Araceli Gutiérrez Olivares: diálogo poético entre el español y el noruego
Su libro Ave de hielo ígneo / Iseldfugl nació de su llegada a un mundo nuevo


Jorge Gómez Jiménez
La idea de migrar suele estar asociada a los más tristes imaginarios. La pérdida, la fractura y el desarraigo suelen teñir el lenguaje y, por tanto, la realidad de quien deja su país. Sin embargo, el poemario Ave de hielo ígneo propone otra manera de comprender ese tránsito: tras iniciar su nueva vida en Noruega, la mexicana Araceli Gutiérrez Olivares quiso escribir sobre la migración como un proceso de expansión interior, una metamorfosis en la que el ser se ensancha al dialogar con geografías y culturas que aprendieron a integrarse.
El libro nos entrega esta visión a través de una voz poética que camina entre fiordos, bosques, aves y silencios nórdicos sin desprenderse de la memoria mexicana que pulsa en sus versos. Lo cotidiano se transforma en gesto sagrado y lo íntimo en paisaje; el amor y la contemplación aseguran la nueva pertenencia, y la lengua —con sus quiebres, sus préstamos y sus resonancias— da forma a una identidad que se construye entre mundos. Es un poemario donde el cuerpo, la naturaleza y lo divino se encuentran para afirmar la certeza de que tanto el espíritu humano como el verso trascienden cualquier noción de frontera.
Hoy conversamos con Gutiérrez Olivares, quien desciende al núcleo de esa experiencia para compartir con nosotros las motivaciones, los símbolos y las vivencias que dieron origen a este libro. Desde su trayectoria, que oscila entre la ingeniería, la traducción y la edición literaria, hasta la compleja relación con el territorio que ahora habita, la autora reflexiona sobre la manera en que el amor, la migración y la contemplación han configurado su poética y su comprensión del mundo.Lee también en Letralia: reseña de Ave de hielo ígneo / Iseldfugl, de Araceli Gutiérrez Olivares, por Alberto Hernández.
Ave de hielo ígneo, poesía del encuentro
En tu libro se advierte que la experiencia migrante no es un mero antecedente biográfico, sino la atmósfera vital sin la cual estos poemas no podrían existir. La voz poética se desplaza entre México y Noruega mientras descubre que migrar es también rehacerse. Me gustaría que comenzáramos hablando del origen de este libro.
El origen de Ave de hielo ígneo nace de mi llegada a Noruega y del deseo de retratar el camino de un alma que se enfrenta a un territorio nuevo con asombro, respeto y solemnidad. Siempre he pensado que quienes migramos debemos mirar la nueva tierra desde esa disposición interior, como quien entra en un templo abierto.
En una entrevista mencioné que mi pueblo natal, San Lorenzo Tlalmimilolpan, me dio raíces, y que Arabygdi, en Noruega, me dio alas. Entre esos dos espacios —uno cálido y originario, otro frío y luminoso— el alma empezó a cantar. Ese canto guarda, a la vez, un suave “no me olvido de ti” y un firme “hemos llegado”.
Esa dualidad es lo que da forma al Ave de hielo ígneo: un ser que vuela entre dos territorios que no se contraponen, sino que, al encontrarse, hacen brotar algo nuevo. El libro surge de ese vuelo, de esa transformación que sólo la experiencia migrante puede revelar.


El título, Ave de hielo ígneo, encierra un oxímoron poderoso. Ahí están la tierra volcánica de México y los paisajes helados de Noruega. Podría hablarse de una identidad híbrida compuesta por los contrastes térmicos y geográficos que han atravesado tu vida. ¿Puedes hablarme de esa metáfora y de su importancia en el proceso creativo detrás de este libro?
Aunque solemos asociar al volcán con la lava, también es hogar del hielo. El Iztaccíhuatl —a cuyas faldas está mi pueblo natal— tuvo glaciares que vi extinguirse durante mi infancia. Esa desaparición me provocó una tristeza profunda, como si un antiguo guardián se hubiera ido apagando.
Años después, ya en Noruega, ocurrió algo que para mí fue una revelación: al migrar de Arabygdi (Vest-Telemark) a Sykkylven (Møre og Romsdal) nos encontramos con un glaciar en medio del camino. En ese instante sentí que algo regresaba; era como reencontrar una parte de la naturaleza que había dado forma a mi origen y que creí perdida para siempre.
El ave de hielo ígneo nace de ese vuelo emocional: de la tristeza por lo que se extinguió y de la esperanza encendida al reencontrarlo. Ese proceso ocurrió en el territorio físico, pero donde verdaderamente actuó fue en el plano simbólico, el que incide en el alma. Al ver de nuevo un glaciar, escuché la voz de mi abuela y, con ella, la sabiduría milenaria del México profundo.
