REVOLUCIÓN EN LA CULTURA

De la edición de septiembre de 2026 de la revista Nueva Pensamiento Crítico
REVOLUCIÓN EN LA CULTURA

Aunque lejos yo nací
de ti por la circunstancia
sin importar la distancia
que me separan de ti
a quererte yo aprendí
pues verte ha sido mi sueño
y también tengo el empeño
que me conozcas también
y pronto yo estaré en
mi suelo puertorriqueño.
Nací lejos de tu playa
yo nací en otro lugar
donde no canta el turpial
donde no crece la maya
ahí doquiera que vaya
de nada me siento dueño
me dicen no eres norteño
arranca de este lugar
yyo ansío con besar
mi suelo puertorriqueño.
Quiero conocer la estrella
de mi patria, mi bandera
y que fuera como fuera
sentirme parte de ella
y dejar allí mi huella
como todo borinqueño
que frunciendo bien el ceño
dirá, boricua soy de calibre
y por eso quiero libre
mi suelo puertorriqueño.
Aunque ahora estoy lejos
hermano cuento contigo
con familiares y amigos
de los cuales no me quejo
pues en ellos me reflejo
yo quiero ser un isleño
aunque ahora soy pequeño
un día grande seré
y sé que libre veré
mi suelo puertorriqueño.
El poeta de la Barba Blanca
Escrito Al Tosky (Nieto)
El trapo que entró a la cancha: fútbol, soberanía y desobediencia

Mariela Rígano
Hay objetos que, en determinadas circunstancias, dejan de ser objetos. Una sábana de hotel, unas letras negras hechas con aerosol y una frase que no contiene ninguna novedad: “Las Malvinas son argentinas”.
Nada de aquello debería haber producido un acontecimiento. La frase forma parte del repertorio escolar, político, diplomático y afectivo argentino desde hace décadas. Está escrita en documentos oficiales, carteles de ruta, escuelas y edificios públicos. La soberanía argentina sobre las islas constituye incluso una disposición transitoria de la Constitución Nacional.
Y, sin embargo, el 15 de julio de 2026 esa frase produjo un acontecimiento.
Argentina acababa de derrotar 2 a 1 a Inglaterra en la semifinal del Mundial. La bandera había estado entre los hinchas y, según las reconstrucciones periodísticas, pasó de la tribuna al campo de juego. Lo Celso la desplegó sobre el césped. Después llegaron otros jugadores. La rodearon, la levantaron, la mostraron. La imagen recorrió el mundo.
Para comprender la dimensión política de ese gesto hay un dato anterior que resulta decisivo. La FIFA había prohibido el ingreso de símbolos y mensajes políticos vinculados con Malvinas al partido entre Argentina e Inglaterra. Después del encuentro, la bandera apareció de todos modos. El reglamento había trazado con absoluta claridad la frontera entre lo permitido y lo prohibido. Precisamente por eso, levantarla adquirió una significación que no habría tenido en otras circunstancias. La frase dejó de funcionar solamente como afirmación de soberanía y se convirtió en acto de desobediencia. Y justamente por eso ocurrió lo que ocurrió.
La prohibición pretendía garantizar la neutralidad política del espectáculo. Como ocurre habitualmente con esa pretendida neutralidad, lo que hizo fue poner en evidencia quién tenía la capacidad de decidir qué podía ser dicho y qué debía permanecer invisible. Lo imposible abre los caminos de lo posible, diría Hinkelammert.
La potencia de la escena reside menos en la originalidad de aquello que se dijo que en el lugar desde el cual fue dicho y en la desobediencia necesaria para hacerlo visible. Lo imposible decretado por el poder movió lo que todo un pueblo deseaba hacer posible y, entonces, la escena esperada cambió radicalmente.
La política aparece donde se suponía que no debía estar
Pocas afirmaciones se repiten tanto alrededor del deporte como aquella que sostiene que no hay que mezclar fútbol y política. Es una afirmación curiosa porque la historia del fútbol demuestra exactamente lo contrario. Banderas, himnos, selecciones nacionales, fronteras, representaciones territoriales, ceremonias, autoridades, exclusiones y pertenencias forman parte de su organización desde mucho antes de que empiece a rodar la pelota.
George Orwell había advertido hace más de ochenta años la falacia de considerar al deporte internacional un territorio separado de la política. Su reflexión sobre el “espíritu deportivo” partía precisamente de reconocer que, cuando los equipos representan naciones, la competencia moviliza formas de identificación colectiva que exceden radicalmente el juego. Pero el episodio de 2026 obliga a ir todavía más lejos. El fútbol no es solamente un espacio en el que la política se introduce desde afuera. El fútbol produce una escena pública en la que una comunidad se representa a sí misma, pone en circulación sus símbolos, sus antagonismos, sus memorias y sus formas de reconocerse. Por eso importa tanto lo sucedido con el trapo devenido bandera.
