La victoria de Osama bin Laden
La estrategia de bin Laden consistía en atrapar a Estados Unidos en costosas guerras en el extranjero que provocaran un colapso económico interno. Dicha estrategia continúa vigente mucho después de su muerte en 2011. Sus ataques convirtieron al gobierno estadounidense en un instrumento de destrucción, induciéndolo a implementar políticas que han devastado a Estados Unidos y sumido en la miseria a su población.


Por Nick Turse | 25/09/2026 | EE.UU.
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo
Todavía puedo recordar el olor, pero no encuentro la manera de describirlo con fidelidad. No era el inconfundible hedor a muerte, aunque seguramente esa fuera una pequeña parte del mismo. No era similar al de neumáticos o de plástico ardiendo, ni siquiera al de metal fundido. Era todo eso pero era más que eso.
En el cuarto de siglo transcurrido desde entonces he recorrido el mundo, pero nunca he experimentado nada parecido al olor que sentí junto al montón de escombros de la Zona Cero en septiembre de 2001. El aire era acre y denso, un remolino de toxinas y cancerígenos producto de convertir dos enormes aviones cargados de combustible en misiles de crucero y estrellarlos contra las gigantescas torres de oficinas. Mientras ardía, todos los presentes inhalamos una nube de cemento pulverizado, fibra de vidrio, amianto, plomo, dioxinas, hidrocarburos aromáticos policíclicos, bifenilos policlorados (más conocidos como BPC) etcétera, etcétera. Sigue formando parte de nosotros.
Los atentados del 11-S (que se cobraron la vida de casi 3.000 estadounidenses, derrumbaron las Torres Gemelas de Nueva York, destrozaron el Pentágono y provocaron el accidente de un avión cerca de Shanksville, Pensilvania) supusieron el mayor fallo de los servicios de inteligencia de la historia de EE.UU. y sumieron al país en un paroxismo de catástrofes autoprovocadas del que nunca ha logrado salir. El espectacular ataque coordinado del líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, aceleró lo que hasta entonces había sido un declive imperial a cámara lenta, atrapando a Estados Unidos en una espiral mortal de desastres económicos entrelazados y ruinosos, fracasos en política exterior, retrocesos democráticos, autoritarismo y guerras e intervenciones militares debilitantes.
El plan de bin Laden consistía en atrapar a Estados unidos en costosas guerras en el extranjero que se convirtieran en un atolladero y desataran un colapso económico interno. Se basaba en la estrategia que los muyahidines, él mismo y otros combatientes extranjeros, así como Estados Unidos y sus aliados habían empleado para derrotar a la Unión Soviética en Afganistán.
La estrategia de bin Laden no solo continúa a buen ritmo mucho después de su muerte en 2011, sino que además ha generado otros medios aún más eficaces para destruir Estados Unidos desde dentro. Los ataques de bin Laden convirtieron al gobierno estadounidense en un motor de destrucción del país, induciéndole a aplicar políticas que han devastado el país y empobrecido a su población. Entre ellas se incluye un gasto público desenfrenado junto a la bajada de impuestos a los ricos, el fortalecimiento de los lazos con regímenes despóticos, las órdenes judiciales para la vigilancia encubierta y las escuchas telefónicas de la Ley Patriota y otros programas de vigilancia interna, así como las ruinosas y fallidas guerras eternas de Afganistán, Irak y otros lugares.
Este torbellino de políticas tóxicas y excesos gubernamentales abrió la puerta a algo que superaba los sueños más desquiciados de bin Laden: el ascenso de un terrorista aún más eficaz que ha paralizado Estados Unidos de innumerables formas y ha intentado estrangular lo mejor del país: el presidente Donald Trump.
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El llamado “Pearl Habour” del siglo XXI no fue ninguna sorpresa. Mucho antes, estando de vacaciones en su rancho de Crawford, Texas, el presidente George Bush Jr. había recibido un informe confidencial de inteligencia titulado “Bin Laden está decidido a atacar Estados Unidos”. El líder de al Qaeda había expresado con claridad sus planes. “Hemos hecho un llamamiento para librar una guerra contra Estados Unidos porque este país ha iniciado una cruzada contra la nación islámica”, declaró en una entrevista en televisión en 1998, para castigar a EE.UU. por estacionar tropas en Oriente Próximo y por su apoyo a Israel. “Los regímenes occidentales y el gobierno de Estados Unidos tienen la culpa de lo que pueda pasar. Si su pueblo no desea sufrir daños en sus propios países debería intentar elegir gobiernos que les representen genuinamente y puedan proteger sus intereses”.
