Estados Unidos: peligros y parodias
Vivimos tiempos excepcionales y no hay excusa para no estar confusos
President Donald Trump looks on from the stage during a parade to honor the Army’s 250th anniversary, coinciding with Trump’s 79th birthday, Saturday, June 14, 2025, in Washington. (Doug Mills/The New York Times via AP, Pool) (Doug Mills)

Roberto Alejandro
6 de julio de 2025 – 1:00 AMShare
UNO
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USA: inventario e incertidumbre
Al cumplirse esta semana un aniversario más de la Declaración de Independencia, Estados Unidos vive tiempos de peligro y parodia. Quiero hablar de la parodia. El documento de 1776 fue síntesis de ideas radicales iniciadas y suprimidas en Inglaterra. Estas hablaron de la libertad e igualdad radicales de los seres humanos sin las cuales toda autoridad gubernamental es arbitraria y digna de derrocamiento. La guerra independentista expulsó la elite británica, implosionó hábitos de deferencia, y llevó a muchos a soñar con un futuro sin deudas. Muchos de los dirigentes fueron revolucionarios toda la vida. Otros, en apenas siete años, ya estaban en la parodia. En 1783, en el Tratado de París, con petulancia que el tiempo acrecentaría, el liderato que firmó la Declaración pretendía que el gobierno británico devolviera los esclavos que había liberado.
La parodia continuó durante todos los años anteriores a la Enmienda 14 cuando los congresistas sureños disertaban sobre la libertad. La expresión cumbre de lo paródico ocurrió el pasado 20 de enero cuando un acusado de agresión sexual y golpista, sin juicio y sin rubor, juramentó, felizmente, honrar la Constitución federal. ¿Quién presidió la ceremonia? El principal cómplice jurídico que, meses antes, garabateó “argumentos” para darle inmunidad al acusado.
DOS
Vivimos tiempos excepcionales y no hay excusa para no estar confusos. Tampoco hay que exagerar: presenciamos muchas —no todas- repeticiones antiquísimas que, desde los surcos ensangrentados de la humanidad, la teoría política y la historia han investigado. No hay que aceptar la opinión de Maquiavelo de que los seres humanos son, fueron y serán siempre los mismos y, por lo tanto, condenados a conductas predecibles y en ciclos recurrentes. Pero, hasta el momento, la similitud de patrones en acciones, motivaciones y organizaciones sociales no ha defraudado. Maquiavelo lo dijo en El Príncipe: si eres un nuevo gobernante y buscas trastocar el orden social existente, ejecuta con rapidez y en poco tiempo todas las tropelías necesarias. Como las tropelías paralizan y crean un nuevo terreno de paz social, preserva luego la estabilidad lograda. Los seres humanos no están diseñados para vivir en desmanes e incertidumbres constantes, receta fatídica hacia el desastre.
Esta regla maquiaveliana ha regido al trumpismo desde el pasado enero.
TRES
Trump fue confirmación de un conjunto de hipótesis resumidas en estas: el ordenamiento de instituciones y normas de derecho es una fachada corroída. La carcoma comenzó adentro y, desde el mismo lugar, puede ser dinamitada. Trump no inventó las órdenes ejecutivas. Ni las emergencias dictadas desde la Casa Blanca. Ni el poder para imponer tarifas o movilizar el aparato policiaco para perseguir “criminales”. Ni el poder discrecional para definir “crímenes”. Él no fue responsable de la inmunidad presidencial, ni de la adicción mediática a su persona, ni de la prensa que lo normalizó, ni de las trabas internas, por designio y cohecho, de las propias instituciones. Dos impeachments, una investigación congresional y un fiscal especial debieron ser suficientes. Estas vías institucionales fracasaron.
El colapso de la fachada institucional recuerda aquel castillo de barajas que fue la Unión Soviética y que se disolvió en semanas. Columbia University recibió la proverbial galleta para que hablara y aún no se calla. Ante amenazas fascistas contra sus cuentas bancarias, prestigiosas firmas legales preguntaron dónde había que firmar. Dejando de lado las amenazas de muerte, un senador republicano, galeno, apoyó al alquimista Kennedy porque –dijo el doctor— hizo promesas telefónicas para preservar el peritaje científico.
La prensa “mainstream” es taquígrafo que convierte en titulares los disparates nocturnos del Troller-in-Chief y se entretiene en un drama de tensión inventada. Con cada legislación trumpista, esa prensa cita a congresistas republicanos en “oposición”. Los titulares se regodean en el “suspenso”: “el proyecto no tiene los votos, su futuro es incierto”. Siempre los “opositores” dejan sus melindres y votan con la administración. Pero el drama y su aburrimiento no cesan. Su estreno más reciente fue el proyecto plutocrático, la marca 666 del trumpismo: más recursos para los ricos, recortes para los pobres. Algunos sabíamos que las máscaras eran pasajeras. Solo un senador—Rand Paul– fue consecuente. Otro votó en contra y se fue a la huida. La otra —Susan Collins—se opuso porque bien sabe que su escaño corre serio peligro.
CUATRO
El blitzkrieg y su proyecto de terror ya cojean y jadean. Hay resistencias. Varios estudiantes secuestrados y encarcelados, sin acusación alguna, ya están fuera de la cárcel. Ya retornaron a Estados Unidos al que, ilegalmente, enviaron a El Salvador. Ante el reto de algunos jueces federales, de una o dos universidades y de otras firmas legales, del divorcio más ruidoso y público en la historia humana cortesía de los tuits de Musk y Trump, de protestas masivas el mismo día de una parada militar desinflada, llega el momento más peligroso, ese espacio que definirá si el avance de la arbitrariedad continúa o si esto se convierte en un pulseo de fuerzas sin una salida clara: ¿más protestas cívicas?, ¿elecciones congresionales?, ¿la ley marcial?
Es un buen momento para estudiar teoría política e historias de deterioros institucionales. Porque siempre está Thomas Hobbes: el poder siempre necesita proyectar un awe que no es otra cosa que ese ramaje paralizante de reverencia y terror. Ese awe siempre excede las verdaderas capacidades del poder. Es el exceso de la imagen, del show que entumece a los espectadores. Es otro principio operacional en todos los gobiernos, pero mucho más en los autoritarios.
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