Trump impone su ley
Tras la intervención en Venezuela, el presidente de Estados Unidos se siente cada vez más libre para actuar sin cortapisas frente a otros gobiernos



Washington – 11 ENE 2026 – 00:30 AST
La escena en la Sala Este de la Casa Blanca este viernes era casi la de una corte medieval. En el centro un emperador, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, eufórico, tras la operación militar de su país en la que se secuestró en Caracas a Nicolás Maduro, y rodeado de sus principales asesores. A su alrededor, empresarios de las grandes multinacionales petroleras, llegados de todo el mundo para rendirle pleitesía y aspirar a un pedazo en el reparto del sector energético de Venezuela. “Es algo histórico”, le aseguró su secretario de Estado, Marco Rubio. “Una operación magnífica”, le felicitó su vicepresidente, J.D. Vance. “Ha dado esperanza a la gente de Venezuela”, declaró Ryan Lance, de Conoco Phillips. “Gracias por lo que ha hecho”, dijo Bryan Sheffield, de Parsley Energy.

Tras el ataque en Caracas, Trump se siente pletórico. Lo que considera un éxito sin paliativos —la captura del presidente venezolano sin bajas estadounidenses en una operación de película de las muy taquilleras—, reivindica su concepción del mundo. Es una visión en la que su país, y sobre todo él mismo, gozan de patente de corso para actuar como quieran, para coaccionar a otros gobiernos, expoliar recursos naturales y no tener que responder ante el derecho internacional. Un poder global prácticamente ilimitado en el que, según una de sus metáforas favoritas, él es quien tiene todas las cartas ganadoras.
Envalentonado por una acción con la que ha apartado la atención pública de escándalos como el relacionado con el financiero pederasta Jeffrey Epstein, recurre ahora a una retórica belicosa para amenazar con más intervenciones. Mientras predice que los cambios en Venezuela precipitarán la caída del castrismo en Cuba, apunta a ataques por tierra contra los carteles del narcotráfico, “que controlan México”. Antes de la llamada de este miércoles con el presidente colombiano, Gustavo Petro, para una frágil tregua entre ambos, advertía al líder del país aliado que “guardase sus espaldas”. Este viernes amenazó a las autoridades iraníes si aumentaba la cifra de manifestantes muertos en la represión de las protestas contra el régimen. También ha amenazado con “hacer algo, por las buenas o por las malas” para anexionarse Groenlandia, la isla ártica que pertenece al Reino de Dinamarca.
Su argumento en favor de la fuerza bruta se extiende también al terreno interno, al defender de manera incondicional la actuación de un agente del servicio de inmigración (ICE) que alegó defensa propia para abrir fuego casi a bocajarro y matar a una mujer, Renée Nicole Good, cuyo vehículo bloqueaba el tráfico en una calle de Minneapolis.

Al tiempo que elogia la fuerza, Trump declara su desdén por el multilateralismo. Mientras desgranaba sus planes para controlar el petróleo de Venezuela “durante mucho tiempo”, esta semana retiraba a su país de docenas de organizaciones internacionales, importantes elementos del sistema multilateral que la Casa Blanca considera “un derroche, inútiles o contrarias a los intereses nacionales de Estados Unidos”. La mayor parte de las instituciones rechazadas se ocupa del cambio climático o la promoción de la igualdad.
De modo casi simultáneo, su Administración propone doblar el presupuesto militar a 1,5 billones de dólares (1,3 billones de euros) y exige a las compañías de defensa que multipliquen su producción para rearmarse. El objetivo es convertir a su ejército en un descomunal Godzilla que pueda responder a la modernización a toda máquina de las fuerzas chinas y abrumar a las del resto de países: “paz mediante la fuerza”, como le gusta presumir.
“Mi propia moralidad. Mi propia opinión. Es lo único que puede detenerme”, se jactaba esta semana en una entrevista concedida al periódico The New York Times. “No necesito leyes internacionales”, agregó. Solo él —sostiene— puede decidir si y en qué casos una norma determinada puede limitar a Estados Unidos. Piensa que puede usar cualquier elemento que esté en su mano —la coerción, sanciones económicas, la fuerza militar— para promover lo que considera los intereses de su país, y que, como tuiteaba hace unos meses, “el que defiende a su país no viola ninguna ley”.
Reparto del mundo
Trump define su visión como “doctrina Donroe”, un juego de palabras con su nombre y el de James Monroe, el presidente estadounidense que hace dos siglos proclamó “América para los americanos” para impedir el expansionismo europeo en el continente. Algunos expertos lo han descrito como un reparto de zonas de influencia entre grandes potencias, en el que Washington controla lo que llama el Hemisferio Occidental, a China le corresponde Asia y Rusia se adueña del territorio de la antigua Unión Soviética. Los politólogos Stacey Goddard y Abraham Newman han acuñado el término neoroyalism (“neomonarquismo”): “Un sistema internacional en el que un pequeño grupo de hiperélite utiliza las modernas interdependencias económicas y militares para extraer recursos materiales y de estatus en beneficio propio”, escriben en un artículo académico.
En este sistema hiperelitista, Trump goza de una posición excepcional, al frente de recursos exclusivos, como el poderío militar de su país y el sistema financiero global basado en el dólar. Y mucha manga ancha, gracias a unos poderes presidenciales para intervenir en el exterior que las Administraciones sucesivas habían venido ya ampliando, especialmente tras los atentados del 11-S. “No es un presidente que expande drásticamente sus poderes en el exterior, porque esos poderes ya los tenía. La cuestión es si los va a utilizar juiciosamente”, apunta Robert Strong, catedrático emérito de la Universidad de Washington y Lee, en una videoconferencia organizada por el Centro Miller de la Universidad de Virginia.

Antes que en Venezuela, ya había ido probando desde su investidura ese modelo de fuerza —pese a sus promesas de campaña de no intervención en el extranjero— atacando objetivos en Yemen, en Somalia, en Siria, en Irán y en Nigeria. Por lo general, operaciones relámpago oportunistas. “Es el tipo de alarde militar por el que vive Trump y que aprueba: rápido, corto, con un resultado demostrable y que obliga al resto a hacer lo que él diga”, señala Eric Edelman, antiguo subsecretario de Defensa para Política en la Administración de George W. Bush (2001-2009).
En otra era, estos propósitos de provecho propio se hubieran escondido tras un manto de promesas de buenas intenciones: rescatar un Estado fallido, restablecer la democracia y los derechos humanos, luchar contra el terrorismo. Ahora se exponen de manera descarnada.
“Vivimos en un mundo en el que podemos hablar todo lo que uno quiera sobre sutilezas internacionales y demás, pero vivimos en un mundo, el mundo real, que está gobernado por la fuerza, gobernado por la dureza, gobernado por el poder”, describía esta semana el consejero de política interna de la Casa Blanca, ideólogo de cabecera de Trump y uno de los hombres con más poder de la Administración, Stephen Miller. “Son las férreas leyes del mundo desde el principio de los tiempos”.
O dicho de otro modo: “Los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial sobre sus espaldas se han acabado”, como proclama el manual de política exterior del Gobierno de Trump, la Estrategia de Seguridad Nacional publicada un mes antes de la operación militar en Venezuela.
El tráiler de la película
El documento deja claro que la intervención en el país sudamericano no es más que el tráiler de la película. No es una anécdota; es un comienzo. No es una táctica; es la estrategia. Washington vuelve a concebir el continente americano como su patio trasero, una región donde Estados Unidos debe tener la primacía, “libre de incursiones hostiles o propiedad extranjera de activos clave”. “Este es NUESTRO hemisferio”, proclamó en redes sociales el Departamento de Estado esta semana, por si quedaba duda alguna.
En esta visión, Europa pierde relevancia, vista como una región donde el multiculturalismo la aboca a la “desaparición de su civilización”. La prioridad pasa a ser el continente americano, percibido por un lado como origen de lo que Miller y Trump consideran los principales riesgos de seguridad para Estados Unidos: la inmigración y el narcotráfico. Por otro, se ve como una inmensa zona económica exclusiva, fuente de recursos naturales de los que disponer y de mercados a los que vender productos: no es coincidencia que Trump anunciara esta semana que, según él, Venezuela pasará a comprar exclusivamente a marcas estadounidenses.

La Estrategia de Seguridad Nacional describe un panorama en el que Washington apoya sin rubor a los gobiernos afines —la Argentina de Javier Milei o El Salvador de Nayib Bukele, por ejemplo—, se posiciona sin ambages en favor de los candidatos que gustan —Nasry Asfura en Honduras— y trata de coaccionar a los países percibidos como díscolos, como el Brasil de Lula da Silva al que Washington ha querido castigar con aranceles y sanciones. La coacción, como ha demostrado en Venezuela, puede extenderse a una intervención militar en toda la regla.
De momento, la intervención en Venezuela ha conmocionado al resto del mundo. Los europeos se mueven a uña de caballo para tratar de disuadir a la Administración de posibles acciones en Groenlandia. Petro ha reconocido que antes de su conversación para calmar las aguas con Trump temió muy en serio una acción militar en su país. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se ve obligada a llamar a la calma. Y las autoridades en Venezuela de momento se pliegan a sus deseos. La nueva líder, Delcy Rodríguez, ha ofrecido colaboración y, según Trump, ya ha prometido 30 millones de barriles de petróleo a la potencia que tutela Venezuela. Nicaragua ve las barbas de su vecino y este sábado ha liberado a la mitad de sus presos políticos.
Trump, por su parte, sostiene que dentro de Estados Unidos cuenta con un amplio respaldo y sus partidarios le apoyan absolutamente: “A MAGA (el acrónimo de su movimiento) le encanta todo lo que yo hago. MAGA soy yo”, presume. Aunque las encuestas apuntan a un panorama algo más complejo: aunque los votantes se encuentran muy divididos, según sea su ideología, acerca de la operación militar en Venezuela, la mayoría teme que pueda arrastrar a una implicación excesiva de Washington y sus fuerzas en el país sudamericano, y se acabe generando una de esas “guerras eternas”, como las de Irak y Afganistán, que el presidente prometió evitar.
Interrogantes para el futuro
No es el único interrogante que se plantea sobre el futuro. El profesor Alexander Bick, de la Universidad de Virginia, advierte que “la incautación de los activos de otros Estados soberanos sienta un muy mal precedente para el comportamiento de los gobiernos globalmente”. Rusia puede ver un espaldarazo a su guerra en Ucrania. China, un argumento para invadir Taiwán. Y Pekín puede resistirse a renunciar a los vastos intereses, comerciales y de seguridad, con que ya cuenta en América Latina: desde el puerto peruano de Chancay a inversiones de infraestructuras en Colombia, pasando por gigantescos créditos a Venezuela que Caracas ha venido reembolsando con petróleo. “Que el modelo de Trump pueda imponerse a Rusia y China está aún por ver”, apunta Edelman.