Cuando bin Laden cumplió sus amenazas y masacró a miles de personas el 11-S sabía que eso desencadenaría inevitablemente una respuesta. Una posibilidad era que se produjera una actuación mesurada de los cuerpos de seguridad que culminara con detenciones y procesos judiciales legítimos. La otra posibilidad era la de un presidente encaramado a una pila de escombros, jurando venganza, una guerra infructuosa e interminable contra una táctica (el terrorismo), un campo de torturas secreto (abu Ghraib), una prisión perpetua (Guantánamo) y una farsa de juicios. La primera opción sería ruinosa para bin Laden. La segunda, una respuesta a sus oraciones.
El golpe maestro de bin Laden fue atacar a Estados Unidos después de que este país eligiera a un presidente sin sustancia, fruto del nepotismo, y a un vicepresidente ávido de poder que se había afilado los dientes en la Casa Blanca de Richard Nixon, repleta de delincuentes. Aunque acabó convirtiéndose en enemigo de Donald Trump, fue Dick Cheney quien allanó el camino para el actual aspirante a tirano de Estados Unidos, gracias a la implacable campaña del vicepresidente para concentrar poder en la Casa Blanca, al crear una presidencia imperial basada en la “teoría del ejecutivo unitario”, una idea descabellada según la cual la Constitución garantiza al presidente autoridad ilimitada sobre política interior y exterior, permitiéndole la destitución unilateral de funcionarios gubernamentales y la declaración de guerra.
Cheney se adelantó a Trump tanto en el estilo como en el contenido. Inmediatamente después del 11-S, Cheney apareció en televisión para anunciar que el gobierno actuaría a partir de entonces “en el lado oscuro” (sic), y declaró que “lo que tiene que hacerse ahora se hará de manera silenciosa, sin espacio para el debate”.
Estados Unidos nunca se ha repuesto de esas sombras siniestras. Probablemente, Cheney fue el principal impulsor de la desastrosa guerra contra el terrorismo, que comenzó en Afganistán, se extendió por todo el mundo y continúa arrasando un año después de su muerte. Fue uno de los principales artífices de la desastrosa guerra de Irak y de los informes de inteligencia erróneos, no verificados y seleccionados por conveniencia que la sustentaron. Fue asimismo un entusiasta defensor de la tortura, llegando a calificar la simulación de ahogamiento (waterboarding) como una obviedad, un declarado defensor de la vigilancia interna, un promotor del secretismo antidemocrático, sin precedentes y sin parangón, y un matón beligerante.
“En los 246 años de historia de nuestra nación, no ha existido un individuo que haya supuesto una mayor amenaza para nuestra república que Donald Trump”, afirmaba Cheney en 2022, en un anuncio en apoyo de su hija Liz, una de los diez republicanos de la Cámara de Representantes que votaron a favor de la destitución de Trump al final de su primer mandato. Puede que tuviera razón, y suya es la responsabilidad. Trump ha partido de los logros de Cheney y ha empujado a Estados Unidos hacia la autocracia a un ritmo sin precedentes.
Tras debilitar la democracia estadounidense durante su primer mandato, Trump lanzó un ataque a gran escala (literalmente) contra ella. A pesar de saber que había perdido la elección presidencial de 2020, Trump se negó a reconocerlo, intentó sabotear el recuento de votos y socavar el proceso de certificación, presionó a los funcionarios estatales para que “encontraran” votos donde fuera y puso un marcha un “esfuerzo delictivo sin precedentes” (según el informe final del fiscal Jack Smith) para mantenerse en el poder.
Bin Laden nunca fue capaz de levantar un ejército en Estados Unidos, capitanear una insurrección y lanzar un ataque contra el Capitolio (el avión que debería haber realizado ese ataque el 11-S se estrelló en un área rural en Pensilvania). Pero el 6 de enero de 2021, estimulados por Trump, los simpatizantes MAGA asaltaron el Capitolio. La Comisión Especial de la Cámara de Representantes que investigó “el ataque terrorista interno al complejo del Capitolio de Estados Unidos y los asuntos relacionados con la interferencia en la trasferencia pacífica del poder” concluyó que Trump participó en una conspiración en múltiples frentes para anular los resultados legítimos de la elección presidencial de 2020”. Según dicha comisión, Trump se abstuvo deliberadamente durante horas de actuar para impedir que sus seguidores atacaran el Capitolio. Smith afirmó que las pruebas recabadas por su equipo “eran suficientes para obtener y sustentar una condena en un juicio”, de no haber reelegido el pueblo estadounidense a Trump como presidente.
