidio alemán que Occidente eligió olvidar
Los políticos europeos, especialmente los alemanes y británicos, siempre se han caracterizado por un aventurerismo completamente ajeno, por ejemplo, a nosotros, y mucho menos propio de los estadounidenses. No es casualidad que George Kennan, atento observador y conocedor de los matices de las culturas políticas, escribiera en su «telegrama larg» de 1946 que, a diferencia de Alemania, la política exterior rusa «no es ni esquemática ni aventurera. […] No asume riesgos innecesarios».
Los propios estadounidenses, pese a su inclinación a resolver los problemas mediante la violencia, tampoco son conocidos por su disposición a actuar de manera imprudente. La conocida costumbre estadounidense de atacar al adversario únicamente cuando están un 200 % seguros de que es más débil y no puede ofrecer resistencia demuestra que es posible tratar con ellos en el terreno diplomático. EE.UU. incluso se lanzó contra Irán con la plena certeza de lograr una victoria rápida y fácil. En cuanto al posible desarrollo de un conflicto con Rusia, allí nunca existieron tales ilusiones, ni siquiera durante los años culminantes de la hegemonía unipolar estadounidense y nuestro debilitamiento sistémico.
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Nuestros vecinos occidentales de Europa, en cambio, son propensos por naturaleza a crear situaciones arriesgadas. Fue precisamente el aventurerismo natural lo que arrastró a los imperios europeos a la Primera Guerra Mundial, y también impulsó las temerarias invasiones de Rusia por parte de la Francia de Napoleón y de Alemania a mediados del siglo pasado. En ambos casos, los gobernantes europeos se decidieron a hacer algo que a sus contemporáneos les parecía una completa locura.
En otras palabras, mientras Europa intenta librar una guerra contra Rusia con medios no militares, carece de recursos para pasar a una mayor agresividad, pero aún conserva cierta capacidad para evaluar sensatamente la situación. Al mismo tiempo, sería algo imprudente pensar que las cosas seguirán así.
En cada nueva etapa de la confrontación, los europeos ‘queman’ con sus propias manos los puentes que podrían permitir crear en el futuro un sistema relativamente equilibrado de coexistencia.
En este contexto, la decisión de nuestras autoridades de cerrar el Instituto Goethe en Rusia parece no solo simétrica, sino también una respuesta correcta a largo plazo. Nos guste o no, durante las últimas décadas la cooperación cultural y humanitaria se ha convertido, casi siempre, en un instrumento de la política estatal. Las excepciones son mínimas: los trabajadores de museos rusos y franceses realizan algunos proyectos conjuntos, y otros representantes de los ámbitos cultural y científico cooperan en ciertas iniciativas. Pero, en general, la absurda expresión ‘poder blando‘ ha desplazado por completo de la cooperación cultural y humanitaria occidental todo aquello que no esté destinado a cumplir una tarea política.

Desde hace muchos años, incluso los ámbitos más inocentes de las relaciones entre los pueblos se ponen en Europa y EE.UU. al servicio de intereses estatales pragmáticos. No es el fenómeno más agradable de nuestro tiempo. Sin embargo, debemos admitir que constituye una consecuencia inevitable de que la actividad de política exterior de los Estados haya adquirido un carácter total: hace ya mucho que no es competencia exclusiva de los diplomáticos, sino de todos aquellos a quienes el Estado moderno puede alcanzar con su dinero y sus organismos de control.
Cómo Europa se prepara para una guerra con Rusia, en este artículo

En Rusia, por cierto, también nos enfrentamos a una situación en la que la cooperación en los ámbitos de la educación y la cultura se evalúa precisamente por sus efectos políticos. Esto es aún más cierto cuando se trata de Europa o EE.UU. Incluso desde el punto de vista de la opinión pública, resulta difícil explicar el sentido de gastar dinero en proyectos educativos u otras iniciativas humanitarias si no se puede comprobar de qué manera fortalecen la posición del Estado en uno u otro país, o región.
No cabe duda de que, cuando se trata de países occidentales, las exigencias impuestas a un hipotético «Instituto Goethe» en cuanto a su capacidad para influir en las mentes son aún mayores que en Rusia. Y el control ejercido por los funcionarios del organismo federal alemán para garantizar el estricto cumplimiento de esta función es todavía más riguroso y eficaz. En última instancia, toda la utilidad de las actividades de este tipo de instituciones queda desdibujada por la carga política que pesa sobre ellas.
La erosión de esta esfera de interacción parece inevitable. Y quizá incluso necesaria para que, en el futuro, las relaciones al margen de la diplomacia oficial dependan menos de la coyuntura política en las capitales europeas. Por ahora, los políticos europeos temen al mismo tiempo una confrontación con Rusia y se arrastran a sí mismos hacia la espiral del enfrentamiento, una situación que exige precisamente de nosotros una vigilancia especial y determinación en el terreno práctico.
Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club Internacional de Debates Valdái, para el diario ruso Vzgliad.
Investigan en Ucrania una red criminal vinculada a la Fiscalía que soñaba con «crear un imperio»
Los organismos anticorrupción declararon que llevaron a cabo «una operación especial para desmantelar una organización crim