En su análisis anual de grandes riesgos mundiales, la consultora Eurasia Group considera a Estados Unidos la principal amenaza en 2026. “El riesgo de que la política exterior estadounidense se pase de frenada es grande, sobre todo ahora que Trump cuenta con una operación exitosa en su haber”, apunta en el informe el presidente de la firma de análisis de riesgo, Ian Bremmer. Trump “se verá tentado a repetir lo que ha funcionado hasta ahora y aumentarlo”, sea sancionando, interfiriéndose en elecciones o impulsando candidatos en América Latina, donde este año se celebran elecciones en Brasil, Colombia, Costa Rica y Perú. Esas intervenciones “corren el riesgo de plantar semillas del antiamericanismo y asentar conflictos, traficantes y carteles en nuevos lugares”, que es lo que ha ocurrido “en casi cada continente donde América se ha implicado de más”.
Pese a que Trump alardea de que no tiene cortapisas, comienzan a aparecer las primeras señales de resistencia. En el Capitolio, el Senado ha dado luz verde a avanzar un proyecto de ley que prohibiría al presidente nuevas acciones militares en Venezuela sin permiso del Congreso, en una votación en la que un grupo de republicanos se ha sumado a los demócratas. Legisladores republicanos advierten entre bambalinas a la Casa Blanca que una intervención en Groenlandia haría saltar a la OTAN por los aires y sería ir demasiado lejos. En el exterior, la Unión Europea ha firmado esta semana un acuerdo de libre comercio con los países del Mercosur cuyas negociaciones se habían retrasado durante años; la UE trabaja en una estrategia de resistencia.
Y, si en países como Brasil, Perú o Costa Rica este año se celebran elecciones donde la Administración Trump puede verse tentada a respaldar a un candidato determinado, Estados Unidos también celebrará comicios en 2026, las elecciones de medio mandato en las que está en juego el control del Congreso, dominado ahora por los republicanos.
El propio Trump sabe que esa votación puede dar un vuelco completo a sus proyectos: “Si no ganamos, (los demócratas) buscarán una excusa para destituirme”, advertía esta semana en una reunión de legisladores de su partido. Un panorama muy alejado del besamanos como el del viernes en la Casa Blanca.
Sobre la firma

Macarena Vidal LiyVer biografía
Del asalto en Caracas al reparto del petróleo: siete días que sacudieron al mundo
Donald Trump tomó la decisión de bombardear puntos estratégicos de Venezuela y capturar al presidente Maduro a las 22.46 del 3 de enero. Acababa de nacer un nuevo orden mundial

Jesús Sérvulo GonzálezMaría Martín
Washigton / Bogotá – 11 ENE 2026 – 00:30 AST
Venezuela ha vivido una semana de vértigo desde la intervención militar de Estados Unidos el pasado sábado en Caracas para derrocar y capturar al presidente Nicolás Maduro, acusado de narcoterrorismo, hasta la reunión del viernes en la Casa Blanca entre Trump y las mayores petroleras del orbe para repartirse la industria venezolana del crudo. Este es el relato de los siete días que han cambiado la historia de Venezuela, pero también del mundo.
Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca para su segundo mandato empezó a dejar claro que quería un cambio de régimen en Venezuela. A los pocos meses de sentarse en el Despacho Oval calificó el país como un narcoestado y a su presidente Nicolás Maduro como el líder de un grupo de tráfico de drogas. Ofreció una recompensa de 50 millones por información que permitiese su captura. Y en septiembre declaró la guerra contra el narcotráfico en una operación bautizada como Lanza del Sur. Ordenó concentrar fuerzas militares en la zona. El ejército desplegó más de 14.000 soldados en la región y una flota de barcos de guerra, liderada por el super portaviones USS Gerald Ford, el más grande y avanzado buque de la Armada se desplazó a la zona, en el mayor despliegue militar de Estados Unidos en la región en décadas. Poco después, el ejército empezó a bombardear narcolanchas. Una treintena de estas embarcaciones han sido derribadas en unas operaciones, sin mandato del Congreso ni autorización judicial, en las que han sido asesinadas más de 110 personas. A finales de noviembre, Trump celebró una reunión con su cúpula militar para trazar el plan y fijar los objetivos. La suerte estaba echada. Desde entonces, los analistas de seguridad esperaban la operación en cualquier momento.
3 de enero
La operación Resolución Absoluta.
El mandatario estadounidense había mantenido varias conversaciones telefónicas con Maduro, pero no logró convencerle de que renunciara al poder y de paso dejase el camino libre a las empresas estadounidenses para recuperar el control de la industria petrolera. A finales de diciembre se produjo la última llamada, pero los contactos no fructificaron. El 3 de enero Donald Trump estaba en su mansión de Mar-a-Lago, en Florida. Es su lugar favorito, donde se escapa a descansar cada vez que hay un festivo. Ese día, antes de cambiar el tablero mundial, se fue de compras con su esposa Melanie para elegir mármoles italianos para el nuevo salón de baile que está construyendo en la Casa Blanca. Una vez que terminó de cenar, a las 22.46, dio la orden de atacar.Fotogalería

Las imágenes de Nicolás Maduro detenido y los bombardeos de Estados Unidos en Venezuela
A las 2.01 empezaron a caer las primeras bombas en Caracas. Un enjambre de 152 aviones y helicópteros del ejército de Estados Unidos atacaron las principales bases militares de Venezuela. Un comando del Delta Force, un grupo de élite que se encarga de operaciones especiales, asaltó la Casa de los Pinos, la fortaleza donde dormía Nicolás Maduro junto a su esposa, Cilia Flores. El complejo está conectado por túneles y pasadizos con Fuerte Tuina, una de las bases militares del ejército chavista. Un grupo de 32 guardaespaldas cubanos protegía al líder venezolano. No hubo supervivientes. La pareja fue interceptada cuando trataba de refugiarse en una habitación blindada.

La información sobre su ubicación exacta proporcionada por una fuente de la CIA en el corazón del régimen chavista resultó esencial para el éxito de la operación en la que no hubo bajas por parte del ejército estadounidense. Las autoridades venezolanas elevan a más de un centenar, la mayoría militares, los fallecidos durante la intervención. “Si hubieran visto lo que pasó… Yo lo vi literalmente, como si estuviera viendo un programa de televisión”, explicaba Trump entusiasmado en una entrevista en Fox News. “Si hubieran visto la velocidad, la violencia, ya saben. Fue algo asombroso, un trabajo asombroso el que hicieron estas personas. Nadie más podría haber hecho algo igual”.
Traslado de Maduro.
La operación militar incluía un metódico plan para poner a Maduro en manos de la Justicia de Estados Unidos. Fue trasladado de la Casa de los Pinos, donde fue capturado, a una cárcel de Nueva York en menos de 24 horas, en una misión con tintes cinematográficos. Tras ser apresados en Caracas, el presidente venezolano y su mujer fueron trasladados por las fuerzas especiales al portaviones Iwo Jima, situado en el Mar Caribe. Desde allí, viajó en helicóptero a la base militar que Estados Unidos mantiene en Guantánamo, Cuba. Un Boeing 757 transportó al presidente secuestrado al aeropuerto de la Guardia Nacional en Stewart, a unos 90 kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York. Posteriormente fue conducido en helicóptero al centro de detención de reclusos de Brooklyn, una de las peores cárceles del país, a la espera de juicio. Al llegar allí, el líder chavista, saludó ufano a los agentes: “Goodnight. Happy New Year”.

El chavismo pide calma
Pocas horas después del ataque comenzaron las primeras apariciones públicas. Delcy Rodríguez exigió una “prueba de vida” del presidente y denunció que se trataba de una detención ilegal. La confusión era total, se especulaba con que Rodríguez estaba en Moscú y se vaticinaba la rápida caída del régimen. Pero en pocas horas el mensaje quedó claro: no se iban a dar por vencidos. Ese mismo día se declaró durante 90 días prorrogables el “estado de excepción por conmoción exterior”, un decreto firmado por Maduro antes de su captura. La orden permite a la policía la “búsqueda y captura” de cualquiera involucrado en la “promoción o apoyo” del ataque armado extranjero. La gente vuelve a su vida normal, pero con la respiración contenida.
Por la noche, el Tribunal Supremo marca el camino. La Sala Constitucional ordenada a Delcy Rodríguez que asumiese la Presidencia para “garantizar la defensa integral de la Nación” ante “el secuestro” del presidente.
Trump: “Vamos a dirigir Venezuela”
Con los índices de popularidad por los suelos tras un primer año de mandato convulso, Donald Trump compareció exultante ante los medios tras el supuesto éxito de la operación militar. Había capturado a Maduro en una misión relámpago, sin bajas. “Vamos a dirigir [Venezuela] hasta que haya una transición fiable, segura y sensata”, declaró el estadounidense. El mandatario aseguró que no quiere que nadie tome el poder para volver a la situación anterior. “No podemos arriesgarnos a que alguien más tome el control de Venezuela sin tener en cuenta el bienestar del pueblo venezolano; no vamos a permitir que eso suceda, después de décadas de sufrimiento”. Y echó un jarro de agua fría sobre las aspiraciones de María Corina Machado, premio Nobel de la Paz, y líder de la oposición que, según las actas electorales, ganó las elecciones de 2024, a pesar de la autoproclamada victoria de Maduro.

“No tiene el apoyo [suficiente] dentro del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto dentro del país”. Con un tono propio de un salvador de la patria agregó: “El dictador finalmente ha sido derrocado en Venezuela, el pueblo es libre”. Un informe de la CIA recomendó al presidente apostar por la continuidad del régimen chavista como la vía para conseguir más estabilidad. El documento de los servicios de espionaje advertía del riesgo de concederle el poder a Machado porque no controla el ejército ni el gobierno de Venezuela tras décadas de régimen chavista.
4 de enero
Puentes con Washington
En su primer consejo de ministros como presidenta, Rodríguez manda un mensaje a Estados Unidos: “Nosotros estamos al cargo”. Pero la afirmación va acompañada de otros sorprendentes mensajes conciliadores hacia el que —hasta hacía unas pocas horas— era su peor enemigo. “Extendemos la invitación al Gobierno de los EE UU a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación, orientada al desarrollo compartido, en el marco de la legalidad internacional y fortalezca una convivencia comunitaria duradera”, escribió en sus redes sociales.
5 de enero
“Soy presidente de Venezuela y estoy aquí secuestrado”
El lunes a las ocho de la mañana, Maduro y su esposa llegaron al juzgado del distrito sur de Nueva York para prestar declaración ante el juez que presidirá su caso, el Magistrado Alvin Hellerstein, un veterano de 92 años. Aparentemente de buen humor y exhibiendo simpatía, el presidente venezolano, quien en sus inicios trabajó como conductor de autobús, proclamó: “Soy inocente. No soy culpable. Soy un hombre decente. Sigo siendo presidente de mi país”, aseguró a través de un intérprete de español. “Me capturaron en mi casa en Caracas, Venezuela”, manifestó. “Soy presidente de Venezuela y estoy aquí secuestrado. Soy un prisionero de guerra”. Su esposa, Cilia Flores, visiblemente lastimada, con graves lesiones y hematomas en el ojo, mantuvo la estrategia: “Soy la primera dama de Venezuela”. El Departamento de Justicia de Estados Unidos le imputa cuatro delitos relacionados con el narcotráfico y la posesión de ametralladoras. Le acusa de estar detrás de una conspiración para inundar Estados Unidos de cocaína. Se espera que el proceso judicial se convierta en uno de los juicios del siglo en Estados Unidos.

