Elogios, alivio y el agobio: los líderes mundiales reaccionan al alto al fuego en Irán
En Europa y en todo el mundo, la guerra ha dañado las economías, ha agitado la política y ha puesto de relieve la falta de opciones para hacer frente a los caprichos del presidente Trump.



Por Jim Tankersley
Reportando desde Berlín
8 de abril de 2026
El miércoles, los líderes mundiales expresaron su alivio por el hecho de que Estados Unidos, Israel e Irán acordaran un alto al fuego temporal y el presidente Donald Trump se retractara de su amenaza apocalíptica de recrudecer una guerra que ya había desencadenado una serie de crisis mundiales en cascada.

Pero el alivio se vio atenuado por la profunda impotencia que la mayoría de los países han sentido en las últimas seis semanas al ver a Trump librar una guerra que ha sacudido sus economías, sus suministros energéticos, su política interna y sus relaciones con la superpotencia preeminente del mundo.
Los líderes mundiales se han visto arrastrados por los vuelcos personales y giros geopolíticos de Trump desde que comenzó la guerra a finales de febrero. Han tenido que adivinar si lanzaría nuevos ataques contra Teherán o si pondría fin a las hostilidades, dos opciones para las que ha dado señales en varias ocasiones. Han tenido que soportar largas peroratas sobre la ayuda insuficiente y la ingratitud que Estados Unidos recibe de sus aliados, peroratas que suelen ir acompañadas de amenazas de abandonar la OTAN, al tiempo que sufrían las crisis de los precios del petróleo y el gas y la escasez de suministros provocada por la guerra.
Funcionarios de algunos de esos países señalaron los obstáculos que quedan para que el alto al fuego de dos semanas se convierta en permanente, entre ellos abordar las espinosas cuestiones de las ambiciones nucleares de Irán y asegurar el estrecho de Ormuz para el transporte marítimo mundial. Reconocieron lo difícil y tardado que sería reparar las grietas que esta guerra ha abierto en la economía mundial y en el entorno de seguridad.
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Y se quedaron en búsqueda de mejores formas de navegar por el nuevo orden mundial que Trump ha puesto en marcha en su segundo mandato en la Casa Blanca, uno en el que el presidente azota a amigos y enemigos por igual, con poca capacidad para amortiguar los golpes.
“¿Es el mundo un lugar mejor hoy que ayer? Sin duda”, escribió en la plataforma de redes sociales X el ministro de Asuntos Exteriores danés, Lars Lokke Rasmussen. “¿Que hace 40 días? Eso es más que dudoso”.
Pedro Sánchez, presidente del gobierno español y opositor declarado a la guerra en Irán, elogió el alto al fuego como “una buena noticia. Sobre todo si conducen a una paz justa y duradera”. Pero añadió una dura condena a la campaña militar de Trump.

“El alivio momentáneo no puede hacernos olvidar el caos, la destrucción y las vidas perdidas”, escribió. “El Gobierno de España no aplaudirá a quienes incendian el mundo porque se presenten con un cubo. Lo que toca ahora: diplomacia, legalidad internacional y PAZ”.
Fue quizá una sorpresa que el miércoles Sánchez se uniera a otra media decena de líderes europeos, junto con dirigentes de Canadá, la Comisión Europea y el Consejo Europeo, en un compromiso para prestar apoyo gubernamental para “garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz”.
Tal esfuerzo sigue siendo conceptual por ahora, a pesar de la insistencia de Trump en que sus aliados de la OTAN envíen activos militares para ayudar a aliviar el bloqueo iraní de la vía marítima, con el objetivo de que los precios mundiales del petróleo y el gas, ahora en niveles elevado, vuelvan a bajar.
Más allá de Europa, el alto al fuego suscitó elogios de países como Omán, Japón, Malasia y Australia, acompañados a veces de críticas a Trump y a los efectos de la guerra en sus economías, o de discusiones sobre el difícil camino diplomático que tienen por delante.
Winston Peters, ministro de Asuntos Exteriores de Nueva Zelanda, dijo en un comunicado que “aunque se trata de una noticia alentadora, queda mucho trabajo por hacer en los próximos días para garantizar un alto al fuego duradero”. La guerra, dijo, “ha tenido repercusiones y trastornos de gran alcance, tanto en Medio Oriente como en otros lugares”.
Otros dirigentes hicieron una referencia importante a las continuas interrupciones del suministro mundial de energía a causa de la guerra, que han empujado a muchos gobiernos a adoptar costosas medidas para aliviar la carga que recae sobre los conductores y otros consumidores.