Lo que sentí sólo pude nombrarlo a través de ese oxímoron: hielo ígneo. Es una metáfora que llevo trabajando desde mi libro anterior, donde definía la poesía como la unión de fuerzas opuestas, como una combustión fría o un ardor silencioso. Ahora lo comprendo mejor: cuando la naturaleza es contemplada por la conciencia humana, se vuelve la poesía de Dios. Ave de hielo ígneo es precisamente esa intuición hecha canto.
No puedo imaginar cómo comparar la lectura de un hispanoparlante con la de un noruego. En tu opinión, ¿incide el idioma en la comprensión del mundo? ¿Fue muy difícil para ti verter tu poesía a ese idioma, a esa realidad tan distinta?
Lo primero que escribí en noruego fue un poema que apareció en la antología Skriveverkstad i Tokke og Fyresdal: våren 2018, hoy resguardada en la Biblioteca Nacional de Noruega. Desde entonces descubrí en el nynorsk un idioma cuya musicalidad y cuyos dialectos me resultaron sorprendentemente cercanos: tiene un ritmo que, para mí, atraviesa el alma. Por eso me fue natural empezar a verter en esa lengua mi nueva realidad; era como si el noruego fuera el viento que impulsaba mi vuelo.
Creo que sí: el idioma incide en la comprensión del mundo. Cada lengua abre una forma distinta de mirar, de escuchar, de percibir lo sagrado o lo cotidiano. Escribir en noruego no sólo me permitió nombrar un territorio nuevo, sino también descubrir un modo distinto de habitarlo espiritualmente.
Por supuesto, aprenderlo fue un reto —y uno nunca termina de aprender del todo—, pero ha sido un desafío luminoso. Ahora que traduzco a autores contemporáneos como Marit O. Kaldhol y Knut Ødegård, leerlos en su idioma original es una experiencia que no cambiaría por nada: allí la poesía respira de otro modo, y acercarse a esa respiración es un privilegio.Lee también en Letralia: primeras páginas de Ave de hielo ígneo / Iseldfugl, de Araceli Gutiérrez Olivares.
“Migrar no fue sólo cambiar de tierra, fue convertirse en tierra nueva”, escribes en el breve prólogo del libro. Y es que, a contrapelo de buena parte de la literatura migrante contemporánea, que suele subrayar la ruptura, la herida o el desarraigo, tu libro propone una lectura distinta: la migración como expansión del ser, como integración luminosa entre territorios que no compiten, sino que se fecundan. ¿Sientes que el haber migrado transformó tu poesía? ¿O ha tenido tu mirada poética una influencia en tu mirada personal, vivencial?
Por supuesto que migrar transformó mi poesía; ha sido una verdadera alquimia del alma. Cuando uno cambia de territorio, también cambia de forma, y esa transformación necesariamente se vuelve lenguaje. En uno de los poemas digo:
Las heridas son hiedra
restos de muérdago seco
nuestra lengua machete las corta.
Creo que mucho de lo que somos —y cómo reaccionamos— proviene de heridas que aún buscan sanar. En mi caso, siento la responsabilidad de sanar un linaje, de atender esa parte interior que ha esperado ser escuchada durante generaciones. Por eso mi trabajo poético es también un trabajo espiritual.
La migración me enseñó a mirar lo cotidiano como una ofrenda, y esa mirada ha influido tanto mi vida personal como mi escritura. Entre ambas se da un diálogo constante: la poesía me ayuda a comprender la experiencia migrante y, al mismo tiempo, la migración expande mi lenguaje y lo conduce hacia ese estado de equilibrio que anhelo.
La alquimia ocurre ahí, en esa integración luminosa entre mundos. Y lo que se transforma en mí, inevitablemente se transforma en el poema.El verso libre lo reservo para los poemas porque me permite acompañar con fidelidad mi propia cadencia interna.
Los dos orígenes de Araceli Gutiérrez Olivares
El poemario combina verso libre, prosa poética y un ritmo contemplativo que recurre al encabalgamiento suave y a la repetición de ciertas imágenes naturales. ¿Qué decisiones estilísticas tomaste deliberadamente para que el libro mantuviera esa respiración lenta y, a la vez, una tensión subterránea?
La prosa poética me sirve como un umbral: allí narro lo que antecede al poema o aquello que necesito situar para que la historia respire antes de entrar en el verso. El verso libre lo reservo para los poemas porque me permite acompañar con fidelidad mi propia cadencia interna, escribir según el modo en que realmente respiro. Las imágenes naturales emergen de manera orgánica de ese ritmo contemplativo; no las busco como ornamento, sino como una consecuencia del estado de atención y quietud desde el cual están escritos los textos. También siento que mi poesía dialoga de forma muy cercana con lo narrativo, y esa convivencia entre relato y contemplación es algo que me interesa y disfruto mucho.
