De ‘Las uvas de la ira’ a ‘La noche del cazador’: las películas que capturaron el horror de la Gran Depresión
Un estallido de hambre, injusticia, miseria y dolor que el cine retrató en algunas obras maestras y que, tristemente, seguimos reconociendo hoy.


24/10/2026 19:35
La falsa conciencia de clase, proletarios que no se reconocían como tal y que sufrieron profundamente la codicia del capitalismo entusiasta de los años 20, fue uno de los puntos en los que más insistió el Nobel John Steinbeck, uno de los autores más honestos, comprometidos y respetados de la literatura estadounidense, y uno de los intelectuales que más se esforzó por denunciar la pobreza, la injusticia y los pesares de la clase trabajadora, considerado merecidamente el cronista y la voz de la Gran Depresión. Este 24 de octubre, hace casi un siglo (97 años), se produjo el Jueves Negro que provocó del desplome de la bolsa de Nueva York, el crack del 29, que desató una tenebrosa ola de hambre, migración, miseria y dolor.
Las uvas de la ira, que le valió en 1940 el Premio Pulitzer y que es, sin duda, uno de los retratos más destacados de ese oscuro momento, cayó en las mejores manos, las del maestro John Ford, que llevó esta historia al cine en una película imponente, obra maestra que retrató como ninguna la injusticia y el sufrimiento ocasionados por la depresión que arrasó EEUU.

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“Quiero colocar la etiqueta de la vergüenza a los codiciosos cabrones que han causado esto”, dijo el escritor a la revista Green Left. La película de Ford, que defendió por encima de la penuria la dignidad, la solidaridad y la resiliencia de los desheredados, narraba el viaje de la familia Joad, despojada de sus tierras en Oklahoma, hacia California, la tierra prometida.
“Los ricos vienen y mueren, y sus hijos no son buenos y se extinguen. Pero nosotros seguimos llegando. Somos las personas que viven. No pueden aniquilarnos; no pueden vencernos. Nos quedaremos para siempre, papá, porque nosotros somos el pueblo”, decía Ma Joad (Jane Darwell, Oscar por ese trabajo), en uno de los momentos de esta impresionante e insuperable película.
“Nada que esperar del futuro”
“Los tipos como nosotros que trabajamos en ranchos somos los más solitarios del mundo. No tenemos familia y no pertenecemos a ningún lugar. No tenemos nada que esperar del futuro”, decía George Milton a Lennie Small en la adaptación que firmó Gary Sinise en 1992 de De ratones y hombres, otro de los títulos clave de Steinbeck sobre la Gran Depresión. La película, que se estrenó en Cannes y estaba protagonizada por John Malkovich y el propio Sinise, respetaba todas y cada una de las intenciones del escritor, especialmente, la de subrayar la humanidad y bondad de tantos vagabundos de aquellos años.

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Preston Sturges, por su parte, metió el dedo en la llaga con Los viajes de Sullivan (1941), al preguntarse por el papel que estaba teniendo el arte, y especialmente Hollywood, en un país asolado por la miseria en los años 30. En tono de comedia y con Joel McCrea y Veronia Lake en los papeles principales, la película contaba el recorrido, disfrazado de vagabundo, de John l. Sullivan, un director de cine que quería rodar una película sobre el sufrimiento de EEUU.

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“Verá, señor, los ricos y los teóricos, que suelen ser ricos, conciben la pobreza de forma negativa, como la falta de riquezas, del mismo modo que una enfermedad se define como la falta de salud. Pero no es así, señor. La pobreza no es la falta de nada, sino una plaga positiva, virulenta en sí misma, contagiosa como el cólera, con la suciedad, la delincuencia, el vicio y la desesperación como solo algunos de sus síntomas. Hay que mantenerse alejado de ella, incluso para estudiarla. Hay que evitarla”, explicaba sagazmente a Sullivan su mayordomo.
Robert Mitchum, el niño vagabundo
William Wellman se paseó por la historia de EEUU desde la I Guerra Mundial a la Gran depresión en Gloria y hambre (1933); Sydney Pollack mostró la profunda desesperación de los ciudadanos de esa época en Danzad, danzad malditos (1969); Sally Field ganó el Oscar a la mejor actriz y Robert Benton, el de mejor guion, por En un lugar del corazón (1984), dirigida también por Benton, en la que relataba las penalidades de una viuda en Texas en los años 30; Tatum O’Neal también ganó la estatuilla de Hollywood por su trabajo en Luna de papel (Peter Bogdanovich, 1973), en la que compartió protagonismo con su padre, Ryan O’Neal, y en la que, en los años de la Gran Depresión un timador de poca monta se hace cargo de una joven que podría o no ser su hija. El tipo, Moisés, para salir de la ruina intenta vender biblias a las viudas.

Un terrorífico Harry Powell (Robert Mitchum) no quería vender nada a las viudas; quería casarse con una para llevarse el botín de su antiguo marido, ejecutado tras un atraco con muertes. La noche del cazador (Charles Laughton, 1955) se desarrollaba en los años de la Gran Depresión y dibujaba toda la oscuridad y el horror de esos años, un tiempo que el propio Mitchum vivió como niño vagabundo, viajando por el país en vagones de mercancía, fumando tanta marihuana –”en aquella época era el whisky de los pobres”- como encontraba en los campos americanos, realizando trabajos ocasionales para ganarse la vida… hasta que recaló en los puertos, donde se entregó a las ideas izquierdistas de los estibadores. En ese tiempo conoció, por supuesto, a las víctimas de la Gran Depresión, la miseria, el hambre y la lucha.
“Mitchum se sentía feliz como miembro de ese mundo de marginados”, recordaba Lee Server en la extraordinaria biografía que escribió del actor, ¡Olvídame, cariño!. “Le gustaba decir que esa era su gente, los desarraigados (…) Allí donde iba, Robert veía ejemplos terribles de lo que la locura y la desesperación podían hacer con el ser humano”.
Sobre la firma
Begoña Piña
Redactora-crítica de cine.
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