Había un guion previsto por quienes digitan el mundial (en cualquiera de sus interpretaciones posibles): jugar, ganar o perder, celebrar dentro de los límites establecidos y retirarse.
La bandera rompió ese guion. Y lo hizo cambiando las condiciones de la realidad y eso alimentó un sentido colectivo que parecía que habíamos perdido. Porque esa enorme capacidad de condensación política del fútbol no tiene necesariamente una única dirección. Puede alimentar nacionalismos beligerantes, pero también puede convertirse en un espacio inesperado de producción de comunidad. Puede reproducir los discursos dominantes, pero también hacer aparecer aquello que el orden de la escena pretendía mantener afuera.
Un estadio es un espacio rigurosamente reglado. Hay lugares asignados, tiempos determinados, cuerpos habilitados para ingresar y cuerpos obligados a permanecer fuera, palabras permitidas y palabras prohibidas. Hay autoridades que establecen qué puede mostrarse y qué no. Hay cámaras que determinan qué verá el mundo.
Pero toda escena contiene la posibilidad del desborde.
El trapo atravesó precisamente esos límites. Fue producido fuera del espacio autorizado y, como si fuera poco, a partir de la sustracción de una sábana de hotel, y luego, ingresó pese a las restricciones, atravesó la frontera entre espectadores y protagonistas y terminó ocupando el centro de aquello que millones de personas estaban mirando.
Ese recorrido importa.
La bandera no representó simplemente una idea política: realizó un acto político.
Una de las primeras consecuencias de la bandera fue precisamente obligar a Inglaterra a hablar de aquello que habría preferido mantener fuera del Mundial.
El gobierno británico reclamó una investigación de la FIFA. El gobierno de las islas hizo lo propio. La prensa británica convirtió el episodio en noticia y recurrió rápidamente a palabras como “provocación”, “vergüenza” e “inapropiado”. El ministro británico Peter Kyle sostuvo que “la política debe mantenerse al margen del fútbol”. La paradoja era notable: para defender la supuesta despolitización del fútbol, representantes políticos británicos tuvieron que intervenir públicamente en una controversia sobre la soberanía de un territorio disputado.
Pero ocurrió algo todavía más revelador.
Una parte de la prensa británica abandonó rápidamente la moderación con la que habitualmente se reviste el discurso diplomático contemporáneo sobre las islas. El lenguaje de la indignación permitió que reapareciera una estructura discursiva conocida para los argentinos. La prensa volvió a llamarnos Argies como lo hacía durante la guerra de Malvinas. Ese “Argentinuchos” que condensa la operación colonial de nombrar al otro reduciéndolo a una categoría despectiva. Reistalaron esa idea de Argentina como país insolente, provocador, incapaz de aceptar el orden establecido; los argentinos como sujetos que deben aprender cuáles son los límites de aquello que pueden hacer y decir.
No es difícil reconocer allí una continuidad histórica.
Durante la guerra de 1982, buena parte del discurso británico había organizado el conflicto desde una relación jerárquica entre una potencia que se atribuía la representación del orden y una nación periférica cuya reivindicación podía ser presentada como irracionalidad, aventura o insolencia. Cuarenta y cuatro años después, las condiciones históricas eran completamente distintas, pero el trapo consiguió algo inesperado: rasgó por un instante la superficie políticamente correcta del discurso colonial y dejó visible la persistencia de esa relación de poder.
Por eso la reacción inglesa importó tanto en Argentina. A punto tal que todo lo que ocurrió luego de que los jugadores levantaran la bandera no hizo más que confirmarla. Cada pedido de sanción, cada acusación de provocación y cada intento de disciplinamiento prolongaron su existencia. Y, de esa manera, el acto de censura produjo exactamente aquello que pretendía impedir: volvió a poner Malvinas en circulación mundial.
La misma escena, cuarenta años después
El partido convocaba inevitablemente otro partido. México, 1986. Argentina, Inglaterra. Cuatro años después de la guerra. Maradona. La mano de Dios. El segundo gol.
Durante cuarenta años aquel partido fue narrado como una forma imposible de reparación. Nadie razonablemente podía confundir una victoria deportiva con una guerra. Y, sin embargo, nadie podía separar completamente una cosa de la otra. Los muertos y la derrota seguían inscritos en una memoria demasiado reciente, y Malvinas conservaba intacta su carga dolorosa.
