El aplastante triunfo demócrata sacude los cimientos del trumpismo y abre la batalla por la Casa Blanca
La ola azul no solo pone límites al poder de Trump sino que también posibilita una renovación generacional e ideológica de toda la política estadounidense. El Partido Republicano se coloca ante una crisis existencial similar a la de los demócratas hace dos años: redefinir su identidad.


- El Partido Demócrata tendrá que asegurarse ahora de que la ciudadanía percibe que hay algún tipo de cambio, es decir, corregir el error de un Biden que aplicó políticas con un impacto positivo en la vida de muchos estadounidenses pero no supo trasladarlo a la opinión pública.
Washington DC-04/11/2026 21:30
Un voto de castigo que también es un voto de confianza. El tsunami azul que ha arrasado en las elecciones de medio mandato en Estados Unidos no solo ha sido un cataclismo electoral para Donald Trump y los suyos. También ha sido una catarsis política para el país que supone la antesala del fin de una década marcada por la figura histriónica que en 2016 dio un vuelco a la manera de hacer política como se conocía hasta entonces. Tanto dentro como fuera del país.
El control del Congreso por parte de los demócratas marcará los dos últimos años del presidente estadounidense en el poder, pero también será el escenario donde se reconfiguren ambos partidos. En 2024, los demócratas constataron el agotamiento de su fórmula política con la derrota de Kamala Harris ante Trump: apelar a la defensa de la democracia no es suficiente cuando esta no se traduce en unas mejoras materiales para el ciudadano. También era el fin de un ciclo de figuras de primera línea vinculadas aún a la administración de Barack Obama: ya fuera con Hillary Clinton en 2016 o Joe Biden en 2020.
En un lapso mucho menor de tiempo, algo similar ha pasado en este ciclo electoral. La derrota de Trump constata el agotamiento de su capital político, el cual creía inagotable, y sitúa al Partido Republicano ante una crisis existencial similar a la de los demócratas hace dos años: redefinir su identidad después de Trump. Algo que ya hace tiempo que los grandes tótems del movimiento MAGA estaban planteando ante el envejecimiento del líder, que este año ya cumplió 80 años. El año pasado, en plena cisma por los papeles de Epstein, la influencer de extrema derecha Laura Loomer ya señalaba cómo “el trumpismo no sobrevivirá a Trump”.
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Una renovación en ambos partidos
Ahora, el Partido Republicano se ve obligado a encontrar nuevos relevos mientras los sucesores lógicos empiezan a marcar distancias con Trump. El vicepresidente JD Vance ya ha publicado un largo tuit en X donde ha remarcado cómo “la razón” por la que perdieron “fue la guerra” de Irán. Mientras tanto, en el podio de la victoria demócrata, la gran mayoría de nombres que este enero van a estrenarse en el Congreso son rostros nuevos. Outsiders jóvenes que ya no están vinculados a una cúpula demócrata ante la cual las bases del partido ya se rebelaron durante el ciclo de primarias.
La cúpula del Partido Demócrata ya se prepara para el pulso con el ala más a izquierda. Más allá de ejercer un contrapoder efectivo a Trump, el otro gran reto será precisamente este: evitar caer en luchas intestinas que desgasten la formación
La victoria de candidatos de los Socialistas Democráticos de América (DSA), como Melat Kiros en Colorado o Darializa Avila en Nueva York, se ve aún más reforzada con el triunfo de Abdul El-Sayed. El progresista, que rechaza la etiqueta de socialista, ha demostrado que una campaña de izquierdas sí puede ser competitiva en estados bisagra como Michigan. Tal como planteaba la congresista Alexandria Ocasio-Cortez (AOC), si un musulmán hijo de inmigrantes egipcios y outsider de la política puede ganar en Michigan, cualquiera puede hacerlo en cualquier lugar. Una reflexión que también aplica a la misma AOC, que, gracias a este resultado, ve cómo su candidatura a las presidenciales de 2028 parece un poco más factible.
La cúpula del Partido Demócrata ya se prepara para el pulso con esta ala más a la izquierda. Más allá de ejercer un contrapoder efectivo a Trump, el otro gran reto será precisamente este: evitar caer en luchas intestinas que desgasten la formación.
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Mayoría frente al poder de veto
A falta de confirmar si Misisipi también girará y qué pasará con Alaska, los demócratas ya tienen 54 escaños en el Senado (el mínimo para la mayoría era 51) y en la Cámara de Representantes tienen 229, 11 más del mínimo necesario para llegar a la mayoría. Aunque tener el control del legislativo no se traduce automáticamente en que puedan gobernar por encima de Trump, quien en reiteradas ocasiones ya ha mostrado su predisposición a desacatar las decisiones parlamentarias. El último episodio fue el acuerdo para obtener diésel ruso a pesar de que un mes antes el Senado había aprobado el mayor paquete de sanciones para Rusia.
En esta tarea para actuar como freno de Trump, los demócratas tendrán que asegurarse de que la ciudadanía sienta que hay algún tipo de cambio. Básicamente, supone corregir el error de la administración Biden, que aplicó políticas con un impacto positivo en la vida de muchos estadounidenses, pero que nunca supo trasladarlas de manera que las sintieran.
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Los demócratas pueden ahora aprobar leyes a la vez que impedir que el magnate siga avanzando en sus políticas Por ejemplo, la renovación del recorte de impuestos para las grandes fortunas que Trump aprobó en 2025
Uno de los grandes problemas que pueden encontrarse los demócratas es que Trump ejerza su derecho a veto, tal como ya insinuó durante la noche electoral al poco de iniciarse la ola azul. Aunque en las últimas horas, el presidente estadounidense ha suavizado sus palabras hasta reconocer la victoria de los demócratas y decir que intentará gobernar con ellos en el Congreso. Ahora solo hay que ver si eso ocurre.
