Todo lo que toca Rubén Rada se convierte en leyenda
Al frente de una banda espléndida, el músico uruguayo ofreció su cóctel de murga, candombe, rock, bossa nova, funk y fusión, levantando al público y divirtiéndose él también.


Incluso con el telón cerrado, ya había arrancado el festejo. Mientras la banda ajustaba detalles, detrás de bambalinas se escuchó la milenaria clave rítmica: ese patrón asimétrico de cinco golpes, propio de la música afro, que el público acompañó con tres palmadas, secundadas por otras dos. Fue lo más parecido al “¡Ábrete, sésamo!”, porque de inmediato se descubrieron de par en par las cortinas del escenario. Sin embargo, antes que con Alí Babá, Rubén Rada seguramente tenga más empatía con los 40 ladrones. Al punto de que algo de eso sugirió en el inicio del espectáculo. “Me preguntaron cómo se iba a llamar el show, y le puse ‘Tocá, Che Negro Rada’ (título tomado del estribillo de su clásico “Blumana”). Mira qué capo que soy”, ironizó. Para luego adelantar que tocaría los temas que hace tiempo la gente no escucha.
Uno de los mejores y más distintivos músicos uruguayos se presentó en La Trastienda en la noche del miércoles como parte de la serie de shows con la que la referencial sala del barrio de San Telmo se encuentra relanzando su nueva imagen, (sonora y estética), así como su cartelera. Asimismo, se trató del reencuentro del artista con un lugar que curte desde su antigua sede, en Thames y Gorriti, según él mismo dijo, y en el que grabó en 2007, luego de la mudanza a Balcarce 460, el disco doble en vivo Varsovia, firmado junto al bajista Javier Malosetti. De los temas que registró en ese álbum, en esta oportunidad revisitó el mentado “Blumana” y el candombe “Ayer te vi”, con el que el cantante, compositor y percusionista inauguró los 105 minutos de recital.
No obstante, en contraste con el tema original y la versión del disco en directo, esta vez Matías Rada, vástago del candombero, articuló un solo de guitarra eléctrica para el clásico de 1981 cuya construcción nació en el arrebato y terminó en el anhelo melancólico. Fue el primer llamado de atención sobre su habilidad para hacer sonar la viola a su antojo, lo que permitió además que su padre desempolvara posteriormente “Heloisa”. Si bien este temazo de Tótem, grupo fundamental de rock uruguayo de los años 70, surgió a partir de un error, porque el título pretendía tributar a la protagonista del film Orfeo negro (en su momento, el artista entendió que se llamaba así, cuando en realidad su nombre es Eurídice), devino en una de las canciones claves del candombe beat.
Nadie la grooveó tan deliciosamente en el rock de ambas orillas del Río de la Plata como él, inclusive hoy, a sus 82 años. Y lo volvió a dejar de manifiesto en la primera de sus dos fechas de esta vuelta a Buenos Aires (la segunda función estuvo pautada para el jueves). Aunque esto fue nada más que un ápice de esa versatilidad musical que marcó a sus 65 años de trayectoria, porque hay Negro Rada para todos los gustos y edades. Lo corroboró a continuación al despachar la bossa nova “¿Quién va a cantar?”, escoltada por “Terapia de murga”, a la que introdujo afirmando que se trataba de la “primera murga que le canta al amor” (a razón del contenido político y social que caracteriza al género). Levantando al público por primera vez de sus mesas.
Entonces despachó su versión candombera de “11 y 6”, clásico de Fito Páez, advirtiendo que la había destrozado, desatando la risa de la gente. Una de las constantes de un recital cargado de anécdotas. Como cuando compuso “Dedos”, otra de las canciones emblemáticas de Tótem, durante última la dictadura militar uruguaya. Si hace un rato la había rockeado de lo lindo, ahora redobló la apuesta al mostrar el lado más salvaje y áspero del funk, convirtiéndolo en uno de los clímax de la noche. Ahí no sólo se lució de vuelta su hijo Mateo, exprimiendo su viola, para luego completar la narrativa performática con su talk box (pedal de efectos que manipula la voz), sino también su hija Julieta, quien desde los coros le inyectó todavía más urgencia al tema.
En el medio apareció “Candombe para Gardel”, donde el veterano candombero Fernando “Lobo” Núñez dejó de lado su tambor para bailar el final de la canción. A pesar de que “Flowers in the Night” no estaba originalmente en los planes, improvisaron un pedacito, mientras solucionaban un detalle técnico. Siguieron adelante con “Mi país”, dedicada a Víctor Hugo Morales, quien se encontraba entre la audiencia, y después hicieron “Don’t Stop candombe”, donde el jazz fusión y el género afroruguayo consumaron uno de sus tantos idilios. Y, tras sugerir lo que se venía, irrumpió finalmente “Blumana”, eyectando al público de sus asientos y poniéndole color a la celebración en la que se tornó lo que parecía un recital más. Es tan adictivo ese funk a lo africano que se hizo demasiado corto.
En ese instante, cobraron fuerza las remeras que se vieron en la sala tributando a Rada, porque su legado tiene el mismo estatus de lo que consiguieron Fela Kuti con el afrobeat o Bob Marley con el reggae. Lo que el músico uruguayo respaldó inmediatamente con “Rock de la calle”, de su supergrupo La Banda y con la que se dio a conocer en la Argentina. La intensidad que desborda el tema se la dejó picando a Mateo para que volviera a sacarle chispas al instrumento, y por supuesto no dudó en clavarla al ángulo. Con el lugar hecho una caldera, no hubiera venido nada mal que el repertorio continuara andando por ese camino. Pero como sabe que se debe a su público, el percusionista y cantante prefirió ponerle paños fríos al asunto y apelar por un remate más popular.
Siempre sentado al frente de sus tres tambores, y apoyado por una banda espléndida, de la que también fue parte su hija Lucila (estuvo en los coros junto a Julieta), el artista tocó “Cha cha, muchacha”, esta vez apuntando al Caribe, y ahí se quedó para despedirse con “Muriendo de plena”, en sintonía con la revolución que provocó el paso de Bad Buny por Buenos Aires (la plena boricua tiene una importante sucursal en Montevideo). No pasaron dos minutos, y ya el artista estaba de vuelta para consumar el bis con la sensiblera “No me queda más tiempo”. A la salida, sobre Paseo Colón, un trío de chicas aún excitadas con lo que vieron celebraron haber estado en el Luna Park con el que este hijo pródigo de Barrio Sur festejó sus 80 años. Y es que el Negro todo lo que toca lo vuelve leyenda.
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