Lula pone a Bolsonaro a la defensiva en el último debate antes de las urnas

Durante más de dos horas de cara a cara, el tono se mantuvo más constructivo. Lula contrapuso su perfil obrero al de su rival, mientras Bolsonaro incidió en su versión más moderada

Flávio Bolsonaro y Luiz Inácio Lula da Silva en el debate de este viernes.Foto: efe | Vídeo: GloboNews/Globo
María Martín

María Martín

Río de Janeiro – 24 OCT 2026 – 00:08 AST

El presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, se enfrentaron este viernes en el segundo y último debate antes de la segunda vuelta del domingo. El cara a cara, organizado por TV Globo en sus estudios de Río de Janeiro. Los dos llegaban empatados: tras la victoria de Bolsonaro en la primera vuelta del pasado 4 de octubre, las últimas encuestas les dan un 50% a cada uno. Durante las más de dos horas de debate, el tono fue más constructivo que en el primer encuentro, aunque no faltaron los golpes bajos y las ofensas. Lula, que empezó titubeante, acabó poniendo a su rival a la defensiva.

El bolsillo, el terreno de Lula que Flávio quiso disputar

El poder de compra del brasileño es una de las grandes preocupaciones de las que se habla estos días en las calles del país, y el debate se libró con el carrito de la compra de fondo. Flávio Bolsonaro insistió en este tema una y otra vez. “Hoy es 23. ¿Ya se le acabó el sueldo?”, preguntó mirando a la cámara. El senador sabe que la renta ha mejorado con Lula, pero también que buena parte de los brasileños no lo nota, o no se lo atribuye al presidente, porque los precios se dispararon tras la pandemia.

Lula intentó llevar el debate al salario mínimo y a la comparación con el gobierno de Jair Bolsonaro. Sin el Partido de los Trabajadores, dijo, el mínimo no pasaría de 900 reales (cerca de 180 dólares) y no los 1.600 actuales (322 dólares). Los datos le dan la razón, pero el argumento mira al pasado, mientras los analistas insisten en que el indeciso lo que quiere es saber qué cambia en su vida a partir de enero. “Prometiste aumentar el poder de compra y no lo conseguiste”, acusó Bolsonaro, que promete a los brasileños prosperidad, financiación barata, invertir en las favelas y dignidad con un “banco de la prosperidad”.

El resultado fue paradójico: para no parecer una amenaza al bolsillo, el candidato de la ultraderecha se comprometió con buena parte de la agenda social del PT. Se dijo a favor de la tarifa cero en el transporte, prometió subidas del salario mínimo y las pensiones por encima de la inflación, negó que vaya a recortar el gasto social y pidió perdón por haber votado contra ampliar la baja por maternidad.

Bolsonaro, con guante de seda

Bolsonaro moderó el tono, fue más cordial que en el debate anterior, pidió perdón dos veces y se presentó como defensor del programa social Bolsa Família y de las mujeres, el electorado donde más votos pierde. Entre sus notas, según O Globo, llevaba un recordatorio: “Hablarles a ellas”. En busca de los votantes más centristas, Bolsonaro describió la sanidad pública como un “orgullo nacional”, prometió gobernar para todos y hasta dedicó una réplica a los derechos de los animales. Varios columnistas coincidieron en el diagnóstico: un candidato muy entrenado, que por momentos sonó a guion de media training.

El senador cerró el encuentro agradeciendo a Dios y pidiendo a los votantes que terminaran la noche rezando un padrenuestro, un guiño al voto evangélico. El guante de seda, en cualquier caso, le duró hasta que llegó su tema favorito.

La seguridad sube la temperatura

Al final salió el Flávio Bolsonaro más reconocible. Al plantear la seguridad pública y la lucha contra el crimen, el terreno donde el bolsonarismo se siente más cómodo, el senador exaltó la mano dura. Una vez más, Bolsonaro acusó a Lula de “defender a los narcoterroristas” y repitió sus propuestas de declarar terroristas a las bandas criminales, rebajar la mayoría de edad penal a 14 años y castrar químicamente a los violadores.