Con el control del legislativo, los demócratas pueden aprobar leyes, a la vez que también pueden impedir que el magnate siga avanzando en nuevas normas. Por ejemplo, la renovación del recorte de impuestos para las grandes fortunas de Trump que se aprobó en 2025 a costa de recortar subsidios médicos ahora no podría avanzar. Será interesante ver si los demócratas avanzan algún tipo de proyecto de ley para reparar esos recortes en las ayudas para ir al médico, especialmente después de una campaña donde el derecho al acceso a la sanidad ha sido uno de los grandes reclamos.
Más allá de entorpecer la agenda del republicano, también pueden desgastar aún más su figura iniciando investigaciones. El principal demócrata del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, Robert García, ha situado la corrupción de Trump y su familia como su principal prioridad. Muy probablemente, los demócratas iniciarán pesquisas en torno a cómo el republicano se ha beneficiado de la información privilegiada que le da el cargo y cómo también ha extendido este enriquecimiento a su entorno más cercano.
¿El retorno de Epstein?
El congresista Jamie Raskin ha pedido información sobre los negocios del yerno de Trump, Jared Kushner, y de su hijo Donald Trump Jr. Otro congresista, Jason Crow, que forma parte de los comités de Servicios Armados y de Inteligencia, asegura que también abrirá una investigación sobre posibles desvíos de fondos destinados a defensa y que habrían acabado en empresas vinculadas a la familia Trump.
En el aire queda si habrá ‘impeachment’ o no. Se necesitan dos tercios del Senado, unos 67 votos, para realizar un juicio político. Con 54 escaños, este es un horizonte muy difícil para los demócratas, que necesitarían conseguir el apoyo de 13 senadores republicanos.
Lo que puede reaparecer en escena también es el caso de los papeles de Epstein. A pesar de que al final se consiguió forzar al Departamento de Justicia a que aceptara publicar millones de documentos relacionados con las investigaciones sobre el pederasta Jeffrey Epstein, muchos de los papeles nunca llegaron a ver la luz. De entrada, solo publicó unos 3,5 millones de páginas de los 6 millones que tenía en su poder y justificó que el resto eran duplicados. Además, ha habido malestar entre congresistas de los dos partidos por las numerosas supresiones de contenido en algunos documentos y por la divulgación aparentemente accidental de los nombres de víctimas en otros.
En el aire queda si habrá ‘impeachment’ o no. Se necesitan dos tercios del Senado, unos 67 votos, para realizar un juicio político. Con 54 escaños, este es un horizonte muy difícil para los demócratas, que necesitarían conseguir el apoyo de 13 senadores republicanos. Por no mencionar que Trump en su primer mandato ya sobrevivió a dos ‘impeachments’.
Los siete ‘socialistas’ que se sentarán en el Congreso agitan la izquierda estadounidense y desafían al ‘establishment’ demócrata
Marginal hace apenas una década, DSA contará con cinco nuevos escaños —revalida otros dos—en la nueva Cámara de Representantes y se consolida como foco de presión a la izquierda del Partido Demócrata. Queda por ver si podrá romper su techo electoral y condicionar la carrera electoral de 2028.

Madrid-04/11/2026 21:30
La mayúscula derrota que las urnas infligieron este martes a Donald Trump fue también la victoria de los Socialistas Democráticos de América (DSA), la corriente progresista en auge dentro del Partido Demócrata. La organización ha colocado a siete candidatos en la Cámara reivindicando un Estado del bienestar que en Estados Unidos sigue siendo una aspiración y criticando la política exterior de Washington, en particular la ayuda militar a Israel. Su irrupción agita el debate interno de un partido que, pese al triunfo, aún no ha definido estrategia ni candidatos para recuperar la Casa Blanca en 2028.
Figuras como Alexandria Ocasio-Cortez, el veterano senador Bernie Sanders o, más recientemente, el mediático alcalde neoyorquino Zohran Mamdani han dado voz y rostro a los sectores que empujan al Partido Demócrata hacia la izquierda. Trump los tacha de comunistas, pero se parecen más a la socialdemocracia o el socioliberalismo europeo. En el país del capitalismo sin red, sus tesis suenan a revolución. Los resultados dejan dos preguntas sobre la mesa: ¿son la izquierda radical que dibuja Trump? ¿Pueden ser competitivos en 2028?
Los cinco electos son Darializa Avila Chevalier y Claire Valdez en Nueva York, Melat Kiros en Colorado, Donavan McKinney en Míchigan y Chris Rabb en Pensilvania. Sumados a Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib, los dos únicos miembros de la organización en la cámara saliente, el bloque socialista pasará de dos a siete representantes.
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Socialismo sin partido
DSA no es un partido político. Es una organización de afiliados, con secciones locales muy autónomas, que respalda a candidatos que concurren bajo las siglas demócratas. El sistema político estadounidense, de distritos uninominales donde gana quien obtiene más votos, cualquier tercera fuerza está condenada a la irrelevancia o a dividir el voto de su campo. Las primarias —en las que son los votantes, y no la dirección, quienes eligen a los candidatos— convierten además las siglas demócratas en una etiqueta disputable desde dentro, algo impensable en los partidos europeos. Fundar un partido propio es un debate recurrente, pero la práctica de la última década ha sido otra: ocupar la casa ajena.