La Asamblea cierra filas
La mañana del lunes, la Asamblea Nacional venezolana se llenó con 258 diputados que arrancaban su mandato hasta 2031. De nuevo, una mayoría chavista dominará el hemiciclo sin necesidad de negociar nada. La oposición, con apenas 12 diputados considerados realmente críticos con el régimen, se desmarca del rito desde el principio: entregan un escrito rechazando el orden del día, se niegan a proponer candidatos para la junta directiva y se abstienen en la votación de los nombres oficialistas. Reclaman “el cese inmediato de la persecución” y “la liberación de todos los presos políticos”. El acto, que buscaba restablecer la normalidad a toda prisa, renueva el mandato de Jorge Rodríguez como presidente de la Asamblea. Todo cambia mientras nada cambia. Poco después, Delcy jura su cargo “con dolor” y denuncia el “secuestro” de Maduro y Cilia Flores. El país entra en una espiral de incertidumbre ante los anuncios intervencionistas de Estados Unidos. Desde Washington dejan claro que las elecciones no serán inmediatas. La Constitución marca un máximo de 180 días para convocarlas, pero nadie escribió las normas para un escenario como este.

6 de enero
Reordenar el control
En los días siguientes, el movimiento se dio en los despachos. Nombramientos discretos, cambios en mandos intermedios y mensajes internos buscaron transmitir estabilidad en los cuerpos de seguridad y en las Fuerzas Armadas. El movimiento más sensible fue el de la Guardia de Honor Presidencial, el cuerpo encargado de la seguridad más cercana del presidente. Delcy Rodríguez designó a Gustavo Enrique González López, exdirector del servicio de inteligencia y figura dura del chavismo, como sustituto del general Javier Marcano. Se confirmaba lo que días antes había circulado como murmullo: Marcano había sido detenido y apartado de sus funciones. El chavismo lo acusó de “traición a la patria”, “negligencia grave” y “falta de lealtad” por permitir que los sistemas de defensa fallaran y que las coordenadas del presidente Maduro quedaran expuestas. El arresto fue abrupto y se relacionó con un episodio de intercambio confuso de disparos frente al Palacio de Miraflores en el que drones y soldados se dispararon mutuamente.
El régimen pasaba del shock a la administración del shock. Se activaba la fontanería del poder: asegurar fidelidades, purgar sospechas y garantizar que, aun sin Maduro, el chavismo seguía en pie.
8 de enero
“Nos llevamos muy bien con la Administración actual”
Washington había dado un golpe en Venezuela, pero aún tenía que mantener el control del país. Los contactos diplomáticos se intensificaron durante la semana. Trump creó el miércoles un grupo liderado por el secretario de Estado, Marco Rubio, para tutear al nuevo ejecutivo venezolano. Rubio se ha convertido de facto en el nuevo virrey del país caribeño. Las conversaciones diplomáticas se intensificaron durante la semana. Y la Casa Blanca deslizó un plan de tres fases: la primera consistirá en la estabilización política y económica; la segunda, en la recuperación, y la tercera será la de la transición hacia unas elecciones. Trump aseguró el jueves en una entrevista en The New York Times que no tiene prisa para alcanzar la tercera fase, que controlará el país sudamericano “durante años”. Descartó elecciones “en el corto plazo”. Y aseguró que, de momento, la nueva presidenta venezolana, Delcy Rodríguez, está cumpliendo con las expectativas. “Nos están dando todo lo que consideramos necesario”, remarcó. “Nos llevamos muy bien con la Administración actual”, dijo. Ese mismo día, Trump sufrió un varapalo del Senado. Cinco senadores de su partido votaron junto a los demócratas una resolución que prohíbe al presidente estadounidense autorizar nuevas acciones militares en el país sudamericano. Una votación que se interpreta como la primera señal de descontento entre las filas republicanas por la operación militar, que no fue comunicada previamente al Congreso como suele ser preceptivo.

Comienza la excarcelación de presos
Jorge Rodríguez anuncia la excarcelación de “un número importante de personas venezolanas y extranjeras”. El considerado número dos de Maduro y hermano del alma de la nueva presidenta describió la medida como un “gesto unilateral” del Gobierno bolivariano, cuyo objetivo declarado era “consolidar la paz y la convivencia pacífica” en el país. Agradeció la mediación a Lula, Zapatero y Qatar. No precisó cifras ni listas de beneficiarios, pero generó una enorme expectativa entre las familias de los más de 800 presos políticos que guardan las cárceles venezolanas. Uno de los más relevantes fue el de Enrique Márquez, exvicepresidente del Consejo Nacional Electoral y excandidato presidencial. Su salida tuvo un fuerte valor simbólico como ejemplo de persecución política. También el de Rocío San Miguel, abogada y defensora de derechos humanos que llevaba casi dos años detenida por acusaciones de conspiración.
Las liberaciones fueron más lentas y —por el momento—menos de las esperadas. Hasta el sábado, las cifras eran cambiantes según la fuente, pero no superaban la veintena. Entre los liberados hay cinco españoles.

9 de enero
El petróleo como prioridad
El viernes llegó a Caracas un emisario de la Casa Blanca, la primera visita oficial estadounidense desde la captura de Nicolás Maduro. El alto cargo mantuvo contactos con el Gobierno chavista para explorar la reapertura de las embajadas y abrir conversaciones técnicas sobre el petróleo, en un primer paso hacia la normalización de relaciones. Ese mismo día, Trump celebró una reunión con dos docenas de las mayores petroleras del mundo para instarles a que inviertan 100.000 millones de dólares, el equivalente a 86.000 millones de euros, para la reconstrucción de la industria petrolera de Venezuela, el país con las mayores reservas de crudo del mundo. Las petroleras se mostraron esquivas para comprometer una ingente inversión sin tener las garantías jurídicas y financieras. Muchos ejecutivos del sector aún recuerdan las millonarias pérdidas que sufrieron durante el proceso de nacionalización llevado a cabo por Hugo Chávez en 2007.
Trump aseguró que les garantizará “seguridad”, pero no quedó claro si se refería a garantías legales o protección física. Washington quiere controlar el sector para hacer negocios e influir en los precios del crudo. Mantiene un cerco militar sobre el país para evitar el contrabando de petróleo. Durante los últimos días, el ejército estadounidense ha interceptado cinco petroleros y buques cisternas y se ha incautado de su carga. Uno de ellos, capturado en el Atlántico Norte, cerca de Islandia, había pintado en su casco una bandera rusa. Trump ha anunciado que las autoridades venezolanas ya se han comprometido a entregar hasta 50 millones de barriles, el equivalente a unos 3.000 millones de dólares, como muestra de que no pondrán resistencia a las peticiones de Washington.
Recibe el boletín de Internacional
Internacional El País en Facebook
Internacional El País en Instagram
Internacional El País en TwitterComentarios16Ir a los comentariosNormas ›
Más información

EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI

Estados Unidos ataca Venezuela y captura a Maduro
Florantonia Singer / Alonso Moleiro / Macarena Vidal Liy | Caracas / Washington
Archivado En
Vértigo en la ‘nueva Venezuela’ de Delcy Rodríguez
El país cumple una semana en ‘shock’ y con cambios a velocidad de la luz tras la captura de Maduro, un líder omnipresente en la vida cotidiana de los venezolanos

Juan Diego QuesadaMaría MartínFlorantonia Singer
Bogotá / Caracas – 11 ENE 2026 – 00:30 AST
Un día, Venezuela se despertó y Nicolás Maduro ya no estaba. El hombre omnipresente en la vida de los venezolanos durante más de una década desapareció de golpe. Si se encendía la televisión, la radio o abría sus redes sociales aparecía el líder chavista en cualquiera de sus facetas. Su ausencia ha abierto un cráter en un país acostumbrado a que su retrato cuelgue de las paredes de todas las dependencias públicas y los cuarteles, junto al del comandante Hugo Chávez. Maduro por la mañana, por la tarde y por la noche. Y de repente, ya no más.
La Venezuela de Delcy Rodríguez, su sucesora, se parece a la anterior y al mismo tiempo no tiene nada que ver. Maribel dormía en Maracaibo cuando sonó su teléfono el sábado pasado, 3 de enero, de madrugada. En la pantalla iluminada aparecía el nombre de su hijo, que había salido unas horas antes a una fiesta. “Mamá, están bombardeando Caracas”, le dijo el niño. Vente, corre, le ordenó ella. Se levantó y encendió el televisor, pero en los canales públicos no contaban nada. En el ordenador leyó a la prensa internacional contar que Estados Unidos atacaba la capital. Al rato, que se habían llevado a Maduro. ¿Qué pensó? Felicidades, este es tu regalo de cumpleaños. Ese día iba a soplar 49 velas.
Por la ventana vio a gente agolpada en los supermercados y las tiendas 24 horas. Las luces encendidas de todos los apartamentos. Algo grande pasaba. En las siguientes horas, Delcy Rodríguez, también chavista y persona de confianza de Maduro, asumía el mando con la bendición de Donald Trump. Marco Rubio, secretario de Estado de EE UU, habló de un periodo de estabilización y más tarde de una transición. Quedó claro que la oposición venezolana no iba a pilotar esta etapa. Maribel siente frustración: “Coño, estos no se van nunca”.
El lunes atendió reuniones por videollamada de su trabajo como experta en marketing. Se alargaron horas porque todos querían hablar de lo mismo. Delcy Rodríguez está al mando, apoyada por su hermano, Jorge Rodríguez, pero Washington teme que Diosdado Cabello, ministro del Interior y cabeza del ala más radical del chavismo, torpedee la sucesión. Los hombres de Cabello, que controla las bases, se pasean en moto y armados por las calles. Revisan móviles, conversaciones de Whatsapp, de Telegram, de Instagram. Te llevan si quieren. Maribel borra todas sus aplicaciones al irse de su casa y las instala otra vez de vuelta. Le ha prohibido a su hijo salir por miedo a que lo recluten.

Los chavistas se han quedado descolocados. Como su nombre dice, amaban a Chávez. Sienten respeto por un Maduro que nunca consiguió ser tan popular como su padrino. Mario (los nombres de este reportaje han sido modificados por miedo de los protagonistas a represalias) sospecha que la CIA le tiene pinchado el teléfono. Una agencia de inteligencia que puede infiltrarse en el Palacio de Miraflores, la residencia presidencial venezolana, también puede escuchar esta conversación. Un rato después, envía un SMS a través de un intermediario, un canal que ve más seguro: “Lo que estamos viviendo es un retroceso histórico. Venezuela ha perdido soberanía y capacidad de decidir su propio futuro. Hoy las decisiones económicas y políticas están condicionadas por intereses externos, especialmente de Estados Unidos, lo que nos coloca en una situación de dependencia y vulnerabilidad”.
Trump asegura que está “a cargo” de Venezuela y los Rodríguez dicen que no, que manda su Gobierno y que desde esa postura se negocia con Estados Unidos. La paradoja es que los que quieren defender al chavismo acusan a Washington de doblegarles, por lo que con ese argumento desacreditan al Gobierno que hereda el poder sin Maduro. La situación resulta confusa. Los ministros son los mismos, los militares de la revolución vigilan fusil en mano las alcabalas, los moteros de Cabello que infunden miedo a la población, sobre todo en Caracas, y los funcionarios de la DGCIM y el SEBIN, los órganos de inteligencia chavista, controlan la frontera y rastrean a posibles desafectos.
Fue duro para Yurlenys que se llevaran a Maduro. Un secuestro, dice sin dudarlo. El águila imperial yanky aterrizando en el corazón de Latinoamérica. Artista plástica, discute con su hermano pequeño, que está contento con lo que está pasando. Chavista de pura cepa. Chávez le tocaba “el corazón”. Ella era de una familia pobre. Y el comandante “estaba con los pobres”. “Fueron los años donde vi más abundancia, más equidad, más prosperidad para el pueblo. Los bancos daban créditos para comprar apartamentos, mucha gente compró vivienda. Fue un auge increíble”, dice. Compara a Chávez, muerto en 2013 por un cáncer, con el libertador Simón Bolívar.

