Lo que se juega Estados Unidos
El próximo 3 de noviembre Estados Unidos no elegirá a su presidente, pero sí decidirá cuánto poder podrá seguir ejerciendo Donald Trump durante los dos años que le quedan en la Casa Blanca



Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
29/10/2026 21:30
El próximo 3 de noviembre Estados Unidos no elegirá a su presidente, pero sí decidirá cuánto poder podrá seguir ejerciendo Donald Trump durante los dos años que le quedan en la Casa Blanca. Las elecciones de medio mandato llegan en un momento especialmente delicado para una presidencia que prometió devolver la prosperidad económica, terminar con las guerras y restaurar la grandeza estadounidense. Dos años después, la realidad es bastante menos triunfal. La popularidad presidencial se encuentra en mínimos, la guerra contra Irán ha trasladado sus costes a los bolsillos de los ciudadanos y el conflicto en Ucrania continúa sin solución. Pero lo que está en juego va más allá del desgaste de un presidente. Se trata de determinar si el sistema político estadounidense conserva capacidad para establecer límites institucionales a un proyecto que ha hecho de la concentración del poder una de sus principales señas de identidad.
Las elecciones de medio mandato suelen funcionar como un referéndum sobre la gestión presidencial. Habitualmente, el partido que ocupa la Casa Blanca sufre un castigo electoral. Sin embargo, esta convocatoria tiene una dimensión diferente. Trump ha utilizado su segundo mandato para ampliar los márgenes de actuación del Ejecutivo, tensionar las relaciones entre poderes y convertir la confrontación con sus adversarios políticos y las instituciones en un mecanismo habitual de gobierno. En ese sentido, el control republicano de ambas cámaras del Congreso ha facilitado esa estrategia. Por eso, una victoria demócrata no supondría simplemente una modificación de las mayorías parlamentarias, sino que abriría la posibilidad de recuperar algunos contrapesos institucionales y limitar, aunque solo fuera parcialmente, la capacidad de actuación presidencial.
Las encuestas apuntan precisamente en esa dirección. El último sondeo de Reuters/Ipsos sitúa la aprobación de Trump en apenas el 32%, muy lejos del 47% con el que comenzó su segundo mandato. Entre los votantes registrados, los demócratas aventajan a los republicanos por once puntos. Los promedios nacionales confirman una ventaja demócrata sostenida, situada alrededor de ocho o nueve puntos. Son cifras que dibujan un escenario favorable para la oposición, aunque no permiten anticipar automáticamente el reparto de escaños.
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La principal batalla se libra en la Cámara de Representantes, donde se renuevan los 435 escaños. Las proyecciones sitúan a los demócratas como favoritos para recuperar su control. De producirse, Trump tendría que enfrentarse a una Cámara con capacidad para bloquear parte de su agenda legislativa, investigar las actuaciones de su Administración y fiscalizar las decisiones del Ejecutivo. El Senado, tradicionalmente más difícil de conquistar para los demócratas, se ha convertido también en un escenario de disputa. En este momento los republicanos parten de una mayoría de 53 frente a 47, pero en esta ocasión los republicanos no solo tienen que defender escaños en estados competitivos como Maine, sino que afrontan dificultades inesperadas en territorios tradicionalmente conservadores como Texas, Alaska, Kansas, Iowa o Carolina del Sur. En este último, las encuestas apuntan incluso a un empate, pese a que Trump ganó el estado por dieciséis puntos en 2024. La importancia de esta evolución no reside únicamente en la posibilidad de una mayoría demócrata en el Senado, sino en que el desgaste presidencial está penetrando en territorios que parecían inmunes al rechazo a Trump. De este modo, el Partido Republicano se ve obligado a destinar recursos a defender posiciones que daba por consolidadas, mientras los demócratas encuentran oportunidades electorales que hace apenas unos meses parecían impensables. Si finalmente el Senado permaneciera en manos republicanas, iríamos hacia un Congreso dividido que limitaría a Trump, pero no necesariamente impediría que continuara transformando las instituciones estadounidenses.
Pero ¿qué es lo que explica el deterioro electoral del trumpismo? En buena medida, el incumplimiento de sus propias promesas. Trump regresó al poder asegurando que reduciría los precios, protegería los empleos estadounidenses y terminaría con los conflictos internacionales. La realidad ha cuestionado los tres pilares de ese discurso. La política arancelaria ha incrementado la incertidumbre económica y las consecuencias de la guerra contra Irán han agravado las presiones inflacionistas, especialmente a través del encarecimiento de la energía. Según Reuters/Ipsos, el 73% de los estadounidenses considera que el coste de la vida evoluciona en la dirección equivocada. La economía, de nuevo, vuelve a ocupar el centro de la competición electoral, pero esta vez no beneficia al presidente.
