La resistencia contra la IA gana fuerza
La concienciación de los extraordinarios peligros de la tecnología espolea un creciente y multifacético movimiento de oposición y sabotaje contra ella



Madrid – 12 SEPT 2026 – 23:30 AST
El mundo adquiere una creciente consciencia de los peligros del desarrollo de la inteligencia artificial (IA), desde el aterrador riesgo de extinción de la humanidad hasta la perspectiva de estragos en los mercados laborales, el impacto cognitivo y de salud mental, las amenazas para las democracias y la privacidad, los problemas de seguridad militar y civil, la inmensa concentración de poder y riqueza en pocas manos, entre muchos otros problemas. Abundan desde hace años las voces que alertan sobre estas amenazas, y en las últimas semanas el coro se ha intensificado sobre la base de nuevas inquietantes evidencias. De la mano de la concienciación, avanza a escala global una multiforme resistencia cívica contra una carrera tecnológica sin garantías.
Un goteo de alertas y dimisiones por parte de destacados empleados de laboratorios punteros de IA copa los focos mediáticos. Pero esta tendencia es solo una parte de un movimiento sociopolítico mucho más amplio. Ciudadanos de muchos países se movilizan para frenar el establecimiento de nuevos centros de datos; trabajadores de los sectores educativos o de la cultura hacen huelgas; hackers envenenan datos para cortocircuitar el desarrollo de modelos de IA; filántropos entregan fondos para sostener proyectos que diseñen nuevos guardarraíles de contención; diseñadores crean camisetas con colores y patrones que sabotean la capacidad de reconocimiento de sistemas visuales de la IA; padres toman acciones legales contra los daños sufridos por sus hijos menores por el uso de un chatbot… La casuística es amplia y creciente, y abarca desde el disenso hasta la resistencia e incluso el sabotaje.
“Claramente estamos viendo a movimientos de resistencia ganar impulso y expandirse en el mundo”, dice Ayse Gizem Yasar, Senior AI Fellow de la Escuela Normal Superior de París y coautora del estudio Desde el rechazo a la regulación: cartografiando el panorama de la resistencia contra la IA, publicado en 2025 por Sciences Po de París.
“Hay algo realmente novedoso en cuán diversa es la resistencia a la IA. Es una tecnología con un abanico de consecuencias muy amplio, y ello desata la respuesta de un amplio espectro de personas. Esto ayuda a explicar por qué sigue creciendo y por qué, a mi juicio, lo seguirá haciendo”, dice Thomas Dekeyser, profesor en la Universidad de Southampton y autor de Techno-negative (University of Minnesota Press), un ensayo que explora la historia de la resistencia de los seres humanos contra ciertas formas de desarrollo tecnológico. Incluso en la lucha contra un mismo centro de datos, subraya Dekeyser, puede haber muchas motivaciones: la defensa del medioambiente, el temor a la subida de facturas eléctricas, a la devaluación del precio de una propiedad o el miedo a un apocalipsis exterminador.
El movimiento, pues, se intensifica y se ensancha. “Me parece culturalmente significativo, porque se está haciendo notar lo suficiente como para que la ciudadanía lo escuche. Y, entre otras cosas, esto incentiva a los políticos a tomar una postura más crítica”, dice Carissa Véliz, profesora asociada de Filosofía en el Instituto de Ética de la IA de la Universidad de Oxford, y autora de Profecía. Lecciones sobre el uso y abuso de la predicción, desde los antiguos oráculos hasta la IA (Debate).
Esta dinámica se está haciendo evidente en EEUU, donde las movilizaciones ciudadanas locales de carácter bipartidista para frenar la instalación de centros de datos han reforzado la motivación de representantes políticos para oponerse a estos desarrollos. La organización Data Center Watch —un proyecto de la firma de IA 10sLabs— calcula que, en el primer trimestre de 2026, 75 proyectos de centros de datos con un valor estimado de inversión de 130.000 millones de dólares fueron bloqueados o retrasados en EEUU, una cifra equivalente al conjunto de 2025.
Varias iniciativas legislativas han sido presentadas en EEUU para frenar, condicionar, retrasar o prohibir la instalación de centros de datos, y se trabaja en ello también en el Congreso Federal. El tema es uno de los asuntos centrales en la campaña para las legislativas de noviembre. Pero la oposición a la instalación de centros de datos es un movimiento auténticamente global, con acciones de protesta en muchos países, incluido en Europa.
Se trata de un elemento especialmente tangible de la resistencia, pero es solo la punta visible de un iceberg con mucha masa. El personal de la Universidad de Sídney hizo una huelga a principios de septiembre reclamando protección y garantías frente a la IA. En agosto, un grupo de estudiantes activistas ocupó en Washington un edificio utilizado por OpenAI para fines de lobby: 13 de ellos fueron arrestados según reportes de prensa local. El goteo es continuo.
