Alejandro Rivera, ingeniero aeroespacial: «Lo que el Hubble tardaría siglos en fotografiar, el Roman lo hará en años»
La NASA lanzó el telescopio espacial Nancy Grace Roman el pasado 30 de agosto desde el Centro espacial Kennedy, en Florida con destino el punto L2, donde también reside el James Webb.

Rivera nació en Gijón.


Colaboradora de National Geographic España
Lanzado con éxito a finales de agosto de 2026, el nuevo observatorio espacial de la NASA promete, entre otras cosas, multiplicar por veinte el número de exoplanetas conocidos. el telescopio espacial Roman, bautizado así en honor a Nancy Grace Roman, la primera mujer ejecutiva de la NASA y conocida como la «madre del Hubble», se encuentra camino del punto de Lagrange L2, a 1,6 millones de kilómetros de la Tierra, donde compartirá vecindario con el James Webb y el telescopio Euclid.
Hoy, repasamos con uno de los miembros del equipo Roman en la NASA, el ingeniero aeroespacial Alejandro Rivera, los entresijos de este telescopio (y de otros en los que también ha trabajado) y qué proezas nos deparará en el futuro.
Pregunta. Una vez que el telescopio James Webb fue enviado al espacio en diciembre de 2021 y está resultando ser todo un éxito e impulso para los descubrimientos científicos, ¿qué valoración realiza como parte del equipo del Webb tras estos años de recorrido del telescopio?
Respuesta. Ha superado todas las expectativas, incluidas las nuestras. Está observando la infancia del universo — galaxias formadas apenas unos cientos de millones de años después del Big Bang — y lo que ha encontrado nos ha descolocado: galaxias más grandes, brillantes y maduras de lo que ningún modelo permitía, y agujeros negros supermasivos que, según nuestras teorías, no habían tenido tiempo de crecer tanto. En atmósferas de exoplanetas ha detectado vapor de agua, dióxido de carbono, metano, y hasta posibles indicios, aún por confirmar, de moléculas que en la Tierra asociamos a la vida. Lo mejor que puedo decir de él es esto: no está confirmando lo que creíamos saber, nos está obligando a revisarlo. Y eso es exactamente lo que un gran observatorio debe hacer.

P. ¿De qué se encargará exactamente este dispositivo una vez sea lanzado al espacio? ¿En qué ayudará a los astrónomos?
R. Tiene dos grandes misiones científicas. La primera, la energía oscura: eso que hace que el universo se expanda cada vez más deprisa y que no emite, absorbe ni refleja luz, de modo que solo la conocemos por su efecto — como el viento, que no vemos, pero vemos moverse las hojas. El Roman medirá ese movimiento de las hojas con una precisión sin precedentes, observando miles de supernovas y cartografiando cientos de millones de galaxias para reconstruir la historia de la expansión y responder a la gran pregunta: ¿es constante, cambia con el tiempo, o lo que falla es nuestra teoría de la gravedad?
La segunda, completar el censo de exoplanetas de nuestra galaxia, descubriendo decenas de miles de mundos nuevos. Y lleva además un coronógrafo que demostrará la tecnología para bloquear la luz de una estrella y fotografiar directamente los planetas que la orbitan — el camino hacia la búsqueda de otras Tierras. A los astrónomos les dará lo que hoy no tienen: estadística. Pasaremos de conocer algunos vecindarios cósmicos a tener el mapa de la ciudad entera.

P.¿Qué características específicas tiene este telescopio para poder analizar tan minuciosamente las microlentes gravitacionales?
R. La microlente gravitacional consiste en detectar un planeta por cómo su gravedad amplifica, durante horas o días, la luz de una estrella lejana que pasa por detrás. Para cazar esos destellos hacen falta tres cosas que el Roman reúne como ningún otro observatorio. Primero, un campo de visión enorme, para vigilar simultáneamente cientos de millones de estrellas hacia el centro de la galaxia. Segundo, visión infrarroja, que atraviesa el polvo que oscurece esa región. Y tercero, la estabilidad del espacio: sin atmósfera, sin ciclos de día y noche, puede monitorizar las mismas estrellas de forma continua durante temporadas de semanas, con una precisión fotométrica que desde tierra es imposible. Esta técnica detecta además planetas que otros métodos apenas ven: los pequeños, los de órbitas lejanas y hasta los planetas errantes que vagan sin estrella.
P. ¿Es cierto que el Nancy Roman será 200 veces más potente que el telescopio Hubble? ¿De cuánta mejora estaríamos hablando respecto a la actualidad?
R. Le propongo precisar la palabra, porque «potente» puede confundir. El espejo del Roman mide 2,4 metros, exactamente igual que el del Hubble, así que la nitidez de sus imágenes es comparable. La diferencia está en el campo de visión: el instrumento principal del Roman abarca en cada imagen un área del cielo unas cien veces mayor que la del instrumento infrarrojo del Hubble, con la misma resolución. En la práctica, eso significa que puede cartografiar el cielo del orden de mil veces más rápido. El Hubble es un microscopio exquisito; el Roman es ese mismo microscopio convertido en máquina de hacer censos. Lo que el Hubble tardaría siglos en fotografiar, el Roman lo hará en años.