DSA se declara anticapitalista, pero su programa en vigor, Workers Deserve More (Los trabajadores merecen más), aterriza en el bolsillo. Propone sanidad pública universal sin copagos —el célebre Medicare for All—, control universal de los alquileres y vivienda social, universidad pública gratuita, semana laboral de 32 horas sin rebaja salarial, sindicatos más fuertes e impuestos sobre las grandes fortunas. Es un catálogo más cercano a la socialdemocracia europea que a la extrema izquierda con la que la identifica buena parte de la prensa estadounidense. Lo que en Madrid o en Berlín sería un programa de centroizquierda funciona en Estados Unidos como una enmienda a la totalidad. A ello se suman posiciones más polarizantes para la sociedad estadounidense como la abolición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el fin de la ayuda militar a Israel y la renuncia a donaciones de empresas y de grupos de presión proisraelíes.
DSA nació en 1982 bajo el liderazgo de Michael Harrington, que la concibió como “el ala izquierda de lo posible”: aliarse con los sindicatos para empujar al Partido Demócrata desde dentro. En 2015 todavía rondaba los 6.000 afiliados. La campaña de Sanders en 2016, la primera victoria de Trump y la elección de Ocasio-Cortez lo cambiaron todo, y Mamdani terminó de disparar las cifras: de unos 50.700 afiliados en octubre de 2024 a más del doble hoy.
Guerra en las primarias
No obstante, la batalla decisiva no fue la de la noche del martes. Se libró entre junio y agosto, cuando DSA convirtió su crecimiento en votos dentro del Partido Demócrata. Los nuevos liderazgos “socialistas” desbancaron en primarias a varios candidatos del establisment. La pugna es también generacional. Estados Unidos tiende a la gerontocracia: Joe Biden abandonó la carrera de 2024 a los 81 años, cercado por las dudas sobre su capacidad, y el líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, tiene 75. En ese contexto, el rechazo a los cargos de edad avanzada trasciende la ideología y explica parte de estos triunfos.
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El caso más significativo es Míchigan. Abdul El-Sayed ganó allí la candidatura al Senado por unos 15.000 votos frente a la congresista Haley Stevens, pese a un gasto en su contra de más de 60 millones de dólares, en su mayoría de grupos proisraelíes encabezados por el AIPAC. El martes derrotó al republicano Mike Rogers y se convertirá en el primer senador musulmán del país. El-Sayed no es miembro de DSA ni obtuvo su respaldo formal —se define, de hecho, como “capitalista”—, pero hizo campaña con la sanidad universal y el fin de la ayuda militar a Israel como banderas. Síntoma de que la agenda de DSA arrastra ya a las filas demócratas más allá de sus siglas.
El éxito socialista se apoya en la misma materia que ha hundido a los republicanos: el bolsillo. Vivienda, salarios, sanidad y cuidado infantil han vertebrado las campañas, desde la de Mamdani en Nueva York hasta la de Janeese Lewis George. Esta concejala y militante de DSA ganó en junio con holgura las primarias para la alcaldía de Washington DC, con el apoyo de la mayoría de los sindicatos locales y un discurso centrado en la asequibilidad y en plantar cara a Trump.
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¿El techo territorial?
La principal limitación es geográfica. Un estudio de agosto de la Brookings Institution identificó 282 candidatos respaldados por alguna sección de DSA; solo 29 tenían el aval nacional. El matiz importa: el respaldo local no equivale a militancia, y algunos ni siquiera comparten el ideario socialista. Ciento once se presentaban en California o Nueva York; feudos demócratas. De los 64 que aspiraban al Congreso, apenas 19 habían ganado sus primarias a mediados de agosto, y solo diez lo habían logrado en distritos con menos de diez puntos de ventaja demócrata. En las circunscripciones genuinamente disputadas, DSA presentó cinco aspirantes y solo uno ganó la nominación.
Los datos apuntan a un techo, al menos por ahora: sus triunfos se nutren sobre todo de votantes jóvenes, blancos y con estudios universitarios, no del electorado obrero que la retórica socialista reivindica. Ese electorado votó a Trump por 56 a 42 en 2024 y, aunque se ha distanciado de él, sigue confiando más en los republicanos para gestionar la economía.
Los siete escaños conquistados el martes confirman el patrón: todos pertenecen a distritos donde la candidatura demócrata equivale, en la práctica, al cargo. En los distritos disputados, las primarias demócratas eligieron a moderados. El contrapunto es Florida. Allí Angie Nixon, afiliada a DSA aunque sin el respaldo formal de la organización nacional, perdió por un margen estrecho frente a la senadora republicana Ashley Moody, en un estado que Trump ganó con holgura en 2024. Es la principal señal de que el discurso socialista puede competir en terreno hostil, y llegó en forma de derrota.
Además, paradójicamente, la arrolladora victoria demócrata los ha hecho menos determinantes. La mayoría absoluta está en 218 escaños y NBC proyecta 258 para los demócratas: aunque los siete socialistas votaran en bloque contra su propio partido, a este le sobrarían más de treinta votos. Su influencia será agenda y presión interna, no aritmética parlamentaria.
Hay señales de institucionalización —una alcaldía en la mayor ciudad del país, otra probable en Washington y un bloque en el Congreso que más que triplica al anterior—, pero no de un giro socialista general. Ni su creciente peso mediático ni su destreza en redes parecen bastar para asaltar la candidatura presidencial. Los nombres que suenan para 2028 —Gavin Newsom, Pete Buttigieg, Kamala Harris o Josh Shapiro— salen del centro del partido. La representante neoyorkina Alexandra Ocasio-Cortez, la “socialista” mejor situada en los sondeos, tira del voto joven pero aún no ha aclarado si optará a la Casa Blanca.
