Delcy Rodríguez tiene un arma apuntándole a la cabeza
El éxito de Donald Trump al arrancar concesiones a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, constituye una clara demostración de lo que puede lograrse por la vía de las armas. Apenas unas horas después de la incursión militar que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, y de la primera dama, Cilia Flores, el 3 de enero, Trump se jactó de que “vamos a dirigir el país” y, poco después, se autoproclamó “presidente interino” de Venezuela


Por Steve Ellner | 16/09/2026 | Venezuela
El éxito de Donald Trump al arrancar concesiones a la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, constituye una clara demostración de lo que puede lograrse por la vía de las armas. Apenas unas horas después de la incursión militar que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, y de la primera dama, Cilia Flores, el 3 de enero, Trump se jactó de que “vamos a dirigir el país” y, poco después, se autoproclamó “presidente interino” de Venezuela.
También ha colmado de elogios a Rodríguez por actuar en beneficio tanto de los intereses norteamericanos como de los venezolanos, al explicar: “Está haciendo un gran trabajo porque está trabajando con nosotros”.
No es difícil comprender por qué Rodríguez —cuyo padre fue un mártir revolucionario— ha mostrado tal disposición a acatar. El 3 de enero, apenas unas horas después del secuestro de Maduro y Flores, Trump amenazó públicamente a la entonces vicepresidenta Rodríguez y a otros dirigentes chavistas con lo que equivalía a una decapitación, además de una ofensiva militar de mucha mayor envergadura. Según Rodríguez, Rubio le comunicó por teléfono a ella y al segundo al mando, Diosdado Cabello, que disponían de 15 minutos para aceptar las nuevas condiciones impuestas por Washington o enfrentarse a la muerte. En sus propias palabras: “las amenazas y el chantaje son constantes”.
Algunos anti-Chavistas cuestionan la credibilidad de la afirmación de Rodríguez. Sin embargo, su versión tiene pleno sentido. El propio Trump hizo reiteradamente amenazas similares en público, aunque expresadas en términos más indirectos. Y eso es precisamente lo que Washington hizo posteriormente con buena parte de la cúpula dirigente de Irán: descabezó su liderazgo.
El arsenal de medidas coercitivas de Washington contra Rodríguez incluye el uso del chantaje. Reuters informó en marzo que los fiscales federales habían “preparado posibles cargos por corrupción y lavado de dinero, y habían comunicado a Rodríguez que se exponía a ser procesada a menos que continuara cumpliendo con las exigencias de Trump”. En el contexto de la industria petrolera, la acusación de lavado de dinero planteada por los fiscales es, en esencia, una referencia a la elusión de las sanciones impuestas por Estados Unidos.
Trump destaca los beneficios que Estados Unidos obtiene de la relación neocolonial que ha establecido con Venezuela. El 28 de agosto anunció la concreción de lo que calificó como “el mayor acuerdo petrolero de la historia mundial”, que otorga a Estados Unidos un trato preferencial para la venta de la totalidad de los 65.000 millones de barriles de reservas probadas, una cantidad superior a las reservas de Estados Unidos.
Entre los otros aspectos del acuerdo figuran la compra, por parte del Departamento de Estado, del 20 % de la producción petrolera a precio de costo, así como una participación del 35 % del Pentágono en la empresa operadora.
La amenaza del uso de la fuerza militar es solo una parte de la explicación de la disposición de Rodríguez a aceptar el acuerdo. También hay que tomar en cuenta el devastador impacto que una década de severas sanciones impuestas por Estados Unidos ha tenido sobre las industrias básicas estatales de Venezuela, entre ellas las de petróleo, gas, electricidad y telecomunicaciones. Las sanciones mermaron la capacidad de la empresa petrolera estatal PDVSA para mantener, reparar, sustituir y operar sus equipos, un efecto reconocido tanto por el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos como por centros de investigación independientes.
En los últimos años de su gobierno, Maduro reconoció el deterioro y recurrió cada vez más al capital privado. Entre quienes se beneficiaron de este giro estuvo Alejandro Betancourt, quien, a diferencia de la burguesía tradicional venezolana, había estrechado vínculos con el gobierno chavista.
El nuevo acuerdo por 65.000 millones de barriles bajo el gobierno de Rodríguez designa a Betancourt como operador principal y, al hacerlo, reconoce que está en mejores condiciones que una PDVSA profundamente deteriorada para atraer enormes sumas de capital extranjero.
El régimen de sanciones intimidó a todos los actores involucrados en la industria petrolera venezolana, obligando a realizar operaciones en secreto y creando así un terreno fértil para la corrupción. El propio Betancourt fue acusado de participar en operaciones ilícitas. A pesar de estas acusaciones, los dirigentes chavistas prefieren tratar con empresarios como Betancourt antes que con la élite tradicional, que encabezó varios intentos de derrocar a Chávez. Indudablemente, la mayor parte de la responsabilidad por la corrupción recae en Washington.
Pese a los elogios de Trump a Rodríguez, permanecen intactas las sanciones que han golpeado duramente a la economía venezolana. Lo único que ha hecho Trump es relajarlas selectivamente, otorgando “licencias” caso por caso para beneficiar al capital estadounidense.
