Michael Pedersen, escritor: “Hay una enorme belleza en aquello que nos negamos a nosotros mismos”

El autor y poeta escocés publica en España ‘La isla final’, una novela en la que personajes rarísimos y encantadores juegan a enamorarse en una isla remota bajo la mirada del fantasma de Robert Louis Stevenson

Michael Pedersen, escritor y poeta escocés y autor de ‘La isla final’, publicada en España por Editorial Mapa.Shaun Murawski
Guillermo Alonso

Guillermo Alonso

Madrid – 04 NOV 2026 – 00:30 AST

Hay un tipo de lectura socorrida para cuando llega el invierno y empieza a anochecer pronto, una en la que el lector encuentra un calor inexplicable, como si hubiese algo parecido a un sistema calefactor que se oculta en el entrelineado de las páginas. La isla final, de Michael Pedersen (Edimburgo, 42 años), recientemente publicada en España por Editorial Mapa, es un ejemplo paradigmático de este tipo de historias: nos dan calor aunque se desarrollen en parajes fríos (en este caso la fascinante isla o casi islote Muckle Flugga, que Pedersen, según explica, siempre teme que se pueda confundir con motherfucker al ser pronunciada con su acento escocés) y pese a que sus personajes, reservados, impenetrables y a menudo crípticos, sean todo lo contrario a la idea de protagonista amable y cómico que uno podría considerar apto para un alivio de ficción en invierno.

En La isla final hay un protagonista con pulsiones suicidas, Firth, que se da una última oportunidad yendo a pasar una temporada a una isla que está, literalmente, en el fin del mundo, o al menos en el fin del mundo que conocemos. Allí hace amistad (y amistad es aquí una palabra interminable y laxa) con el hijo del farero, un adolescente más listo que el hambre que además teje, pesca, cocina y rema, y se enfrenta al farero, un viudo alcohólico que grita en público y llora a solas, como manda la estirpe de hombres a la que pertenece. Por la novela, que ha sido elogiada por Ocean Vuong, Irvine Welsh, Shirley Manson y la exprimera ministra escocesa Nicola Sturgeon, desfilan también todo tipo de animales increíbles (de focas a un avestruz que nadie sabe muy bien qué hace allí), parajes salvajes descritos con la belleza distante o desterrada que se espera de un protagonista que es, en el fondo, un señorito de Edimburgo (“La arena misma es una espléndida capa de mermelada”) y el fantasma de Robert Louis Stevenson, que acompaña al hijo del farero como confesor y cuya presencia cobra todo el sentido porque Stevenson viene de fareros y sus tíos construyeron, de hecho, el faro de Muckle Flugga, gran protagonista silencioso de la novela.

Me sorprendió su presentación en Madrid, recitando de memoria páginas de la novela y explicando la trama con el entusiasmo y la presencia escénica de un showman. ¿Arrastramos una idea preconcebida del escritor como una figura solitaria y proclive al pánico escénico? El escritor del libro ya ha cumplido su condena como ser solitario: esos meses interminables escondido entre borradores y correcciones, absorbido por la página, sin salir de casa, hablando únicamente con los personajes hasta que estos empiezan a cantar con autenticidad. Una vez el libro está impreso y circula por el mundo, toma el relevo otra persona: el intérprete exuberante, que espera ofrecer al público algo distinto de lo que experimentará leyendo la obra en la intimidad. Algo así como un espectáculo en vivo nacido de la experiencia de lectura. En mi caso, eso implica memorizar grandes pasajes del texto y crear una versión oral de la historia, cercana al spoken word. Con cada libro me divido en dos. Primero me convierto en el ermitaño que recorre el sendero solitario de la escritura, después en el actor vivaz que presenta su encarnación sobre el escenario. Adoro cada una de esas facetas de este oficio. Ambas forman parte de quien soy y, al final, todos los caminos conducen de nuevo a la historia.

Michael Pedersen, autor de ‘La isla final’, posa junto a un faro, como debe ser.Shaun Murawski

Los personajes de La isla final son creaciones puramente literarias. Su forma de hablar y de relacionarse solo podrían existir en un libro. Me pregunto si tenía esta idea antes de escribir la novela o la isla le llevó a la fuerza hasta ella. En una isla que se dice situada en el fin del mundo, que según el folclore nació de la lucha entre dos gigantes enemigos y donde los fantasmas vagan con total libertad, los personajes tienen que ser lo bastante extravagantes como para que todo eso parezca posible. La tierra que habitan es a la vez animada e hiperreal, tecnicolor y de otro mundo, así que sus temperamentos y maneras de ser debían estar a la altura de ese entorno. Me apasionan el realismo mágico y la fantasía caprichosa, pero también los dramas sociales ásperos y los viajes poéticos de paso lento. Los personajes son, en cierto modo, la suma de todas esas inquietudes. Dicho esto, las corrientes de dolor, deseo, alegría y esperanza que los atraviesan son, para mí, tan reales como las mías. Es posible ser esa versión fantástica de nosotros mismos que vive en los dominios de la imaginación y, al mismo tiempo, experimentar emociones profundamente humanas y realistas. Quizá todos somos criaturas a lo Frankenstein: mitad vida, mitad sueño. Y, si no lo somos, ¿por qué no?

