Estudian la vegetación de la Antártida y detectan las zonas críticas para salvarla ante el cambio climático

Un nuevo estudio internacional ha registrado hasta 92 zonas que es necesario proteger para salvar la frágil flora antártica de la amenaza del cambio climático, la huella humana y las especies invasoras.

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“Amplias zonas de esta vegetación quedan fuera de la red de espacios protegidos”, dicen los expertos.
Sarah Romero

Sarah Romero

Colaboradora de National Geographic España

Un nuevo estudio internacional ha registrado hasta 92 zonas que es necesario proteger para salvar la frágil flora antártica de la amenaza del cambio climático, la huella humana y las especies invasoras. Aunque la estampa habitual de la Antártida es de color níveo, quizá con colonias de pingüinos y focas de Weddell acompañados de enormes glaciares, la realidad es que en este desierto helado, la flora también existe.

Este mundo verde antártico es minúsculo pero biológicamente extraordinario, que tapiza apenas el 0,00031 % del continente. Son unos 44 kilómetros cuadrados de vegetación que, según los expertos, se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad: solo el 21,4 % de esta cubierta vegetal está a salvo dentro de áreas protegidas.

Así lo ha advertido un estudio liderado por la investigadora Charlotte Walshaw de la Universidad de Edimburgo y publicado en la revista Biological Conservation. La investigación cuenta con la participación de instituciones como el CREAF (Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales) en España, el British Antarctic Survey (BAS) y el programa australiano SAEF.

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En todo el continente, solo existen dos especies de plantas con flor capaces de soportar el clima polar: el clavel antártico (Colobanthus quitensis) y la gramínea conocida como pasto antártico (Deschampsia antarctica). El resto está compuesto por alrededor de 150 especies de briófitos (musgos y hepáticas) y cerca de 400 especies de líquenes, todos ellos adaptados al frío extremo que supone este escenario.

Pero estos organismos son los ingenieros de un ecosistema en miniatura. Juegan un papel fundamental en la regulación de los ciclos del carbono y del agua, y proporcionan el único alimento y refugio disponible para los escasos insectos y microorganismos terrestres que podemos encontrar en el gélido continente.

Como explica la investigadora Mariana García Criado, del Trinity College de Dublín y asociada al CREAF, los musgos antárticos poseen un superpoder biológico muy importante: “Equilibran su contenido de agua con el ambiente a su alrededor. Esto les permite deshidratarse cuando no hay agua y volver a reactivarse cuando las condiciones son favorables”. Esta capacidad de entrar en animación suspendida los convierte en auténticos laboratorios al aire libre para estudiar las consecuencias del cambio climático.

El mapa de la vulnerabilidad: 92 zonas críticas en la Antártida

El problema es que “nuestros resultados muestran que, en la actualidad, amplias zonas de esta vegetación quedan fuera de la red de espacios protegidos existente”, explica Walshaw.

Hasta ahora, la protección de la Antártida bajo el sistema de Zonas Antárticas Especialmente Protegidas (ZAEP) ha sido geográficamente desigual. Regiones enteras del continente tienen menos del 10 % de su flora resguardada. Con datos satelitales de altísima resolución y cruzando esta información con la de la cubierta vegetal con modelos de biodiversidad, aparece una lista de 92 localizaciones prioritarias que, de protegerse, asegurarían la supervivencia de comunidades vegetales únicas.

Entre los enclaves más destacados se encuentran la península de Fildes (en el noroeste de la península Antártica), el valle de Taylor (en la Tierra de Victoria) y las colinas de Vestfold (en la Antártida Oriental). Para seleccionar estos santuarios, los científicos no solo buscaron la abundancia verde, sino lo irremplazables que eran esas especies y, sobre todo, el nivel de amenaza al que están expuestas.

Las grandes amenazas: cambio climático y especies invasoras

Ningún lugar de la Tierra está a salvo de la mano del hombre. Este tampoco. La presencia de infraestructuras humanas, como las bases de investigación científica y el creciente turismo polar, ejercen una presión silenciosa pero importante sobre estos frágiles ecosistemas.

Antártida
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Menos del 22 % de la vegetación de la Antártida está protegida.

Uno de los peligros más inminentes es la introducción de especies exóticas. La poa anual o pastito de invierno, una hierba invasora común en climas templados, ya ha logrado establecerse en algunas zonas de la Antártida, compitiendo de forma nada sutil por los escasos nutrientes y el espacio vital con la flora nativa.

A esto se suma el fenómeno del “reverdecimiento antártico“. Impulsada por el calentamiento global, la cubierta vegetal en la península Antártica se ha multiplicado casi por catorce en las últimas décadas, pasando de 0,86 kilómetros cuadrados en 1986 a casi 12 kilómetros cuadrados en 2021.

Que la Antártida esté o sea más verde no es ninguna buena noticia, ya que este crecimiento acelerado altera el equilibrio ecológico milenario del continente, facilitando precisamente el asentamiento de especies invasoras que viajan en las botas de los visitantes. La propuesta de estas 92 zonas ya ha sido presentada ante el Comité para la Protección del Medio Ambiente del Tratado Antártico, el organismo internacional que dicta las normas en el continente helado.

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