En este sentido, la guerra contra Irán constituye probablemente la contradicción más evidente del segundo mandato. El dirigente que construyó parte de su atractivo político sobre el rechazo a las intervenciones militares interminables ha terminado involucrando a Estados Unidos en un conflicto cuyos costes económicos y políticos siguen acumulándose. El aumento de los precios energéticos y la inestabilidad en Oriente Próximo han convertido una decisión de política exterior en un problema doméstico. La promesa de una política internacional orientada exclusivamente a los intereses estadounidenses choca con una realidad en la que son los propios ciudadanos quienes soportan parte de las consecuencias de las decisiones militares de Washington.
Algo parecido ocurre con Ucrania, aunque sus efectos electorales sean menos inmediatos. Trump aseguró que podría poner fin rápidamente a la guerra mediante la negociación directa con Putin. Sin embargo, el conflicto continúa y las presiones estadounidenses sobre Kiev no han conseguido producir un acuerdo de paz. Al mismo tiempo, la relación con los aliados europeos se ha deteriorado y la credibilidad internacional de Washington se ha erosionado. El presidente que prometía restaurar el liderazgo y reconfigurar la hegemonía estadounidense se enfrenta a crecientes dificultades para transformar su capacidad de presión en resultados políticos. La fuerza militar y económica sigue estando ahí, pero su utilización unilateral no se traduce necesariamente en mayor influencia internacional.
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Las elecciones plantean también una cuestión fundamental para el Partido Demócrata. Su posible victoria parece descansar más sobre la movilización contra Trump que sobre la consolidación de un proyecto político alternativo. El rechazo al presidente puede ser suficiente para recuperar la Cámara de Representantes, pero difícilmente resolverá los problemas de representación que han permitido el crecimiento del trumpismo. La inseguridad económica, las desigualdades territoriales, la pérdida de expectativas de amplios sectores sociales y la desconfianza hacia las élites políticas siguen presentes. Los demócratas tienen la oportunidad de frenar la agenda presidencial, pero también el desafío de demostrar que representan algo más que la oposición al actual ocupante de la Casa Blanca.
Hay, además, una dimensión que trasciende Washington. Estas elecciones servirán para medir la capacidad de resistencia electoral de un proyecto político que forma parte de una corriente reaccionaria más amplia, presente también en Europa y América Latina, especialmente tras la victoria de Lula en Brasil. El trumpismo ha sido una referencia para fuerzas que cuestionan el pluralismo, deslegitiman a sus adversarios y presentan los contrapesos institucionales como obstáculos a la voluntad popular. Una derrota republicana enviaría una señal relevante sobre los límites electorales de estas estrategias, pero sería precipitado interpretarla como el comienzo de su desaparición. Las condiciones sociales y políticas que alimentan estos movimientos no desaparecen con una derrota en las urnas.
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Tampoco puede descartarse que un resultado adverso intensifique la confrontación política. Trump ha demostrado su disposición a cuestionar las reglas del juego cuando estas no favorecen sus intereses. La posibilidad de un Congreso hostil podría traducirse en una mayor utilización de los poderes ejecutivos y una escalada de los enfrentamientos institucionales, por tanto, una victoria demócrata podría limitar al presidente, pero también abrir una etapa de bloqueo político.
Por eso, el verdadero alcance del 3 de noviembre no puede reducirse a contar cuántos escaños gana o pierde cada partido. Lo que se decidirá es si la segunda mitad del mandato de Trump transcurre con un Congreso subordinado a su proyecto o con una oposición capaz de ejercer un control efectivo. Las elecciones no acabarán con el trumpismo, incluso si los republicanos sufren una derrota importante, pero sí podría ser el comienzo de una nueva etapa en la que Trump tenga que gobernar con límites que hasta ahora apenas ha encontrado. Y, de este modo, testar la capacidad de resiliencia de la propia democracia estadounidense.
Sobre la firma
Ruth Ferrero-Turrión
Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
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Las elecciones en EEUU se convierten en un plebiscito no solo para Trump sino también sobre Silicon Valley
El rechazo a los centros de datos sitúa a los magnates tecnológicos en el centro del descontento electoral, mientras la corrupción se convierte en la principal preocupación de los estadounidenses.

Washington-29/10/2026 21:30
El coste de vida se ha convertido prácticamente en leitmotiv de las elecciones de medio mandato que se celebran el próximo 3 de noviembre en Estados Unidos. Muchos estadounidenses ven cómo pierden poder adquisitivo mientras las grandes fortunas de Silicon Valley pretenden imponer sus intereses a base de talonario. La cantidad exorbitante que algunos de los magnates tecnológicos han vertido en estas midterms es algo difícil de ignorar para la mayoría de los hogares, que cada vez llenan el carro de la compra con más dificultades.
