Rocambole: “Más que resignificación, hay un robo de la palabra libertario”
Las obras que pueden verse en el C. C. Recoleta encuentran otro modo de exhibición en “Arte, diseño y contracultura”, libro que compila una impactante obra que viene desde los tiempos de La Cofradía de la Flor Solar. “Me encanta esa especie de frontera entre disciplinas que se entrelazan”, señala el artista.


El chiste de la respuesta, ante una merecida alabanza sobre la flamante reedición ampliada del libro Rocambole (Arte, diseño y contracultura), es con una pregunta “¿Tenés las Mil y una Noches ahí?”. Ricardo “Mono” Cohen, más conocido como Rocambole para el mundo ricotero, esquiva o solapa así, con una risita aledaña, el pudor que tal vez le provoquen los halagos. Trance que, le guste o no, por supuesto tiene que atravesar como efecto del precioso trabajo de tapa dura que condensa su vida en 212 páginas.
“La idea de publicar este libro surgió a partir del impulso de unos amigos vinculados a la producción gráfica. Había muchos trabajos míos que nunca habían visto la luz y muchos de ellos, incluso, son bocetos que hice a lo largo de mucho tiempo y que, veo hoy, no están tan mal para que permanezcan sin conocerse”, es su explicación inicial y formal sobre un libro cuyos trazos centrales definen lo que Cohen ha sido y es: un cruzado entre el diseño y el dibujo, dotado de una perdurable visión contracultural. “Para mí no es ninguna ordalía estar en el medio. Me encanta esa especie de frontera entre disciplinas que se entrelazan. A veces parto de una y llego a la otra, y a veces viceversa”, asegura como postura previa –y coincidente, por cierto- a su mirada sobre la contracultura.
La primera vez que escuchó esa palabra, recuerda, fue a través de un querido amigo suyo, cuyo testimonio es uno de los varios que pueblan el libro: Miguel Grinberg. “Él hablaba mucho de esa palabra en su revista Eco Contemporáneo”, retrotrae Rocambole. “La vinculaba, claro, a la generación beat norteamericana. Pero más tarde, con la aparición de los Beatles y del rock nacional en la Argentina, se llamó contracultura a todo ese escenario. Lo cierto es que durante toda la historia de la humanidad hubo una cultura oficial, admitida, a la que se reconoce como tal, pero paralelamente emergen otras actividades a las que aún no se considera cultura por un montón de razones. Entre ellas, por lo de ‘contra’, justamente. Acá está la contracultura”.
Rocambole insiste en un ejemplo-contraejemplo de hoy para graficar lo que dice sobre la tercera palabra que define su libro. De un lado están las artes “oficiales” en general. Del otro, el arte callejero expresado por los grafitis o el muralismo espontáneo que alguna vez será finalmente considerado arte. “A la larga esa cultura paralela se transforma en oficial, porque finalmente es admitida. Todo es cultural, al cabo, se la reconozca como tal o no”.
Para empezar como el libro, porque el libro empieza por ahí, Cohen se mete en la historieta, su primer amor, Patoruzito y Rayo rojo mediante. Por supuesto, un buen ejemplo de contracultura o “cultura paralela”. “Se sabe, como digo, que la historieta, en gran parte de su larga existencia, no fue admitida dentro de las artes tradicionales. Más bien parecía como una cosa destinada a la diversión, al mundo infantil. Pero más tarde, al aparecer los grandes historietistas y dibujantes que conocemos, se fue transformando en una pieza reconocida como cultura”, comenta el artista, parado ahora en lo que le sugieren las páginas primeras del libro, referidas a comics hechos por él. Entre ellos, las delirantes aventuras de Barón Zamba, que algo tiene de cuando la historieta era contracultura en la San Francisco hippie de fines de los sesenta. Y algo, también, de sus derivas rioplatenses.