En apenas una década, DSA ha pasado de unos 6.000 afiliados a superar los 100.000, de los márgenes de la política a la alcaldía de Nueva York y de dos congresistas a siete. Ese crecimiento, sin embargo, descansa sobre un terreno muy concreto: distritos urbanos, jóvenes y sólidamente demócratas, donde ganar las primarias equivale a ganar el escaño. La incógnita es si el movimiento podrá expandirse hacia electorados más amplios, o si, al menos, se consolidará como una corriente capaz de condicionar la agenda del Partido Demócrata sin llegar a dirigirlo. Las primarias presidenciales de 2028 serán el primer campo de pruebas.
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Las izquierdas en España ven en la derrota de Trump la prueba de que la ola ultraderechista no es imparable
- La derrota de Trump se suma a las de Bolsonaro y Netanyahu. Las tres conforman un camino que las izquierdas quieren prolongar en España ganando en las urnas a Feijóo y Abascal.
- Los líderes de PP y Vox mantienen perfil bajo. Abascal quiere evitar que le salpiquen los fracasos ajenos y Feijóo se niega ahora a hacer “política partidista” con la política internacional pese a que, en el pasado, ha utilizado a figuras como Nicolás Maduro como arma arrojadiza contra Sánchez.

Madrid-04/11/2026 21:30-Actualizado a04/11/2026 21:32
La derrota de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de medio mandato ha cimentado el relato progresista internacional. Primero, Lula da Silva se impuso a Flávio Bolsonaro en Brasil. Después, Benjamín Netanyahu vio cómo su mayoría en la Knéset se desvanecía. Son tres baldosas de un camino cuyo siguiente tramo quieren dibujar los partidos progresistas españoles. Tanto el PSOE como el Frente Amplio o Podemos creen que el fracaso trumpista —unido a las cuestiones brasileña e israelí— apuntala una serie de marcos de la campaña electoral que favorecen a las izquierdas. Una fuente del equipo de campaña del Frente Amplio lo resume así: “Demuestra que la ola ultraderechista no es, como decían algunos, un sentir de época, sino que mas bien se trata de una anomalía de época“.
Con los resultados de la madrugada de este 4 de noviembre, Trump ha perdido el control del Congreso de los Estados Unidos. Ya no tiene mayoría ni en la Cámara de Representantes ni en el Senado. “Cuando la extrema derecha llega al poder, la gente ve que sus promesas no tienen nada que ver con sus políticas, que benefician a las grandes fortunas“, argumenta, en conversación con Público, Lina Gálvez, eurodiputada socialista y miembro de la Delegación del Parlamento Europeo para las Relaciones con los Estados Unidos. Esta mañana de miércoles, que ha sido doblemente resacosa por la derrota de Trump y la dimisión de Óscar Puente, Pedro Sánchez celebró los resultados del Partido Demócrata e incrustó el caso español en la secuencia de victorias progresistas.
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“Ocurrió en Brasil. Acaba de ocurrir en EEUU. Y ocurrirá pronto en España. La ola ultra a la que pretenden subirse Feijóo y Abascal ya no crece: se desmorona”, dijo el presidente del Gobierno. Es un tono prácticamente idéntico al que ha desplegado Ada Colau, candidata estatal del Frente Amplio: “Brasil, Serbia, EEUU… la ciudadanía puede vencer a la extrema derecha y a sus aliados tecnooligarcas. El 29N hay que derrotar a Feijóo y Abascal para seguir ampliando derechos en España”. La catalana introduce en la ecuación a Serbia, donde una candidatura que partió del movimiento estudiantil cosechó, también este octubre, una victoria histórica al imponerse a Aleksandar Vučić en un ejercicio de empoderamiento ciudadano llevado a la política institucional.
Además de como una demostración de que el avance ultraderechista no es algo así como un castigo divino que no se puede evitar, la caída del máximo estandarte ultraderechista a nivel mundial evidencia otra cosa, tal y como explica Gálvez: “Se puede plantar cara, con organización, a las barbaridades de dinero que se han dedicado a crear un sentido común en la sociedad que dice que unos y otros no somos iguales en derechos y dignidad”. “Hay gente que se ha podido sentir seducida en algún momento”, completa, “pero luego ve que la ultraderecha y la derecha que pacta con ella no funcionan“.
La fuente del Frente Amplio citada antes añade algo. “Todo esto puede tener un efecto importante en campaña que es la moral de victoria“. “Este tipo de triunfos”, continua, “construyen confianza en las propias posibilidades; muchas veces, las elecciones se ganan porque se cree que se pueden ganar”. El ministro de Consumo y portavoz de la campaña del Frente Amplio, Pablo Bustinduy, lo ha resumido así: “El 29N les toca a Abascal y Feijóo. En el mundo entero la gente trabajadora se está dando cuenta de lo que implican las victorias de las derechas“.
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También en Podemos hacen una lectura ambiciosa de las noticias que llegan desde más allá del charco. “Hay motivos para la esperanza“, ha dicho Ione Belarra, secretaria general del partido, en declaraciones ante los medios. “La lectura que tenemos que sacar es que cuando se hacen propuestas radicales, que van a la raíz de los problemas para cambiar este sistema que está podrido y que pone el negocio por delante de la vida de las personas, la gente responde y la gente se moviliza“. La candidata morada a las elecciones, Irene Montero, en un mensaje en X, ha celebrado que la ciudadanía de EEUU haya dicho “basta” a Trump, pero a la vez ha insistido en que, para “acabar con guerras y genocidio, con la desigualdad, el machismo, el racismo y los privilegios del 1%”, es necesario “forzar los cambios” más allá del voto.