La política venezolana entró más adelante en un periodo de conflictividad. El chavismo era mayoría. Después fue decayendo y el opositor Henrique Capriles estuvo cerca de desbancarlo. Se abrió un periodo de pérdida lenta de democracia que se agudizó con Maduro. La inflación más alta del mundo, el quiebre de la economía como si fuera un país en guerra, las denuncias de violaciones de los derechos humanos, las sanciones internacionales, las broncas con Estados Unidos. Un maletín cargado de bolívares no valía más de tres dólares.
El ambiente político era irrespirable. Los millones de venezolanos en el exilio. Un país en los huesos. Yurlenys cree que todo eso ocurrió por el vacío que dejó Chávez, un líder carismático que admiraba a Fidel Castro. “Maduro era inteligente, pero a veces no lo entendía”, dice ella en pasado. Se fue un tiempo a Bogotá y dice que escuchó tantas opiniones malas del chavismo que llegó a dudar del proyecto revolucionario bolivariano. “Cuando volví hace poco, Venezuela estaba resurgiendo, me habían lavado la cabeza”. “Cuando regreso me doy cuenta de que no es Maduro. Es el gobierno de Estados Unidos cerrando las llaves. Si cierras la llave del agua de tu vecino, tu vecino tiene que ir a buscar agua y comida a otro lado. Maduro ha salido adelante apagando fuegos por todo el país. Yo lo apoyo. Estoy con Maduro y con Chávez”, concluye.
En ese tiempo de cierta recuperación al que alude Yurlenys, hace dos años, Maduro dolarizó la economía, aumentó la producción de petróleo, y creció su PIB, que se había desplomado años antes en un 80%. Los expertos interpretaron que se debió a esa tímida apertura y a la vez al efecto rebote que experimenta una economía cuando toca fondo. El chavismo sostiene, según fuentes consultadas, que esta venta de 50 millones de barriles de petróleo de la que Trump alardea como una muestra de sumisión del Gobierno venezolano ya la había aprobado Maduro para dar salida a un crudo estancado y para mostrarle a Estados Unidos que estaba dispuesto a cambiar sus políticas siempre con la condición de que él se quedara en el poder. Nicolás Maduro Guerra, su hijo, defiende que esta era la ruta de su padre, solo que no le han dejado aplicarla y se lo han llevado detenido a Nueva York, junto a la primera dama, para ser enjuiciado en un tribunal de Manhattan.
El padre de Rosmary se murió solo cuatro días antes de la salida de Maduro. Se perdió por poquito la crisis más grande del chavismo desde el golpe de Estado a Chávez. “Todo esto distrajo el duelo”, cuenta. Le parece “de no creerse” lo que pasa estos días y revisa las redes sin parar. Reconoce sentir un placer “culpable” porque se haya esfumado Maduro. “Estoy muy lejos de apoyar a Trump. Pero nos conviene lo que está haciendo. Sé que sueno inocente, pero ojalá sea nuestro tonto útil”, piensa.
Se le ocurrió subir a Instagram un sketch de humor en el que un general borracho no se quiere ir de una fiesta hasta que la señora de la limpieza lo saca a la fuerza. Puso un mensaje en el que decía que debería haber más mujeres como esa que echen a todos los que aún no han entendido que la fiesta se acabó y deben irse. Horas después, una amiga la llamó gritando por teléfono: ‘¿Te imaginas lo que sería para tu mamá que vayas presa después de la muerte de tu papá? ”. Recuerda con mucha intensidad ese momento, en el que casi se le para el corazón. “Imagínate qué tan crispados tenemos que estar para que alguien sienta que debe llamarte para que borres una broma”. Las cosas hace rato que dejaron de tener gracia.

Hay dos Venezuelas, una dentro de las fronteras y otra repartida por el mundo entero. La primera tiene una población similar a la de Chile y Ecuador. La segunda, más que el Salvador y similar a Hong Kong. Dos naciones trágicamente separadas. Ana María, de 53 años, echa mucho de menos a sus hijos, que viven en Noruega y en Málaga, al sur de España. Su marido hace rato que se murió y ella dice que la dejó sola, que no hay derecho, que debería haberse esperado un rato más. Con una pensión mínima, sobrevive con lo que le mandan los hijos. Esta semana ella y sus amigas están nerviosas. La vida cotidiana se ha visto alterada. “No quiero más sangre, solo que todo sea pacífico. Que recuperemos el país y que no nos jodan la vida. Queremos ser felices”, dice por teléfono.
Los aviones de combate norteamericanos bombardearon La Guaira, una ciudad que da al mar, muy cerquita de Caracas. Las explosiones despertaron a Augusto, un político opositor de 70 años. Por la playa de La Guaira cree él que llegó el comando de fuerzas especiales que fue hasta el edificio bunquerizado en el que se escondía Maduro y mató a toda la guardia presidencial. Le despertaron las bombas. Siente que hay cambio, al menos uno muy evidente. Antes, Maduro se reía, insultaba a María Corina Machado, la líder opositora que aparece en el horizonte como la mujer destinada a tomar las riendas del país, y llamaba viejo decrépito a Edmundo González, el candidato que hace año y medio ganó las presidenciales, según defendió y reconocieron organismos internacionales. Diosdado Cabello, un hombre “despiadado”, capaz de cualquier cosa. Para él ha sido una decepción que Machado ya no viva en Miraflores, pero habrá que tener paciencia. El caso es que los observa a todos ellos muy institucionales, respetuosos, comedidos, con el mensaje chavista de siempre, sí, pero sin reírse de los demás. “Ya no se burlan tanto”, añade.

Siente que son tiempos difíciles. Transformaciones subterráneas, invisibles a simple vista. Se liberan presos políticos, va a abrir la embajada de Estados Unidos en Caracas. El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha dicho a Reuters que las sanciones adicionales de Estados Unidos contra Venezuela podrían levantarse la próxima semana para facilitar las ventas de petróleo, y que también se reunirá la próxima semana con los jefes del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial para reanudar su compromiso con Venezuela. Algo se mueve.
Augusto reconoce cierta satisfacción al imaginarse que en Miraflores ya no se sienta Maduro en su poltrona. Dice que hay que reconstruir el país, devolverle el orgullo por su tierra a los venezolanos. No más conflictividad, no más. La Venezuela sin Maduro debe ser distinta.
America El País América en Facebook
America El País América en Instagram
America El País América en TwitterComentarios18Ir a los comentariosNormas ›
Más información

Petro: “Trump me dijo que estaba pensando hacer cosas malas en Colombia, una operación militar”
Juan Diego Quesada / María Martín | Bogotá

La extraña amistad que marca la Venezuela sin Maduro
Juan Diego Quesada | Cúcuta
Archivado En
Se adhiere a los criterios de
Si está interesado en licenciar este contenido, pinche aquí
Maduro se enfrenta a un calvario judicial mientras espera en la cárcel conocida como el “infierno en la tierra”
El expresidente de Venezuela espera en Nueva York un juicio en el que previsiblemente argumentará que se vulneró la legislación internacional y que debe respetarse la inmunidad diplomática


Washington – 11 ENE 2026 – 00:30 AST
Nicolás Maduro ha pasado de dormir en la Casa de Los Pinos, un palacio bunkerizado en Caracas, a hacerlo en un catre metálico, arropado con un jergón de lana, en el Centro de Detención Metropolitano (MDC) de Brooklyn. Es una de las peores prisiones de Nueva York, conocida como el “infierno en la tierra”. Allí espera a ser juzgado por delitos de narcoterrorismo. El presidente derrocado de Venezuela fue capturado el pasado sábado junto a su esposa, Cilia Flores, por un comando de las fuerzas especiales estadounidenses, que trasladaron a ambos a Nueva York para ponerlos a disposición de la justicia. La fiscal general, Pam Bondi, publicó ese mismo día el nuevo escrito de acusación, en el que se le imputan cuatro delitos relacionados con el narcoterrorismo y posesión de ametralladoras. Se le acusa de conspirar y urdir un plan junto con altos funcionarios de su Gobierno para inundar Estados Unidos de cocaína.
Al líder del régimen chavista le espera un viacrucis judicial que se puede prolongar durante más de dos años. La pareja se enfrenta a graves penas, incluida la cadena perpetua. Sus abogados tratarán de anular la detención apelando al derecho internacional, defenderán su inmunidad diplomática, impugnarán pruebas y cuestionarán el procedimiento. El caso contra Maduro está llamado a ser uno de los juicios del siglo en Estados Unidos por su complejidad y su interés mediático.
El primer episodio del culebrón en que amenaza con convertirse el caso se produjo el pasado lunes. Entonces, el mandatario latinoamericano acudió fuertemente escoltado por agentes de policía y de la DEA, la agencia antidroga estadounidense, al palacio de justicia Daniel Patrick Moynihan, el inmueble que alberga el tribunal del distrito sur de Nueva York, para su primera vista.
Allí, en medio de una gran expectación, compareció ante el juez Alvin Hellerstein. Se trata de un magistrado de 92 años con sobrada experiencia en casos mediáticos. Maduro, de 63 años, se declaró inocente. Aparentemente relajado y tranquilo, sonriendo, proclamó a través de un traductor: “Soy inocente. No soy culpable. Soy un hombre decente. Sigo siendo presidente de mi país”. “Me capturaron en mi casa en Caracas, Venezuela”, manifestó. “Soy presidente de Venezuela y estoy aquí secuestrado”, insistió antes de ser interrumpido por el juez. Su esposa, visiblemente magullada y con algunas lesiones más graves tras su abrupta captura mientras trataban de huir a un refugio blindado durante el ataque del grupo de élite del ejército estadounidense, siguió esa misma línea: “Soy primera dama de la República de Venezuela”.

