Soberanismo neoliberal y soberanismo social
Los soberanismos neoliberales se prestan —que lo hagan intencionadamente o no es irrelevante— a ejercer como perfectos gatekeepers: recogen el descontento y el malestar reales de la población y los convierten en programas completamente inocuos en el terreno de las relaciones reales de fuerza. No alteran ni una coma de la distribución del poder.


Política 28 septiembre, 2026 Andrea Zhok
Existe una tradición de contención del descontento popular mediante maniobras de gatekeeping.
Cuando un país de soberanía limitada, como Italia, empieza a flaquear, la gente protesta.
En ese momento surgen, como es natural, movimientos políticos que reivindican la dignidad y la autodeterminación como medios para salir del impasse.
Estos movimientos soberanistas pueden presentar perfiles muy distintos, que se corresponden, a grandes rasgos, con dos formas de reivindicar la soberanía, vinculadas respectivamente al Estado neoliberal y al Estado social.
El soberanista neoliberal suele presentar rasgos euroescépticos y mostrarse hostil a algunos de los efectos de la globalización, como las migraciones y el multiculturalismo, al tiempo que formula estridentes reivindicaciones conservadoras y tradicionalistas —apelando a la religión nacional y a las costumbres de los antepasados—. Sin embargo, resulta curiosamente evasivo en materia económica, donde se limita a reafirmar un modelo liberal idealizado —el de los pequeños propietarios— y guarda absoluto silencio sobre cómo afrontar —o incluso sobre si debe afrontarse— el Moloch de las asimetrías de poder derivadas de la renta. Confía en las virtudes de la competencia —aunque, naturalmente, de una competencia «buena» y «leal»—. También suele mostrarse taciturno en lo relativo a las relaciones con el bloque de poder transatlántico (EE. UU. + Israel). Reivindica un «Estado fuerte» en el sentido específicamente neoliberal: fuerte militarmente, fuerte en materia de seguridad, fuerte en sus gestos de orgullo nacional, pero ausente y desaparecido en el terreno social.
El soberanista social también mantiene posiciones euroescépticas, pero las extiende a las relaciones internacionales, a la OTAN y a Estados Unidos. Es crítico con el conjunto de las «libertades de circulación» —de capitales, mercancías y fuerza de trabajo—, pero prefiere una lectura social de los procesos migratorios —el «ejército industrial de reserva»— a una lectura étnica. No utiliza la palanca simbólica del conservadurismo y el tradicionalismo, sino que prefiere formulaciones que ponen el acento en lo comunitario. En materia económica, defiende decididamente la existencia de un Estado social robusto, con una importante función redistributiva, así como un papel activo del Estado en la industria. Rehuye los tonos nacionalistas.
Estos dos retratos se corresponden, a grandes rasgos y respectivamente, con los dos partidos alemanes de los que tanto se habla estos días: AfD y BSW.
Lo interesante es observar la diferencia de apoyo entre AfD y BSW y, de manera más general, entre los soberanismos neoliberales y los soberanismos sociales en Europa. En Alemania, la proporción es de casi diez a uno. Es un dato que invita a reflexionar. ¿Cómo es posible que posiciones afines, pero diferenciadas sobre todo en lo relativo a las desigualdades sociales y al cuestionamiento de los intereses del gran capital, tengan un seguimiento tan dispar?
Señalo de paso que esta dicotomía política entre soberanismos neoliberales y soberanismos sociales está presente en todos los países europeos, pero que, salvo contadas excepciones, solo los primeros han conseguido atraer la atención del gran público y cosechar cierto éxito electoral.
¿Por qué?
Creo que la razón es tan desagradable de escuchar como fácil de comprender.
Muchos se afanan en buscar las razones en este o aquel error de comunicación, en esta o aquella incongruencia, en este o aquel paso en falso. Pero si observamos, por ejemplo, las respectivas trayectorias de AfD y BSW, veremos que ha habido errores de comunicación, incongruencias y pasos en falso por ambas partes. Sin embargo, los primeros han sufrido sus consecuencias mucho menos que los segundos.
De nuevo: ¿por qué?
La respuesta, creo, es elemental.
Los soberanismos neoliberales se prestan —que lo hagan intencionadamente o no es irrelevante— a ejercer como perfectos gatekeepers: recogen el descontento y el malestar reales de la población y los convierten en programas completamente inocuos en el terreno de las relaciones reales de fuerza. No alteran ni una coma de la distribución del poder, de las desigualdades económicas ni de las relaciones de subordinación respecto de las élites internacionales. De vez en cuando, ponen cara feroz ante las cámaras frente a algún ratero de poca monta, algún islamista descerebrado o algún suceso de actualidad. Este posicionamiento resulta sumamente conveniente para quienes realmente manejan las palancas del poder, que por ello conceden abundante espacio mediático —y a menudo cuantiosos fondos— a los soberanistas neoliberales. La historia italiana de la Liga de Salvini, de los Fratelli d’Italia de Meloni y, hoy, de Vannacci responde exactamente a este esquema. Son fuerzas cuyo papel fundamental en la política italiana ha consistido, y sigue consistiendo, en encauzar las demandas de autodeterminación y soberanía popular hacia direcciones que no incomoden a quienes manejan los hilos
Los soberanismos sociales, en cambio, al no prestarse a este uso, no pueden convertirse en el «plan B» de las élites financieras —el «plan A» son los partidos liberales clásicos, desde la CDU hasta el PD—. Por ello reciben un tratamiento mediático —y financiero— muy distinto, empezando por la pura y simple ausencia de cobertura mediática y de fondos con los que construir algo.
Quisiera concluir con una breve reflexión de largo alcance.
Quien piense que este mecanismo es una invención reciente debería prestar atención a algunos grandes y ejemplares precedentes históricos.
La historia del movimiento fascista se caracteriza, como es sabido, por partir de unos planteamientos socializantes, populares y redistributivos —el Manifesto dei Fasci di Combattimento de 1919— para virar posteriormente hacia un modelo económico favorable a los grandes terratenientes y a la Confindustria. Esta «conversión en el camino de Damasco», que llevó a un pequeño partido de apenas 300 personas a gobernar el país en el plazo de tres años, se produjo gracias a un pacto fundamental que garantizaba los intereses de los grandes propietarios agrarios y de la gran industria.
La historia del movimiento nacionalsocialista se caracteriza igualmente por el giro que condujo al apoyo del gran capital alemán a cambio de la liquidación del ala «social» del NSDAP, representada por Ernst Röhm y los hermanos Strasser —la «Noche de los cuchillos largos», de 1934—.
Que aquellos gatekeepers del Ventennio acabaran demostrando ser poco fiables y, en parte, contraproducentes para la misma mano que inicialmente los había alimentado no constituye necesariamente una lección consoladora.
Fuente: Facebook.






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