En conversación desde Bruselas, Lina Gálvez hace un último apunte. “El Partido Demócrata ha sabido apostar por perfiles más izquierdistas muy distanciados de los postulados de los republicanos”. Además, añade, “ha llevado a cabo un gran esfuerzo en campañas electorales puerta a puerta, con manuales para impedir un nuevo triunfo del trumpismo o con grupos de difusión de Whatsapp”. Existe, fuera de toda duda, un juego de espejos con el caso español, donde el PSOE y los partidos a su izquierda también han apostado en esta campaña por una constelación de canales distintos a los habituales por los que hacer llegar los mensajes a su potencial electorado. Los grupos de difusión de Whatsapp son un ejemplo claro.
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PP y Vox pasan de Míchigan
Estados Unidos es la primera economía del mundo y uno de los países más influyentes. Sin embargo, la derrota de Trump no ha merecido extensas valoraciones por parte de los líderes de PP y Vox. Santiago Abascal, aliado del magnate norteamericano a escala internacional, resolvió las preguntas de los periodistas, en un mitin desde Ciudad Real (Castilla-La Mancha), por la vía rápida. “Estoy en Ciudad Real, España, y no en Míchigan; no soy un comentarista de otras elecciones”.
El líder de la ultraderecha española no quiere oír hablar del fracaso de Trump y prácticamente tampoco de Trump. Lejos queda aquella foto de ambos, con el pulgar levantado, en la Conferencia de Acción Política Conservadora que organizó el estadounidense en 2024 en Maryland. Abascal no quiere que le salpiquen fracasos ajenos ni quedar contaminado por su decadencia. Una prueba es Trump; otra fue Javier Milei, con quien no se reunió en la visita del argentino a España.
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Pero tampoco Alberto Núñez Feijóo se ha explayado. En su entrevista en el programa Espejo Público de Antena3, ha dicho que él solo defiende los intereses españoles y ha asegurado que no va a hacer “política partidista con la política exterior ni mucho menos política de interés personal”. Pero no siempre es así. Por ejemplo, en enero de 2025, en un acto que protagonizó el gallego en Oviedo, lanzó la siguiente idea a su militancia, en referencia a Pedro Sánchez: “Pasará a la historia como el último puntal de [Nicolás] Maduro. Allá él, nosotros con la libertad y la democracia, en cualquier lugar y tesitura, cueste lo que cueste”. A veces, las convicciones solo dependen del contexto.
Sobre la firma
Samuel Martínez
Redactor parlamentario.
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Tres estados blindan el derecho al aborto en las ‘midterms’ cuatro años después de su derogación por el Supremo a nivel federal
La victoria demócrata en las elecciones coincide con el respaldo a los derechos reproductivos en Missouri, Virginia y Nevada. En Idaho, por contra, los votantes rechazaron una propuesta para ampliar esos derechos.

Madrid-04/11/2026 21:30
Cuatro años después de que el Tribunal Supremo pusiera fin a casi medio siglo de protección constitucional del derecho al aborto en Estados Unidos, la ciudadanía de Missouri, Virginia y Nevada ha votado a favor de ampliar las garantías legales para interrumpir voluntariamente un embarazo. Los resultados constituyen, como poco, una afrenta a la ofensiva ultraconservadora contra los derechos sexuales y reproductivos producida en los últimos años a nivel global.
Las votaciones se han celebrado en una jornada electoral que ha devuelto a los demócratas el control de la Cámara de Representantes y del Senado, debilitando la posición del presidente Donald Trump. Las elecciones han servido para medir el respaldo a las políticas que han marcado la agenda del republicano, entre ellas, las restricciones al aborto.
“La realidad es que las mujeres y las familias han estado sufriendo bajo las prohibiciones del aborto. Cada día escuchamos historias de personas que enferman o se ven obligadas a seguir con su embarazo solo para dar a luz a bebés nacidos muertos”, expresaba en septiembre Daria Neal, del Center for Reproductive Rights. “Son la prueba de que el aborto es una atención sanitaria esencial y que salva vidas, y los votantes lo saben. Las estadounidenses merecen tener control sobre sus propios cuerpos y vidas en lugar de ser socavados por los políticos. Nuestras voces importan”, argumentaba.
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En Estados Unidos no existe una legislación federal sobre la interrupción voluntaria del embarazo. La protección de este derecho la consolidó una sentencia del Tribunal Supremo en 1973, la afamada Roe vs. Wade, pero fue anulada en 2022. Aquella decisión no era una prohibición, pero sí eliminó las garantías que impedían a los estados restringirlo de forma generalizada. Desde entonces, el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo ha quedado sometido a legislaciones muy diferentes.
La Federación Internacional de Planificación Familiar estimó en su momento que la decisión del Supremo afectaría a unas 40 millones de mujeres y niñas en edad reproductiva. La organización calculaba que la mortalidad de las mujeres podría incrementarse un 14%.
La derogación de un derecho constitucional
El caso Roe vs. Wade se originó a partir de la impugnación de la legislación de Texas, que prohibía el aborto salvo cuando fuera necesario para salvar la vida de la mujer embarazada. La sentencia reconoció que la idea de libertad, tal y como estaba concebida en la Constitución estadounidense, comprendía la decisión de interrumpir un embarazo, aunque admitía que los estados acotaran las condiciones a las que se debía ajustar conforme avanzaba la gestación.