Estos breves testimonios constituyen la primera línea de defensa. Su abogado, un tenaz y duro jurista de Washington, apodado El Pitbull, es Barry Pollack, conocido por su habilidad para lograr la liberación de Julian Assange, el cofundador de Wikileaks, la plataforma responsable de la mayor filtración de archivos confidenciales de la historia reciente. Pollack, que ya ha empezado a cuestionar la idoneidad de algunos miembros de la Fiscalía, prevé comenzar su trabajo con dos líneas de defensa: la primera, que la captura de Maduro fue ilegal, porque vulnera la legislación internacional; y la segunda, que tiene inmunidad como presidente de Venezuela.
Durante la vista, Pollack ya planteó cuestiones sobre la “legalidad de su secuestro militar”, algo en lo que abundó Maduro, como línea de defensa. El mismo día, varios países protestaron en el Consejo de Seguridad de la ONU por la acción militar. “La operación estadounidense en Venezuela es claramente ilegal y será fundamental que la comunidad internacional la identifique como tal y que Estados Unidos sea considerado un infractor. De lo contrario, la credibilidad del ecosistema internacional se verá gravemente socavada”, declaró Marc Weller, profesor de Derecho Internacional de la Universidad de Cambridge.
La Administración de Trump defiende, sin embargo, que fue una operación policial que requirió de la intervención militar en un país extranjero. El secretario de Estado, Marco Rubio, arguyó: “En esencia, este fue un arresto de dos fugitivos acusados de la justicia estadounidense, y el Departamento de Guerra apoyó al Departamento de Justicia en eso”.
Matthew C. Waxman, investigador senior del consejo de relaciones exteriores (CFR), un think tank estadounidense no partidista, asegura: “Una vez que esté bajo custodia estadounidense, la legalidad internacional de su detención no tendrá mucha importancia para procesarlo. Maduro seguirá planteando este asunto, pero dudo que logre algo al respecto”.
“Es bastante obvio que, para obtener la inmunidad, es necesario ser un jefe de Estado reconocido diplomáticamente”, ha explicado Dick Gregorie, un fiscal federal de Miami, al canal de noticias CNN. Maduro es considerado un presidente ilegítimo por las autoridades estadounidenses tras no demostrar su victoria en los comicios de 2024. Las actas electorales que reunió la oposición dieron como ganador a Edmundo González Urrutia, impulsado por la líder opositora, María Corina Machado, que había sido inhabilitada.
Existe, además, un precedente que puede dar la razón a la Casa Blanca, el del dictador panameño Manuel Antonio Noriega, arrestado en 1990 y también, como Maduro, un 3 de enero, y procesado en un juzgado de Miami, acusado de narcotráfico. Ambos casos guardan muchos paralelismos. Los abogados de Noriega también trataron de apelar infructuosamente al derecho internacional. El dictador panameño fue condenado a 40 años de prisión, aunque fue extraditado a Francia para cumplir allí los últimos años de su condena.
Gregorie trabajó en la acusación formal del caso de Noriega. Recuerda que una de las estrategias de la defensa, que intuye que se replicará en el caso de Maduro, consiste en reclamar que se hagan públicas las pruebas y su relación de alto nivel con Washington. La información clasificada amenazará con dilatar el proceso durante meses.
El juez Hellerstein ha convocado la próxima vista para mediados de marzo. Se espera que entonces se empiece a debatir la validez de las pruebas sobre las que el Departamento de Justicia ha fundamentado el caso. Algunos analistas plantean que la Administración ha podido recopilar posibles evidencias y testimonios incriminatorios de otros procesos judiciales. Los sobrinos de Cilia Flores, la mujer de Maduro, han sido procesados por narcotráfico en Estados Unidos. El mismo delito por el que ha sido condenado el antiguo jefe de los servicios de inteligencia del régimen chavista, Hugo Armando El Pollo Carvajal, quien se declaró culpable tras decidir colaborar con la justicia estadounidense. Fue procesado en el mismo juzgado de Nueva York donde ha recaído el caso de Maduro.

El político que comenzó conduciendo un autobús en Venezuela se enfrenta a cuatro delitos. La Fiscalía le imputa conspiración para el narcoterrorismo, conspiración para importar cocaína [a EE UU] y posesión de ametralladoras y dispositivos destructivos y conspiración para lograr esas armas. Los casos de conspiración suelen ser más difíciles por la complejidad de presentar pruebas, frente a otro tipo de delitos que son más evidentes. Habrá que ver si el caso llega finalmente a juicio y si no se produce una negociación para un acuerdo inculpatorio a cambio de rebajar la pena, y una extradición a otro país, como ocurrió con Noriega.
El escrito de acusación del Departamento de Justicia incluye detalles precisos. Sostiene que Maduro usó la Embajada de Venezuela en México para gestionar el retorno de los beneficios de la venta de cocaína. La acusación más detallada describe que entre 2006 y 2008, Maduro vendió pasaportes diplomáticos a delincuentes para que pudieran trasladar a Caracas desde México los beneficios del narcotráfico. Asegura que los acusados se asociaron con “traficantes de narcóticos y grupos narcoterroristas para despachar cocaína procesada desde Venezuela hacia Estados Unidos a través de Honduras, Guatemala y México”, usando a los mexicanos por su control de las rutas y sus conocimientos para contrabandear la droga por la frontera.
En la vista oral de marzo se espera que también empiecen a quedar claras las líneas de defensa de los abogados.
La cárcel en la que está Maduro es conocida como “el infierno en la tierra”, la droga corre a sus anchas, suelen producirse reyertas entre reclusos y son abundantes las quejas de los internos por las condiciones del lugar, con frecuentes cortes de luz y suciedad. Comparte prisión con otros 1.300 reclusos, en un centro hacinado. Los defensores suelen quejarse de los peligros que corren los presos en esa cárcel, con unas condiciones que califican como inhumanas. Por cuestiones de seguridad, Maduro está en un módulo, aislado de los presos comunes.
“Hasta que los tribunales estadounidenses determinen la legalidad del allanamiento [del lugar donde estaba Maduro], las críticas de que fue ilegal son opiniones, no hechos. Un beneficio adicional de enjuiciar a Maduro es que estos argumentos se escucharán en los tribunales. Dada la gravedad y la naturaleza constitucional de muchas cuestiones legales en juego, el caso terminará en el Tribunal Supremo. Ese proceso podría tardar años”, sostiene Mark F. Cancian, analista del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS).
Sobre la firma

Jesús Sérvulo González – twitterVer biografía
Recibe el boletín de Internacional
Internacional El País en Facebook
Internacional El País en Instagram
Internacional El País en TwitterComentarios28Ir a los comentariosNormas ›
Más información

EE UU, China y Rusia quieren repartirse el mundo: nuevos imperios para el siglo XXI

El hijo de Maduro, hombre clave en la nueva etapa
Juan Diego Quesada | Cúcuta
Archivado En
Trump se autoproclama petrolero en jefe
Si la operación de Trump en Venezuela fructifica, Washington controlará las mayores reservas del mundo y podrá multiplicar la producción


Madrid – 11 ENE 2026 – 00:45 AST
“El que salva a su país, no viola ninguna ley”, escribió Donald Trump en febrero, parafraseando una frase atribuida a Napoleón. Esta semana, en una entrevista a The New York Times, abundó en una idea similar, al responder que el único freno a sus actuaciones militares sería su propia “moral”. Este marco es importante para analizar el gran embate a la industria del petróleo lanzado a propósito de la intervención de Venezuela. Con una franqueza descarnada y un lenguaje de tono imperialista, Trump ha puesto el crudo en el centro de la operación, que ha supuesto la captura de Nicolás Maduro y le ha abierto las puertas a las mayores reservas de oro negro del mundo.
El país caribeño arrebató el liderato en el volumen de pozos conocidos a Arabia Saudí en 2010, gracias a los descubrimientos en la faja petrolífera del Orinoco, al norte del país, pero, paradójicamente, su producción se ha hundido hasta una tercera parte de lo que era en los 90, presa de sanciones, crisis y deficiente gestión. Dispone de 300.000 millones de barriles, alrededor del 17% del total mundial, pero su producción se sitúa en el 1%. Y eso es una obsesión para Trump, cuyo mantra desde la primera administración fue “Drill, baby, drill [Perfora, nene/a, perfora]”, lema prestado de la campaña republicana de 2008. Nunca ha tenido reparos en mostrar sus prioridades: en 2019, como presidente, aseguró que mantenía las tropas en Siria “solo por el petróleo”.
Y este 2026, apenas había arrestado al dirigente chavista (bombardeos mediante), cuando Washington ya anunciaba sus planes de negocio: empezar a levantar sanciones, reactivar la producción venezolana, recibir los primeros cargamentos, proceder a la comercialización y gestionar el sector de forma indefinida en beneficio, sostiene la Casa Blanca, de ambos países. Drill, baby drill, pero ahora en una Venezuela bajo su tutela. Esta intervención, concretaría días después su Gobiernos, se mantendría de forma “indefinida”.Más información

Datos para entender la paradoja del petróleo en Venezuela y por qué Trump quiere controlarlo
Bienvenidos a la era de la ‘doctrina Donroe’, como se ha empezado denominar coloquialmente en Washington a esta versión de la vieja Monroe con el sello oportunista de Trump. De ahí, la D de Donald. James Monroe fue el presidente que en 1823 estableció el marco según el cual Estados Unidos debía evitar a toda costa que los países europeos estableciesen nuevas colonias en América Latina. Este principio sirvió, a la postre, para justificar durante décadas todo tipo de intervencionismo en la región, tratada como el “patio trasero” de la primera potencia mundial. En esta edición, la doctrina incluye también a China entre las amenazas y tiene un componente primordial y abiertamente extractivo.
Dos bloques de motivos, económicos y políticos, más mezclados que nunca, ayudan a explicar el macroproyecto. Venezuela dispone de ingentes recursos, presenta un riesgo geológico bajo y el tipo de crudo que produce es precisamente el que más necesitan las refinerías estadounidenses. Con Venezuela y los yacimientos propios, Estados Unidos controlaría las mayores reservas de petróleo del mundo, un coloso en el Hemisferio Occidental, con gran capacidad de influir en el mercado. Este poder refuerza la autonomía estratégica de Washington frente a los yacimientos fuera del continente y le resta aquella vieja inquietud por los efectos que las campañas bélicas podían tener en los precios de la energía.
Para el mandatario, es también una forma de bajar los precios a los consumidores, otra de sus preocupaciones. Y evoca, de alguna manera, aquella supremacía de las llamadas “Seven sisters”, los siete gigantes petrolíferos —cinco de ellos, estadounidenses— que controlaban el mercado mundial en el siglo XX. Pero nada de esto será fácil. La conquista —o reconquista— del petróleo venezolano entraña una serie de riesgos económicos más o menos navegables, pero, sobre todo, requiere que las empresas se asomen a la madre de todas las incertidumbres.
Incertidumbre
Se habla de volver a colocar la industria en su nivel óptimo dentro de cinco años y más de 100.000 millones de dólares en inversión. Pero, ¿quién mandará en 2030 en Caracas? ¿Y en Washington? Una compañía cotizada no tiene más patria que sus accionistas y ninguna voluntad de agradar al presidente, por fuerte que cualquiera de estas sean, se interpondría ante la sagrada ley del dividendo.
La pelota está en el tejado de Trump, en su capacidad de dar garantías de estabilidad política sobre ese polvorín que ha sido —y es, hoy por hoy— Venezuela.Desde el punto de vista geoestratégico, “el objetivo parece neutralizar amenazas desde Venezuela, incluyendo su cooperación con Rusia, China, Irán, Hezbolá y el tráfico de drogas”, explica desde Washington Clayton Seigle, analista del sector de la energía en el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, al margen de rehabilitar el sector petrolero del país de un modo que sirva a los intereses estadounidenses.

