Un homenaje a Marta Romero
Un día 31 de mayo, falleció la querida amiga Marta Romero, quien en sus últimos años se había comunicado frecuentemente conmigo por teléfono, y al extrañar la ausencia de sus llamadas temí lo peor, como en efecto ocurrió


Pedro Zervigón
(San Juan, 9:00 a.m.) Un día 31 de mayo, falleció la querida amiga Marta Romero, quien en sus últimos años se había comunicado frecuentemente conmigo por teléfono, y al extrañar la ausencia de sus llamadas temí lo peor, como en efecto ocurrió. Mi entrañable amiga Magali García Ramis publicó en 80 grados esta excelente reseña sobre el libro póstumo que le dedicó Víctor Federico Torres «Yo quiero que me olviden, la historia de Marta Romero’. Al leer la reseña del libro entendí por qué la ausencia de sus llamadas en sus últimos años. He aquí el artículo de Magali en homenaje a esta gran actriz y cantante puertorriqueña solidaria con la Independencia de Puerto Rico:
«Se trata de la vida al azar, de la vida escondida, de la vida pública, de la imagen, de lo que imaginamos, de las leyendas que inventamos, de los rumores que siempre se suceden tras la gente famosa, del cine en Puerto Rico, de la televisión en Puerto Rico, de la radio en Puerto Rico, del Teatro en Puerto Rico; del amor y los desamores, de los hijos y las ilusiones, del país en los 1930, en los 1940, en los 1950 y 60 y 70 y 80 y hasta nuestros días; se trata de la vida biografiada de un mujer querida por el que la cuenta, se trata de una investigación exhaustiva pero que no deja exhausto al lector, se trata de Ponce y Santurce, Río Piedras y San Juan, Isabela y Puerto Nuevo y Nueva York y México y las maquetas de cines y los vestidos ceñidos y las lentejuelas y las luces de neón y el maquillaje de ensueño. Se trata también de los golpes recibidos, de las intrigas y las infamias y la envidia y las noches de ronda, de los boleros y las lágrimas y la Copa Rota; de las mangas tres cuartos para tapar cicatrices, de la bohemia espontánea de actores y músicos asalariados, de las luchas sindicales; de encontrar a Jesús en un culto castigador y luego hallarlo sonriendo en una iglesia con espacio para volver a ser uno mismo. Y se trata de una vida como mural de Diego Rivera: con todo el mundo presente y ella allí desde pequeña con: madre, padre, hermanos, dandy hacendado, hijo ilegítimo, sargento maltratante, productores de radio, audiencias delirantes, festivales de teatro, orquídeas de plástico y rosales de verdad, amigas del alma, cancioneros y cantantes, amores mayores y amores menores, y un “quién es quién” que no cabe en una página: Sylvia Rexach, Felipe “La voz” Rodríguez, Myrta Silva, Ricardo Palmerola, Mona Marti, Lucy Boscana, Madeline Willemsen, Chavito Marrero, Paco Arriví, Angelina Morfi, Ricardo Alegría, Piri Fernández de Lewis, Tommy Muñiz, Luis Rafael Sánchez, Leopoldo Santiago Lavandero, Antonio Martorell, Dean Zayas, Pao Cabrera….¿quién de la cultura y el espectáculo, no conoció, trabajó con, miró, marchó junto a o deseó intensamente a Marta Romero a lo largo de alguna de esas décadas? ¿De dónde salió esa muchacha, dónde y cómo aprendió a cantar estupendamente, a actuar con tanto talento, a presentarse en programas de televisión con ese donaire y cómo de pronto fue la mujer que representaba todo un país, la “Reina de Puerto Rico”, el primer símbolo sexual de esta isla?” Algo de todo esto es lo que intenta contarnos Víctor Federico Torres en esta biografía que es a un mismo tiempo un formidable texto histórico, un homenaje a la actriz y cantante que fue Marta y una declaración de amor de un hombre obsesionado con ella pero incapaz de hacerle daño como otros le hicieron. Desde el inicio el autor señala que, como en la de todos nosotros, hay misterios en la vida de Marta Romero que nadie va a poder descifrar, fechas que no concuerdan, datos que ella misma omite o esconde; pero nada de eso impide que podamos sentarnos cómodamente a ver pasar ante nosotros esta historia de vida como si fuera un documental, ciertamente