La A asiática
La Universidad de Yale ya no existía primordialmente para esto, sino para ofrecer, a quien pudiera pagar sus elevados costos, escribe Eduardo Lalo


5 de julio de 2025 – 1:00 AM
Por Eduardo Lalo
Hace pocos años, caí en cuenta de la amplitud y seriedad del fenómeno. En una visita a Nueva York coincidí con un joven profesor de la Universidad de Yale. En la conversación se trataron muchos temas, pero el académico, que había mostrado unas cualidades fuera de lo común y ya había publicado en muy importantes medios de prensa, cautivó mi atención cuando habló de la situación de los estudiantes en Yale. Según dijo, a la administración universitaria le resultaban indiferentes los estudiantes graduados. Estos eran pocos en comparación con los de sub grado y, probablemente, se dedicarían, luego de terminar sus estudios, a empeños poco remunerados como ser físicos, curadores de arte o profesores de sociología. De su grey, no saldrían “billonarios”.
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Muchos de los jóvenes que iban a esta universidad, tenían padres que habían hecho lo mismo. Yale (y el caso es, por supuesto, extrapolable a otras instituciones académicas) hacía parte de una tradición familiar y muchas de estas familias eran ricas e inclinadas a donar grandes cantidades de dinero para financiar programas y construir nuevos edificios. La universidad, por tanto, dependía económicamente de los subgraduados y se adaptaba a sus necesidades, gustos y deficiencias.
Según mi interlocutor, se había producido un cambio acelerado y, a su juicio, negativo en instituciones de alto prestigio educativo como Yale. Y, si esto ocurría allí, donde la solidez institucional debió ofrecer más resistencias, era de suponer que la tendencia corría sin casi oposición en universidades de menor envergadura.
Ya no se trataba de ofrecerle a los estudiantes una educación del más alto nivel. Este modelo, según el profesor, ya era anacrónico. La Universidad de Yale ya no existía primordialmente para esto, sino para ofrecer, a quien pudiera pagar sus elevados costos, lo que se denominaba “la experiencia de Yale.” En realidad, esto es lo que primaba, este era el asunto: se trataba de infundirle a unos jóvenes los fundamentos para que imaginaran su pertenencia a una élite académica, social y económica. En otras palabras, se concedía luego de cuatro años, una especie de licencia a partir de la cual los estudiantes y sus familiares tendrían derecho a pensarse por encima de los demás. El diploma de Yale, pagado a precio de oro, concedía el usufructo vitalicio del ensueño de la superioridad.
Al día siguiente, fui a cenar con una profesora de la Universidad de Nueva York. Es amiga desde hace años y me sorprendió su cambio de dirección. Ya no vivía con su familia en el atractivo alto Manhattan, sino en el Bowery, barrio conocido por sus problemas sociales y número de deambulantes. Cuando di con el edificio, encontré un dormitorio universitario de muchos pisos. Tenía el ambiente inconfundible, la ingrata iluminación de neón, las paredes que podrían ser las de una cárcel, pero cuando me abrieron di con un apartamento formidable, con ventanas gigantescas que ofrecían paisajes casi irreales de la ciudad. A mi amiga, le habían ofrecido el espacio, como parte de una nueva política universitaria, que buscaba proveer a los estudiantes de esta universidad una “experiencia de Nueva York”. Aparte de sus labores como académica, debía organizar ahora excursiones a eventos, que ofrecieran a los estudiantes los sabores y las experiencias de la urbe. Los cursos y las competencias académicas, habían pasado a un plano secundario.
Ambos profesores me comentaron también los cambios en la política en torno a las calificaciones. Un profesor proclive a la exigencia y el rigor no solamente era ahora mal visto, sino que podía ser amonestado por la administración. Por encima de cualquier consideración, debían darse las condiciones para que la “experiencia” se transmitiera y entre estas primaba cierta comodidad y la sensación de “estar al nivel” independientemente del nivel real de los estudiantes. De este modo, estos esperaban casi como un derecho la calificación máxima y el nuevo orden existía para proveérsela. La situación llegaba, según fui informado, a la farsa. La ironía de los profesores había bautizado a una B+ como una “A asiática.” La denominación se originaba por el gran número de estudiantes (fundamentalmente chinos) que pagaban al contado, apenas estudiaban, pero a los que la universidad les concedía un diploma que los legitimaba como privilegiados.
Estos cambios se dan en contextos que la longitud de una columna no puede abordar, pero es fácil de suponer que, por responder a situaciones de época, estos se hayan generalizado y manifiesten en instituciones de todo tipo y nivel. Solamente, hace falta ver la publicidad que busca capturar estudiantes de nuevo ingreso, de las diversas universidades de este país y de otros, para darse cuenta de la realidad de este asunto. Hace tiempo que lo que se prioriza no es la competencia ni la transformación del estudiante.
A estas situaciones hay que añadir no la llegada, sino la generalización sin regulaciones de la Inteligencia Artificial. En un reciente artículo de The New Yorker, el escritor Hui Hsu explora las enormes y serias ramificaciones de esta accesibilidad. Su extenso escrito se titula “El fin del ensayo”, pero la versión electrónica del mismo lleva un título más específico y terrible: “¿Qué ocurrió luego de que la I. A. destruyera la escritura universitaria?”
Para lo que antes se había expresado mediante anécdotas e impresiones y que, frecuentemente, se había despachado como resistencia o temor al cambio de los que las reportaban, ya hay estudios que arrojan conclusiones. Una investigación, reportada por Hui Hsu, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, realizada con decenas de miles de estudiantes de más de 30 países, comprobó una caída repetida anualmente por ya más de una década en las capacidades matemáticas y de lectura de los estudiantes. Según otro estudio, publicado el pasado año, el 58% de los estudiantes de dos universidades estadounidenses, tuvieron a tal punto dificultad de entender la primera página de una novela de Charles Dickens, que dependieron de resúmenes de ésta realizados por aplicaciones de I.A. Para el que no lo sepa, Dickens fue un autor leído masivamente en su época y más allá de ella y está lejos de ser un autor difícil. El hecho se hace todavía más dramático, cuando se toma en cuenta que los estudiantes investigados, cursaban sus bachilleratos en Departamentos de Inglés.
Se asiste, a mi juicio (con todas las excepciones que por supuesto existen en los muchos eslabones de la cadena), a un fraude en la educación en el que se manifiesta una extraña complicidad entre proveedores y clientes, en la que los primeros no dan lo que los últimos no quieren recibir.
En el final de su escrito Hsa reporta esta anécdota referida a un estudiante de la Universidad de Nueva York: “Acababa de terminar sus exámenes finales y calculaba que le había tomado entre 30 minutos y una hora hacer dos ensayos para sus clases… Sin la ayuda de Claude (una aplicación de I.A.) le hubiera tomado entre 8 o 9 horas. ‘No recuerdo nada’, escribió. ‘No podría decirle ni siquiera cuál era mi tesis, jajajaja’. Este estudiante recibió una A en uno de los ensayos y una B+ en el otro”.
Bienvenidos a la era de la “A asiática”.
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