En 1992, otra sentencia, Planned Parenthood vs. Casey, reafirmó la protección constitucional del aborto, aunque bajo una formulación más laxa y, por consiguiente, con mayores posibilidades de emprender medidas restrictivas por parte de los estados. Desde entonces las diferentes legislaciones estatales han ido buscando equilibrios, siempre respetando estos principios. Equilibrios que terminaron por romperse en junio de 2022, cuando el Supremo anuló expresamente el blindaje de este derecho.
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La decisión la adoptó una mayoría conservadora de seis magistrados frente a tres. Tres de los jueces que votaron a favor de acabar con aquel precedente habían sido nombrados por Trump durante su primer mandato. Fue la nueva composición del tribunal la que permitió culminar una aspiración histórica del movimiento antiderechos estadounidense, que llevaba décadas intentando revertir aquella jurisprudencia.
Missouri rechaza volver a prohibir el aborto
Entre las votaciones celebradas este martes, la de Missouri es especialmente importante por sus antecedentes. En noviembre de 2024, sus habitantes aprobaron una enmienda constitucional que reconocía el derecho a la libertad reproductiva y dejaba sin efecto la prohibición casi total del aborto hasta entonces vigente en el estado. Fue la primera ocasión en la que una iniciativa ciudadana consiguió revertir mediante las urnas una prohibición que se había materializado después de la derogación de Roe contra Wade.
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Aquella victoria, sin embargo, no puso fin a la reacción antiderechos. La mayoría republicana del Parlamento estatal promovió una nueva reforma constitucional destinada a deshacer buena parte de las garantías aprobadas dos años antes. La propuesta sometida ahora a referéndum habría permitido restringir de nuevo la mayoría de las interrupciones voluntarias del embarazo, a excepción de determinadas situaciones de emergencias médicas, algunas anomalías fetales y casos de violación o incesto. Eso sí, durante las primeras 12 semanas.
El electorado ha vuelto a pronunciarse en sentido contrario y ha rechazado la reforma. Es una decisión llamativa y que da cuenta de grado de contestación social, considerando que Missouri es un estado con una tradición republicana bastante arraigada.
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En Virginia, la ciudadanía ha aprobado una enmienda que incorpora a la Constitución estatal el derecho fundamental a la libertad reproductiva. La reforma protege la posibilidad de interrumpir un embarazo durante los dos primeros trimestres y contempla también supuestos para etapas posteriores de la gestación. También reconoce garantías relacionadas con el acceso a los anticonceptivos y a los tratamientos de fertilidad.
Nevada ha seguido un camino semejante. Allí, los votantes han respaldado por segunda vez una enmienda destinada a reconocer el derecho fundamental al aborto hasta la viabilidad fetal, es decir, hasta el momento en el que el feto puede sobrevivir fuera del útero. La propuesta ya había obtenido el apoyo ciudadano suficiente en 2024, pero allí las normas de reforma constitucional del estado exigen su ratificación en dos elecciones generales consecutivas. Ahora ya ha culminado el proceso.
No ha ocurrido así en Idaho, un estado donde han vuelto a ganar los republicanos, en el que los votantes han rechazado una propuesta que pretendía ampliar derechos. Se continuarán limitando, por tanto, las interrupciones del embarazo a circunstancias excepcionales, como el peligro para la vida de la gestante o algunos supuestos de violación e incesto.
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La defensa del derecho al aborto se ha abierto paso incluso en las campañas de algunas candidatas demócratas que, además, resulta que han conseguido imponerse en algunos estados donde operan legislaciones especialmente restrictivas. Es el caso de Gina Hinojosa, elegida gobernadora de Texas, y Annie Andrews, que ha obtenido un escaño en el Senado por Carolina del Sur, tal y como recogía este miércoles Newtral. Hinojosa declaró que cuando fuera gobernadora “las mujeres no tendrán que arriesgar sus vidas solo por empezar una familia”.
Por su parte, Andrews, pediatra de profesión, ha defendido “como médica y madre” recuperar la “libertad reproductiva”. “He visto lo que sucede cuando los políticos interfieren en decisiones médicas profundamente personales, y es devastador. Los republicanos aplaudieron a los políticos de Carolina del Sur que ahora impulsan una de las prohibiciones más extremas del país, una que pondría en peligro la vida de las mujeres y criminalizaría a los médicos“, defiende en su web personal, donde también expresa que luchará para “restablecer las protecciones de Roe vs. Wade, garantizar el acceso a la anticoncepción y a la atención de la infertilidad, y ampliar los servicios de salud materna, especialmente en las comunidades rurales”. “Ninguna mujer debería tener que abandonar su estado ni arriesgar su vida para recibir atención médica“, concluye.
Sobre la firma
María Martínez Collado
Redactora de Igualdad, Violencias Machistas, Resistencias y Salud Sexual
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04/11/2026 21:30
La contundente victoria del Partido Demócrata en las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos aventura un mayor protagonismo del Congreso ante la política exterior del presidente Donald Trump, sobre todo a la hora de frenar más episodios bélicos internacionales gracias al control presupuestario. Queda por ver si el renovado dominio demócrata en la Cámara de Representantes y el Senado estadounidenses influirá de alguna forma en la estrategia de Trump ante los dos mayores retos a la seguridad global, las guerras de Irán y Ucrania, y sus erráticos intentos para concluirlas, así como en la relación con China o su avidez sobre Cuba.