No hay duda de que bin Laden, de seguir vivo, habría celebrado el asalto al Capitolio y apoyado la reelección de Trump. Y los resultados no le habrían decepcionado. Al regresar al cargo, Trump desencadenó un ataque coordinado a la democracia estadounidense, socavando el estado de derecho y las libertades fundamentales al indultar y recompensar a los insurrectos; utilizando como arma al Departamento de Justicia, a las agencias reguladoras y al ejército contra los ciudadanos estadounidenses; destituyendo a los organismos de control del Gobierno; atacando a la prensa libre; incurriendo en una corrupción descarada y desenfrenada, como la violación de la cláusula de emolumentos de la Constitución; cometiendo violaciones del debido proceso, ilegalidades en materia de inmigración y usurpaciones inconstitucionales del poder ejecutivo; y lanzando una guerra desastrosa contra Irán y una oleada de asesinatos en alta mar, entre otros muchos fiascos de política exterior e interior.
Desde enero de 2025 la administración Trump ha realizado casi 4.000 actuaciones autoritarias, incluyendo unas 1.050 de debilitamiento de la democracia, más de 940 de represión de la disidencia, más de 650 iniciativas de política exterior agresivas o desestabilizadoras, unas 600 decisiones que debilitan los derechos civiles, alrededor de 500 centradas en el control de la información o la difusión de desinformación, y más de 320 actos de corrupción, según el “Trump Action Tracker”, que documenta los actos y declaraciones de Trump y su administración que se asemejan a los de otros regímenes autoritarios.
Otro alarmante análisis global descubrió asimismo que la “autocratización” en Estados Unidos aumento el pasado año “a un ritmo nunca visto en la historia moderna”. Según los investigadores, bajo la presidencia de Trump Estados Unidos ha dejado de ser una democracia liberal en funcionamiento tras el mayor retroceso en un año de los principios democráticos en la historia del país. Esto ha hecho que el país retroceda a los niveles de 1965, cuando la discriminación racial de [las leyes] Jim Crow en el voto —incluida la violencia y la intimidación, los impuestos electorales y las pruebas de alfabetización— seguía siendo algo habitual. Estos resultados se ven respaldados por una investigación de la organización sin ánimo de lucro Protect Democracy, que concluye que la corrupción electoral, la represión de la disidencia, la difusión de desinformación y el aumento del poder ejecutivo se están “intensificando” durante el segundo mandato de Trump, mientras “aumentan rápidamente” tanto las medidas autoritarias como la politización de las instituciones independientes.
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En 2001 el gobierno de Estados Unidos registró un superávit presupuestario de unos 128.000 millones de dólares y tenía previsto saldar la deuda nacional hacia 2009. Pero tras empantanar a EE.UU. en guerras eternas en Afganistán, Irak, Somalia y otros lugares, bin Laden contempló los frutos del 11-S en 2004 y celebró su victoria, presumiendo de que su estrategia de “desangrar a Estados Unidos hasta llevarlo a la quiebra” había contribuido a que el déficit estadounidense “superara el billón de dólares”.
“Todo lo que tenemos que hacer es enviar a dos muyahidines al punto más alejado hacia el este a que levanten un pedazo de tela en el que esté escrito al-Qaeda, para que los generales corran hasta allí y provoquen a Estados Unidos pérdidas humanas, económicas y políticas sin conseguir a cambio nada importante”, anunció bin Laden.
No podía haberse imaginado hasta qué punto y durante cuánto tiempo los líderes estadounidenses seguirían al pie de la letra su plan, llevando a cabo incursiones de comandos, ataques con drones, intervenciones armadas y guerras en toda regla en Afganistán, República Centroafricana, Camerún, Egipto, Irán, Irak, Kenia, Líbano, Libia, Malí, Níger, Pakistán, Filipinas, Somalia, Siria, Túnez, Yemen y otros lugares. Tampoco podría haber previsto el líder de Al Qaeda hasta qué punto se hundiría Estados Unidos en la ruina financiera como consecuencia de ello.