Cuarenta años después, Argentina volvió a eliminar a Inglaterra de un Mundial.
Pero la repetición nunca reproduce simplemente aquello que ya ocurrió. Una escena que vuelve lo hace sobre una historia acumulada y, por eso mismo, permite reconocer las transformaciones.
En 1986, la dimensión política quedó condensada fundamentalmente en el cuerpo excepcional de Maradona y en una lectura colectiva que terminó de construirse alrededor de sus goles.
En 2026 apareció un objeto. Y ese objeto no bajó de un palco oficial: subió desde abajo. Era un trapo. Esa diferencia le habla directamente al pueblo y, al mismo tiempo, habla del pueblo y, más aún, habla el pueblo. La bandera no había sido preparada por el Estado argentino, ni por la AFA, ni por ninguna organización política. Circuló desde los hinchas hacia los jugadores hasta ocupar el centro de la cancha. El signo político no le fue dado a la multitud: recorrió el camino contrario, de la tribuna a la cancha, de la cancha a las cámaras, de las cámaras a millones de pantallas, de las pantallas a la calle y, finalmente, de la calle al Congreso. Ese recorrido permite comprender por qué la bandera produjo mucho más que una polémica futbolística.
La eficacia simbólica de aquella secuencia fue enorme porque produjo una experiencia colectiva elemental: el límite impuesto por el poder podía ser atravesado. Prohibieron la entrada de consignas y banderas y la bandera y su consigna entraron; dijeron que nada político podía mostrarse y se mostró; habían establecido que Malvinas debía quedar fuera del partido y Malvinas terminó ocupando una de sus imágenes centrales. Quienes habían pretendido excluirla tuvieron que hablar de ella durante días. La desobediencia había demostrado su eficacia.
No conviene subestimar políticamente esa experiencia. La rebeldía ocupa un lugar persistente dentro de las formas argentinas de autorrepresentación colectiva porque la historia política del país ha construido una memoria en la cual determinados actos de insubordinación adquieren una enorme capacidad de reconocimiento: ocupar la calle, desobedecer una prohibición considerada injusta, apropiarse de los símbolos y disputar públicamente aquello que se presenta como inevitable.
El “trapo” reactivó esa memoria y también una certeza que hoy vuelve a expresarse con fuerza: la soberanía reside en el pueblo y quienes han sido elegidos para representarlo reciben precisamente ese mandato. De pronto comenzó a circular la conciencia de que se pueden sortear las prohibiciones injustas, que se puede contradecir las reglas cuando no nos representan y que lo imposible puede movernos para intentar lo que deseamos y creemos justo. Y eso, en el presente político de Argentina, se entreveró con la idea de que cuando la voluntad popular se manifiesta, lo que se demanda a sus representantes no es otra cosa que aquello para lo cual fueron elegidos: que representen la voluntad del pueblo soberano.
Definitivamente, la bandera reactivó la memoria. Y lo hizo entre generaciones que no vivieron la guerra. Malvinas dejó por unos días de pertenecer exclusivamente a la memoria de 1982, a los excombatientes, a los actos escolares o a la diplomacia. Entró en el repertorio político de jóvenes para quienes la guerra constituye un acontecimiento anterior incluso al nacimiento de sus padres. Y, de esa manera, se ligó a la idea de soberanía que se discutía por esos días en el Senado y así la soberanía volvió a tener presente porque se volvió tema cotidiano.
Mientras la bandera volvía a instalar la soberanía en la conversación pública, el gobierno de Javier Milei intentaba avanzar en el Senado con modificaciones que afectaban directamente el régimen de propiedad de la tierra argentina.
El proyecto oficial buscaba modificar los límites existentes para la adquisición de tierras rurales por extranjeros. También incluía cambios sobre el régimen que protege de operaciones inmobiliarias y cambios de uso a los territorios afectados por incendios.
En otras circunstancias, el debate podía no haber impactado en la conversación cotidiana. Pero ocurrió el partido y la bandera desobediente. Las calles se llenaron de consignas y el sentimiento anti-imperial se reavivó y se multiplicó en canciones, emociones y un sentimiento de comunidad y pertenencia que hizo que ese partido se viviera como la final del mundial
Y después de esa sábana devenida bandera, la tierra era territorio.
Para la racionalidad que sostiene el proyecto gubernamental, la tierra puede ser pensada fundamentalmente como propiedad: un bien susceptible de ser comprado, vendido, explotado y puesto en circulación dentro del mercado. La nacionalidad del propietario resulta secundaria frente al derecho individual de disponer del bien y frente a la promesa de atraer capitales.