Es posible que me odie por establecer este paralelismo, pero leí La isla final poco después de ver la serie Más que rivales y no pude evitar compararlas: mientras que en la serie es todo exposición, acción y gratificación inmediata, su novela se despliega como una especie de romance queer intelectual que se cuece a fuego lento y rechaza el clímax. Es casi una novela anti-algorítmica. Me encanta la comparación y la llevo como una medalla de honor. Me fascina ese tipo de deseo, tensión y temperatura emocional que gira alrededor del gran momento. La anticipación previa al beso. Las miradas robadas. Los roces apenas perceptibles. Todo aquello que el cuerpo grita mientras los labios dicen algo mucho más discreto. Hay una enorme belleza en aquello que nos negamos a nosotros mismos: cuando somos demasiado tímidos para lanzarnos, cuando dudamos de nuestro propio atractivo, cuando esperamos la señal adecuada o tememos haber interpretado mal las cosas. Vivimos tantos momentos en nuestra cabeza que terminan pareciendo tan reales como aquellos que finalmente suceden. Hay personajes que primero deben enamorarse de la idea del amor antes de permitirse vivirlo. Otros encuentran suficiente satisfacción en la fantasía y no sienten necesidad de llevarla a la práctica. En todos mis libros ocurren muchas cosas tras puertas cerradas. El viaje que realizamos se parece a escuchar una sola conversación en un café abarrotado y lleno de voces. Nos concentramos en lo que tenemos delante, pero alrededor están sucediendo infinidad de cosas. Ese es el arte del vislumbre.

¿Por qué nos fascinan los faros? Son las farolas del océano, los guardianes de la ruta de las ballenas, centinelas gigantes y resplandecientes. Pero además salvan vidas. Son señales de seguridad que lanzan sus haces de luz hacia la distancia, desafiando tormentas y oscuridades, ofreciendo a quienes se han perdido en aguas turbulentas la esperanza de que hay alguien que desea verlos regresar a casa. Representan lo contrario de los naufragios y de los remolinos mortales, de los krakens feroces y las borrascas blancas. Están ahí para restablecer el equilibrio. Y quienes sienten la llamada de cuidarlos, los fareros, son guardianes de la llama. Hay algo místico en ello, algo cercano a una vocación esotérica. Jamás dejaré de sentirme hechizado por los faros. Además, en Escocia la historia de nuestros faros está íntimamente ligada a la historia de la literatura gracias al legado de Robert Louis Stevenson. Su familia fue pionera en la ingeniería de faros y el hecho de que él decidiera no seguir ese camino profesional generó no pocos conflictos en su vida. Aun así, celebró siempre con entusiasmo tanto los faros como los logros de su familia. Como dijo con tanta precisión, los faros son “a la vez invenciones y aventuras”, más “un arte vivo” que una simple cuestión de construcción.

Portada de ‘La isla final’, publicada en España por Editorial Mapa.

Los personajes de La isla final sufren las inclemencias de un clima impredecible y están sometidos a numerosas dificultades, pero también disfrutan de una comida deliciosa, viven en un entorno extraordinario y disponen de tiempo, espacio y silencio. Funciona, casi, como un recordatorio de todo lo que hemos perdido en la ciudad del siglo XXI. Gracias por decir eso. La búsqueda de plenitud y mejora personal de estos personajes se desarrolla en un plano muy elemental, muy pegado a la tierra. Sus valores y principios nacen del mundo que los rodea, no de modas ni tendencias. Quise situar deliberadamente la novela en una especie de limbo temporal. El lector puede imaginar que transcurre después de la muerte de Robert Louis Stevenson, en 1894, y antes de que los faros escoceses fueran automatizados en la década de 1990. No aparece ni una sola fecha en toda la novela. Quería que el lector estuviera intensa y exclusivamente con los personajes; que no pensara en las circunstancias socioeconómicas del mundo, ni en qué antepasados seguirían vivos, ni en titulares de prensa o conflictos globales. Quería que se entregara por completo a estos seres vulnerables y tiernos que intentan abrirse paso fuera de la espesura de sí mismos.

Si pudiera tener un autor como consejero y compañero fantasmal, del mismo modo que el personaje de Ouse tiene a Stevenson, ¿quién sería? Qué difícil… Estoy tentado de decir también a Stevenson, porque me moriría de ganas de saber qué opina de mi retrato de él y porque adoro sus historias. Además, era un narrador extraordinario y, cuando estaba bien de salud y de ánimo, el alma de cualquier fiesta. Pero algo dentro de mí grita que esa es una respuesta demasiado propia de una entrevista. Así que, en un plano más personal, elegiría a Scott Hutchison, cantante de la banda escocesa de culto Frightened Rabbit, un artista increíble y uno de mis amigos más queridos, a quien echo de menos cada día.

El protagonista de su novela, Firth, retrata la vida intelectual y pomposa de Edimburgo como algo vacío y frívolo en comparación con la pureza de la existencia en la isla Muckle Flugga. ¿Es una sensación que comparte? Adoro Edimburgo. Como Makar [reconocimiento como poeta laureado oficial de la ciudad de Edimburgo, cargo honorífico que otorga el ayuntamiento de la ciudad] soy también uno de sus defensores más entusiastas. Edimburgo fue la primera Ciudad de la Literatura reconocida por la UNESCO; es la única ciudad del mundo cuya estación central de tren lleva el nombre de un libro, Waverley, de Walter Scott, y acoge cada agosto el mayor festival de artes del planeta. Se alza sobre volcanes extinguidos, entre agujas góticas y excéntricos revivalismos arquitectónicos que rivalizan con la invención de cualquier gran escritor de fantasía. Ahora bien, también es una ciudad atravesada por profundas divisiones de clase, impregnada de esnobismo y cada vez más cara para sus artistas. Ni siquiera en mis momentos más enamorados cierro los ojos ante sus defectos. Así que sí: Firth carga con todo eso. Con todo lo que he aprendido de esta gran ciudad del sueño y del pensamiento, y con todo lo que espero aún de ella.

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