Por qué Putin no ha dicho nada tras la acción de Trump en Venezuela
Para el líder ruso, cortejar al presidente Trump para conseguir una resolución favorable en Ucrania, y posiblemente más, es mucho más importante.





Por Paul SonneValerie Hopkins y Andrew E. Kramer
Paul Sonne y Valerie Hopkins reportaron desde Berlín, y Andrew E. Kramer desde Kiev, Ucrania.
11 de enero de 2026 a las 03:00 ET
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Sentado en una silla dorada en el salón verde del Gran Palacio del Kremlin, Nicolás Maduro, líder de Venezuela, se dirigió al presidente de Rusia, Vladimir Putin, y habló de su brillante futuro juntos.

Se verán “florecer las relaciones entre la gran Rusia, hoy potencia principal de la humanidad, y Venezuela”, proclamó Maduro en la reunión, el pasado mes de mayo.
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Ocho meses después, Maduro se encuentra a unos 7500 kilómetros de distancia, en un violento y abarrotado centro de detención federal de Brooklyn, después de que se lo llevaran de Caracas el sábado pasado en una redada militar estadounidense ordenada por el presidente Donald Trump.
Ha pasado una semana y Putin no ha dicho nada.
El silencio, aunque en parte se debe a las tradicionales vacaciones de Año Nuevo en Rusia, refleja un patrón de meses en el que el Kremlin le ha restado importancia a acciones de Estados Unidos que antes habrían provocado la ira y las amenazas de Moscú.
Putin ha tenido cuidado de evitar enemistarse con Washington en su búsqueda de un resultado favorable en Ucrania, aunque ello signifique mantenerse al margen en otras partes del mundo donde antes podría haber actuado con dureza.
El ejemplo más reciente se produjo el miércoles, cuando el ejército estadounidense incautó un buque petrolero sancionado que adoptó la bandera de Rusia, después de que la embarcación huyera de la Guardia Costera estadounidense a través del océano Atlántico. Rusia respondió inicialmente con una declaración de tres párrafos de su Ministerio de Transporte, una moderación excepcional para una nación que ha amenazado periódicamente con una guerra nuclear. Putin, de nuevo, no dijo nada.
“Tiene un objetivo, que es salir victorioso en Ucrania, y todo lo demás está subordinado a ese objetivo”, dijo Hanna Notte, directora del programa sobre Eurasia del Centro James Martin de Estudios sobre la No Proliferación.

Aunque Rusia podría haber sido capaz de complicar la misión estadounidense de capturar a Maduro en Venezuela, dijo Notte, eso habría supuesto el riesgo de una ruptura total con Trump.
“Todos los indicadores de la política exterior rusa en este momento son que Ucrania está por encima de todo lo demás con diferencia, así que ¿por qué darles a los estadounidenses un puñetazo en la nariz en eso y hacerlos enojar?”, dijo Notte.
Si bien la reacción silente de Moscú puede ser estratégica, Putin también está limitado en lo que puede hacer, ya que Rusia se enfrenta a un desmoronamiento más amplio de su poder mundial e, incluso en los mejores tiempos, no puede controlar totalmente la dinámica dentro de sus autoritarios Estados clientes.
La pérdida de influencia comenzó con su invasión a gran escala de Ucrania en 2022, que erosionó la influencia de Moscú en otras antiguas naciones soviéticas de Asia Central, el Cáucaso y Moldavia.
La tendencia se aceleró a finales de 2024 con el colapso del gobierno de Bashar al Asad en Siria, al cual Putin pasó una década intentando salvar con una costosa intervención militar rusa. Ha continuado con la afirmación por parte de Trump del poder de Estados Unidos sobre Venezuela, uno de los principales socios de Rusia en América Latina, y con las protestas callejeras masivas contra el gobierno que están poniendo en peligro al gobierno de Irán, afín al Kremlin.