La cifra de un billón de dólares de la que Bin Laden alardeó en 2004 no era, en realidad, exacta. El déficit federal de EE. UU. fue de solo 413.000 millones de dólares en 2004. Pero no se mantendría tan bajo durante mucho tiempo. Las guerras de Estados Unidos tras el 11-S han supuesto hasta la fecha un coste, o unas obligaciones a largo plazo para los contribuyentes, de nada menos que 8 billones de dólares, según un análisis de 2021 realizado por el proyecto “Costs of War” de la Universidad de Brown.
Y Trump ha continuado ampliando las ruinosas intervenciones de Estados Unidos en el exterior, desde Ecuador hasta Irán. Según un análisis de The Intercept, Trump ha dirigido más de 20 conflictos armados y guerras durante sus dos mandatos como presidente. Y los costes continúan aumentando. Linda Bilmes, exsecretaria adjunta y directora financiera del Departamento de Comercio de EE. UU. y actualmente profesora de políticas públicas en la Harvard Kennedy School, declaró anteriormente a The Intercept que los gastos extra de la guerra contra Irán, por sí solos, probablemente ascenderían a billones de dólares. Por si esto fuera poco, Trump está presionando actualmente para que el Congreso apruebe un presupuesto para el Pentágono de 1,6 billones de dólares para el próximo año, el más alto desde la Segunda Guerra Mundial.
En caso de que ya no se hayan percibido de ello, la proyección anterior al 11-S de que la deuda nacional se saldaría hacia 2009 nunca se cumplió. Por el contrario, las presidencias de Bush y de Trump estuvieron marcadas por enormes recortes fiscales que beneficiaron fundamentalmente a las grandes corporaciones y a los estadounidenses más ricos, privando al Tesoro de casi 10 billones de dólares de ingresos previstos.
Así que tras el ataque de bin Laden, las guerras eternas de Bush, Obama, Trump y Biden, y la contribución de Trump a conflictos desastrosos y una pésima gestión fiscal, la deuda nacional de 5,8 billones de dólares de 2001 se ha disparado en la actualidad un 590%, hasta alcanzar la escalofriante cifra de 40 billones de dólares. Es decir, 40 millones de dólares multiplicados por 1 millón.
Alrededor del 50% de dicha deuda se ha acumulado desde que Donald Trump fue elegido por primera vez. Hace pocos días Trump prometió entregar a cada adulto estadounidense 5.000 dólares si los Republicanos mantienen el control del Congreso el próximo noviembre, lo que supondría un coste de más de un billón [con b] de dólares. ¿Y qué hay de ese superávit presupuestario de 128.000 millones de dólares de 2001? Ha sido reemplazado por un déficit presupuestario federal previsto para el presente ejercicio fiscal de 2,1 billones de dólares. Esta espiral de deuda y déficit se produce, además, en un periodo de casi pleno empleo, cuando las finanzas públicas deberían en realidad, estar mejorando.
Si bin Laden llegó al paraíso, tal y como esperaba, no cabe duda de que estará sonriendo al ver que la administración Trump quita importancia a la deuda galopante y el presidente afirma sin sentido del ridículo que “el crecimiento se encargará de eso muy fácilmente”. De hecho, Estados Unidos dedicará este año más de un billón de dólares solo al pago de intereses sobre la deuda. La Fundación Peterson prevé que el pago total por intereses se duplicará con creces durante los próximos diez años, y tal vez el cálculo se quede corto. Incluso si la deuda se mantiene estable en 40 billones de dólares y EE.UU. pagara un millón diario para saldarla, tardaría casi 110.00 años en alcanzar su completa cancelación.
También es probable que la magnitud de esta deuda mantenga elevados los tipos de interés, lo que encarecerá las hipotecas, los préstamos para adquirir automóviles, las tarjetas de crédito y los préstamos para las pequeñas empresas, lo que perjudicará a los estadounidenses de a pie. Los déficits y niveles de deuda elevados –especialmente si se combinan con alta inflación o elevados tipos de interés– dificultan la respuesta del gobierno ante crisis como una recesión, una depresión, una pandemia u otras emergencias.
A esto se suma el debilitamiento de la red de seguridad social consecuencia de los déficits y la deuda. Bin Laden no tiene que preocuparse por su jubilación y Trump la está viviendo ahora mismo a costa de los contribuyentes. Pero en 2032 (apenas dentro de seis años) el fondo de la Seguridad Social podría quebrar, por mencionar un ejemplo de los déficits que se avecinan. Por ley, cuando el fondo fiduciario llega a cero, las prestaciones de los jubilados deben recortarse más de un 20%.