Un estudio demoscópico de Ipsos con trabajo de campo hecho en la pasada primavera detecta que en muchas democracias prósperas —como EEUU, Reino Unido, Alemania, Canadá, Francia o Países Bajos— ya prevalecen quienes creen que la IA trae más problemas que ventajas. En el conjunto de los 32 países estudiados, se impone todavía de media una visión positiva, con chinos, indios e indonesios siendo los más optimistas y marcando con fuerza el balance colectivo. Pero, aún así, se detecta una caída generalizada del optimismo con respecto al estudio previo de 2025.
Carrera geopolítica
La correa de transmisión entre rechazo cívico y política ya muestra resultados en distintos niveles, pero la partida decisiva se juega en el más alto: el de los mandatarios y de las empresas de referencia, donde dominan parámetros de cálculo menos permeables a la presión ciudadana.
Los protagonistas principales de esta carrera son Estados Unidos y China, y la desconfianza extrema entre actores geopolíticos y entre actores empresariales ha impedido, de momento, la toma de decisiones sustanciales. Todos temen que optar por un frenazo suponga dejar a los competidores camino libre hacia una ventaja decisiva que otorgue una hegemonía de rasgos casi inimaginables.
No obstante, incluso con ese poderoso factor que alimenta la inercia, se detectan síntomas de cambio. La agencia Bloomberg reportó este viernes que el jefe de OpenAI, Sam Altman, comunicó a sus empleados su disposición a frenar los desarrollos. El contexto en el que esto se produce es el del pésimo impacto reputacional vinculado al inquietante incidente de Hugging Face, firma que fue hackeada por agentes de OpenAI contra la voluntad de la empresa y sin que ella se diera ni siquiera cuenta.
La emergencia de estos peligros es notoria para los expertos desde hace tiempo. Yoshua Bengio, premio Turing y uno de los padres fundadores de la tecnología de los modelos de lenguaje, avisó de ello en una entrevista concedida a este diario en febrero. “Hay evidencia empírica de IAs que actúan contra nuestras instrucciones”, fue el titular.
Dario Amodei, líder de Anthropic, publicó ayer un texto online en el que también aboga “por ralentizar el ritmo con el cual mejoramos las capacidades de los modelos”. Amodei afirma que dos cosas le han convencido que hay que incrementar las cautelas: una es que hemos entrado en una fase en la que la misma IA desarrolla la IA; la otra es el incidente de Hugging Face.
Sobre esa premisa, Amodei plantea un esquema de control con tres pasos: que las grandes empresas den acceso a inspectores externos; coordinación para establecer estándares de seguridad comunes para las empresas de países democráticos; intento de coordinación con países autoritarios.
Altman reaccionó enseguida en X mostrando su adhesión a la idea de ralentizar y en concreto al compromiso de dejar acceso a inspectores externos.
Las evidencias del peligro se multiplican, son más contundentes, se expanden en la opinión pública, provocan indignación y miedo en la sociedad, y esto genera mayor presión.
Al margen de ella, es evidente que la preocupación por los riesgos, en sí misma, está moviendo las cosas. Incluso una Administración hiperliberal como la de Donald Trump ha empezado a considerar restricciones en este ámbito. Y los líderes de las mayores compañías —desde Demis Hassabis de Google DeepMind al propio Altman— han protagonizado un desfile de propuestas de arquitectura de reducción de riesgos ya antes de estos últimos episodios.
Hassabis, por ejemplo, ha planteado un cuerpo de estándares inspirado parcialmente en la FINRA (siglas de Financial Industry Regulatory Authority), un ente privado que diseña e implementa —con poderes otorgados por las autoridades públicas— normas para los brokers. Hassabis piensa en un instrumento híbrido que pueda controlar los modelos, sobre todo antes de que salgan. A su juicio, no puede ser un ente solo de la industria, pero tampoco solo público, porque no tendría los conocimientos para proceder rápido.
Por otra parte, cabe notar que EE UU y China dialogan en materia de IA. La agencia Reuters ha reportado preparativos para un posible encuentro entre delegaciones en los próximos días, y Donald Trump y Xi Jinping tienen previsto reunirse el próximo día 24 en la Casa Blanca, y todo apunta a que el asunto IA será parte de los temas a tratar. En agosto hubo en Pekín un encuentro en formato híbrido (track 1.5 en la jerga diplomática, es decir, a medias entre el carril puramente público y el de la sociedad civil).
La dimensión geopolítica del asunto es crucial. La IA se perfila como una tecnología con un potencial único para reconfigurar los equilibrios de poder entre naciones, tanto por su perspectiva de fomentar la productividad y, por tanto, la riqueza, como por su aportación a las capacidades militares. Está en juego el dominio del mundo de una forma y con una intensidad sin parangón en la historia.
