El libro de las tías
García Ramis nos describe con gran elocuencia el nacionalismo cultural que se fomentó durante años, gestión de estado que tuvo sus dos grandes polos en la UPR y las instituciones culturales radicadas en el Viejo San Juan



En 1984 escribí una semblanza de Don Edmundo B. Fernández, dueño y para aquel entonces solitario promotor del Ron Barrilito. Aunque su casona tenía la escalinata de una Hacienda ¾de doble subida, angostándose al rematar en la galería superior¾, cuando entré a la sala me topé con la misma rusticidad de mi familia en el caserón de la plaza de Aguas Buenas: las paredes de tabletas machihembradas casi vacías excepto por lo retratos de algunos antepasados suyos, muebles de reciente ebanistería criolla; en el caso de la sala que conocí de niño, feos y pesados muebles con airecillo art déco. Ni cuadros ni paisajes en las paredes. Mi familia no hablaba de “haciendas”, sólo de las “fincas” que había heredado mi abuela. La supuesta gran burguesía cañera y la pequeña, a la cual yo pertenecía, no mostraban grandes diferencias en cuanto al estilo de vida. Aquel descendiente del una vez tan sonado Marqués de la Esperanza aún no se había alejado de cierta sobriedad campesina. Luego me alegró compartir con él su afición por el mar y los automóviles. El anciano octogenario me dio una divertida trilla por toda su finca en un Dodge Brothers de los años treinta; me mostró orgullosamente su Pontiac Silver Streak automático de los cincuenta, el primero en traerse a Puerto Rico.
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Comparto con mi colega Magali García Ramis un aire de familiaridad. Ambos tenemos segundos apellido mallorquines: mientras ella narra en su extraordinario El libro de la tías el apego sentimental de su familia al terruño balear, mi familia materna borró buena parte de las memorias de mi bisabuelo mallorquín, quizás rico, ciertamente rústico y notorio depredador sexual. Sólo hubo un reclamo de distinción por ese lado de la familia, el legado de mi tío abuelo, cronista y novelista fallecido en 1917, Ramón Juliá Marín. En la familia de Magali se hablaba de “la hacienda”. Jamás oí esa palabra en mi infancia; mi abuela materna era una campesina “librepensadora” de fincas y “agregaos”, entre éstos doña con fama de malos cascos. De hecho, en mi casa siempre se habló de las “propiedades” con un antiguo y ancestral mal humor.
El libro de las tías es muy preciso al relatarnos y retratarnos la ascendencia de la familia Ramis Borrás. Pero a donde arribamos con gran deleite, y agradeciéndole a Magali esta escritura, es cuando la familia se muda de Caguas al Santurce de los años cuarenta, un barrio capitalino en pleno apogeo de transformación. Me mudé a la 65 de Infantería de Río Piedras en 1957, durante los años de un visible y patente cambio social que dejaba atrás lo rural. Dejé en Aguas Buenas mis recuerdos campesinos, imposibles de convertirse en “memorias”, como sí lo ha hecho Magali García Ramis.
La protagonista de aquel viaje al corazón de Santurce, lleno de oportunidades laborales para la mujer, lo fue María Luisa Ramis Díaz (Wica), hija del mallorquín Francisco Ramis Borrás e Isolina Díaz Rodríguez. María Luisa fue una extraordinaria mujer que, con una preparación en química, y habiendo sido asistente en el laboratorio del Hospital Presbiteriano, estableció uno de los primeros laboratorios clínicos de Puerto Rico. Aquel laboratorio les dio trabajo a las tías, las inició en el trabajo fuera del hogar. Aquellas hijas del pueblo y la ruralía cagüeño, de padre balear y madre puertorriqueña, se convertían en mujeres modernas, emancipadas de la esclavitud hogareña y el patriarcado matrimonial. Algunas se casaron, otras permanecieron solteras, una abrazó la vocación religiosa, todas son caracterizadas en esta crónica ¾novela¾ memoria. De la historia personal devienen en personajes; este es un libro único en nuestras letras.