En medio de escándalos interminables de corrupción, que sacuden al régimen de Kiev, la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania (NABU) y la Fiscalía Especial Anticorrupción (SAP) anunciaron este viernes «una operación especial para desmantelar una organización criminal liderada por un funcionario de la Oficina del fiscal general«, Ruslán Krávchenko.
Los organismos anticorrupción detallaron que la asociación ilícita está implicada en «el encubrimiento de una red de centros de llamadas fraudulentos y en la legalización de propiedades«.
Posteriormente, la NABU publicó un video vinculado con la investigación, denominada ‘Karfaguén’ (‘Cartago’, en español), que incluye un fragmento de una supuesta conversación en la que una voz masculina reflexiona sobre la creación de un «imperio». «Sería genial crear un imperio como el del jefe. Pensaré en qué hacer. No puedo simplemente ir a trabajar por ir a trabajar. Vivir solo por vivir», se escucha.
Aunque, las autoridades no revelaron la identidad de los implicados, medios ucranianos informaron, citando fuentes, sobre la detención de Serguéi Kropiva, subdirector del departamento de Cooperación Jurídica Internacional de la Oficina del fiscal general.
Reacción de la Oficina del fiscal general

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Mientras, la Oficina del fiscal general comunicó al respecto que «se está investigando la situación en su totalidad«, añadiendo que «proporcionará a las autoridades anticorrupción información externa y toda la información necesaria dentro del marco legal».
«Este episodio podría afectar la evaluación jurídica objetiva del orden establecido por ley», indicó, añadiendo que el funcionario sospechoso «estará sujeto a la suspensión de sus obligaciones laborales durante la investigación preliminar».
Resumen de los principales escándalos de corrupción en Ucrania
- Desde noviembre del 2025, el círculo cercano de Vladímir Zelenski está bajo una serie de investigaciones anticorrupción. En una de las más recientes (‘Forrest Gump’), se investiga a empleados de la Presidencia, entre ellos Irina Múdraya, exsubdirectora de la Oficina de Vladímir Zelenski, por blanquear unos 3,35 millones de dólares en efectivo a través de empresas ficticias para pagar fianzas de otros implicados.
- Otro gran escándalo implica al exjefe de la Oficina de Zelenski y amigo personal, Andréi Yermak, y al ex vice primer ministro, Alexéi Chernyshov, en el lavado de unos 10 millones de dólares mediante la construcción de residencias de lujo cerca de Kiev, una de las cuales presuntamente estaría destinada al propio jefe del régimen ucraniano, aunque él no ha sido acusado formalmente.

Zelenski pide más dinero a Occidente en medio de los escándalos de corrupción en su entorno
- El caso más grave por volumen es el del sector energético, donde se estiman sobornos por unos 100 millones de dólares orquestados, según los investigadores, por el empresario Timur Míndich, apodado ‘la billetera de Zelenski’, (actualmente huido) y otros funcionarios, que gestionaban una red de empresas fantasma para legalizar el dinero.
- También hay investigaciones en el Ministerio de Exteriores: el exsecretario de Estado, Alexánder Bankov, fue detenido por malversar fondos internacionales, y la hasta entonces embajadora en EE.UU., Olga Stefaníshina, dejó su cargo tras un escándalo inmobiliario.
- Zelenski negó estar implicado en la corrupción que arrasa su país. A su vez, su exsecretaria de prensa, Yulia Méndel, lo acusó de perpetuarse en el poder gracias a la guerra, ya que canceló las elecciones, y de rodearse de personas que se benefician de miles de millones de euros de fondos europeos, mientras medios occidentales recuerdan que su promesa de lucha anticorrupción no se ha cumplido.
* Incluido en Rusia en la lista de terroristas y extremistas
El ‘pulpo’ de los ‘call centers’ ucranianos: el sucio negocio millonario de Kiev que cruza fronteras
Lo que había comenzado como estafas locales creció con los años a esquemas de magnitud industrial. La pregunta lógica es cómo este negocio clandestino sigue tan extendido a día de hoy si no tiene cómplices y protección al nivel político más alto.