Por lógica, la lección de esta derrota electoral debería impulsar a Trump a acelerar sendos armisticios en las guerras de Irán y Ucrania para que no contribuyan al derrumbe total republicano ante las elecciones presidenciales de 2028. También es indispensable un acuerdo a gran escala con China, el rival económico y ahora tecnológico de EEUU, que sí podría complicarle las cosas a Washington. La inminente cumbre trilateral entre EEUU, China y Rusia en el marco de la reunión de la APEC el 18 y 19 de noviembre reflejará sin duda la repercusión de las elecciones parciales estadounidenses.
Con la mirada en los comicios de dentro de dos años, en los que la debacle causada por las caóticas políticas de Trump podría derivar en una catástrofe electoral para los republicanos, la Casa Blanca se enfrenta a la tarea de intentar dar la vuelta al descontento de los ciudadanos estadounidenses, que han dado la espalda a esta Administración y que han hecho de sus rivales demócratas los jueces de los futuros pasos del presidente de EEUU.
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La guerra de Irán y su influencia en el fracaso republicano
Una desafección en parte causada por las derivaciones económicas de la guerra de Irán, donde Washington se ha empantanado y provocado una crisis energética global sin parangón con efectos devastadores en los propios EEUU, especialmente en los precios del combustible y la desaforada inflación. Irán se ha colado en las elecciones estadounidenses en el bolsillo del contribuyente. Al día siguiente de la victoria demócrata, Teherán abundó en esa dirección: los estadounidenses han dicho “no a la guerra”.
Ciertamente, el voto de sus conciudadanos ha desafiado al jefe de la Casa Blanca y a su agresiva política exterior. Como reconoció este miércoles su vicepresidente, JD Vance: “La razón por la que perdimos es la guerra” de Irán. “Cualquier conversación honesta sobre el rumbo que debemos tomar a partir de ahora tiene que empezar por ahí”, agregó. Horas después, el propio Trump admitía que el conflicto de Irán influyó en los resultados, por “un ligero aumento en el precio de la gasolina”, apuntó. No obstante, continuó defendiendo su decisión de atacar a ese país e insistió en que “si tuviera que volver a hacerlo, lo haría de nuevo“.
Una medida algo más complicada en estos momentos, con la posible salida del poder del hasta ahora primer ministro de Israel y aliado incondicional de Trump en este conflicto, Benjamín Netanyahu. La derrota de Trump el martes y la incapacidad del líder del Likud para aglutinar una mayoría parlamentaria que le permita seguir en el Gobierno tras las elecciones israelíes del 27 de octubre hacen que el paso que ambos querían dar tras sus respectivos desafíos electorales, esto es, reanudar a gran escala la guerra contra Irán, pueda convertirse, si no en una imposibilidad, al menos sí en un movimiento muy arriesgado.
Aunque siga empecinado en no reconocer su error, a Trump le interesa en estos momentos cerrar la contienda a la que le arrastró Netanyahu el 28 de febrero pasado y restablecer el equilibrio en el suministro de crudo y gas desbaratado con el cierre por Teherán del estrecho de Ormuz, por donde pasaba el 20% del petróleo mundial. En cualquier caso, los pasos del inquilino de la Casa Blanca son impredecibles y todo podría suceder, animado o empujado por Netanyahu en sus últimos estertores en el poder.
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Ambos dirigentes tienen la capacidad para retomar con más intensidad la guerra contra Irán. Pero si esto ocurre, la crisis en Oriente Medio se expandirá geográficamente, se agravará en la esfera económica y se emponzoñará en el tiempo, acercándose a los comicios presidenciales estadounidenses. Los resultados electorales de este 3 de noviembre podrían repetirse a mayor escala dentro de dos años.
El embrollo ucraniano
La otra gran guerra vigente de impacto geopolítico global, la de Ucrania, es otro de los desafíos del Trump postelectoral. La contienda ya avanza en su quinto año, con Europa implicada en el apoyo a Kiev mediante las armas compradas a EEUU. Casi cinco años de destrucción a pesar de las reiteradas promesas de Trump para ponerle fin desde que llegó al poder en enero de 2025. Esta contienda se anticipó al desastre energético provocado por la guerra de Irán, al boicotear el suministro de petróleo y gas procedente de Rusia y sancionado por Occidente.
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Los demócratas, durante la Administración del predecesor de Trump, el presidente Joe Biden, subrayaron la necesidad de contener en Ucrania a Rusia y facilitar su desgaste militar y económico. La guerra de Ucrania les dio esa oportunidad, sosteniendo el suministro armamentístico del país invadido y permitiendo a EEUU seguir liderando la seguridad en Europa al demonizar a Rusia como el mayor enemigo de Occidente al que solo el poderío estadounidense podía frenar.
La llegada de Trump al poder en enero de 2025 trastocó la posición estratégica de EEUU en Europa. El negocio se antepuso de forma abierta la geopolítica y el presidente ruso, Vladímir Putin, dejó de ser una amenaza superlativa para convertirse en uno más de los dirigentes a quienes Trump intentó seducir para impulsar los intereses económicos de EEUU. Mejor dicho, los intereses de la oligarquía tecnológica, energética y armamentística liderada por el presidente estadounidense.
Apuntan en esta dirección el reciente acuerdo entre Trump y Putin para permitir la compra de diesel ruso a fin de aliviar los problemas de abastecimiento de combustible en EEUU derivados de la guerra de Irán y la retirada de sanciones para que el petróleo ruso pueda ser exportado sin trabas con el objetivo de reequilibrar la demanda global de hidrocarburos.
A Trump le tiene sin cuidado que Ucrania pierda una quinta parte de su territorio si se llega a un acuerdo de paz con Rusia, como tampoco le importa mucho si los países europeos se dejan llevar por la actual histeria antirrusa y siguen considerando a Moscú una amenaza inminente sobre el territorio OTAN. Alarmismo que anida de mano de la propaganda de Bruselas en el corazón de los países europeos con el objetivo espurio de disparar el armamentismo europeo. A Trump solo le atañe que EEUU gaste menos en la OTAN y que sean los países europeos quienes se ocupen de sufragar la defensa del viejo continente.