en blanco y negro para mejor resaltar su hermosura -que es uno de los factores que a fuerza hay que puntualizar para entender su carrera artística- y las pasiones que son el eje dramático de esta puesta en escena. Marta Romero nace en Ponce al filo de la Gran Depresión que azotó al planeta entre las dos guerras mundiales y desde pequeña vivió el maltrato hogareño del que fue víctima su madre mientras convivió con su marido, y ella y sus hermanos, en menor grado. Decidida desde niña a ser parte del mundo del espectáculo, cantaba, bailaba y participaba de las obritas de teatro de su escuela primaria. Un poquito más grande, se cambia el nombre de pila: María Esther, por “Marta” pero se dejará siempre el apellido de ilegítima con que fue inscrita, el “Romero” de su madre, renunciando al Arocho de su padre cuando este al fin comienza a dárselo a su numerosa prole. Marta Romero es nombre “artístico y más pegajoso”, acota el autor, y señala que es a tono con la modernidad que ella y otras mujeres buscaran cambiar los nombres tradicionales por unos que les suenen más novedosos y ágiles. La metamorfosis de Marta comienza entonces y continuará a lo largo de toda su vida. Aunque se inició como muchos otros en el mundo artístico cantando en programas de radio para aficionados, Marta entrará de lleno a la farándula gracias a un golpe de suerte que entronca con la vida paralela de otra gran cantante ponceña: Ruth Fernández, solista de la famosa banda de Mingo and his Whopee Kids , se retira para irse a estudiar y Marta entra como suplente, a los 16 años, a foguearse con un grupo famoso y talentoso. Es el 1944, están en medio de la II Guerra Mundial y tocan lo mismo en casinos y clubes que en campamentos de soldados; Marta descubre, entonces, qué es lo que quiere de la vida: dedicarse al espectáculo. Pero también quiere, como todos los jóvenes del mundo, un amor que le apasione. Está a punto de terminar su escuela superior cuando aparece en su camino el primero de muchos hombres que se disputarán el corazón de esta mujer. Desde ya Marta es impresionantemente bella y un playboy ponceño, rico, de las familias que apodaban entonces de “mulatos ilustrados” la enamora y la ronda en su carro de lujo. A escondidas de su estricta familia, Marta se ve con él no sin sentir un poco de vergüenza pues, subía al coche de lujo en sus palabras: “con aquel trajecito que se me moría encima”. Abandona la escuela sin poder graduarse para irse a vivir a la casa que él le monta y tener su primer hijo a los 18 años. Así comienza su vida adulta, su sacudida emocional, haciendo, verdaderamente, lo que le da la gana. El autor no lo dice en esas palabras, pero a lo largo de esta biografía nos irá mostrando que antes que nada, Marta fue una mujer absolutamente independiente –además de independentista en sus orígenes– que en el plano profesional así como en el personal, siguió lo que le dictaban su conciencia y su corazón, que parecería siempre estuvieron de acuerdo. En el plano emocional, aunque se equivocó muchas veces, se fue con quienes quiso sucesivamente: un militar opresivo y obsesivo que ella creyó le brindaría seguridad, un cantante celoso y maltratante, un sanjuanero de abolengo y buen corazón, un joven a quien le llevaba casi 20 años, un empresario español generoso y espléndido, un líder político conflictivo, un médico enamorado con quien compartió un cuarto de siglo. La vida personal de Marta se irá entrelazando entre sus profesiones y sus amores de una manera tal, que si no fuera porque todo lo que aquí se presenta está rigurosamente documentado, uno creería que se trata del libreto de un melodrama cinematográfico de los años ’40. Y sin embargo, no hay melodrama en su desarrollo profesional. Víctor Federico Torres, en este documental apalabrado, nos va ofreciendo una panorámica que cruza lustros y decenios, de la trayectoria de Marta y su ascenso vertiginoso a la cumbre del estrellato boricua.»
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