Pero un territorio no es simplemente una superficie valorizable. Y las organizaciones ambientalistas y las personas que se interesan por el respeto al suelo y sus recursos supieron entender el momento que se vivía en las calles para instalar un tema que hasta ese momento parecía no calar en las agendas de los medios ni en los intereses cotidianos de las mayorías.
De pronto, el común de las personas comenzó a pensar que preguntar quién puede comprar la tierra significa, también, preguntar quién adquiere capacidad material de decisión sobre las condiciones que hacen posible la vida colectiva.
Malvinas había vuelto súbitamente comprensible esa pregunta.
Resultaba difícil gritar “Las Malvinas son argentinas” y aceptar sin conflicto, pocos días después, que extensiones estratégicas del territorio continental pudieran quedar libradas a una lógica de extranjerización cada vez menos limitada.
La bandera produjo una articulación que el discurso gubernamental necesitaba mantener separada. Malvinas por un lado. La propiedad de la tierra por otro. Los incendios por otro. Las inversiones por otro. La soberanía por otro.
Pese a los esfuerzos del gobierno por acomodar el paso y disimular lo a contrapelo que había quedado su posicionamiento ante las expresiones de los jugadores, Milei no logró impactar positivamente en los medios y, en la calle, Malvinas y la ley de extranjerización de tierras comenzaron a formar parte del mismo problema: la defensa de la soberanía.
Eso explica la incomodidad del gobierno. El acontecimiento futbolístico había modificado el terreno simbólico sobre el cual el Gobierno debía defender su proyecto.

La palabra soberanía, que el discurso libertario había intentado subordinar a la libertad económica y a la propiedad individual, regresó cargada de una potencia afectiva y colectiva que resultaba difícil controlar.
Y regresó, además, desde un lugar particularmente incómodo para el Gobierno, porque no había sido impulsada por un partido opositor, una organización sindical, una universidad o una agrupación militante, sino que había irrumpido desde uno de los espacios de mayor identificación colectiva de los argentinos: la Selección nacional. Un triunfo sobre Inglaterra y un trapo que había conseguido atravesar una prohibición instalaron una imagen cuya potencia política resultaba difícil de contrarrestar. Cuando el Gobierno intentó avanzar con su proyecto, esa transformación del clima social comenzó a hacerse visible también en el terreno institucional: los votos con los que contaba empezaron a caerse y el tratamiento debió ser postergado.
Al aproximarse a la nueva fecha fijada para su tratamiento, el gobierno primero debió abandonar la liberalización irrestricta que había planteado y buscó una fórmula intermedia que modificaba el porcentaje permitido de extranjerización. Tampoco alcanzó. Finalmente, para conseguir la media sanción de la llamada Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, el oficialismo debió aceptar que se retirara el capítulo completo referido a la extranjerización de tierras.
Finalmente, el día mismo del tratamiento de la ley también cayó el apartado que modificaba las restricciones establecidas sobre las tierras afectadas por incendios.
El Senado aprobó finalmente el proyecto mutilado de dos de los núcleos políticamente más significativos para el Gobierno, haciendo evidente la derrota política.
Las crónicas de esos días registraron que el rechazo social, las movilizaciones y el clima soberanista que había crecido después del partido contra Inglaterra habían convertido aquellos capítulos en un costo que numerosos senadores ya no estaban dispuestos a pagar.
La relación entre la bandera y lo ocurrido posteriormente en el Senado no puede reducirse a la incidencia de un símbolo sobre una votación. Su potencia estuvo en haber convertido la soberanía en una experiencia concreta de desobediencia. La prohibición de la FIFA había sido aceptada por el propio gobierno argentino y establecía, en los hechos, que frente a Inglaterra los argentinos no podían nombrar Malvinas. El trapo atravesó ese doble mandato de obediencia y, al hacerlo, mostró algo mucho más perturbador: que una autoridad puede imponer una regla y que esa regla, cuando contradice aquello que un pueblo reconoce como propio, puede ser desobedecida. Y mostró también que la desobediencia no necesariamente conduce a la derrota. Esta vez consiguió exactamente aquello que la prohibición buscaba impedir, como dijimos, Malvinas ocupó el centro de la escena. De pronto el partido había brindado las condiciones para que el pueblo experimentara la eficacia política de decir que no.
Cuando cambia el sentido común
Una relación política de esta naturaleza no puede medirse a partir de una cadena causal directa. Y, por ello, el tiempo pareció volverse otro. Ya no fue el tiempo lineal de los relojes, sino el tiempo revolucionario de los calendarios que hace regresar algo ocurrido anteriormente y lo vuelve significativamente presente, podría recordarnos Benjamin.