El año pasado, los líderes de Armenia y Azerbaiyán, dos antiguas repúblicas soviéticas que durante mucho tiempo buscaron a Moscú como mediador en sus disputas, viajaron a la Casa Blanca para firmar un acuerdo de paz presidido por Trump.
“La guerra de Ucrania es un agujero oscuro que consume los recursos de Rusia”, dijo Alexander Gabuev, director del Centro Carnegie Rusia Eurasia. “A medida que el país se vuelve más resistente internamente a la presión de Occidente, también se debilita como actor global, porque no tiene tantos recursos para lanzar a sus ambiciones”.
Aunque Rusia hubiera querido intervenir y defender Caracas, añadió Gabuev, Moscú no iba a entrar en guerra en Venezuela con Estados Unidos, otra potencia nuclear. Dijo que Rusia no se enemistaría con Trump por cuestiones periféricas si ello ponía en peligro sus objetivos en Ucrania.
Durante años, el Kremlin ha considerado al mundo como una aglomeración de regiones en las que grandes potencias como Rusia, China y Estados Unidos deberían tener intereses privilegiados. Durante el primer mandato de Trump, funcionarios rusos le ofrecieron en un momento dado a Washington rienda suelta sobre Venezuela a cambio de carta blanca en Ucrania. Trump también ha considerado que Washington tiene una esfera de influencia privilegiada, y ha afirmado que tanto Canadá como Groenlandia deberían formar parte de Estados Unidos y, en los últimos días, ha prometido “manejar” Venezuela, posiblemente durante años.
Trump también tiene un poder significativo para influir en el resultado para Rusia en Ucrania y en Europa en general. Aunque ha reducido su apoyo a Kiev, Estados Unidos sigue siendo la fuerza dominante en la seguridad europea y sigue proporcionando al ejército ucraniano inteligencia y armas esenciales.

Desde la captura de Maduro, el gobierno de Trump ha vuelto a hablar de arrebatar Groenlandia a Dinamarca, lo que ha puesto en peligro el futuro de la OTAN, creada en 1949 tras la Segunda Guerra Mundial como un baluarte liderado por Estados Unidos en Europa contra la influencia de Moscú.
“Si Trump llegara a invadir Groenlandia y se apoderara de ella militarmente, la OTAN estaría acabada, lo que sería increíble para los rusos”, dijo Notte.
Putin lleva años intentando dividir a Estados Unidos de sus antiguos aliados en la alianza. Tal división otorgaría a Rusia más poder en Europa, donde el Kremlin lleva mucho tiempo intentando reafirmar su influencia, después de que Moscú perdiera el dominio sobre gran parte del continente tras el colapso de la Unión Soviética.
En medio de las conversaciones dirigidas por Estados Unidos para poner fin a la guerra en Ucrania, el Reino Unido y Francia acordaron hace unos días enviar contingentes de soldados a Ucrania en caso de que se llegara a un acuerdo de paz, con el fin de disuadir a Rusia de repetir la invasión, medida que Moscú rechazó rápidamente. El viernes, como para subrayar la cuestión, Rusia lanzó un misil balístico con capacidad nuclear, conocido como Oreshnik, contra un objetivo en el oeste de Ucrania, justo al otro lado de la frontera con la Unión Europea.
“Rusia no se está preparando para el final de la guerra”, declaró a Interfax-Ucrania Valery Zaluzhny, excomandante del ejército ucraniano y actual embajador en el Reino Unido, refiriéndose al ataque con misiles. “Se está preparando para un enfrentamiento prolongado” en Ucrania.
Para algunos ucranianos, Putin parecía estar compensando su escasa influencia en el exterior con una actuación más cercana.
“No pudo hacer nada en América Latina, no pudo hacer nada contra Trump, así que atacó Ucrania”, dijo Mykola Davydiuk, analista político. “Es débil en geopolítica, pero quiere subrayar que sigue aquí, en Ucrania”.
Paul Sonne es un corresponsal internacional que se enfoca en Rusia y las diversas repercusiones de la política interior y exterior del presidente Vladimir Putin, con especial atención a la guerra contra Ucrania.
Valerie Hopkins cubre la guerra en Ucrania y la manera en que el conflicto está cambiando a Rusia, Ucrania, Europa y Estados Unidos. Está radicada en Moscú.
Andrew E. Kramer es jefe del buró del New York Times en Kiev, y ha cubierto la guerra en Ucrania desde 2014.
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María Corina Machado ofreció su Nobel a Trump, pero el Instituto Nobel dice que no está permitido
El Instituto Nobel noruego aclaró las normas que rigen el premio, al escribir que los hechos estaban “claros y bien establecidos”