En el caso de Rocambole esas derivas pueden verse como un maridaje entre imágenes tenebrosas y dramáticas reminiscentes de ciertas historietas con todo lo que lo nutrió el arte de Goya –referencia vital en el dibujante, por cierto- y de obras de pintores medievales. “Siempre me he inclinado por un estilo dramático, llamémosle. Suelo decir que esto sale de mis primeras pesadillas, a las que no tomo como algo nefasto, sino como un reservorio de imágenes interesante”, revela el “Mono” a Página/12.
Cuesta nada intuir pues que muchas de sus pinturas, de sus dibujos, de sus acrílicos sobre tela salieron de ahí. El enfático Brujo de 2001, por caso; El Morta de Momo Sampler; otro acrílico llamado La mano izquierda de la oscuridad; el ángel empetrolado de 2002 y algunos más políticos, con la tapa de Oktubre a la cabeza. “La política es el arte de organizarnos y convivir. Cuando se dice que todo arte es político es porque estamos embebidos de cómo convivir y organizarnos, qué cosas respetar y cuáles no para dar con esos fines”, opina el artista artesano.
El concepto que Cohen tiene sobre la política lleva a otro de los tópicos que surcan su vida, libro y obra: la idea de cofradía, que el artista gráfico experimentaría justamente como parte de La Cofradía de la Flor Solar entre fines de la década del sesenta y principios de la del setenta, en La Plata. Fue él quien, imaginándole una imagen al primer disco de la pata musical de la comunidad que integraban Kubero Díaz, Quique Gornatti, “Manija” Paz y “Morcy” Requena, piensa en transpolar a la incipiente imaginería rockera criolla una pintura del siglo XV. “Quise armar como una especie de caricatura de un grabado del siglo XV. En una parte está la cena de los flacos, de los hambrientos; y en la otra, la de los gordos… los ricos y poderosos. Y en ambos hay integrantes de la cofradía, entre ellos, yo con barba y levantando una copa entre los ricos”, ríe Cohen, acerca de la imagen que quedaría inserta en la lámina interior del disco debut de La Cofradía.

Justamente, entre otros de los testimonios que aparecen en el libro figura el de alguien que estuvo muy cerca de la experiencia cofrádica: Miguel Cantilo. El músico recuerda a Cohen como “un duende escapado de un libro de cuentos” que no solo operaba la mesa de sonido en los shows de la banda, sino que también había diseñado un original método de proyección sobre una pantalla de fondo para ambientar el escenario. “Además, el ´Mono` controlaba las finanzas, el desorden de la clásica bohemia y la imagen publicitaria. Era un hombre orquesta fuera de la orquesta”, recuerda Cantilo en la página 65.
También va hacia allá Cohen. “Me vienen con mucho cariño los inicios de La Cofradía, sobre todo porque eran épocas juveniles en las que uno empezaba. Recuerdo el joven talento de Kubero Díaz y del mismo Cantilo que, si bien nunca formó parte ‘oficial’ de La Cofradía, siempre estuvo cerca. Era un visitante frecuente y luego, cuando se disolvió la comunidad, una parte de esta se fue con él y grabó en el disco Conesa, de Pedro y Pablo. Después se fueron a Europa, formaron grupos, y entre ellos uno que volvió a la Argentina bajo el nombre de Punch”.
El significado de cofradía es nodal en el devenir de Rocambole. Entre otras cosas porque es como una patria que hay que construir, tal como consta en otro pasaje de Arte, diseño y contracultura. Una idea de patria que no viene dada por esencias sino más bien por un entramado de voluntades con pasado, presente, techo y futuro común. “La patria hay que construirla. En las primeras épocas de nuestra historia ella no existía y hubo que construirla. Justamente, el otro día hablaba con unos amigos sobre la calidad de tipo que era José de San Martín, y de las cosas que había hecho. Pienso y digo esto porque la situación de la patria, hoy, es bastante confusa. Yo estoy analizando la situación con frecuencia y siento que estamos viviendo una especie de transición mental de nuevas generaciones que conviven con y se adaptan a nuevos procesos tecnológicos. Pero a su vez pareciera que se estuviera interviniendo dentro del pensamiento, algo tan profundo como una mutación biológica en la parte cognitiva”, teme el artista. “Yo soy un lector asiduo de ciencia ficción, y por eso no me son ajenas ciertas situaciones que en un momento eran de ficción. Es lo que está ocurriendo ahora”.
Pocas bandas como Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota pues para prever ese futuro aciago, casi de ficción, que finalmente llegó. O está llegando. El arte de Rocambole, que mucho tiene de eso, también reencarnó en la banda. Profundizó el perfil desangelado de los personajes que forman parte de la imaginería de los Redondos en tapas y dibujos inolvidables. Indudablemente representativos de lo que la oscura y maravillosa música redonda expresó desde el artesanal Gulp! y el libertario Oktubre en adelante.
Acá se planta Cohen: “Hoy, más que resignificación, hay un robo de la palabra libertario, que estaba vinculada originalmente a gente muy de izquierda, anarquista”, clarifica, por si hiciera falta. “Yo también podría cambiar el sentido de una palabra, y atribuirlo a algo que yo haga y que me quede cómodo, pero no es así… las palabras tienen un significado concreto. Con este criterio, me podría robar la palabra héroe para llamar a mis amigos del rock nacional ‘héroes del rock’, por ejemplo”.