Entre la bandera levantada en Atlanta y los votos que el Gobierno perdió en el Senado hubo movilizaciones, negociaciones parlamentarias, organizaciones ambientales, dirigentes políticos, artistas, futbolistas, periodistas, redes sociales y una multiplicidad de actores que participaron de un proceso que fue adquiriendo una densidad cada vez mayor. Sin embargo, detenerse en esa enumeración tampoco permitiría comprender lo sucedido, porque durante esas semanas se produjo una aceleración en la construcción de un sentido compartido que consiguió articular conflictos hasta entonces dispersos alrededor de una palabra: soberanía. Malvinas permitió volver a pensar la tierra como territorio y, con ello, comprender que la soberanía no podía limitarse a las islas mientras el suelo, el agua, los bosques y los bienes comunes quedaban sometidos a la posibilidad de su apropiación y venta.
En ese contexto, una vieja palabra del vocabulario político argentino, vendepatria, recuperó una fuerza que parecía haber perdido. Su potencia reside precisamente en su capacidad para condensar una contradicción que comenzó a hacerse cada vez más visible: la de un Gobierno que construye enemigos internos en nombre de la defensa de la Argentina mientras promueve políticas que habilitan la extranjerización de su territorio. La pregunta acerca de qué patria defiende quien está dispuesto a vender su tierra comenzó a atravesar también a sectores jóvenes y encontró una formulación particularmente contundente en la consigna “Argentina o Milei”. No se trata allí de la oposición entre el oficialismo y una fuerza partidaria alternativa, sino de un desplazamiento mucho más profundo del terreno de la disputa: aquello que comienza a ponerse en cuestión es quién representa efectivamente los intereses del pueblo y, por lo tanto, quién puede arrogarse legítimamente la representación de la patria.
Existe una tendencia persistente a pensar que la política acontece fundamentalmente en aquellos espacios que las propias instituciones reconocen como políticos (los parlamentos, los partidos, los gobiernos, las elecciones), una perspectiva cuya insuficiencia la historia argentina ha demostrado sobradamente. Una sociedad produce política también allí donde se reúne, se reconoce, construye formas de representación colectiva, recupera sus memorias, celebra y disputa sentidos, y el fútbol constituye, sin duda, uno de los espacios más poderosos para que esto ocurra. Esto no supone imaginar que allí el pueblo se expresa de manera transparente ni desconocer que el fútbol se encuentra atravesado por negocios multimillonarios, dirigencias, corporaciones mediáticas, masculinidades, violencias, nacionalismos y operaciones políticas de distinto signo. Sin embargo, tampoco puede ser reducido a esas determinaciones porque conserva una dimensión que resulta difícil de administrar por completo: la reunión de los cuerpos y la posibilidad de que esa presencia colectiva altere el orden previsto.
La cancha organiza de manera estricta los lugares que corresponden a jugadores, árbitros, dirigentes, periodistas y espectadores, y es precisamente la alteración de ese reparto lo que vuelve particularmente significativa la trayectoria del trapo. La bandera atravesó la separación entre la tribuna y el campo, pasó de los espectadores a los jugadores, que decidieron hacerla propia, y obligó a las mismas cámaras destinadas a transmitir el espectáculo a convertir la desobediencia en imagen pública. A partir de allí, quienes asistían como espectadores dejaron también de ocupar exclusivamente ese lugar al reproducir, discutir y apropiarse de la imagen, extendiendo la escena mucho más allá de los límites del estadio. Lo que había comenzado en Atlanta encontró así su continuidad en Argentina.
Después, la AFA decidió preservar la bandera y destinarla al Museo Malvinas, mientras declaraba el 15 de julio como Día de las Selecciones Nacionales. El recorrido resulta extraordinario: aquello que había comenzado como una sábana escrita precariamente, producida por fuera de cualquier institucionalidad y destinada probablemente a desaparecer después del partido, terminaba convertida en objeto de memoria pública. Sin embargo, esa consagración posterior no debería hacernos olvidar qué había sido antes de ingresar al museo: un trapo. Y conviene conservar esa palabra porque en ella reside buena parte de su potencia política.