Por Jonathan Wolfe
11 de enero de 2026 a las 00:01 ET
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Compartir puede ser solidario, pero no, al parecer, cuando se trata del Premio Nobel de la Paz.
El viernes, el Instituto Nobel noruego aclaró las normas que rigen el premio, al escribir que los hechos estaban “claros y bien establecidos”.
“Una vez que se anuncia un Premio Nobel, no puede revocarse, compartirse ni transferirse a otros”, escribió el instituto. “La decisión es definitiva y permanece para siempre”.
La declaración se hizo pública después de que María Corina Machado, líder de la oposición venezolana y ganadora del premio del año pasado, se ofreciera esta semana a entregarle su Premio Nobel de la Paz al presidente Donald Trump, quien codicia el galardón desde hace tiempo.
El lunes, Machado, en declaraciones a Sean Hannity en Fox News, dijo que entregar el premio a Trump sería un acto de gratitud del pueblo venezolano por la extracción de Nicolás Maduro, el presidente del país que fue capturado la semana pasada por Estados Unidos.
“¿Le ofreciste en algún momento darle el Premio Nobel de la Paz?”, dijo Hannity en la entrevista, refiriéndose a Trump. “¿Eso ocurrió realmente?”.
“Bueno, todavía no ha ocurrido”, dijo Machado. “Pero ciertamente me encantaría poder decirle personalmente que creemos que el pueblo venezolano —porque este es un premio del pueblo venezolano— ciertamente quiere hacerlo, quiere dárselo y compartirlo con él”.
Trump indicó el jueves que se reuniría con Machado la próxima semana en Washington. La noticia se produjo después de que Trump dijera que no la apoyaría para que dirigiera Venezuela tras la destitución de Maduro por parte de Estados Unidos.
Machado dirigió una exitosa campaña electoral en 2024 contra Maduro, pero no apareció en la papeleta porque el tribunal supremo de Venezuela le había prohibido participar. Machado tenía la mayor legitimidad popular para dirigir la nación, pero Trump ha dicho que no tiene el apoyo ni el respeto necesarios dentro de Venezuela para gobernar el país.
En una entrevista concedida el jueves a Fox News, Trump dijo que “sería un gran honor” aceptar el premio de manos de Machado, y añadió que fue “una gran vergüenza para Noruega” que él no ganara el premio.
Trump se ha atribuido el mérito de haber puesto fin a varias guerras desde que asumió el cargo en enero. En algunos casos, las partes beligerantes le han atribuido el mérito de impulsar la paz o calmar las hostilidades. En otros, su papel está puesto en duda o es menos claro, o se han reanudado los combates.
El Instituto Nobel noruego, en su declaración, también enlazaba a una página de su sitio web en la que se decía que el Premio Nobel de la Paz, una vez concedido, no podía revocarse.
Según los estatutos de la Fundación Nobel, escribía, “no cabe recurso alguno contra la decisión de un órgano de concesión de premios en relación con la concesión de un premio”.
La organización señaló que los comités que conceden los Premios Nobel nunca han considerado la posibilidad de revocar un premio. Por principio, dijo, no comenta lo que dicen o hacen los galardonados con el Premio de la Paz después de obtenerlo.
Jonathan Wolfe es reportero del Times radicado en Londres. Cubre noticias de último minuto.
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Delcy Rodríguez, de revolucionaria a elegida por Trump
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Rodríguez, hija de un guerrillero, empezó como agitadora. Luego viró para reactivar una economía devastada, lo que la convirtió en vital para los planes estadounidenses de dirigir Venezuela.