China y su papel crucial en el resto de mandato de Trump
Sí es clave para el presidente estadounidense la dirección que pueden tomar las relaciones entre EEUU y China. Con la tecnología de la Inteligencia Artificial en auge como motor económico de los próximos años es indispensable algún tipo de acuerdo con Pekín, cuyas inversiones e interés en este ámbito están empeñados en ganar una carrera que en estos momentos encabeza EEUU.
Trump es consciente de que el futuro no se juega ni en Ucrania ni siquiera en el Golfo Pérsico, sino en la cuenca de Asia-Pacífico, donde el único que puede chistarle a los EEUU económica y militarmente es China. Pero no sólo. Las relaciones con China contienen oportunidades inigualables para EEUU y si se quieren aprovechar hay que pactar y potenciar una diplomacia muy fina en la que no valen los puñetazos en la mesa, como ya se intentó en 2025 con la guerra de aranceles, que si bien tuvo éxito en Europa y con otros “socios” de Washington, con Pekín fue un fracaso total.
Con China, por ejemplo, caben importantes conciertos en el ámbito de la explotación, comercialización e industrialización de las llamadas “tierras raras”, esos minerales críticos para la tecnología de última generación. Y ahí China encabeza el ranking mundial. También es posible llegar a razonables consensos en el sector agrícola, en la compra de carbón estadounidense, así como en bienes de consumo no sensibles producidos en China.
Y hay una cuestión candente entre los dos países: Taiwán. Con Trump en el Gobierno no ha subido la tensión sobre esta isla desgajada de China y cuya recuperación demanda Pekín, pese a que EEUU se ha comprometido a defenderla. El problema está ahí y el dominio de los demócratas en el Congreso podría cambiar las tornas. Con Biden en el poder, la Casa Blanca proyectó una política de férrea disuasión ante China. Si Trump decide acercarse mucho a Pekín y ceder en la estrategia de amenaza por Taiwán, los demócratas podrían poner el grito en el cielo y en el Congreso.
¿Una huida hacia delante?
Trump tiene delante dos años muy complicados tras el golpe de timón que el pueblo estadounidense ha dado en las urnas. El control legislativo demócrata puede hacer pender sobre el líder republicano la espada de Damocles del impeachment, para revocar sus poderes, o de la justicia, con la mirilla puesta en sus negocios particulares y de sus familiares. Pero también hay muchos hándicaps en su política exterior. Aunque los demócratas tendrán menos capacidad de reacción en este ámbito que en la política interior, la presión aumentará para impedir nuevos aventurerismos geopolíticos y militares, y recuperar la muy deteriorada imagen exterior de EEUU.
En Administraciones anteriores, cuando un presidente sufría un varapalo en los comicios de medio término, en los dos años restantes de mandato solía intentar arreglar los platos rotos, siquiera con fines electorales. Eso hizo el demócrata Bill Clinton, cuando intentó infructuosamente que israelíes y palestinos alcanzaran un acuerdo o con su sorpresiva visita a Corea del Norte en 2009. También su correligionario Barack Obama, tras ser derrotado en las midterms de 2014, alcanzó un acuerdo con Irán sobre su programa nuclear o avanzó muchísimo en la normalización con Cuba. Acuerdos éstos de Obama que Trump se encargó de torpedear en su primer mandato (2017-2021).
En cambio, el republicano George Bush aprovechó sus últimos dos años en el poder, tras ser pateado en los comicios de medio término, para intervenir en Somalia en 1992 y dejar empantanado este país. En 2007, su hijo George W. Bush hizo algo similar en Irak, para intentar recomponer el caos causado por la invasión de 2003 y después de que los votantes le dijeran claramente que ese país ya no era asunto de los estadounidenses.
Ni quienes utilizaron la vía diplomática ni quienes intentaron arreglar las cosas por la vía militar obtuvieron ventajas o éxitos evidentes. Pero la tentación está ahí y el mismo Trump podría verse llevado por esos vientos de vanagloria para enfilar a su país hacia alguna aventura hegemonista más. Eso sí, de poco le servirá la opción norcoreana y menos aún la palestino-israelí, tras su apoyo al genocidio desatado en Gaza por su amigo Netanyahu.
Cuba, el último cartucho
Un cambio de régimen en Cuba, para desviar la atención del fracaso en Irán, podría aparecer en este sentido como el objetivo más sencillo y de menor coste. También es el que más riesgo político entraña, dada la numerosa población cubano-estadounidense que habita, sobre todo, en Florida y de la que es un eminente representante el actual secretario de Estado, Marco Rubio. Un político, por cierto, que podría perfilarse para liderar a los republicanos en 2028 y a quien semejante paso de Trump en Cuba podría alzar o hundir de forma irremediable, sobretodo si se produjera una oleada de refugiados en EEUU procedentes del país caribeño o si la resistencia castrista a una invasión rebasara los cálculos militares de la CIA.
Con este panorama de fin de mandato, quizá fuera más sencillo y provechoso llegar a un pomposo (pero poco sustancioso) pacto nuclear de superpotencias con los chinos y los rusos, o quizá recolonizar Groenlandia, animado por la vergonzosa sumisión europea que ha puesto este territorio, de facto en manos de Washington.
Sobre la firma
Juan Antonio Sanz
Analista especializado en temas internacionales.
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