El trapo pertenece a la cultura futbolística argentina y construye su legitimidad de una manera muy diferente a la de los símbolos institucionales. Se hace con lo que hay, lleva los nombres de los barrios, de los clubes, de los amigos, de los muertos y de los territorios, circula de mano en mano y no necesita una firma ni una autoridad que certifique aquello que representa. Su legitimidad surge del reconocimiento colectivo, de la posibilidad de que otros puedan hacerlo propio. Eso fue precisamente lo que ocurrió con la bandera de Malvinas. El pueblo se reconoció en aquel gesto sin necesitar que los jugadores explicaran una doctrina de soberanía, que una organización política elaborara un documento o que la dirigencia tradujera lo sucedido al lenguaje de la política profesional. Comprendió inmediatamente el sentido de aquella desobediencia porque tocaba una memoria y una experiencia histórica que ya le pertenecían.
Tal vez allí se encuentre uno de los aspectos más perturbadores del acontecimiento para el poder: en la posibilidad de que un pueblo produzca una lectura política de su propia experiencia sin esperar que las instituciones le indiquen cómo debe comprenderla. Durante aquellas semanas, una sábana escrita con aerosol consiguió articular Malvinas, territorio, tierra y soberanía, pero hizo algo más profundo todavía: permitió experimentar que una prohibición considerada injusta podía ser desobedecida y que esa desobediencia podía resultar eficaz. Al obligar a Inglaterra a pronunciarse sobre aquello que pretendía mantener fuera de la escena, dejó al descubierto la persistencia de una voz colonial que, debajo del lenguaje diplomático y políticamente correcto, reapareció reclamando obediencia en cuanto su autoridad fue desafiada. Y, al mismo tiempo, mostró hacia el interior de la Argentina que aquello que el poder presentaba como decidido podía volver a discutirse, que los votos que parecían asegurados podían perderse, que un gobierno podía ser obligado a retroceder y que la voluntad popular expresada en la calle conservaba la capacidad de incidir sobre quienes habían sido elegidos para representarla.
No se trató, entonces, del despertar de un pueblo que hubiera permanecido dormido, porque los pueblos no duermen a la espera de que alguien los despierte. Sus memorias, resistencias y contradicciones continúan actuando incluso cuando no encuentran una forma común en la cual reconocerse. La bandera hizo posible precisamente ese reconocimiento al darle una escena a algo que ya estaba allí y que encontró en aquel acto de desobediencia una forma capaz de condensarlo. La experiencia resultó tanto más poderosa cuanto permitió comprobar que la rebeldía no constituía solamente un gesto identitario o una forma de resistencia simbólica, sino que podía producir consecuencias políticas concretas.
Cuarenta años después, Argentina volvió a derrotar a Inglaterra en un Mundial, pero esta vez el acontecimiento no terminó con el partido. La potencia política de la bandera atravesó los límites de la cancha, se prolongó en las calles y alcanzó el Senado, donde un Gobierno que había comenzado la discusión confiando en contar con los votos necesarios terminó obligado a retroceder sobre dos aspectos centrales de su proyecto. No se trató de una victoria definitiva ni podría serlo. La extranjerización de la tierra, la apropiación de los bienes comunes y el avance de intereses económicos nacionales y transnacionales sobre los territorios forman parte de una disputa mucho más extensa, sostenida por poderes fácticos que no desaparecen porque una votación les resulte adversa y que cuentan con enormes recursos para recomponer sus posiciones.
Lo ocurrido permite, sin embargo, reconocer la importancia de esta batalla. El trapo que desobedeció la prohibición de la FIFA y del propio Gobierno puso nuevamente en escena una soberanía que no podía quedar reducida a la reivindicación de las islas y contribuyó a articularla con la defensa concreta del territorio argentino. La derrota parlamentaria del oficialismo mostró que ese avance no era inevitable y que la resistencia podía modificar una correlación de fuerzas que parecía previamente resuelta. Pero una batalla ganada no resuelve una lucha: apenas demuestra que esa lucha existe, que sigue abierta y, sobre todo, que puede darse.
Quizás quienes hoy pretenden constituirse en oposición deberían prestar particular atención a lo que acaba de ocurrir. Porque mientras buena parte de la dirigencia continúa buscando las fórmulas electorales, los nombres y las alianzas capaces de enfrentar al oficialismo, una parte de la sociedad acaba de producir en la calle una lectura política mucho más profunda del conflicto: detrás de determinadas políticas gubernamentales reconoce intereses que exceden al propio Gobierno y que disputan el territorio, los bienes comunes y, en definitiva, la capacidad del pueblo argentino para decidir sobre sus condiciones de existencia. El problema de la oposición no parece ser solamente encontrar quién pueda derrotar electoralmente a Milei, sino comprender qué representa Milei y construir una fuerza política capaz de enfrentar esos poderes. La bandera, la calle y lo sucedido en el Senado acaban de mostrar que existe una voluntad dispuesta a hacerlo. Lo que todavía no aparece con la misma claridad es una representación política a su altura.