Lula le atacó con la defensa que hizo el candidato de un policía acusado de matar en 2021, durante un tiroteo en Niterói, cerca de Río, a Ana Clara Gomes, una niña de cinco años. Esta vez la madre, Cristiane Gomes da Silva, estaba en el estudio, sentada junto a la primera dama, Janja, y el vicepresidente, Geraldo Alckmin. El presidente le preguntó qué le llevó a defender a ese policía. Flávio, aparentemente nervioso, confundió el nombre de la madre con el de la niña. Habló de “tragedia”, puso en duda que la bala saliera del arma del agente, que ni siquiera ha sido condenado, y se ofreció a ayudar a la madre a encontrar al verdadero asesino. Desde el público, ella le gritó “mentiroso”. En el intermedio protestó: “No tiene ninguna empatía. Es un monstruo”. Lula remató acusándolo de homenajear a milicianos (grupos parapoliciales que controlan barrios de Río) y de dar empleo a sus familiares. “O mantenemos la democracia funcionando o tendremos a un miliciano mandando en este país”, incidió el presidente en sus consideraciones finales.

El whisky de medio millón de reales

El último bloque, de tema libre, hundió el debate en el barro de la corrupción. Flávio preguntó a Lula a qué sabe un whisky de 500.000 reales (unos 100.000 dólares). Se refería a la exclusiva de la revista Veja, que reveló que la Policía Federal encontró en el celular de Daniel Vorcaro, el banquero del quebrado Banco Master, hoy en prisión, unos mensajes según los cuales encargó un Macallan de 1945 con una orden escueta: “Tengo que dárselo a Lula”. El Gobierno niega que el presidente lo recibiera y Lula contraatacó asegurando que el bolsonarismo creó al banquero que él metió en la cárcel. “El cachorro de Vorcaro eres tú, el que recibe dinero de Vorcaro eres tú, no me metas en el mismo saco”, señaló en alusión a Dark Horse, la película sobre Jair Bolsonaro que recibió 12,3 millones de dólares a través de un operador financiero del banquero. Flávio admitió en el plató que ese dinero se invirtió en la película, pero niega cualquier irregularidad.

A partir de la botella, los candidatos se enredaron en acusaciones cruzadas. Lula sacó la disputa por una isla que reclama el futbolista Richarlison y también le preguntó por un paseo en lancha en Brasilia que, según la revista Piauí, compartió con lobistas farmacéuticos y prostitutas. Flávio contraatacó con Lulinha, el hijo del presidente investigado por la Policía Federal. “Estaba demasiado bien. Vamos a terminar otra vez en el barro”, resumió en O Globo el analista Pablo Ortellado.

De fondo, planeaba el órdago con el que Lula lleva una semana desafiando a su rival: abrir sus cuentas bancarias y sus teléfonos “para que el pueblo brasileño sepa quién es el ladrón en este país”, como propuso en el primer debate. Flávio respondió ante la justicia electoral con una lista de 19 condiciones, que incluyen abrir también los datos de los hijos de Lula y de su antiguo jefe de gabinete, y calificó la propuesta de “demagogia barata”. La campaña de Lula las aceptó todas, pero a dos días de la votación, ninguno ha abierto nada.

El fantasma del padre

Jair Bolsonaro, en prisión domiciliaria, sobrevoló todo el debate. Lula comparó una y otra vez su Gobierno con el del expresidente, mientras su hijo le atribuía grandes obras de infraestructura, la mayor subida salarial de los profesores y la reducción de las obras paralizadas. Para defender la sanidad pública, Flávio Bolsonaro recordó que fue el sistema público el que le salvó la vida a su padre tras la puñalada que recibió en 2018. El candidato cerró el debate diciendo que el expresidente, condenado a 27 años por su participación en una trama golpista tras perder las elecciones de 2022, “está siendo tratado injustamente”. Una de sus promesas de campaña es indultarlo.

Más contenido, pero con golpes bajos

Este cara a cara ha sido menos bronco que el primero, pero no han faltado los golpes bajos. TV Globo prohibió que los candidatos invadieran el tiro de cámara del otro, lo que impidió a Flávio repetir la táctica de plantarse a la espalda de Lula y gesticular mientras el presidente hablaba. Ninguno de los dos llegó a pronunciar el nombre del rival: Bolsonaro saludó a “mi concurrente candidato” y Lula le dio las buenas noches sin mencionarlo.