La memoria, el descubrimiento de lo sagrado, el diálogo con el viento, una amistad que revela lo eterno, una ofrenda cotidiana. Cada parte de tu libro es una estación de un viaje y posee como un clima propio, pero también contribuye al movimiento general. ¿A qué responde esa organización?
Responde a una peregrinación del alma, cada parte del libro es un estado de conciencia en un punto geográfico, que devela estados de expansión de la misma, descubre que un tramo uno transita de un lugar a otro y se da cuenta de que ese lugar también la arropa porque ahí también se encuentra Dios. Cuando se entiende esto se está en un estado en el que lo imposible también es cierto.
El vínculo entre amor, paisaje y transformación aparece sintetizado en uno de los poemas: “No nos pertenecemos. / Ni lo necesitamos. / La lluvia / podría ser tormenta de arena o nieve, / y aun así / estaremos juntos”. Hay allí una metáfora muy poderosa de dos mundos encontrándose, que es de alguna manera una definición del amor. ¿Cómo te planteas como escritora adentrarte en un tema cuya frecuencia en la poesía universal suele convertirse en una dificultad para la originalidad?
Me lo planteé desde la perspectiva de la libertad, de un amor que deja ser, vuela contigo si quiere volar o te contempla en el vuelo, pero siempre te acompaña; de ahí la escritura dejó de buscar originalidad y se volvió escucha, atención. El amor aún tiene mucho que decir, y como poeta toca afinar nuestra sensibilidad a esa resonancia.En la nueva realidad en la que vivo, integrar palabras noruegas al español fue un gesto natural, casi inevitable, un reflejo de esa integración del alma de la que hablo en el libro.
Este es un libro bilingüe en más de un sentido. Está traducido por ti al noruego, pero es que además en los poemas en español introduces términos de esa lengua nórdica —kjøtmeis, molte, uttale— que operan como pequeñas ventanas culturales. ¿Qué grado de presencia del noruego encontrará el lector hispanoparlante en la obra?
El español y el noruego dialogan entre sí porque representan, para mí, dos orígenes: la lengua con la que crecí y la lengua que vine a aprender. En la nueva realidad en la que vivo, integrar palabras noruegas al español fue un gesto natural, casi inevitable, un reflejo de esa integración del alma de la que hablo en el libro.
En la realidad nombrada en español comienzan a permear términos del noruego, y quise que el lector asistiera a ese proceso. Por eso, en uno de los últimos poemas —dedicado a las aves— dejo que ambos idiomas convivan. Es una forma de simbolizar que el alma ha incorporado plenamente el lugar que habita, y que puede nombrarlo también en la lengua nueva que tuvo que aprender para vivir aquí.
El lector hispanoparlante encontrará entonces un noruego que no interrumpe, sino que abre ventanas, invitándolo a percibir esa doble pertenencia.
“Aunque las geografías cambien, la esencia humana es una sola”
Varios poemas están dirigidos a personas concretas, amigos que aparecen como custodios de la memoria o como reveladores de lo sagrado en lo cotidiano, formando una suerte de tejido espiritual del libro. ¿Qué papel ha tenido tu comunidad cercana —tanto en México como en Noruega— en la construcción de tu identidad poética?
Todos los amigos a quienes dedico los poemas de Ave de hielo ígneo son poetas. Su presencia ha sido el abrazo constante que necesitaba para que el alma transitara de la realidad hacia lo simbólico. Han sido la comunidad que me acompañó mientras aprendía a tomar vuelo, y mi gratitud hacia ellos es profunda.
El libro está dedicado también a mi esposo, porque él es mi mejor amigo y la persona que ha caminado conmigo siempre; fue, además, el primer lector de Ave de hielo ígneo en noruego.
El libro cierra con un poema y una dedicatoria a Elsa Cross, por la amistad y la admiración que le tengo como poeta y como persona. Su obra inspiró el poema en el que aparece el verso “hielo ígneo”. Los versos de Elsa Cross dicen:
La garza atraviesa el reflejo—
como cruza la conciencia
el reflejo del mundo,
y si no queda atrapada en su belleza,
si rompe la red de la apariencia,
qué vuelo perfecto
hasta el confín del día.
A partir de esa visión, yo concibo lo místico en la poesía así:
El halo: cuchillo de hielo ígneo
…………………………………………….atraviesa el espíritu.
El poema de Ave de hielo ígneo que le dedico a Elsa Cross termina con el verso:
cree en lo imposible
porque también es cierto.