Diversidad y poesía en el Grito de Lares[1]
Anamín Santiago
23 de septiembre de Julia de Burgos (extracto)
23 de septiembre, vivo en todos los vivos
que a la tierna República se remontan y sueñan…
—la potente y latente República de Lares;
¡23 de septiembre!; libertad de mi tierra.
Nuestro poeta Juan Antonio Corretjer plantea en su ensayo ¨La revolución de Lares¨ dentro del libro Siete voces hacia el Grito de Lares, del Congreso Nacional Hostosiano, que las acciones libertarias de 1868 que hoy estudiamos en nuestro video especial El Grito de Lares, son la síntesis de todos los levantamientos ocurridos previamente. Desde alzadas de indígenas, revueltas de esclavos/esclavas, motines militares, intentos separatistas y reclamos al gobierno español, todas eran cortezas del programa revolucionario de Lares. Te preguntarás a qué se refiere Corretjer. Los documentos históricos nos sirven de fuente para corroborar esa diversidad pero también la poesía que se ha producido sobre Lares lo demuestra.
| Siempre con Lares de Vicente Rodríguez Nietzsche (extracto) Historiadores, Poetas, músicos y hasta escultores y todos nuestros pintores tomad en mano paletas. | A describir las secretas claves de la Libertad que en Lares grandiosidad ¡Todos los puertorriqueños por Lares cantad, cantad! |
Regularmente se enfatizaba sólo en los hacendados y profesionales, varones en su mayoría, que dirigieron este momento histórico. Es por eso que los nombres que por más de un siglo se relacionaron con el Grito de Lares son: los hermanos hacendados Manuel y Miguel Rojas, la hacendada Mariana Bracetti, el doctor Ramón Emeterio Betances, el comerciante Carlos E. Lacroix, el lugarteniente Joaquín Parrilla, entre otros.
| Otro Grito de Lares, Francisco Matos Paoli (extracto) Betances, con los clamores de su mar caborrojeño, forjó la cruz de tu sueño atormentada de albores. | Vámonos con Lares de Andrés Castros Ríos (extracto) Manolo y Parrilla juntos, los Rojas, Brazo de Oro, dieron el golpe sonoro donde marcaron los puntos. |
Esa era la forma de historiar, no es hasta hace unas décadas que la historiografía investiga, no sólo hazañas particulares, sino los procesos para lograrlas alcanzando así a otros protagonistas. La documentación y la poesía reflejan entonces que sectores desposeídos y la burguesía nacional lograron una alianza que conformó el movimiento separatista. Veamos el detalle de los apresados: 39% jornaleros, 15% labradores, 10% esclavos/esclavas, 7% comerciantes, 6.5% artesanos, 4.5% hacendados/hacendadas. Otras fuentes afirman que hubo peones, estancieros de café, pulperos, grandes comerciantes (inmigrantes), grandes hacendadas/hacendados, agricultores, minifundistas, agregados, arrendatarios, medianeros, masones y hasta curas.
Esclavas y esclavos
¨Pero se produce Lares y, con éste, la abolición de la esclavitud. Desaparece, teóricamente, el negro separado, el negro aparte, medio anima, medio hombre… El negro se hace puertorriqueño: principio de identificación de alma con la del indio y el criollo¨ Corretjer, ¨La revolución de Lares¨
| Esclavos negros en Lares de José M Torres Santiago (extracto) Esos negros, inmensos, por la Cuesta del Anón, alzados, de luz y de pasión y libertad, hacen la historia. | Rebeldes, duros, airados, de mozambique y sol, de fuego y mar, abetanzados, pulsan por Lares tambores y pitirres sublevados. |
Existe documentación que comprueba que esclavos y esclavas estuvieron activos contra el yugo español. Varias piezas del Expediente 1868-69 examinadas por el historiador Francisco Moscoso en su libro La revolución puertorriqueña de 1868: el Grito de Lares, así lo constatan:
- En Lares los revolucionarios tomaron instituciones municipales y comerciales de catalanes y mallorquines que estrangulaban a los hacendados y pulperos con hipotecas y expropiaciones, entre otros abusos, al monopolizar el comercio y las finanzas. Al entrar a la tienda de Márquez, llevaron de rehén al farmacéutico Fidel Navas para que escogiera medicamentos que sanaran a los heridos. Según declaró posteriormente, fue encarado por dos esclavos que dijeron ¨Ya te jodiste, pues ahora todos somos iguales, español!¨
- Durante la declaración del Gobierno Provisional de la República de Puerto Rico, el recién nombrado presidente, Francisco Ramírez Medina, declaró que ¨todos los esclavos que tomaren las armas, solo por hacerlo… eran libres¨ (62)