La estadía de Cohen en los Redondos empezó en 1978 y duró siempre. Ilustraciones, bocetos, ambientaciones y diseños de flyers publicitarios para anunciar las presentaciones de la banda en el Estadio Atenas de La Plata, Paladium o en el Teatro Bambalinas, convivieron con la elaboración de artes de tapa que serían la imagen por antonomasia de la banda. “Tengo cariño por todas las obras que hice con Los Redondos, pero sin dudas las de Oktubre son las imágenes que la gente más reprodujo y más recuerda. Indudablemente, ellas quedaron como una especie de síntesis de todo lo que hice con la banda. Para mí fue una época fantástica en la que tuve la fortuna de tener unos amigos muy talentosos y trabajar con ellos. Es un momento muy bien recordado por mí”. De hecho, son obras que ofician de imanes para el público que recorre la potente muestra Rocambole y el Jardín de los fantasmas en el Centro Cultural Recoleta.
Arte, diseño y contracultura contiene otras aristas artísticas que no pueden pasar por alto. Por caso, el árbol dado vuelta que Cohen pensó y pidió emplazar en la Plaza Alberdi del barrio La Loma de La Plata, donde se reunía un grupo de jóvenes militantes hoy desaparecidos. “Lo del árbol al revés tiene que ver con la idea de cambiar el mundo que tenían esos chicos”, cuenta él sobre la instalación que permanece en la plaza platense. “Se me ocurrió que se podía traer un árbol gigante de 26 metros, que la tormenta había derribado en el parque Pereyra y plantarlo de cabeza”, escribe Rocambole en la página 168, justo antes de que aparezca una imagen de Eva apoyada sobre una máquina de coser, que lleva por nombre “La máquina de mi mamá”. “Llegué a La Plata, a los 2 años, el 16 de octubre de 1945, y fui testigo de las grandes manifestaciones que salían de La Plata un día después con antorchas y todo eso. Pese a que era muy chico, tengo la imagen de haber visto las marchas del 17 de octubre desde una ventana”, evoca.

De las cuatro reediciones que ya se hicieron de Arte, diseño y contracultura (que se consigue en su sitio), esta es la más importante porque contiene muchos trabajos casi contemporáneos que el resto no tenía. Una verdadera edición ampliada pues, que agrega el logo del Instituto Nacional de la Música –la mujer tocando un contrabajo- hecho por él, al igual que dos acrílicos sobre tela bajo los nombres de Sin número y La desaparición, más ese otro llamado “Ella viene detrás”, que Skay Beilinson haría canción como “Oda a la sin nombre”. “Experto rastreador del alma humana, él hace aparecer aquello que estaba oculto en las sombras”, describe y define a colación el guitarrista, en la página 91. Y que el mismo Cohen reproduce a su manera, como síntesis concluyente.
“Creo que todos somos traicionados por aquellos ojos con los que miramos el mundo material, y somos penosamente confundidos. Prefiero entonces ocuparme de esos frutos inmaduros que proliferan en el viejo marasmo que es mi cabeza, donde no cesa ese viento de hojas amarillas que levantan un torbellino de gérmenes deformes en eterna incubación. A veces, algunos se sublevan y bullen en silencioso tumulto, buscando en tropel por dónde salir de la región penumbrosa a donde los he confinado”.
En tropel o solo, como Luzbelito, el esclavo yanqui de aura brava y dolorosa que Cohen intentó con su trazo como otra posible suma de su arte sin descanso.
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