Tengo una escritura contemplativa y de respeto a la naturaleza y también una visión que es esperanza en su conservación.
Tu biografía muestra una trayectoria singular: formación científica, experiencia en sostenibilidad, trabajo editorial, traducción entre español y noruego y una vida repartida entre dos culturas. ¿Qué aspectos de tu experiencia profesional inciden en tu escritura?
La sostenibilidad, pues tengo una escritura contemplativa y de respeto a la naturaleza y también una visión que es esperanza en su conservación.
Diriges Palabra que dormía, un proyecto dedicado a tender puentes y fomentar el diálogo entre las voces latinoamericanas y nórdicas. ¿Puedes hablarnos de este trabajo? Más allá de tu rol como autora y traductora, ¿cómo te planteas una conversación literaria y espiritual entre el español y el noruego?
En Palabra que dormía trabajamos con un horizonte hacia 2027: crear un espacio de diálogo entre autores noruegos e hispanohablantes. Nuestro deseo es que de esos encuentros surja una antología que no sea sólo una colección de textos, sino el fruto vivo de una conversación poética entre ambas geografías.
La mediación del traductor es fundamental —es el puente que hace posible el cruce—, pero hoy las tecnologías también permiten que dos autores que no comparten lengua puedan escucharse y leerse mutuamente con mayor cercanía. Así concibo el intercambio literario: como un tejido donde cada voz transforma a la otra sin perder su raíz.
En cuanto al diálogo espiritual, para mí ocurre en aquello que cada escritor ofrece desde su propia interioridad. No se trata de buscar coincidencias, sino de compartir lo que expande el alma, lo que permite que una experiencia escrita en un idioma resuene en la profundidad del otro. El encuentro entre español y noruego se vuelve entonces un espacio de revelación, donde dos mundos se contemplan y se enriquecen mutuamente.
Naciste en San Lorenzo Tlalmimilolpan y en el libro mencionas que quien deja atrás sus raíces no las abandona, sino que las transforma en canto y semilla. A nivel personal, ¿cómo ha evolucionado tu relación íntima con tu identidad mexicana al confrontarla diariamente con una cultura tan distinta?
Con el tiempo he comprendido que, aunque las geografías cambien, la esencia humana es una sola. Al confrontar diariamente mi identidad mexicana con la cultura noruega, he descubierto que las diferencias son más bien matices, formas distintas de nombrar lo mismo. Esa comprensión me permitió dejar de pensar en la distancia como pérdida y comenzar a verla como transformación.
Mis raíces no se desdibujan: se vuelven canto, se vuelven semilla. En Noruega he encontrado resonancias inesperadas, similitudes profundas que abrazo con gratitud. Ave de hielo ígneo nace precisamente de ese encuentro: del reconocimiento de que el alma puede habitar dos mundos sin dejar de ser ella misma, y que en esa convivencia surge un territorio nuevo.

Editor en Letralia
Escritor venezolano (Cagua, Aragua, 1971). Dirigió entre 1989 y 1990 la Peña Literaria Cahuakao, en Cagua y, entre 1990 y 1993, el semanario El Tabloide, de la misma ciudad. Desde 1996 edita la revista literaria Letralia, Tierra de Letras, la primera publicación cultural venezolana en la red. Ha publicado, entre otros títulos, los libros de cuentos Dios y otros mitos (1993) y Uno o dos de tus gestos (2018), las novelas breves Los títeres (1999) y Juez en el invierno (2014), la antología de narrativa venezolana Próximos (2006; bilingüe, chino-español), la novela El rastro (2009) y la plaquette de poesía Mar baldío (2013). Textos suyos han aparecido en diversas antologías dentro y fuera de Venezuela. Ha obtenido, entre otros, el primer lugar en el X Concurso Anual de la Universidad Central de Venezuela (Maracay, 2002) y en el Concurso de Minicuentos Los Desiertos del Ángel (Maracay, 2012). Además, con Letralia recibió el Premio Nacional del Libro (Caracas, 2007) y ha sido en dos ocasiones finalista, y una vez mención honorífica, de los premios Stockholm Challenge (Estocolmo, Suecia, 2006, 2008, 2010). Su novela El rastro, publicada en Internet entre 1996 y 2008, recibió en 2007 el puesto Nº 32 en la lista “Las mejores 100 novelas de la lengua española de los últimos 25 años”, de la revista Semana, de Colombia. Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, italiano, catalán, esloveno y chino.
Sus textos publicados antes de 2015
4 • 13 • 22 • 30 • 46 • 49
Editorial Letralia: 2000: el futuro presente (coautor)
Editorial Letralia: Libro de hacedores (coautor)
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