En estos dos últimos años, las grandes tecnológicas han penetrado en la Administración de Donald Trump para lograr que se legisle en su favor: desde una menor regulación para el desarrollo de la inteligencia artificial hasta tener más facilidades para la construcción de centros de datos a pesar del impacto ambiental y económico que tienen en las comunidades donde aterrizan.
Este estrechamiento de lazos con la Casa Blanca no es algo de lo que precisamente se escondan los gigantes tecnológicos. Para el recuerdo queda la fotografía de la investidura de Trump en el Capitolio con la presencia en primera línea de Elon Musk (X, Tesla), Mark Zuckerberg (Meta), Jeff Bezos (Amazon), Sundar Pichai (Google, Alphabet), Tim Cook (Apple) y Shou Zi Chew (TikTok).
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Cuando se tomó esa foto, la percepción sobre la inteligencia artificial aún era relativamente positiva entre la mayoría de los estadounidenses. Pero esto ha cambiado drásticamente tras las revelaciones de exempleados de dichas compañías, que han advertido de que, si no se ponen límites a la IA, podría representar un peligro real para toda la humanidad. Una encuesta reciente del Pew Research Center muestra que la mitad de los estadounidenses ven con más preocupación que con ilusión el incremento del uso de la IA en su vida cotidiana.
Otra encuesta realizada por el Annenberg Public Policy Center muestra que solo un 17% de los estadounidenses creen que la IA tendrá un impacto positivo en el país en la próxima década, mientras que el 42% espera que sea negativo. Y lo más importante: una mayoría bipartidista cree que el actual Gobierno ha hecho muy poco para intentar regular la IA. Por no mencionar el rechazo transversal que hay a los centros de datos: siete de cada diez estadounidenses se oponen a que se construyan estas instalaciones en sus áreas, según un sondeo de Gallup.
Por si esto no fuera suficiente, el propietario de X, Elon Musk, se ha encargado de reaparecer en la arena política en las últimas semanas con una cantidad ingente de dinero. En total, aliado de Trump ha inyectado unos 446 millones de dólares en distintas contiendas en todo el país con el objetivo de remontar las opciones del partido republicano.
A ello se suman las super-PACs favorables a la IA que se han estrenado en estas legislativas para impulsar candidatos para que promuevan una regulación laxa, como Leading the Future, que ha donado unos 75 millones de dólares. El grupo se ha financiado principalmente a través de figuras destacadas como Greg Brockman, presidente de OpenAI, que junto con su esposa, Anna Brockman, aportó 25 millones de dólares.
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En Texas, bastión republicano por excelencia, la construcción de numerosos centros de datos ha despertado el rechazo y la indignación entre votantes de Trump. De hecho, el candidato demócrata al Senado, James Talarico, ha usado esta cuestión y su rivalidad con Musk para impulsar su candidatura en la recta final.
A diferencia de su rival, el republicano Ken Paxton, que ha construido su carrera gracias a las donaciones de super-PAC conservadoras y de Musk, Talarico ha financiado buena parte de su campaña con pequeñas donaciones de ciudadanos. Incluso ha llegado a rechazar ofertas de estos grandes grupos de donantes. El caso es similar a la estrategia del demócrata Abdul El-Sayed, que ahora compite por un escaño al Senado en Míchigan. Durante el proceso de primarias del partido, El-Sayed se dedicó a denunciar la cantidad de dinero histórica que el lobby proisraelí AIPAC vertió en la contienda para frenarle.
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Al señalar en favor de quién se mueve el dinero de las grandes fortunas, los candidatos apelan a esa preocupación que cada vez es más nítida para los estadounidenses: cómo la corrupción ha penetrado en su sistema de gobierno. Una encuesta reciente de la CNBC señala que la corrupción en la Administración se ha convertido en la principal preocupación entre los votantes estas elecciones (un 36%), superando el encarecimiento de la comida y la gasolina (un 34%).
Dentro de ese imaginario de corruptelas que se ha creado en torno a la figura de Trump, las grandes tecnológicas ocupan un lugar especial. La misma desconfianza que muchos estadounidenses sienten ante la industria de la IA también se ha extrapolado a sus líderes, con encuestas que señalan que muchos ven a los grandes nombres, como Musk, Sam Altman (director ejecutivo de OpenAI) y Dario Amodei (director ejecutivo de Anthropic), como figuras poco fiables y antipáticas.
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