¿Pragmatismo o entrega?
En varias ocasiones, las presiones y amenazas de Washington obligaron a Rodríguez, como izquierdista de larga trayectoria, a dejar de lado su orgullo nacionalista. Una de ellas fue la cooperación de Venezuela con el Comando Sur de Estados Unidos en el ataque aéreo de junio que acabó con la vida de Niño Guerrero, máximo jefe de la tristemente célebre banda Tren de Aragua. Compárese esa actitud con la reiterada negativa de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum a aceptar operaciones militares conjuntas con Estados Unitdos en territorio mexicano contra los cárteles de la droga.
Además, tras los dos devastadores terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio, Rodríguez recibió en el palacio presidencial a una delegación israelí que incluía oficiales militares y elogió el papel de Israel en las labores de socorro. Manifestantes chavistas protestaron contra la presencia militar estadounidense e israelí posterior al terremoto bajo la consigna: “Esto no es ayuda, es ocupación”. El presidente Chávez había roto relaciones con Israel en 2009.
El problema, por supuesto, no se limita a la política exterior. El gobierno de Rodríguez reformó una de las leyes emblemáticas de Chávez, la Ley Orgánica de Hidrocarburos (LOH), cuya aprobación había contribuido a desencadenar el fallido golpe de Estado en su contra en abril de 2002. La reforma impulsada por Rodríguez, que modificó aspectos fundamentales de la LOH, allanó el camino para lo que Trump calificó como «el mayor acuerdo petrolero de la historia».
Durante los primeros meses de la presidencia de Rodríguez, algunos sectores de la izquierda destacaron su capacidad para desenvolverse en una situación tan precaria. Geraldina Colotti, exmilitante de las Brigadas Rojas italianas, lo calificó como “un acto de madurez política en un contexto de chantaje sin precedentes”. Ahora, sin embargo, su deferencia hacia Washington ha dividido a la izquierda estadounidense, al igual que a la venezolana.
Quienes apoyan al gobierno de Rodríguez corren el riesgo de terminar siendo vistos como cómplices de un proyecto imperial. Defender el “mayor acuerdo petrolero de la historia” de Trump resulta particularmente incómodo, dado que dirigentes situados en el otro extremo del espectro político denuncian su falta de transparencia. Sorprendentemente, el economista Ricardo Hausmann, uno de los principales artífices del proyecto neoliberal venezolano de la década de 1990, califica el acuerdo como “lo más imperialista que Estados Unidos haya hecho jamás en su historia”.
Particularmente preocupante es la posibilidad de que la administración Trump cambie abruptamente de rumbo y opte por un “cambio de régimen” antes de que la estrategia de Rodríguez para la recuperación económica logre despegar. Un viraje de este tipo —del pragmatismo transaccional, donde todo gira en torno al petróleo, a un anticomunismo visceral— encajaría plenamente con la postura promovida por Marco Rubio y otros halcones de la derecha. La ruptura con Rodríguez es previsible; la gran incógnita es cuándo.
Desde una perspectiva estratégica
Los activistas progresistas deben colocar en el primer plano de toda labor de solidaridad la imposición por Trump de la tristemente célebre Doctrina Monroe —rebautizada ahora como Doctrina Donroe. La experiencia de los movimientos de solidaridad con Venezuela y Cuba demuestra que los activistas más comprometidos son aquellos que, en mayor o menor medida, simpatizan con esos gobiernos, y no quienes los demonizan.
Es fácil decir que Rodríguez, su hermano Jorge, Cabello y los demás altos dirigentes chavistas deberían simplemente plantarse ante Trump, decirle que no y retirarse de las negociaciones, en lugar de negociar en condiciones tan profundamente desiguales. Eso es precisamente lo que plantean algunos sectores de la izquierda. Pero, en las circunstancias actuales, ¿son opciones abandonar el poder o exponerse a una represalia militar?
Juan Carlos Monedero, exdirigente del partido español Podemos y asesor de Chávez, me dijo: “La dirigencia chavista bajo Delcy debería plantearse abandonar el poder, dado que la relación con Washington es demasiado asimétrica. Los sandinistas lo hicieron en 1990 y después regresaron”.
Abandonar el poder, sin embargo, significaría entregárselo a la extrema derecha encabezada por María Corina Machado, que cuenta con poderosos aliados en Washington. Basta recordar las 48 horas del golpe de Estado de 2002, cuando la oposición de derecha desató la represión contra los chavistas —con decenas de muertos—, o repasar la retórica revanchista que Machado ha empleado a lo largo de los años, para hacerse una idea de lo que les espera a los chavistas y a los movimientos sociales si llega al poder: una represión al estilo Pinochet.
Además, su consigna de “capitalismo popular” —tomada de Margaret Thatcher y Pinochet— pone de relieve el carácter marcadamente neoliberal de las políticas que propugna. Corresponde a quienes desde la izquierda demonizan a Rodríguez explicar qué estrategia realista proponen como alternativa.