Por Simon Romero y Anatoly Kurmanaev
Simón Romero, antiguo jefe de oficina en Caracas, empezó a cubrir Venezuela en 2006. Anatoly Kurmanaev, quien cubre Venezuela desde 2013, informó desde Caracas.
10 de enero de 2026
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Las calles de Venezuela ardían con las protestas por el desgobierno.
Las células paramilitares y las fuerzas de seguridad mataban a los manifestantes por decenas. En 2014, Delcy Rodríguez, ministra de Relaciones Exteriores en aquel momento, convocó a embajadores de todo el mundo en un intento de dar la vuelta a la narrativa y evitar sanciones por los abusos contra los derechos humanos.
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En la reunión a puerta cerrada, Rodríguez reprendió a los enviados de Estados Unidos y la Unión Europea. Señalándolos con el dedo, dijo que los muertos eran terroristas, no manifestantes.
“Les gritaba, utilizaba un lenguaje muy agresivo”, dijo Imdat Oner, exdiplomático de la embajada de Turquía en Caracas, quien presenció la escena. “Esta no es la forma de actuar de una ministra de Relaciones Exteriores. Me pareció impactante porque se salía completamente de las prácticas diplomáticas”.
Rodríguez perdió esa batalla cuando el presidente Barack Obama acabó imponiendo sanciones. Pero sus tácticas combativas le sirvieron para escalar posiciones en un gobierno dominado por hombres que eran figuras militares o ideólogos apasionados.
Ahora, con el consentimiento del presidente Donald Trump, Rodríguez es la dirigente interina de Venezuela después de que las fuerzas estadounidenses capturaran y sacaran por la fuerza a su predecesor, Nicolás Maduro, y a su esposa, Cilia Flores, para ser juzgados en Nueva York.

Rodríguez, de 56 años, se enfrenta a un inmenso desafío. Debe aplacar a un presidente estadounidense que afirma que Estados Unidos controlará Venezuela en los próximos años, al tiempo que intenta estabilizar una economía que se desmorona y consolidar el control sobre las instituciones de gobierno y los agentes de poder de su círculo íntimo, imbuidos de odio hacia la intromisión estadounidense.
Pero quienes la conocen dicen que su capacidad para insultar a Occidente, prácticamente un requisito para el cargo en el gobierno de Venezuela hasta la captura de Maduro, se complementa con una vena pragmática, lo que la convierte en una superviviente tanto de las purgas internas como de los cambios geopolíticos.
Su transformación de agitadora ideológica de Maduro en tecnócrata franca, aparentemente capaz de trabajar con Trump, se desenvolvió a medida que fue acumulando poder en los últimos años, liderando un esfuerzo por sacar a Venezuela de una crisis económica marcada por niños que morían de hambre.
Formada en el extranjero, en Francia y Reino Unido, tiene un estatus elitista para algunos en su país como hija de un guerrillero marxista que secuestró a un ejecutivo estadounidense y se convirtió en mártir revolucionario.
Como ministra de Relaciones Exteriores, formó parte del proceso de toma de decisiones para restablecer las relaciones con Estados Unidos en 2017, al inicio del primer gobierno de Trump. Fue entonces cuando Citgo Petroleum, entonces filial estadounidense de la petrolera nacional de Venezuela, donó 500.000 dólares a la toma de posesión de Trump.
Tras traer a un nuevo equipo de asesores económicos de Venezuela y del extranjero, Rodríguez negoció una tregua con la élite económica venezolana y se embarcó en una privatización encubierta de los recursos naturales, otorgando a inversores extranjeros el control de algunos proyectos codiciados, como yacimientos petrolíferos, plantas de cemento y minas de hierro.

Hasta la extracción de Maduro, Rodríguez se hizo eco de su lenguaje desafiante y antiimperialista en sus declaraciones públicas.
“El Pentágono siempre ha tenido como objetivo estratégico las reservas de Venezuela” de petróleo, le dijo a The New York Times en una entrevista en septiembre, cuando Trump estaba intensificando el cerco militar sobre Maduro. “No hay duda que uno de los objetivos estratégicos es lo que llaman cambio de régimen”.
Pero el viernes, menos de una semana después de que Estados Unidos se llevara a Maduro al amparo de la noche, Rodríguez emitió un comunicado en el que decía que Venezuela estaba explorando la posibilidad de restablecer los lazos diplomáticos y enviar una delegación a Washington.
Y el viernes, diplomáticos estadounidenses visitaron Caracas, la capital de Venezuela, para evaluar una “posible” reanudación de las operaciones de la embajada por primera vez en casi siete años.
La campaña anterior de Rodríguez de cortejo a inversores y empresarios produjo mejoras muy necesarias. Se detuvo la hiperinflación y volvió el crecimiento económico, lo que impulsó el ascenso de Rodríguez a la cúspide de la política venezolana.
Rafael Correa, expresidente de izquierda de Ecuador y economista formado en Estados Unidos, a quien Rodríguez contrató como asesor económico a partir de 2018, años después de que él dejara el cargo, afirmó que tuvieron que rediseñar la economía porque estaba sumida en un caos absoluto.
Venezuela, en los últimos años, ha logrado algunas de las tasas de crecimiento más altas de América Latina, aunque partiendo de niveles extremadamente reducidos.
Correa, quien sigue asesorando a Rodríguez, atribuyó el aumento de la estabilidad a la ética de trabajo de Rodríguez y a su apertura a la asistencia técnica. Afirmó que Rodríguez es adicta al trabajo y que nunca descansa.
En el momento de su captura, Maduro ya había delegado prácticamente todos los asuntos económicos en Rodríguez, quien ocupaba simultáneamente los cargos de vicepresidenta, ministra de Economía y ministra de Hidrocarburos.