El gigante asiático estaba recibiendo petróleo de Venezuela a grandes descuentos (de entre 10 y 15 dólares el barril, según estimaciones que maneja el sector, si bien se trata de un asunto opaco), debido a que se trataba de un material sujeto a sanciones, pero tiene múltiples alternativas. Hasta el embargo naval impuesto por Washington el mes pasado, China acaparaba el 80% de las ventas exteriores. Cuba es el segundo receptor.
El viernes, Trump afirmó que tanto China como Rusia podrían “comprarnos todo el petróleo que quieran” y, con ese “nos”, se refería al petróleo venezolano gestionado por estadounidenses y, se entiende, sin la rebaja de precio. El principal problema para Pekín es que su gran adversario, Washington, “está usando el transporte de petróleo como un arma para presionar, mientras amenaza también la provisión de petróleo en otros países, lo que eleva las perspectivas de disrupciones adicionales”, añade Seigle. Así que muy probablemente llevará al régimen de Xi Jinping a reevaluar su confianza en los recursos naturales del resto de la región latinoamericana.

En palabras de Michael Shifter, profesor de Estudios Latinoamericanos en Georgetown, la operación de Trump “proyecta dominación en una región donde lo puede hacer, que considera su patio trasero y es una muestra de superpoder militar y un aviso a navegantes”. Shifter no ve tan claro que China o Rusia sean el leit motiv de fondo, “lo hace principalmente por motivos económicos y de poder, la gente piensa eso porque el mercado del crudo va a la baja, pero no hay que leer las acciones de Trump según la lógica de mercado”.
Esa lógica de mercado y la gran incertidumbre política es la que ha provocado dudas en los analistas, así como en alguna de las compañías convocadas el viernes en la Casa Blanca para abordar el futuro del petróleo en Venezuela. “Nos han confiscado nuestros activos allí dos veces, así que, como pueden imaginar, volver a entrar una tercera vez requeriría cambios bastante significativos”, afirmó el consejero delegado de Exxon Mobil, Darren Woods, en esa reunión. Y remachó: “Hoy en día, es un lugar en el que no se puede invertir”. Exxon, al igual que ConocoPhillips, abandonaron el país cuando Hugo Chávez nacionalizó sus activos.
Chevron es la única gran compañía estadounidense que sigue en Venezuela —fue exenta de las sanciones estadounidenses— y supone el 25% de la producción de todo el país. Su presidente, Mark Nelson, se mostró lógicamente más optimista en el encuentro con Trump: “Con efecto inmediato, también podemos aumentar nuestra producción en aproximadamente un 50% solo en los próximos 18 a 24 meses, y eso es simplemente aprovechando lo que está en el terreno”, afirmó.

La española Repsol también opera en el país y explota, junto con la italiana ENI, La Perla, un yacimiento de gas natural situado en el Golfo de Venezuela que representa el 15% de la producción total de Repsol. Josu Jon Imaz, consejero delegado, fue entusiasta: “Contamos con personal, instalaciones y capacidades técnicas. Estamos listos para invertir más en Venezuela hoy. Estamos produciendo 45.000 barriles diarios brutos, y estamos listos para triplicar esta cifra en los próximos dos o tres años, invirtiendo fuertemente en el país, siguiendo su recomendación, si nos lo permite y dentro del marco comercial y legal que lo permita”, dijo.
Para valorar los pros y los contras, las compañías hacen números. Extraer petróleo no es una actividad barata, requiere potentes inversiones y, en el caso venezolano, además, implica rehabilitar y modernizar todas las infraestructuras relacionadas con el bombeo, el almacenaje y el transporte (oleoductos y puertos, entre otros), que llevan décadas de mínimo mantenimiento, debido a la mala gestión y las sanciones.

El bloqueo parcial impuesto por Washington podría recortar hasta el 70% de la producción de este año, según las estimaciones de diferentes analistas, pero el conjunto de la industria ha ido languideciendo, de los alrededor de tres millones de barriles diarios de la década de los 90 hasta el alrededor de un millón actual. Además, el sistema se ha ido gripando. Por ejemplo, según datos de Bloomberg, el proceso de llenar un supertanque con destino a China lleva hasta cinco días, cuando hace siete años la tarea se completaba en una sola jornada.
La petrolera pública estatal PDVSA, quebrada y carcomida por la corrupción, ha ido languideciendo en paralelo a la decadencia de todo el país. Así que el esfuerzo inversor tendrá que venir de fuera. Es por eso que Trump pidió el viernes compromisos por al menos 100.000 millones de dólares, si bien muchos analistas elevan la cifra. El proyecto se da de bruces también con falta de recursos humanos, tras años de fuga de cerebros y un momento poco sexy en el mercado: el precio del barril se sitúa por debajo de los 60 dólares, 2026 se antoja un año de sobreoferta y la demanda mundial del oro negro tocará su pico en torno a 2030.
“Es incompatible querer bajar el precio del barril al mismo tiempo que buscar que las empresas suban la producción nacional, pero en esta última etapa está claro que Trump prima el abaratamiento, con elecciones en noviembre”, apunta Jorge León, jefe de Geoestrategia de Rystad Energy, una consultora global centrada en este sector.

La firma ha calculado que la producción actual podría duplicarse, de uno a dos millones de barriles diarios, entre 2020 y 2032 “si se dan las condiciones adecuadas”, y el salto a los tres millones llegaría en 2040. No se aleja tanto de Kpler, otra empresa de análisis, que, en el escenario más optimista, estima que la producción venezolana puede alcanzar los 1,7 u 1,8 millones de barriles diarios en 2028 y 1,2 millones ya este mismo año. La cuestión, como señala Jorge León, es a qué precio puede resultar interesante a las compañías.
El caraqueño Francisco Monaldi, director del Programa Latinoamericano de Energía de la Universidad Rice (Texas), cree que a un precio de 25 o 30 dólares el barril sí que salen las cuentas, y que el país tiene capacidad técnica para producir cuatro o cinco veces más. Aun así, recalca los requisitos que toda compañía reclamará antes de poner el dinero: buenas relaciones diplomáticas con Estados Unidos y Europa, sanciones permanentemente levantadas, perspectivas de estabilidad política a largo plazo y un marco legal y fiscal fiable. “Si estas condiciones no se dan, se pueden conseguir inversiones asequibles de corto plazo, con retornos elevados rápidos, pero con beneficios limitados para Venezuela y los proyectos de largo plazo no se desarrollarán”, escribe en un análisis de su centro de investigación.
Las conversaciones entre el Gobierno estadounidense y PDVSA ya han comenzado. De momento, ya ha acordado recibir entre 30 y 50 millones de barriles que Venezuela tiene almacenados y que se produjeron antes del bloqueo marítimo. “Este crudo se venderá a precios de mercado y el dinero será controlado por mí, como presidente de Estados Unidos, para asegurar que se usa en beneficio del pueblo venezolano y estadounidense”, exclamó Trump en su red social, Truth (Verdad, en español).
Según el Departamento de Energía, este crudo ya se está moviendo en el mercado. El Gobierno lo ha empezado a promocionar y ha contactado ya con bancos para buscar el apoyo financiero a las transacciones. Los ingresos resultantes, según sus planes, irán a parar a cuentas bancarias en Estados Unidos para garantizar su integridad y después proceder a distribuirlos. Estados Unidos, por su parte, proveerá a Venezuela del crudo ligero que sirve como diluyente al venezolano, más pesado, para mezclarlo y facilitar su transporte.
La alta viscosidad del crudo es un asunto clave de la operación. Las refinerías de Estados Unidos, la mayoría de ellas ubicadas en el Golfo de México (ese que Trump quiere ahora rebautizar como Golfo de América), están diseñadas para procesar precisamente ese tipo de petróleo y que es el más adecuado para producir gasóleo o asfalto. Al caer la producción de Venezuela, tuvo que aumentar las compras a Canadá, sobre todo, y a México. Ahora, si sus planes fructifican, lo tendrá disponible en un país bajo su tutela.
Este sábado se cumplió tan solo una semana desde la captura de Nicolás Maduro, lo que en la era Trump equivale a varias vidas. La actual presidenta, que no deja de ser un peso pesado del régimen chavista, está “dándonos todo lo que creemos necesario”, dijo el republicano esta semana en una entrevista en The New York Times. El control del negocio petrolero será, según admite, indefinido, por parte de Washington. En estos días también ha comunicado el abandono de decenas de organizaciones internacionales, varias de ellas medioambientales, incluida la Convención para el Cambio Climático de Naciones Unidas. Y ha lanzado amenazas sobre Groenlandia y sobre México. Cuando se le preguntó por la legalidad internacional como freno a sus acciones militares, fue cuando respondió: “Mi propia moral, mi propia mente es lo único que puede frenarme”.
Sobre la firma

Amanda Mars – twitterVer biografía
Recibe nuestro boletín de actualidad económica solo para suscriptores.
Economia El País en TwitterComentarios15Ir a los comentariosNormas ›
Más información

Los españoles acumulan más de un billón de euros atrapados en cuentas sin remunerar

Trump asegura que Venezuela le entregará hasta 50 millones de barriles de petróleo
Jesús Sérvulo González | Washington
Archivado En
Un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero
La autora defiende que lo que representa Trump no es conservadurismo y que los medios de comunicación deben empezar a llamarlo por su nombre