Y Santurce también es protagonista: El libro de las tías completa recientes libros sobre Santurce como lo que fue, el malogrado simulacro nuestro de gran ciudad. Complementa un libro de historia como el de Fernando Picó, titulado Santurce y las voces de su gente, el libro de análisis cultural de Ángel G. Quintero Rivera, titulado ¡Saoco salsero!, el Santurce un libro mural, de Rafael Trelles y Francisco Font Acevedo, hoy obliterado por la pasión grafitera.
Siempre pensé que al magnífico libro de Fernando Picó le faltaban justo eso que anunciaba el título y que le sobra al de Magali, es decir, las voces de la burguesía y pequeña burguesía de Miramar y la calle Villamil, las voces de las sirvientas y esa figura tan de aquella época, “el muchacho de los mandaos” que hace migas con uno de los señoritos de la casa. El libro de Picó es abundante en todo menos en esas voces. No ocurre así en El libro de las tías. Uno de los pasajes más hermosos y elocuentes, en lo que toca a la creación de un ambiente y una atmósfera familiar, se encuentra aquí: “Es un sonido particular que salía de las casonas de la clase media de Santurce cuando en domingos de los años cincuenta se reunían todos luego de la misa en familia.” La narración y descripción que sigue por las próximas dos páginas es de lo más brillante, emotivo y certero de cualquier escritor de mi generación literaria.
Estas memorias nos sitúan no sólo en las años del desarrollismo muñocista en Santurce ¾la autora es ecuánime y nada alérgica a los logros del Partido Popular Democrático¾ sino que también nos trasladan a las urbanizaciones de la clase media durante los años cincuenta y sesenta. Esa ruta, la transformación del paisaje y paisanaje urbano, se logra con las visitas de la familia extendida de ella y de todos nosotros. García Ramis nos describe con gran elocuencia el nacionalismo cultural que se fomentó durante aquellos años, gestión de estado que tuvo sus dos grandes polos en la Universidad de Puerto Rico y las instituciones culturales radicadas en el Viejo San Juan.
Y ahí también están grabados los viajes de las tías, el automóvil para una clase media que fomentó el turismo interno, desde El Yunque hasta la Parguera, desde Treasure Island en Cidra hasta las Salinas de Cabo Rojo, exploraciones que la clase media baja y pobre motorizada comenzarán a lograr en los años setenta y ochenta. Los viajes a Europa fueron lujos tardíos para mis padres, las tías Ramis ya estaban viajando por el mundo desde los años cuarenta. El puertorriqueño pobre, que anteriormente estaba destinado a permanecer toda la vida en pueblo o barriada, comenzó a viajar con la gran emigración al Norte y el hecho de que sus ingresos se duplicaron durante la Segunda Guerra Mundial y la postguerra.
Ya no se podría decir que sólo viajábamos a los niuyores o Conético. Muy lentamente el país se cultivaba: Las tías Ramis eran, por supuesto, primerizas aventureras en esa ambición de cultura. Atrás iba quedando la ancestral rusticidad. Y esa historia social se completa con el litoral turístico, el Caribe Hilton y su playa y piscina, la despedida de año en la señorial La Mallorquina.
Lo mismo que el texto, el exquisito diseño gráfico de Ediciones Callejón es histórico. Las fotos de los viajes y esas “huellas” fotografiadas, en algunos de los miles de objetos y recordatorios que legaron la tías, transforman el libro en casi un documento “etnográfico”.
Es un libro con gran candor, que a veces se silencia por pudor, respeto o discreción. La autora, en las páginas finales, siente la añoranza de esas cándidas conversaciones que nunca tuvo con sus tías, algo a lo que tantas veces nos obliga el ámbito familiar. La familia siempre es una conversación coartada. Enhorabuena, mi estimada y querida colega.
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Literatura puertorriqueña
Edgardo Rodríguez Juliá
Edgardo Rodríguez Juliá
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