Pero ahora la nueva dirigente de Venezuela se enfrenta a lo que posiblemente sea su reto más difícil, mientras hace malabares entre las exigencias de Estados Unidos y las presiones internas.
Subrayando la tensión a la que se enfrenta, Trump le dijo al Times en una entrevista esta semana que Rodríguez está en constante comunicación con el secretario de Estado Marco Rubio, un detalle confirmado por una persona cercana a Rodríguez que pidió el anonimato para hablar de conversaciones privadas. Trump declinó hacer comentarios cuando se le preguntó si él había hablado con Rodríguez.
El gobierno de Rodríguez no respondió a las solicitudes de comentarios.
En un discurso pronunciado el miércoles por la noche en el que describió los ataques militares estadounidenses que, según funcionarios venezolanos, causaron la muerte de al menos 100 civiles y militares, dijo: “Venezuela es un país de paz que fue agredido por una potencia nuclear”.
Pero también hizo hincapié en cómo la realpolitik está dando forma a la nueva relación de Venezuela con Estados Unidos, ya que el gobierno de Trump la obliga a proporcionar a las empresas petroleras estadounidenses un acceso privilegiado a las reservas de petróleo de Venezuela.
Su estilo de comunicación tecnocrático y cargado de cifras quedó patente el miércoles, cuando en su discurso desgranó complejas estadísticas económicas y utilizó palabras como “maniqueísmo” para describir las relaciones con Estados Unidos. El tono distaba mucho del estilo coloquial de Maduro, ex conductor de autobús y autodenominado “presidente obrero”.
Cuando tenía 7 años, Rodríguez perdió a su padre, un guerrillero marxista llamado Jorge Antonio Rodríguez, quien lideró el secuestro de William Niehous, ejecutivo estadounidense de Owens-Illinois, fabricante de botellas.

Su padre fue dirigente de la Liga Socialista, un partido disidente que promovió la lucha armada durante la década de 1970 y que contó con Maduro entre sus miembros. Jorge Rodríguez murió en prisión en 1976, a los 34 años, tras ser acusado del secuestro de Niehous y torturado por agentes de inteligencia de un gobierno proestadounidense.
Tras la muerte de su padre, Rodríguez, hija de izquierdistas de línea dura, creció en los márgenes de la política venezolana. Venezuela era entonces una democracia, pero dominada por dos partidos, uno de centro-derecha y otro de centro-izquierda, que marginaban a los extremos políticos.
Se graduó con honores en Derecho en una de las mejores universidades del país, la Universidad Central de Venezuela, en Caracas. Luego estudió derecho laboral en la Sorbona, la renombrada universidad francesa.
Cuando regresó de París, Venezuela vivía una convulsión política.
Hugo Chávez había ascendido al poder, engendrando su movimiento de inspiración socialista al que llamó Revolución Bolivariana. Rodríguez se incorporó al cuerpo diplomático de su naciente gobierno al obtener un puesto en la embajada de Venezuela en Londres. Mientras estaba allí, estudió política en el Birkbeck College.
Su madre, también llamada Delcy, es una activista política a la que a veces llaman la “Matriarca de la Revolución”. Se sabe que está muy unida a su hija, y que la acompañó cuando vivía en Londres.
Los idiomas que Rodríguez perfeccionó mientras estudiaba en el extranjero, incluido su dominio del inglés, la hicieron destacar en un gobierno en el que los funcionarios de alto rango suelen hablar solo español. Cuando regresó a Caracas, se la veía a menudo charlando en francés con diplomáticos africanos.

