Virginia Woolf, la memoria y la sororidad
La complicidad, el apoyo y la creación compartida contribuyen, de forma decisiva, a que las mujeres tomemos la palabra y miremos el mundo desde la propia conciencia.



El 19 de octubre, el lunes más cercano a la festividad de Santa Teresa de Jesús, se celebra la undécima edición del Día de las Escritoras, una iniciativa de la Biblioteca Nacional desde el año 2016, para reconocer y hacer justicia a quienes, a lo largo de la historia, tanto han luchado por tomar la palabra y la pluma, a quienes han sido ignoradas y olvidadas y a quienes siguen encontrando obstáculos, más o menos sutiles, también en el mundo de las letras. El lema de este año es “Las amigas como forma de libertad”, muy acertado, a mi juicio, porque señala que la complicidad, el apoyo y la creación compartida contribuyen, de forma decisiva, a que las mujeres tomemos la palabra y miremos el mundo desde la propia conciencia; y eso se puede plasmar en el arte y la literatura, dar color y palabras a los sentimientos y a los sueños, y hacernos sentir parte de un proyecto colectivo y transformador: el de las mujeres en lucha. La programación está dedicada al centenario del Lyceum Club Femenino, una institución creada en 1926 que defendía la participación intelectual de las mujeres y, en la que pudieron intervenir, por lo tanto, mujeres comprometidas con la igualdad, luchadoras por sus derechos, escritoras de las que cada vez sabemos más gracias a la crítica feminista, porque, tras el golpe de Estado y la Guerra Civil, quedaron relegadas a los márgenes de la historia y olvidadas; en la dictadura franquista no había lugar para ellas.
Sin duda, ha sido difícil el camino de las escritoras: bien lo saben Teresa de Ávila y Sor Juana Inés de la Cruz, que se atrevieron a disputar la hegemonía del discurso masculino en el debate doctrinal; Rosalía de Castro, que dice que para los hombres escribir es algo natural, pero para las mujeres es “una cara ilusión ardientemente acariciada”; Emilia Pardo Bazán, cuya novela Insolación fue recibida como un escándalo, porque la protagonista defiende su derecho a expresar su amor y también su sexualidad; Tillie Olsen, que califica a toda mujer que escribe como una superviviente… y, sobre todo, Virginia Woolf, que dejó escrito en su ensayo Una habitación propia la humillación, cuando le impiden entrar a la biblioteca de la universidad por su condición de mujer; la perplejidad, cuando comprueba que los temas femeninos en los libros están traspasados por la frivolidad y la misoginia y, en muchas ocasiones, su objetivo es demostrar la inferioridad intelectual, física y moral de las mujeres; la indignación ante la falta de recursos y la comprensión hacia aquellas que escribían ocultándose y disimulando, algunas, con furia contenida y otras, enfermas y locas.
La alternativa que ofrece Virginia Woolf para reparar esta injusticia es independencia económica, un espacio propio y libertad para crear, una alternativa que sigue siendo imprescindible, casi un siglo después de que la formulara la escritora británica. Como es imprescindible la memoria del Lyceum Club Femenino con María de Maeztu, Zenobia de Camprubí, Ernestina de Champourcin, Clara Campoamor, Margarita Nelken, Concha Méndez y muchas más. Y como es imprescindible la sororidad, para compartir textos e intercambiar libros, comentar una novela y recitar el último poema escrito. Con las amigas, como una forma de libertad.
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