“El fascismo puede definirse como una forma de comportamiento político que se caracteriza por la obsesión por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad y el culto compensatorio a la unidad, la energía y la pureza; y en la que un partido de masas formado por militantes nacionalistas entregados —con los que colaboran de forma incómoda pero eficaz las élites tradicionales— abandona las libertades democráticas y persigue, con violencia redentora y sin restricciones legales, unos objetivos de limpieza interna y expansión externa”. Robert Paxton, Anatomía del fascismo, 2004 (Ed. española, 2019)
Para Paxton, destacado estudioso del fascismo, el violento asalto al Capitolio cometido el 6 de enero de 2021 fue lo que convirtió algo que, a su juicio, era un movimiento populista autoritario en fascismo propiamente dicho. Aunque hay una bibliografía inmensa sobre el tema y la definición de fascismo es polémica, muchos especialistas en este fenómeno no lo circunscriben a sus manifestaciones del siglo XX, sino que lo consideran una forma genérica y posdemocrática de política que trasciende el tiempo y el espacio.
¿Importa saber si al régimen que ha consolidado su poder en Estados Unidos a toda velocidad debemos llamarlo populismo autoritario o fascismo?
En mi opinión, sí. La retórica moldea la percepción y transmite las emociones. El júbilo beligerante de los mítines de Trump, como los mítines de masas de Italia, España y Alemania, son una especie de exorcismo colectivo. Los demonios internos del malestar cultural generalizado se descargan sobre algún otro muy conveniente: feministas, intelectuales, científicos, demócratas. Judíos, inmigrantes, gente de color, las comunidades LGTBQ, las personas con discapacidad. La culpa de que yo me sienta mal la tienen ellos, no yo ni los míos. Nosotros somos los verdaderos estadounidenses, los blancos inocentes y asediados que empezamos a levantarnos para ocupar el lugar que nos corresponde en la cima de la jerarquía, tal como dictan Dios, la naturaleza o el propio Gran Líder.
Trump ha proporcionado a sus seguidores una vía rápida para pasar de la vergüenza al orgullo. Los blancos estadounidenses no han perdido estatus, pero es cierto que, en los últimos tiempos, otras personas que hasta ahora no habían participado nunca en la vida política han ascendido a puestos de poder; y ellos consideran que ese ascenso los humilla. Barack Obama, nuestro presidente negro, que gobernó durante dos mandatos, Kamala Harris, nuestra vicepresidenta afroasiática, e incluso Hillary Clinton, blanca pero mujer, constituían graves afrentas contra el orden establecido. Cuando Trump muestra abiertamente su intolerancia y crueldad, está autorizando a los demás a hacerlo también y, por consiguiente, los libera de todo sentimiento de culpa social por sus propios prejuicios.
Lo que muchos no entendieron, en la prensa y los llamados “medios tradicionales”, fue que eso reconfortaba enormemente a quienes formaban parte del mundo MAGA. Que se creyeran o no el contenido de los discursos de Trump —si los haitianos se comían a sus mascotas o no— era lo de menos.
A la definición de Paxton yo le añadiría otra palabra: el fascismo se caracteriza por el culto compensatorio a la masculinidad, la unidad, la energía y la pureza.
Todas las versiones del fascismo que he estudiado, pasadas y presentes —incluidos los rasgos fascistas del Hindutva, el nacionalismo hindú, que tenía estrechos vínculos con Italia y Alemania en la década de 1930 y que sigue vivo en la India de Modi—, están obsesionadas con el miedo a la castración y con la gloria del heroísmo y la brutalidad viriles. Todos los Estados fascistas europeos impusieron el ideal de unas rígidas categorías binarias de género y arrebataron a las mujeres derechos de los que ya disfrutaban. También se implantaron políticas eugenésicas para controlar la reproducción de las personas “adecuadas”, aunque con variaciones legales según cada país. En Italia y España había que contentar a la Iglesia, pero no así en Alemania, donde el Estado empleó la esterilización y el asesinato como herramientas. Hoy, en EE UU, hay 31 estados en los que continúan en vigor unas leyes de esterilización forzosa que nunca se derogaron.
Ahora, J. D. Vance y Elon Musk promueven el natalismo. El presidente habla constantemente de “genes defectuosos” y “bajo cociente intelectual” y de esa forma vuelve a apelar a viejas ideas que parecen no morir jamás. La manosfera bulle de desprecio por la ginecocracia, los “chicos de soja” —poco masculinos— y todas las cosas que se consideran de mujeres, desde pedir una ensalada en lugar de un filete hasta estudiar artes en lugar de física, pasando por grandes abstracciones como la compasión, la negociación y la propia democracia.
No olvidemos que muchos de los asaltantes del 6 de enero iban disfrazados de guerreros o bestias de algún tipo: vikingos, vaqueros, colonos revolucionarios, hombres de las cavernas, animales con cuernos, cazadores y superhéroes de Marvel. La masculinidad belicosa y la misoginia que la acompaña no son secundarias en el fascismo. Los trajes alimentaban la fantasía de un cuerpo masculino al mismo tiempo impenetrable y sobrenatural.
Los carteles, llaveros, tazas, calzoncillos y otros artículos del movimiento MAGA retratan a Trump como Superman, Ironman, un héroe del Oeste, un caballero con su reluciente armadura y muchas otras imágenes de ese tipo. Reinventan al anciano cada vez más frágil, grueso y de facultades intelectuales mermadas como una criatura musculosa y a prueba de balas, propia de los cómics y la ficción cinematográfica. El fascismo no respeta el principio de realidad. Establece un mundo hermético propio con su propia lógica alternativa.
La verificación de datos, que por supuesto es útil, no puede pinchar el globo de MAGA. Es más, resulta vagamente patético que los periodistas señalen los errores con la esperanza de que la otra parte se dé cuenta.
Los grandes medios de comunicación a los que desconcertaron todos esos seguidores de MAGA que se negaban a aceptar la derrota de Trump frente a Joe Biden en 2020 no pensaron que las diferencias de género fueran un aspecto crucial. Una cosa es perder frente a dos mujeres, pero otra muy distinta perder frente a un hombre blanco. Si Trump es infalible, un ser casi omnipotente, tenía que ganar. Reconocer la derrota destruye la mitología y, sin ella, MAGA no es nada. Compensa los terrores de la castración.
Debemos llamar el segundo mandato de Trump y a sus secuaces por su nombre.
Los medios de comunicación estadounidenses deben dejar de utilizar la palabra “conservador” para referirse a los personajes y las políticas de extrema derecha y a los think-tanks que los apoyan. Estas personas no están conservando nada. Su objetivo es destruir el gobierno, atacar las universidades, acabar con la libertad de expresión, el pluralismo y el Estado de derecho, encarcelar y deportar ilegalmente a personas sin papeles y a ciudadanos legales por igual y fabricar mentiras oficiales sin parar. ¿Qué es lo que quieren? Muchos de ellos desean instaurar una nación patriarcal, cristiana y blanca.
Los medios de comunicación tienen que dejar sus peroratas sobre la polarización y sus llamamientos sentimentales al diálogo. Los estadounidenses están polarizados con motivo. A nadie se le ocurriría hoy decir que, si unos grupos judíos se hubieran sentado a conversar amigablemente con Hitler, se habría podido evitar el Holocausto.
El ICE se dedica a la limpieza interna. Se está muriendo gente.
El ejército se ocupa de la expansión externa. Estados Unidos está “gobernando” Venezuela y ya ha amenazado a Cuba, México, Colombia y Groenlandia.
Recuerdo la época en la que Donald Trump era un payaso, un chiste.
La prensa internacional también consideraba un payaso a Adolf Hitler, hasta que dejó de serlo.
En MAGA empiezan a aparecer grietas. Hacerse con el poder no es lo mismo que conservarlo. La esperanza puede fomentar el cambio. La resistencia es fundamental y en este país hay un movimiento amplio y perseverante que va a seguir luchando aunque aumenten los peligros. Pero es esencial saber a qué nos oponemos; no es conservadurismo. Es un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero.
Siri Hustvedt es una escritora y ensayista estadounidense. Su último libro publicado en España es El hechizo de Lily Dahl (Seix Barral).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Las barbas de tu vecino
Trump señaló sus dos objetivos próximos: Colombia y Groenlandia. Pero es más fácil invadir un territorio enorme y casi desierto que un país tropical complicadísimo

Por inútil que sea fijarse en las palabras —en su caótica y contradictoria explosión cotidiana más vale mirar los hechos— me atrevo a detenerme un momento en la semejanza casi calcada entre lo expresado por el consejero de seguridad de Trump, Stephen Miller, y Calicles, el personaje de Platón que, en el Gorgias, defiende el argumento de que “si se consulta a la naturaleza, lo justo consiste en que el más poderoso tiene derecho a apoderarse de lo que pertenece al más débil”. En diálogo con CNN esta semana, Miller declaraba lo mismo: “Vivimos en un mundo en el que tú puedes decir todas las bellezas internacionales que quieras, pero también vivimos en el mundo real, que es gobernado por la fuerza, que es gobernado por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos”.
En ese mundo real, según Miller, Trump puede apoderarse de todas las riquezas de Venezuela, Colombia o Groenlandia, no porque así lo digan las leyes o la justicia, sino porque es el más fuerte. Platón, siempre opuesto a la tiranía, le contestaba a Calicles, por boca de Sócrates, que es peor cometer una injusticia que padecerla, y que el más malo de los hombres (y el más tiránico), a la postre, será también el más desgraciado. Este resultado final, por el momento, se lo podemos aplicar al tirano Maduro, recién caído en desgracia, pero no es imposible que un día lo veamos también en las personalidades más tiránicas del mundo de hoy, Kim, Putin, Netanyahu o Trump. Pero dejemos de lado las palabras del ideólogo actual y del filósofo antiguo y vengamos a los hechos.
Lo que ocurrió en Venezuela fue la consecuencia de dos acciones: una traición interna del círculo más cercano al tirano Maduro, y una operación muy bien planeada y ejecutada por la Delta Force, la compañía de élite del ejército americano, sin duda la más eficaz y mortífera del mundo, capaz, entre otras cosas de matar en pocos minutos a los 32 guardaespaldas cubanos que custodiaban al déspota venezolano. Como en un videojuego, la especialidad de los hombres de la Delta Force consiste en matar en el acto a quien sea necesario, y en raptar vivo o muerto a quien se les ha indicado que se deben llevar. Aun con el jefe de la misión herido varias veces en una pierna y con su helicóptero alcanzado por proyectiles, pero no derribado, lo lograron. Trump, por supuesto, no cabe de la dicha, y en la euforia del triunfo amplía sus amenazas a otros territorios. El cálculo y la rueda de la fortuna, de momento, le siguen sonriendo al aspirante a emperador universal.
No nos fijemos en las palabras de la vicepresidente de Maduro, hoy presidente de Venezuela, Delcy Rodríguez. Cuando ella dice que su jefe y el presidente legítimo sigue siendo Maduro, lo hace como un saludo a la bandera: el hombre al que defiende está preso, aislado y en la antesala de una cadena perpetua. Cuando ella sostiene que Trump mentía al decir que lo suyo en el Caribe era una operación antidrogas, y que lo cierto es que viene por el petróleo, por mucho que ponga un tono indignado y acuse a los gringos de hipocresía, esa hipocresía ni siquiera existe pues es lo mismo que Trump, ya sin máscara alguna, declara a los cuatro vientos. Y en los hechos, ya no en las palabras, doña Delcy está haciendo exactamente lo que Rubio, y sobre todo, Richard Grenell, el virrey de Trump, embajador in pectore y amigo íntimo de su hermano (Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea venezolana) le indican.
El círculo se cierra: quien fuera la más cercana amiga de los rusos en Venezuela, Delcy Rodríguez, y su hermano Jorge, son ahora los dueños del poder en el país petrolero. ¿Quiénes son los beneficiados más obvios, en términos de fuerza y poderío, en la nueva jerarquía venezolana? Ellos. Desde antes de su posesión en la presidencia de la república y en la Asamblea, un informado agente de inteligencia venezolano en el exilio, Martín Rodil, lo dijo sin pestañear: quienes vendieron a Maduro a la CIA fueron los hermanos Rodríguez. Obviamente yo no puedo asegurar que esto sea cierto, pero según se va viendo lo que pasa en Venezuela, la intervención de Trump allí no se hizo para restaurar la democracia, sino para instaurar un gobierno títere que obedezca a las órdenes de Washington. Si Maduro era un usurpador de la presidencia, Delcy Rodríguez lo era también de la vicepresidencia, así que a lo que estamos asistiendo es a un negocio económico entre Trump, las grandes compañías petroleras y una de las familias o facciones del chavismo. María Corina Machado, por mucho que dedicara su premio Nobel a Trump, y por mucho que haya ganado las elecciones por interpuesta persona, Edmundo González, se ha quedado, como decimos por acá, sin el pan y sin el queso.
En la euforia del rapto casi perfecto de Maduro y su consorte, Trump señaló, con la grosería que lo caracteriza, sus dos objetivos próximos: Colombia y Groenlandia. El presidente de la nación más poderosa del mundo trató al presidente de Colombia como si fuera un monigote, y con la expresión más grotesca que pudo encontrar: “He’s gotta watch his ass” (“tiene que cuidarse el culo”). El problema, le habrá explicado Rubio a su jefe, es que Petro no es un usurpador ni un torturador como Maduro; tampoco es un narcotraficante. Es todo lo contrario: un presidente elegido democráticamente, una víctima de torturas (cuando estuvo preso) y una víctima del narcotráfico (como de algún modo lo somos todos los colombianos). Es posible, como también dijo Trump, que Petro sea un “enfermo”, pero padece exactamente de los mismos males que aquejan a quien lo acusa: megalomanía, incontinencia verbal en redes sociales, especialmente en la madrugada, e ínfulas de autócrata que, hay que reconocer, las puede ejercer con más realismo el presidente de Estados Unidos que el presidente de mi débil país.
Débil, sí, pero no tanto, y respetuoso del derecho internacional. Colombia no es una república bananera ni sus habitantes somos despreciables. En términos de superficie, ocupa el lugar 25º del mundo; en cuanto a población, es el país 27º del orbe, tiene más habitantes que España, y ostenta el cuarto lugar en las Américas, por delante de Canadá o Argentina. Nuestro índice de desarrollo humano es alto, y en cuanto al PIB es la nación 32º de un planeta en el que hay alrededor de 200 países. Somos grandes productores de oro, carbón, petróleo, cobre, café, carne, flores, banano, etc. Tenemos una medicina de talla mundial, universidades de alto nivel, una diversidad biológica y unas riquezas naturales que pueden despertar la codicia de muchos. La historia ha demostrado que no somos pusilánimes y tenemos coraje. Trump debió entender que no nos vamos a dejar arrebatar pasivamente lo que tenemos. Lo que quizá consiga con el chavismo, hacer de Venezuela una colonia, no lo va a lograr fácilmente con los colombianos. Como le decía Sócrates a Calicles, es peor cometer una injusticia que padecerla. Y cometer la injusticia en Colombia es más complicado que cometerla en Groenlandia.
Quizá por lo mismo Petro y Trump hablaron una hora por teléfono y al final el segundo declaró que había sido “un honor” hablar con el primero, con el enfermo que debía cuidarse el culo. En estos momentos, si no estoy mal, es Europa la que se tiene que cuidar la espalda en Groenlandia. Es más fácil invadir un territorio enorme, pero casi desierto (con menos de 100.000 habitantes) que un país tropical complicadísimo, con dos océanos, selvas y tres cordilleras, y 50 millones que hablamos español. Trump le ha pelado las barbas a Venezuela; Groenlandia las debe poner a remojar.
Héctor Abad Faciolince es escritor. Su último libro es Salvo mi corazón, todo está bien (Alfaguara).
Caracas y Minneapolis
El mensaje es idéntico y brutal: quien desafía el monopolio del poder deja de ser sujeto político y pasa a ser un problema que resolver