Algunos expertos razonan sobre la cuestión trazando paralelismos con la dimensión nuclear. El parangón rige en cuanto al potencial destructivo, aunque haya una diferencia abismal en el apartado constructivo. En este sentido, resuenan las ideas de la mutua destrucción asegurada, de pactos entre las dos superpotencias que limiten el despliegue y establezcan medidas de transparencia y confianza, o tratados internacionales inspirados en el de No Proliferación Nuclear, o instituciones como el Organismo Internacional de la Energía Atómica.
En cualquier caso, de momento no hay nada sustancial en el plano de los peligros existenciales, y tampoco hay respuestas de relieve para los otros desafíos, desde el riesgo de impacto masivo en los mercados laborales —con la conexión entre avances de la IA y de la robótica— hasta el democrático —con el extraordinario potencial de manipulación de las mentes que la nueva tecnología permite—. La UE aprobó una legislación pionera en la anterior legislatura, pero titubea en la implementación y, en todo caso, si es un mercado relevante, no es un actor relevante en la industria.
La pugna acaba de empezar y una de las cuestiones centrales es entender si estas diversas formas de resistencias pueden de alguna manera converger para ser más eficaces. Dekeyser observa que, en el recorrido histórico que realiza con su ensayo, le parece destacable la lección de los luditas, los trabajadores del sector textil que en el Reino Unido del siglo XIX lucharon contra las máquinas que amenazaban su labor. “Fueron muy buenos en organizarse y responder colectivamente al problema”, dice, subrayando que esa dimensión colectiva es más eficaz que las individuales. Por ejemplo, la decisión personal de no usar ciertos productos.
Dekeyser cree que es improbable que se configure “una suerte de frente unido contra la IA”, pero que ello no impide que haya posibilidades de convergencia táctica. “El pasado muestra que no es necesario un acuerdo sobre todo para que ciertos movimientos puedan conseguir ciertos éxitos”.
Véliz apunta a la institucionalización de los derechos humanos como un ejemplo de consenso construido sobre diferentes visiones. “Hay distintas maneras de justificarlos, distintos puntos de vista, pero eso no impide hallar un acuerdo”, señala la académica de Oxford.
Can Şimşek, experto en política de IA, miembro del grupo Expertos Sin Fronteras de Ética de la IA de la UNESCO, también recurre a la referencia de los derechos humanos. “Nos hallamos ante un entorno muy cambiante, y las formas de resistencia también cambian y deben adaptarse. Es difícil prever el desarrollo y, por lo tanto, generar un análisis y una semántica, una política compartida. Pero tenemos el marco conceptual de los derechos humanos que puede aplicarse a este sector”, dice Şimşek, que es coautor con Yasar del informe de Sciences Po. Los dos expertos trabajan en una nueva edición que se publicará a finales de este año.
“Resistir no es solo parar algo. Es también darle forma”, apunta Yasar, de la Escuela Normal Superior. La experta subraya la importancia crucial de conseguir una correa de transmisión entre protesta y actividad regulatoria, y tanto ella como Şimşek lanzan una voz de alerta acerca de la “captura regulatoria”, las maniobras de las grandes firmas para influir en la legislación.
La tecnología avanza. La concienciación de sus riesgos también, con constantes avisos: el último, de Anthropic, que afirma haber desbaratado intentos de usar sus modelos para crear armas biológicas. La resistencia ante este desarrollo lleno de peligros gana fuerza. Frenarlo, establecer guardarraíles eficaces es un emprendimiento arduo. Los derechos humanos quedaron consagrados en la Carta de las nacientes Naciones Unidas después de dos aterradoras guerras mundiales; el Tratado de No Proliferación Nuclear se aprobó después del espantoso uso del arma en Hiroshima y Nagasaki. El tiempo dirá si, en este caso, la humanidad conseguirá actuar de forma significativa sin estar obligada por una catástrofe.
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Washington – 12 SEPT 2026 – 12:28ACTUALIZADO:12 sept 2026 – 20:05 AST
Los gigantes tecnológicos no suelen estar de acuerdo entre ellos. Eso hace aún más llamativo, y más alarmante, el consenso este sábado entre los grandes líderes estadounidenses de la inteligencia artificial: el director general de OpenAI, Sam Altman; y el fundador de SpaceXAI, Elon Musk, se han sumado al llamamiento del consejero delegado de Anthropic, Dario Amodei, para bajar el ritmo de desarrollo de esa tecnología, ante los riesgos que presenta la gran velocidad actual.
Este sábado, Amodei ha advertido en un ensayo de 3.400 palabras, publicado en su blog, del peligro de “perder el control de los sistemas” de inteligencia artifical y del uso “indebido de la IA para ciberataques y bioterrorismo”, causando “graves trastornos económicos”. Y ha lanzado una propuesta de plan de acción cuyo objetivo principal es bajar el ritmo de desarrollo de esa tecnología, y que incluye que las compañías del sector permitan el pleno acceso de verificadores externos.