El senador, que pareció llegar con un guion de moderado, acabó acusando a Lula de dar a los pobres “con una mano” y quitarles “con los nueve dedos”, una alusión al accidente en el que el presidente perdió un dedo cuando era metalúrgico. La bancada bolsonarista lo celebró entre risas y la petista protestó a gritos en el estudio. Lula respondió que no iba a permitir que un miliciano le llamara “nueve dedos” y le exigió una disculpa. Lula convirtió el insulto de los “nueve dedos” en una cuestión de clase y recordó su pasado, para contraponer su biografía obrera a la de su rival. Si alguien conoce el mundo del trabajo, vino a decir, es él, y no un hijo de la política que nunca ha trabajado.

El senador aludió también a la edad del presidente: le dijo que “no estaba oyendo bien”, que estaba teniendo dificultades para entender lo que decía, y llegó a burlarse de su voz ronca, secuela del cáncer de garganta que Lula superó.

El presidente, por su parte, acusó a Bolsonaro de “lamber o Trump” (lamerle las botas a Trump) para que Washington castigara a Brasil con aranceles, lo comparó con un estudiante que memoriza la lección sin entenderla y se mofó de su juventud. Lo llamó miliciano repetidas veces.

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Brasil no puede permitirse los recortes de Bolsonaro

Si el candidato de la ultraderecha gana el día 25, el desempleo aumentará, el crecimiento se desacelerará, la pobreza crecerá y la situación de la clase media empeoraráEscuchar el artículo

7 min.i

Nicolás Aznárez

Joseph E. Stiglitz Laura Carvalho

22 OCT 2026 – 23:30 AST

El 25 de octubre Brasil tendrá ante sí una clara disyuntiva, entre el candidato de ultraderecha Flávio Bolsonaro y el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, que ese día se medirán en la segunda vuelta de la elección presidencial.

La economía es un tema muy importante en cualquier elección, y aquí los dos candidatos proponen estrategias muy diferentes. Lula tiene un historial comprobado; Flávio Bolsonaro no, pero sus ideas son un calco de las de su padre, el expresidente caído en desgracia Jair Bolsonaro, que hoy cumple una condena a 27 años de prisión por un intento de golpe de Estado. Durante la campaña electoral, el hijo y su equipo también han dicho lo suficiente como para darnos una idea clara de hacia dónde iría Brasil bajo su liderazgo.

Como economistas que llevamos mucho tiempo estudiando Brasil, podemos decirlo sin medias tintas: si gana Bolsonaro, el desempleo aumentará, el crecimiento se desacelerará, la pobreza crecerá y la situación de la clase media empeorará.

Empecemos por la promesa de Bolsonaro de aplicar una reducción del gasto público equivalente al 1,5% del PIB. Aunque su equipo afirma que mantendrá el programa de transferencias en efectivo a los hogares Bolsa Família, no ha indicado dónde serían los recortes. La mayor parte del presupuesto brasileño se dedica al pago de pensiones y prestaciones vinculadas al salario mínimo, la sanidad y la educación, de modo que es imposible aplicar un recorte de tal magnitud sin afectar esas áreas.

El perjuicio no se limitaría a los pensionados y beneficiarios de prestaciones sociales. Según la estimación habitual del multiplicador fiscal, una reducción del gasto social equivalente al 1,5% del PIB puede eliminar un 2,7% del PIB en el primer año y un 3,2% en dos años, cifras suficientes para convertir una desaceleración en recesión.

Incluso con recortes mucho más pequeños, las simulaciones revelan que la disminución del crecimiento se trasladará a la recaudación tributaria, lo que llevará a un círculo vicioso de más recortes. Los primeros en sentir el impacto serían los trabajadores del sector informal, los vendedores ambulantes, los conductores de aplicaciones de traslado y los pequeños empresarios cuyas ventas dependen de que los clientes tengan dinero para gastar. Los datos históricos de Sudamérica muestran que los ajustes fiscales basados en el gasto reducen la actividad económica y agravan la desigualdad.

Los recortes ni siquiera resolverían el problema de la deuda de Brasil. Alrededor del 53% de la deuda pública está vinculado al tipo de interés oficial (Selic); y las altas tasas brasileñas son resultado de las metas de inflación, de la disfuncionalidad del mercado financiero y de la volatilidad cambiaria antes que del gasto público. El déficit primario (la diferencia entre la recaudación tributaria y el gasto excluido el pago de intereses de la deuda) se mantiene cerca de cero. Bolsonaro parece creer que de algún modo los tipos de interés mostrarán una fuerte caída sin enfrentar los factores de los que dependen. Incluso si el Selic bajara al 9% (algo que consideramos improbable si gana Bolsonaro), la deuda seguiría aumentando, aún con un superávit primario anual igual al 3% del PIB.