Menudo carrusel. En una semana, Donald Trump bombardea Caracas, secuestra un jefe de Estado, amenaza con anexionarse Groenlandia y entrar en Cuba, Colombia e Irán. Su policía política asesina a una mujer, ciudadana estadounidense, en Minneapolis. No es caos, es un sistema, el de un poder que muere si se detiene y solo conoce dos estados: avanzar o colapsar. Mientras la democracia se sostiene en la pausa institucional, el poder del autócrata lo hace en el movimiento. En la tradición liberal, el poder es un mal necesario: se limita, se canaliza, se justifica por el procedimiento y se ejerce para algo. Aquí el poder no gobierna: irrumpe. No administra: se impone. Es músculo en tensión permanente. Y un poder que solo existe para sí mismo necesita algo contra lo que existir: enemigos fuera para unificar, enemigos dentro para disciplinar. Los primeros legitiman la expansión; los segundos garantizan el silencio. Por eso Caracas y Minneapolis son estaciones de un mismo trayecto. Fuera, el autócrata con petróleo que estorba. Dentro, la ciudadana que observa y documenta. El mensaje es idéntico y brutal: quien desafía el monopolio del poder deja de ser sujeto político y pasa a ser un problema a resolver.
La guerra empieza fuera y se completa dentro. Por eso el asesinato de Renée Good no es algo aislado, sino una categoría política propia. Good tenía 37 años, tres hijos, escribía poesía. El miércoles dejó a su hija de seis años en el colegio y horas después caía muerta, tiroteada por agentes del ICE en una calle de Minneapolis. ¿Su delito? Documentar una operación migratoria. Los vídeos muestran que el agente que disparó no estaba en la trayectoria del coche, pero la administración Trump la llamó “terrorista doméstica” por pertenecer a un grupo que graba lo que hace el ICE, algo, por cierto, legal. La lógica es conocida: el enemigo interior se construye invirtiendo papeles. El agresor es la víctima; la víctima, una amenaza. Good fue abatida por un agente del Estado. ¿El relato oficial? Intentó atropellarlo. Pasó así a ser, por decreto verbal, una enemiga interna. Pero el enemigo interior no es solo quien muere, es el mensaje que queda: te puede pasar a ti. Y funciona, por eso los donantes se retiran, los bufetes abandonan a opositores, los medios suavizan titulares. No hace falta encarcelar a todos, basta con que algunos caigan para que aprendamos la lección. El poder no necesita convencer: le basta con demostrar. El miedo es más barato que la cárcel, más eficaz.
El sistema necesita enemigos. Cuando liquida uno, fabrica el siguiente. Venezuela el lunes, Groenlandia el martes… No puede detenerse: sin enemigos, pierde su razón de ser. Es la lógica de la autoexpansión permanente del poder totalitario: no puede detenerse porque el reposo lo desnuda. Eso explica la velocidad. Curtis Yarvin, ideólogo trumpista, lo dice sin rodeos: si pierden las elecciones de noviembre, no podrán acabar con la democracia. El tiempo no es neutral, corre a favor de quien actúa sin frenos. Pero el reloj también corre en sentido contrario. El Senado ha votado frenar a Trump en Venezuela y cinco republicanos se desmarcaron. En Minneapolis, cientos de personas levantan barricadas, declaran su barrio “libre de ICE” y obligan a la agencia a retirarse. El autoritarismo competitivo nunca clausura todos los canales: hay grietas, instituciones que resisten, calles que se llenan. Y también urnas que todavía cuentan. El juego no ha terminado, pero no se juega solo en noviembre. Lo hace cada día que el poder avanza sin encontrar límite.
Sobre la firma

Máriam Martínez-BascuñánVer biografía
Imperialismo y colonialismo, otra vez
Si fue un paréntesis la Unión Soviética, también la política estadounidense que hemos conocido desde 1945 puede serlo


Nuestra época acelerada contempla estupefacta como Estados Unidos regresa a la época de la depredación belicosa e imperial que dominó el espacio europeo y atlántico en el siglo XIX hasta el brutal enfrentamiento continental en las dos grandes guerras entre 1914 y 1945. Nacido como república democrática de una contienda revolucionaria contra la monarquía británica, ahora está mimetizándose en una autocracia también imperial como las que dominaron Europa y colonizaron el continente americano, preparada para disputar la hegemonía global con Rusia y China, al igual que hicieron los imperios europeos tanto en su continente como en ultramar.
Cada vez se entiende mejor qué significa para el trumpismo la grandeza americana. Va más allá de los mitos que fascinaron a Trump en su infancia y pretende otra ampliación territorial de Estados Unidos como las que sucedieron durante el siglo XIX hasta 1917, aunque esta vez directamente en búsqueda de petróleo y tierras raras y del control de las nuevas vías marítimas árticas. No surge de la nada, ni es fruto de una personalidad atrabiliaria o de una mera conspiración de la extrema derecha. Su ADN pertenece a un legado fundacional, tal como han señalado numerosos historiadores, entre ellos Josep Maria Fradera, que ha caracterizado aquella república inicial tanto por su anticolonialismo como por la “continuidad de una tradición británica que solo puede ser calificada de imperial”.
Según el historiador catalán, en aquellos imperios atlánticos decimonónicos funcionaba una “constitución dual” con leyes especiales para los sujetos coloniales, excluidos de la igualdad de derechos ciudadanos. Análogos conceptos han sido heredados por las políticas migratorias trumpistas y sus propuestas hacia Latinoamérica, y son los que orientarán la relación con los habitantes originarios en las anexiones o en los protectorados neocoloniales que se puedan producir. Esa dualidad es consustancial con su indiferencia autoritaria respecto a la libertad, la democracia y los derechos cuando afectan a los extranjeros o a ciudadanos de dictaduras amigas.
La doctrina Monroe (América para los americanos), ahora recuperada por Trump, quería evitar que los imperios europeos regresaran a América y reivindicaba toda el área de influencia continental para Estados Unidos. Fue pieza fundacional de la nación republicana, construida en oposición a las autocracias europeas, y doblemente defensiva, contra la interferencia de poderes ajenos y contra las tendencias centrífugas internas. Ahora es agresiva, para expandir el territorio a discreción, dominar a los países más débiles y alejar a otros imperios del acceso a los recursos y vías de comunicación. Como principio rector de las relaciones internacionales, viene a sustituir el orden legal que Washington construyó desde 1945, una rectificación que traiciona y humilla a los aliados, ahora vasallos tributarios, sometidos a las estrategias extractivas imperiales.
Si el potencial de la doctrina Monroe fue ampliado por Theodore Roosevelt en su Corolario de 1904, para legitimar la expansión imperial en las Antillas y en el Pacífico, el Corolario de Trump, bajo la ridícula etiqueta de doctrina Donroe, desborda el ámbito territorial, la intensidad de su aplicación y su centralidad en las relaciones exteriores. Es la expresión de una voracidad imperial sobre los recursos naturales del entero continente americano, incluyendo Groenlandia, e incluso más allá, en Ucrania, Oriente Próximo o África, y los que puedan descubrirse y explotarse en el Ártico. Corrige el consejo de Roosevelt: “No alces la voz, pero usa un gran garrote”. Trump alza la voz además de usar el garrote. Recupera el protagonismo como autócrata y monarca, cuyo nombre y voluntad se invocaban antaño en toda ocasión, como hacen ahora sus colaboradores. Es la auténtica constitución interna trumpista y la carta del orden internacional regido por la fuerza.
Tal como se ha manifestado en Venezuela y hacia Groenlandia, podría entenderse como una irónica y diferida revancha histórica sobre Europa, 250 años después de la independencia. La agria acusación del ‘borrado de la civilización’, formulada en la Estrategia Nacional de Defensa, contiene dos reproches a los europeos, por la pérdida de los imperios y por la incapacidad para construir uno nuevo con silla en la mesa del poder mundial, junto a Estados Unidos y frente a Rusia y China. Y proyecta también sobre Europa los fantasmas y la culpa por la decadencia estadounidense en el momento de ascenso asiático.
Una prolongada normalidad de 80 años de internacionalismo liberal adopta ahora la forma de un paréntesis excepcional en una historia secular dominada por la política de la fuerza. Si fue un paréntesis la Unión Soviética, también la política estadounidense que hemos conocido puede serlo, e incluso las organizaciones nacidas a su amparo, como la Unión Europea y la OTAN. Trump no es causa sino efecto. No bastará una mayoría demócrata en el Congreso ni otro presidente para que la república imperial rectifique y el orden liberal viva de nuevo como si nada hubiera pasado. El trumpismo no tiene nada de efímero. Va para largo.

‘La nación imperial (1750-1918)’
Josep Maria Fradera (Edhasa, 2015)

‘The Monroe Doctrine: Empire and Nation in Nineteenth-Century America’
Jay Sexton (MacMillan, 2011)
‘Trump, Venezuela and the doctrine that wouldn’t die’
Greg Grandin, ‘Financial Times’, 10 de enero.
Sobre la firma

Lluís Bassets – twitterVer biografía
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

