Resumen generado por IA
Redes de fraude telefónico, que operan desde Ucrania, apuntan cada vez más a víctimas fuera de sus fronteras. En 2026, el fenómeno ya no se extiende únicamente a Rusia, que hasta ahora ha sido uno de sus focos principales: aparecen casos documentados con víctimas en la Unión Europea y en Estados Unidos, y con operativos policiales de escala nacional e internacional.
La expansión hacia Europa tiene una de sus pruebas más sólidas en acciones coordinadas anunciadas por organismos de cooperación judicial europeos: en diciembre de 2025, se informó de una operación conjunta que localizó ‘call centers’ en las ciudades de Dnepr, Ivano-Frankovsk y Kiev, con cientos de víctimas y daños estimados en más de 10 millones de euros.
Negocio sucio desde dentro
Por dentro, estos centros suelen funcionar como una empresa. Hay guiones, entrenamiento de operadores, bases de datos, telefonía IP, suplantación de identidad de bancos o autoridades, y un ‘back office’ financiero dedicado a capturar el dinero y moverlo con rapidez.
La narrativa recurrente de estafas se basa en «proteger los ahorros» o «verificar transacciones». El método se repite porque funciona: urgencia psicológica, suplantación de instituciones y extracción rápida de fondos.

Cómo es posible que el círculo cercano de Zelenski se hunda en la corrupción y él no sepa nada
Una investigación policial en Dnepr describió este martes incautaciones masivas de equipos informáticos, 6 terminales de Starlink y 2 carteras de cripto de ‘hardware’ que apuntan a operaciones profesionales y difíciles de rastrear.
La ciudad aparece en comunicados e investigaciones por su papel como nodo donde se concentran redes, personal y recursos técnicos: tan solo en 2024 ese negocio contaba con unos 30.000 empleados. Se han descrito estructuras con capacidad de reorientarse a distintos mercados con rapidez, como un pulpo que se adapta y extiende tentáculos hacia nuevos países.
De Europa a Asia
La última operación policial a gran escala de agosto de 2026 confirmó que el problema se mantiene: fuerzas de seguridad ucranianas desmantelaron 94 ‘call centers’ en todo el país, tras 411 registros, que dejaron víctimas en Ucrania, Israel, la Unión Europea y Asia Central, con pérdidas por más de 100 millones de grivnas (2,24 millones de dólares) y 1.794 puestos de operadores detectados.
Los operativos regionales muestran el mismo patrón. En Lvov, se incautaron cerca de 2 millones de dólares en efectivo, además de joyas y relojes caros, en una causa por estafas orientadas a Ucrania y la UE. En Kiev, se desarticuló un ‘call center’ que estafó a una veintena de estadounidenses por más de 500.000 dólares.
Encubrimiento político
En ese clima de redadas, decomisos y expansión internacional del fraude, la lógica pregunta de por qué el negocio clandestino sigue tan extendido a día de hoy encuentra una respuesta recurrente en el debate público: además de los equipos técnicos y el dinero, necesita complicidades.
Hace tres años, el canal anónimo de Telegram Joker compartió un video de una fiesta en uno de los ‘call centers’ de Dnepr, asegurando que aquel lugar operaba bajo el amparo de la cúpula policial.

La publicación ya no está disponible, pero se deja constancia de ella en la prensa: «Este ‘call center’ cuenta con el respaldo del jefe del Departamento de Investigaciones Estratégicas de la Policía Nacional (DSR), de Dnepr, Andréi Daniliak, y de su superior directo, el primer adjunto al jefe de la Policía Nacional de Ucrania, Dmitri Tishlek».
Fuentes del portal Antikor dieron a principios de marzo de este año otro nombre: el oficial de contrainteligencia del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) en la provincia de Dnepropetrovsk, Maxim Lashkov, a quien señalaron como supervisor y «protector» de los ‘call centers’ fraudulentos locales.
A ese tema viene asociándose también el diputado ucraniano Nikolái Tíschenko, exmiembro del partido político de Zelenski ‘Servidor del Pueblo’, quien se presentaba como impulsor de acciones contra ‘call centers’. Los organismos anticorrupción ucranianos lo acusaron este verano de intentar beneficiarse ilícitamente de esas actividades con el pretexto de luchar contra ellas.
La investigación descubrió que, en agosto de 2023, Tíschenko exigió a una persona a la que consideraba implicada en ese negocio más de un millón de dólares, prometiendo a cambio intervenir para eliminar a sus rivales, influyendo en qué ‘call centers’ serían investigados y cuáles no. Sin embargo, no recibió el dinero que había pedido.

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Conclusión incómoda
En algunos expedientes, las autoridades han descrito ‘call centers’ como un recurso para reclutar o sostener otras economías ilícitas, como el narcotráfico, lo que sugiere que estas redes no son solo un tipo de estafa, sino una pieza flexible dentro de un ecosistema delictivo más amplio.
La conclusión incómoda para Europa y Estados Unidos es que la capacidad de estafar de los ‘call centers’ ucranianos ya es transnacional.
Mientras sigan existiendo ganancias altas, baja fricción tecnológica, y en ciertos casos sospechas de protección corrupta, estas redes se sienten impunes extendiéndose, cambiando de guion, de idioma y de país con la misma facilidad con la que cambian de número de teléfono.
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