A estos problemas se suman los recortes de impuestos que propone Bolsonaro. En un país plagado de desigualdad extrema, donde los más ricos tributan una proporción menor de sus ingresos, esos recortes obstaculizarían el crecimiento a largo plazo y empeorarían la situación fiscal a corto plazo. Bolsonaro parece ignorar las consecuencias macroeconómicas de sus políticas, y (como el presidente argentino Javier Milei) no le interesa corregir las injusticias tributarias actuales.

El daño probable para la economía brasileña y las escasas perspectivas de que las políticas de Bolsonaro reduzcan el déficit (que incluso puede aumentar si la desaceleración que provocan es lo bastante grave) no impidieron que los mercados celebraran su victoria en la primera vuelta. El primer día de operación bursátil tras las elecciones, el Ibovespa se disparó un 7,7 % hasta un máximo histórico. Pero un repunte bursátil no es sinónimo de economía en crecimiento, y puede revertirse enseguida en caso de recesión o crisis institucional, el riesgo que más temen los inversores extranjeros.

Sin embargo, hay otro futuro posible. Hace tres años, el mercado esperaba que la economía brasileña creciera algo más del 1% anual. En cambio, el PIB creció un 3,2% en 2023 y un 3,4% en 2024. La inflación, que alcanzó un máximo del 12,1% en abril de 2022, bajó al 4,22% en agosto. El desempleo se redujo al 5,3% en 2026, y los indicadores de pobreza (incluida la pobreza extrema) se redujeron a mínimos históricos. Incluso la Bolsa muestra un buen desempeño, con un alza cercana al 70% desde enero de 2023.

Estas tendencias reflejan el éxito de las políticas económicas de Lula. El nuevo programa Bolsa Família sacó de la pobreza y la pobreza extrema a unos 6,5 millones de personas. El aumento del salario mínimo real (asociado a una mayor participación del factor trabajo en el reparto del PIB) mejoró los ingresos de los trabajadores y pensionados. Una reforma tributaria progresiva eximió a los hogares de ingresos bajos y medios del impuesto sobre la renta y elevó el tipo impositivo mínimo para el tramo superior, lo que contribuyó a reducir la concentración de los ingresos en esa franja. Aun así, el déficit primario se redujo hasta casi cero. Y la inflación habría caído todavía más si no fuera por las guerras temerarias de Rusia y la Administración de Trump.

Aún queda mucho por hacer. No será fácil, pero Brasil puede crear margen fiscal eliminando exenciones tributarias que benefician sobre todo al 10% más pudiente, poniendo coto a las enmiendas parlamentarias al presupuesto y aumentando el impuesto mínimo efectivo para los ultrarricos.

El margen fiscal obtenido se debería usar para financiar inversiones estratégicas en transporte público, vivienda e infraestructuras para el cuidado de personas; esas inversiones disminuirán el costo de vida al abaratar el traslado al trabajo y reducir los gastos en cuidado infantil; al mismo tiempo, la bajada de tipos de interés reducirá los costos de financiación para las familias y los empresarios.

En los últimos cuatro años, Brasil ha demostrado que el crecimiento y la equidad pueden ir de la mano. La elección que tienen ante sí los votantes el 25 de octubre es entre seguir profundizando ese progreso o revertirlo.

Joseph E. Stiglitz es premio Nobel de Economía, antiguo economista jefe del Banco Mundial, expresidente del Consejo de Asesores Económicos de la presidencia de Estados Unidos, profesor distinguido de la Universidad de Columbia y autor de The Road to Freedom: Economics and the Good Society (W.W. Norton & Company, Allen Lane, 2024). Laura Carvalho es directora de Prosperidad Económica y Climática en Open Society Foundations, profesora asociada de Economía en la Universidad de São Paulo e investigadora en el Instituto Brasileño de Economía de la Fundación Getulio Vargas.

© Project Syndicate, 2026.www.project-syndicate.org

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