Además, un gobierno de Machado engrosaría las filas de los gobiernos de extrema derecha y afines a Trump que integran el “Escudo de las Américas”, una alianza comprometida con la militarización bajo la bandera de la lucha contra las drogas, pero cuyo verdadero objetivo es expulsar a China de la región. En la cumbre fundacional del Escudo, celebrada en Doral, Florida, en marzo, Trump habría llamado por teléfono a Machado, puesto la conversación en altavoz y le habría dicho: “Aquí todo el mundo te quiere”.
Chávez, Maduro y Rodríguez se han inspirado en el ejemplo de China. Durante una de sus numerosas visitas oficiales a ese país, la entonces vicepresidenta Rodríguez en 2025 elogió el modelo económico chino como “un ejemplo de dignidad, resiliencia y crecimiento económico”. Uno de los principios rectores de la política exterior china tras la muerte de Mao en 1976 fue la máxima de Deng Xiaoping: “ocultar la propia fuerza y esperar el momento propicio”. En esencia, la frase significa que, cuando la correlación de fuerzas es desfavorable, conviene evitar provocar o alarmar al adversario. Eso es precisamente lo que está haciendo Rodríguez.
Las condiciones objetivas en Venezuela —resultado de una verdadera guerra librada desde Washington— y las subjetivas —el consiguiente desgaste del entusiasmo incluso entre las propias filas chavistas— son sumamente desfavorables. La estrategia puede ser objeto de críticas, dadas las evidentes diferencias entre la China comunista y la Venezuela capitalista, pero difícilmente puede calificarse de descabellada, y mucho menos de contrarrevolucionaria.
La estrategia pragmática de Rodríguez está en sintonía con el estado de ánimo general del país, que atraviesa todo el espectro político. Los venezolanos, en su conjunto, están agotados por los efectos devastadores de la guerra de Washington contra Venezuela, que desempeñó un papel central en la caída de cerca del 80 por ciento del ingreso promedio de los trabajadores desde mediados de la década de 2010. El llamado de los seguidores de Machado, agrupados en el partido Vente Venezuela, a realizar protestas masivas contra Rodríguez no ha logrado concretarse.
Unidad en el desacuerdo
En vano se busca en la historia un paralelo cercano a lo que está ocurriendo en Venezuela. Piénsese en lo siguiente: una potencia imperial secuestra al presidente de un país y, acto seguido, llega a acuerdos y establece relaciones amistosas con su vicepresidenta, quien sigue comprometida con los ideales del movimiento que ambos representan. Para Rodríguez, el carácter inédito de esta situación plantea un desafío formidable.
La izquierda también debe reconocer que, en mayor medida de lo habitual, siguen faltando piezas cruciales del rompecabezas. La más importante es que nada se sabe de las negociaciones entre el gobierno de Rodríguez y la administración Trump. Time informa que “Rubio y Rodríguez mantienen un contacto casi diario mediante llamadas telefónicas y mensajes de WhatsApp”, pero sin revelar el contenido de esas conversaciones.
La pregunta clave es hasta dónde puede llegar Rodríguez al defender los intereses venezolanos sin provocar un giro del notoriamente imprevisible Trump. ¿Cuándo dejará Trump de lado su lógica pragmática y transaccional para adoptar una postura anticomunista y apostar por un “cambio de régimen” en Venezuela?
Los críticos del gobierno de Rodríguez tienen razón al advertir que las alianzas con sectores de la burguesía, encarnados por figuras como Alejandro Betancourt, podrían abrir una caja de Pandora y terminar corrompiendo el proyecto de transformación. Pero trazar líneas tajantes entre amigos y adversarios en el frente interno quizás tenga que esperar tiempos mejores, cuando existan alternativas reales sobre la mesa.
Mientras tanto, el movimiento de solidaridad debe mantenerse unido, aun cuando existan posiciones diametralmente opuestas respecto al gobierno de Rodríguez. El punto de partida tiene que ser el reconocimiento del carácter excepcional del momento y de todo lo que aún se desconoce.
Por encima de todo, el movimiento debe mantener el foco en combatir los atropellos cometidos por Washington: exigir la liberación de Maduro y Flores, el levantamiento de todas las sanciones y la devolución de los miles de millones de dólares en activos venezolanos confiscados en el exterior a instancias de Washington. Y no debe quedar duda alguna de que la responsabilidad por la grave situación que atraviesa Venezuela, tanto antes como después del 3 de enero, recae de lleno sobre Washington.
La versión en inglés de este artículo fue publicada en CounterPunch.
Steve Ellner es profesor jubilado de la Universidad de Oriente en Venezuela, donde residió por más de 40 años. Actualmente es editor asociado de Latin American Perspectives. Es autor de numerosos libros, entre ellos El fenómeno Chávez: sus orígenes y su impacto hasta 2013 (2014) y La izquierda latinoamericana en el poder: Cambios y enfrentamientos en el siglo XXI (editor, publicado por CELARG y el Centro Nacional de Historia, Caracas, 2014). https://www.dropbox.com/s/yxxsdyf0puqxdhg/La%20izquierda%20latinoamericana%20book.pdf?dl=0
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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