- El esclavo Victorio aseveró que participó en una fuerza revolucionaria que iba de Lares hacia San Sebastián a las cuatro de la madrugada, mientras al esclavo Polinario le pareció que ya eran las seis de la mañana del 24 de septiembre de 1868. (64)
Mujeres criollas
| Brazo de Oro de José Manuel Torres Santiago Se llamó Brazo de Oro porque con fuego encarnó el paño que iluminó del héroe el Grito sonoro… | La borinqueña de Lola Rodríguez de Tió (extracto) El Grito de Lares Ya no queremos déspotas se ha de repetir, caiga el tirano ya y entonces sabremos las mujeres indómitas vencer o morir. También sabrán luchar |
Sobre la participación de la mujer, tanto la historiografía como la poesía han enfatizado en Mariana Bracety, como una excepción al liderato absolutamente masculino. Aquí en autógrafo.tv nos unimos a las voces que la rescatan no solo como costurera de la bandera de Lares sino como líder indiscutible de la insurrección.[2] Así también hoy les presentamos documentos que corroboran una participación mayor de la mujer criolla. En las actas de las reuniones secretas de las juntas revolucionarias se afirma la presencia femenina más allá de Mariana Bracety:
a) 24 de febrero-Se lee un Acta de la Junta de Lares y el Comité aceptó los nombramientos… de Manuel Rojas, Francisco Ramírez, Miguel Rojas…y Mariana Bracetti… y “mención de honor en favor de la benemérita patriota doña Eduvigis Beauchamp” (46) Rosado, ¨Cronología del Grito de Lares¨ , Homines, 2010-2011
Así también lo constatan las Memorias de un revolucionario de Vicente Borges, las cuales recopilan los relatos que le hiciera uno de los integrantes de los comités regionales que para 1915, año de su publicación, le confió:
Todos los Comités revolucionarios contribuyeron para la confección de ella… Esa bandera, tejida por la benemérita paisana Dolores Cos, esposa del valiente Pancho Santana y se refugió en Francia. El Grito de Lares, antología histórico-literaria, Homines, 2010-2011
Eduvigis Beauchamp y Dolores Cos son parte del liderato de las sociedades secretas, la primera perteneció como líder alterna a la Legación Capá Prieto No. 1. En la junta de Juana Díaz milita Francisca Brignoni, morena libre que indicó a una vecina que sus esclavos pronto serían libres, y en la sociedad de Vega Baja componen el liderato María Vázquez y Romana Galindo-Polo. Éstas últimas fueron delatadas en carta por Juana Román, de Vega Baja también, al Corregidor de Bayamón. Las acusa de ¨trabajar día y noche en una bandera republicana¨. (Moscoso, 70). Obdulia Serrano, esposa de Manuel Rojas, fue encarcelada junto a Mariana Bracety.
A comienzos del 1869 se agudizaron las manifestaciones para que se liberaran las personas aprisionadas por su relación a la insurrección junto a las gestiones diplomáticas en Madrid. Junto a esto, centenares de cartas enviadas por mujeres al gobernador anterior, en las cuales se encontraba la de Micaela Winiet, madre de Carlos E. Lacroix, impulsaron que el nuevo gobernador, General Laureano Sanz, declarara una amnistía general.
Jornaleros
Para finalizar dejo una tarea donde te tocará a ti integrar y evaluar la información sobre el tema de la participación de los jornaleros en el Grito de Lares. Estos buscaban derrotar el régimen de la libreta que los esclavizaba. Busca, compara y contrasta los poemas y documentos. Así podrás captar cómo la poesía usa la historia al construir sus versos.
| El leñero de Juan Antonio Corretjer (extracto) Rosado toma la brida en la mano, y adelanta a pie, por senda que encanta la madreselva florida. | La estrella de su destino el Leñero, ve salir, y su rumbo a perseguir se dispone. Ya logrado su empeño. Manuel Rosado hacia Lares va a partir. | ¡A Lares! … De la Silla de Guilarte serenísimo señor, trompeta con el clamor de todo un pueblo vibrante. ¡Marcha la estrella adelante! ¡Adelante el Leñador! |

Disponible en librerías: $27.95
Pídalo a la autora anamínsantiago1@gmail.com.
[1] Publicado originalmente para niños en Autógrafo
[2] No dejes de ver el autógrafo de Mariana Bracety y leer el Blog Mariana Bracety, ¿sólo una costurera o líder innegable del Grito de Lares?
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