P. Con lo poderoso y completo que es el James Webb, ¿podría explicarnos por qué no sirve también para estudiar la influencia de la energía oscura? ¿Qué diferencias prácticas hay entre uno y otro?
R. Porque son herramientas opuestas y complementarias. Observar con el Webb es como mirar el cielo por el ojo de una cerradura: un detalle extraordinario, pero de una zona diminuta. Y la energía oscura no se estudia mirando un objeto: se estudia con estadística, midiendo cientos de millones de galaxias repartidas por áreas inmensas del cielo. Para eso hace falta una máquina de rastreo de gran campo, que es exactamente lo que es el Roman. Además, el Webb está tan solicitado por los astrónomos de todo el mundo que dedicarlo años a un solo rastreo sería un lujo imposible. En la práctica trabajarán en equipo: el Roman encuentra, y el Webb examina en profundidad lo más interesante.
P.¿Qué tipo de imágenes nos aportarán los instrumentos del Nancy Roman?
R. Imágenes de 300 megapíxeles en las que cada fotograma cubre un área del cielo mayor que la Luna llena, con la nitidez del Hubble. Algunas de esas imágenes contendrán, cada una, más de un millón de galaxias. Y como visitará las mismas regiones una y otra vez, no solo hará fotos: hará películas del cosmos, registrando todo lo que cambia — supernovas que estallan, estrellas que fluctúan, destellos de microlente. Para hacerse una idea de la escala: el Roman enviará a la Tierra alrededor de 1,4 terabytes de datos al día — unas 25 veces más que el Webb y unas 500 veces más que el Hubble. El coronógrafo, por su parte, intentará algo que hasta hace poco era ciencia ficción: fotografiar directamente planetas de otras estrellas apagando la luz de su sol.

P. El Roman también buscará exoplanetas, y su coronógrafo intentará incluso fotografiarlos directamente. ¿Por qué es tan difícil ver un planeta de otra estrella? ¿Llegaremos algún día a fotografiar otra Tierra?
R. Es difícil por dos razones que se suman: el planeta es miles de millones de veces más tenue que su estrella, y además está pegado a ella. Para hacerse una idea de las proporciones: fotografiar un planeta como el nuestro orbitando Alfa Centauri, la estrella más cercana, es como intentar ver de noche, desde mi Gijón natal, una luciérnaga revoloteando a un metro del faro de Finisterre, a unos trescientos kilómetros. La luciérnaga existe, pero el faro la borra por completo. El coronógrafo del Roman es un instrumento diseñado para apagar el faro: bloquea la luz de la estrella con una precisión extraordinaria para revelar lo que brilla a su lado, y demostrará en el espacio la tecnología para ver planetas cientos de millones de veces más tenues que su sol.
Es un demostrador, el eslabón entre lo que sabemos hacer hoy y el gran objetivo: el Habitable Worlds Observatory, el observatorio que la NASA ya estudia como sucesor, concebido precisamente para fotografiar planetas como la Tierra y buscar en sus atmósferas las huellas de la vida. Existe además una segunda manera de apagar el faro, en la que tuve la fortuna de trabajar: junto al premio Nobel John Mather, el padre del Webb, estudié los posibles conceptos de estructura desplegable para un «starshade», un parasol estelar de cien metros de diámetro que, volando en el espacio en perfecta alineación con un gran telescopio en tierra, como el Extremely Large Telescope de Chile, bloquearía la luz de la estrella para que este pudiera observar sus planetas. Yo estoy convencido de que esa primera foto de otra Tierra llegará, y de que la verán los jóvenes que hoy están en la escuela. Ojalá alguno de ellos, leyendo esto, decida ser quien la haga posible.
Más Sobre…
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.



