Tras publicar esta propuesta, Sam Altman, CEO de OpenIA, se ha mostrado a favor de bajar el ritmo de desarrollo. Y, aunque no ha aceptado el plan completo de Amodei, ha asegurado en sus redes sociales que es una “gran idea” que las empresas se comprometan a “tener evaluadores independientes con acceso similar al de los empleados”. Musk, el hombre más rico del mundo, también ha recurrido a las redes sociales para expresar su acuerdo: “Dario tiene razón”, ha escrito.
“En los últimos meses me he convencido de que abordar plenamente los riesgos requiere aún más prudencia: no solo invertir en la prevención de riesgos, sino también dosificar el ritmo de avance de las capacidades”, escribe Amodei. “Debemos ralentizar el ritmo al que mejoramos las capacidades de los modelos de IA. El progreso seguirá pareciendo rápido, y debemos aprovechar sabiamente el tiempo que ganamos”, añade.
Dos hechos recientes le han impulsado a lanzar esta petición y su propuesta de plan. “Mi principal preocupación es que, desde este verano, la IA ha avanzado a un ritmo vertiginoso, impulsada principalmente por su creciente capacidad para crear la próxima generación de IA”. Es lo que se conoce como “automejora recursiva”. “Si no se controla, podría superar nuestra capacidad de comprender y controlar estos sistemas”, alerta.
El segundo hecho preocupante fue el ataque protagonizado por un enjambre de agentes de un sistema de IA que “actuó como un colectivo fanáticamente entregado, llevando a cabo ciberataques contra objetivos que no se les habían pedido atacar”. Incluso, recuerda el CEO de Anthropic, llegaron a sacrificarse “por el éxito del grupo”. “Es fácil restarle importancia a este incidente porque nadie resultó herido y el daño económico fue mínimo, pero en mi opinión, un enjambre con mayores capacidades pero con un nivel similar de desajuste podría haber causado daños catastróficos”, explica. Y advierte: “Dado el ritmo acelerado de desarrollo de la IA, me preocupa que en 6 a 12 meses un enjambre de este tipo pueda controlar todo internet”. Causarían “potencialmente cientos de miles de millones de dólares en daños”.
Por ello, plantea un plan estructurado en tres pasos. El primero de ellos pasa por que “cada empresa de IA de vanguardia se comprometa a brindar acceso continuo, similar al de un empleado, a un equipo de evaluadores externos integrados” que debe “verificar el cumplimiento de las prácticas y compromisos de seguridad” y “reportar incidentes”. “Anthropic se compromete unilateralmente a este paso ahora”, dice Amodei. “Instamos a otras empresas pioneras a seguir nuestro ejemplo”, añade.
El segundo paso se centra en la empresa de IA de los países democráticos, que deben coordinarse “para establecer estándares de seguridad comunes, así como límites al ritmo de desarrollo descontrolado”. Se insta también al apoyo de los gobiernos para poder afrontar los “desafíos legales” que se requieren.
Pero a nadie se le escapa que en otros lugares con gobiernos no democráticos, como China, el ritmo puede seguir acelerado. Por eso, entre las propuestas de este plan está que no se “vendan chips de IA potentes ni equipos de fabricación de semiconductores a China” y que se “combatan con firmeza el contrabando de chips y el acceso remoto a centros de datos fuera de China”. “Los chips serán el factor determinante de la capacidad de China en inteligencia artificial”, explica este directivo.
Aunque parezca contraintuitivo, afirma Amodei, estas limitaciones podrían beneficiar el paso tres de su plan: un acuerdo entre los países democráticos y los gobiernos autoritarios. “Estas medidas aumentan la influencia de las democracias y hacen más probable un acuerdo en el futuro”, razona.
En el último paso de su estrategia, “Estados Unidos y otros gobiernos democráticos intentan coordinarse con los gobiernos autoritarios”, pero teniendo cuidado en la verificación de lo que se acuerde. “Si restringimos considerablemente nuestras capacidades de IA creyendo que China hará lo mismo, y luego China se desvincula, la IA podría ser tan poderosa que tal deserción podría conducir a su dominio geopolítico”, señala. “Por lo tanto, cualquier acuerdo debe tener una verificabilidad inquebrantable o debe ser lo suficientemente limitado como para que la deserción no represente una amenaza existencial desde el punto de vista militar”, concluye. Ese pacto, por ejemplo, podría vetar “ciertos usos” peligrosos, como la utilización de la IA “para la producción de armas biológicas o permitir que los usuarios lo hagan”.
“Las medidas que propongo para avanzar en este campo a un ritmo seguro no serán fáciles”, reconoce el CEO de Anthropic. “Pero creo que tenemos la obligación con la humanidad de intentarlo”.
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