Para entonces, su padre se había convertido en una especie de mártir de la revolución venezolana. Su hermano mayor, Jorge Rodríguez, también se convirtió en uno de los principales ayudantes de Chávez y, en un momento dado, en su vicepresidente. Ahora es el presidente de la Asamblea Nacional, lo que sitúa a los hermanos al frente de dos poderes del Estado.
Tras la muerte de Chávez en 2013, ella comenzó su meteórico ascenso en el gobierno de Maduro bajo la protección de su hermano, según personas que la conocen.
Varios empresarios venezolanos y occidentales que se han reunido con Rodríguez han dicho que les impresionó lo que describen como su conocimiento de temas técnicos, así como su elocuencia e ingenio. Dijeron que siempre iba impecablemente vestida, hacía preguntas inquisitivas y bromeaba con sutileza.
Algunos empresarios la han descrito como una microgestora obsesionada con el control, y han añadido que insiste en firmar personalmente todos los documentos, hasta las aprobaciones más insignificantes. Este enfoque aportó cierta disciplina a la caótica burocracia venezolana, pero creó un creciente cúmulo de propuestas que envejecían sin su aprobación.
Para favorecer su ascenso, marginó a sus rivales, según varias personas cercanas al gobierno. En particular, fue crucial en la dimisión y posterior encarcelamiento de Tareck El Aissami, un protegido de Maduro que dirigía la industria petrolera, dijeron.
Las personas que hablaron con el Times sobre Rodríguez solicitaron el anonimato para hablar de conversaciones privadas o por temor a represalias.
Sus aliados afirman que su obsesión por el trabajo está impulsada por su visión del desarrollo económico de Venezuela; sus detractores dicen que persigue el control por el control, lo que revela un deseo más amplio de poder.
Se ha apoyado en un equipo muy unido de funcionarios favorables al mercado para ejecutar sus planes económicos. Entre ellos se encuentran Román Maniglia, que actualmente dirige el mayor banco del sector público de Venezuela, y Calixto Ortega Sánchez, a quien Rodríguez nombró esta semana como nueva cabeza de su equipo económico.
Tras hacerse cargo de la economía, trajo a dos consultores económicos de Ecuador, quienes se convirtieron en los principales ejecutores de su plan de estabilización. Los asesores, Patricio Rivera y Fausto Herrera, habían trabajado para Correa, expresidente de Ecuador.

Aunque Rodríguez adoptó anteriormente la retórica beligerante del régimen de Venezuela, también es conocida, dijeron sus allegados, por disfrutar de marcas de ropa de lujo y de la buena mesa. No tiene hijos y nunca se ha casado.
Quienes la conocen dijeron que está muy unida a su familia y que pasa gran parte de su tiempo libre con su madre, su hermano, Jorge Rodríguez, y los hijos de este.
Fue criada como católica, pero desde entonces ha abrazado una idea más amplia de la espiritualidad que no se ha promovido como parte de su duro perfil público.
Rodríguez es seguidora del gurú indio Sri Sathya Sai Baba, fallecido en 2011, quien se enfrentó a acusaciones de abusos sexuales y blanqueo de dinero. En Venezuela, otros seguidores destacados del gurú son Maduro y su esposa, Flores. Se supone que los seguidores deben adherirse a los principios básicos de la verdad, la paz y el amor.
Rodríguez es “una discípula de Sai Baba” que ha visitado el ashram del gurú y le ha rendido “pleitesía″ con frecuencia, dijo un funcionario del Sri Sathya Sai Central Trust, que pidió que no se le nombrara, porque no estaba autorizado a hablar con los medios de comunicación.
El ashram está situado en Puttaparthi, en el estado de Andhra Pradesh, en el sur de India. En sus visitas de los últimos años, Rodríguez iba vestida con una kurta, un tipo de camisa holgada sin cuello, y se la veía pasear por espacios sagrados, a menudo cruzando las manos en homenaje al gurú frente a su retrato y estatua de tamaño natural.
Mariana Martínez colaboró con reportería desde Caracas, Julie Turkewitz desde Maryland, Pragati K.B. desde Nueva Delhi y José María León Cabrera desde Quito.
Simón Romero es corresponsal del Times para México, Centroamérica y el Caribe. Reside en Ciudad de México.
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