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Echando la vista atrás, he llegado a pensar que el olor acre de las Torres Gemelas derrumbadas era algo más que una mezcla de papel, vidrio y hormigón ardiendo junto con alrededor de 70 sustancias cancerígenas. Era, más bien, un presagio de algo todavía más siniestro que los casi 3.000 estadounidenses que murieron el 11-S: un largo camino de muerte y destrucción que se estiraba hasta el futuro, más allá del punto de fuga.
Ni siquiera Bin Laden podría haber imaginado la letalidad a largo plazo que tendrían sus ataques. Cerca de 9.700 miembros de los equipos de primera intervención, supervivientes y personas que ayudaron a retirar las casi 1.800.000 toneladas de escombros del World Trade Center han muerto a consecuencia de enfermedades relacionadas con el atentado, según el Fondo de Indemnización de Víctimas del 11-S. Y a más de 57.000 socorristas y otras personas se les ha diagnosticado algún tipo de cáncer relacionado con el 11-S. Alrededor de 155.000 personas están inscritas en el Programa de Salud del World Trade Center, que proporciona cuidados y supervisión sanitaria a personas que estuvieron expuestas al aire tóxico después del 11-S. Y se estima que 400.000 personas estuvieron expuestas a contaminantes tóxicos, al riesgo de lesiones físicas y estrés de tipo físico y emocional en los días, semanas y meses posteriores a los atentados, según los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades.
La guerra de venganza contra el mundo que bin Laden consiguió provocar ha demostrado ser más devastadora que el efecto del humo tóxico que inhalamos cerca de la Zona Cero. Se calcula que unas 940.000 personas perdieron la vida como consecuencia directa de la violencia bélica posterior al 11-S en Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Yemen y otros lugares solo entre 2001 y 2023. Se estima que entre 3,6 y 3,8 millones de personas más murieron indirectamente en zonas de guerra relacionadas con el 11-S, lo que eleva la cifra a más de 4,5 millones de muertos, y el número sigue aumentando. Este cuarto de siglo de carnicerías y todo lo que ha desatado ha dejado a Estados Unidos vacío y pudriéndose en su interior; un deterioro perceptible en todos los aspectos imaginables, de la economía a los ideales democráticos pasando por la salud espiritual de la nación.
El plan de bin Laden para “desangrar hasta la quiebra” fue diseñado para hundir la economía estadounidense, y continúa funcionando eficazmente. Y al allanar el camino de Donald Trump a la presidencia, bin Laden dejó a Estados Unidos también en bancarrota moral. Veinticinco años después del 11-S el país es una pálida sombra de la superpotencia que emergió tras la Segunda Guerra Mundial, abatida no por la Unión Soviética –la potencia atómica a la que consideró durante mucho tiempo una amenaza existencial– sino por dos terroristas adinerados: los herederos de un imperio de la construcción saudí y un promotor inmobiliario de un barrio periférico de Nueva York, respectivamente.
“El hombre sabio no malgasta su seguridad, su riqueza y a sus hijos por culpa del mentiroso de la Casa Blanca”, afirmó bin Laden en 2004, refiriéndose a Bush. Probablemente no podía imaginar que Estados Unidos elegiría a un mentiroso aún más empedernido, un personaje aún más superficial intelectualmente y un presidente aún más nefasto. Un cuarto de siglo después del 11-S, está claro que Bin Laden ganó. Pero la victoria no fue solo suya. Y, al final, su papel resultó ser insignificante. Bush, Cheney, Obama y Biden, así como una pléyade de políticos, funcionarios del Gobierno y todos aquellos que se sumaron a la locura desatada por los atentados, desempeñaron un papel clave a la hora de hipotecar a Estados Unidos en los veinticinco años transcurridos desde el 11 de septiembre. Pero ha sido Trump, más que nadie, quien ha convertido los grandiosos sueños de Bin Laden sobre el 11-S en una pesadilla interminable para Estados Unidos.
Nick Turse es editor jefe de TomDispatch y miembro del Type Media Center.
Fuente: https://www.counterpunch.org/2026/09/17/osama-bin-laden-won/
El presente artículo puede reproducirse libremente a condición de que se respete su integridad y se nombre a su autor, a su traductor y a Rebelión como fuente de la traducción.
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