“El objetivo ahora debe ser negociar un final duradero de la guerra en los próximos días”, dijo Friedrich Merz, canciller de Alemania, en una declaración el miércoles, en la que también prometió la ayuda alemana en un esfuerzo internacional para reabrir el estrecho. Esas negociaciones, añadió, “pueden evitar una grave crisis energética mundial”.
Para su frustración, los dirigentes parecen tener poca capacidad para influir en Trump, en esta guerra o en cualquier otro conflicto. La dificultad para analizar las declaraciones belicosas y a menudo cambiantes de Trump ha sido un reto durante el último mes. Otros líderes han adoptado diversas respuestas, como un apoyo moderado, un rechazo comedido y, a veces, simplemente el silencio público, con la esperanza de que Trump cambie de opinión por sí mismo.
Por ejemplo, el martes, cuando Trump lanzó una amenaza apocalíptica a Irán, en la que dijo que Estados Unidos acabaría con su civilización. Ni Merz ni Keir Starmer, el primer ministro británico, respondieron públicamente a la declaración, como tampoco lo hizo Emmanuel Macron, el presidente francés.
Parecía tratarse de un silencio deliberado, destinado a evitar cualquier posible provocación al presidente estadounidense, mientras los diplomáticos —dirigidos por el gobierno paquistaní— trabajaban entre bastidores para garantizar el alto al fuego. En cambio, Macron y Merz publicaron comentarios ajenos al tema en la plataforma de redes sociales X.
Otros funcionarios de toda Europa han intentado durante el último mes mitigar las repercusiones económicas y políticas de la escalada de los precios del petróleo y el gas, impulsada por la guerra.
En Italia, el presidente de un sindicato de profesores ha advertido que los alumnos podrían tener que volver al aprendizaje a distancia en las últimas semanas de clase si continúa la escasez de combustible y se dificulta mantener abiertos los edificios. La crisis ha golpeado a la primera ministra Giorgia Meloni en un momento políticamente vulnerable, tras perder un referendo para reformar el poder judicial italiano.
El gabinete de Meloni ha reducido los impuestos sobre el combustible al menos hasta finales de mayo para proporcionar cierto alivio a los consumidores. De forma similar, España ha recortado los impuestos sobre la energía. Las autoridades alemanas han limitado las gasolineras a solo una subida de precios al día, y están debatiendo nuevas medidas para ayudar a los consumidores. La Confederación Europea de Sindicatos estimó el miércoles que una crisis prolongada podría aumentar los costos de la energía en casi 2000 euros, o unos 2300 dólares, este año para un hogar típico de la Unión Europea.
Los expertos advierten que podría necesitarse más ayuda, incluso con los avances en las negociaciones.
“Lo que se ha hecho hasta ahora ha causado profundos daños a la infraestructura energética”, dijo Tito Boeri, profesor de Economía de la Universidad Bocconi en Milán. “Así que, aunque se reabra el estrecho de Ormuz, pasará tiempo antes de que estos países recuperen por completo su capacidad”.
Starmer tenía previsto viajar al golfo Pérsico el miércoles para reunirse con aliados y debatir cómo mantener el estrecho permanentemente abierto a la navegación internacional, dijeron funcionarios del gobierno. Su viaje estaba previsto antes de que se anunciara el alto al fuego. Se produce tras las conversaciones sobre el estrecho celebradas la semana pasada en el Reino Unido entre diplomáticos y planificadores militares de más de 40 países.
Hasta el miércoles, esas conversaciones aún no han dado lugar a un plan de acción completo.
Motoko Rich en Roma, Carlos Barragán en Madrid, Laura Chung en Sídney y Michael D. Shear en Londres colaboraron con la reportería.
Guerra en Irán: Trump anuncia un alto al fuego de 2 semanas
Cómo Trump llevó a EE. UU. a la guerra con Irán
Trump amenazó con eliminar a la civilización de Irán y desgastó la posición de EE. UU.
Jim Tankersley es el jefe de la oficina de Berlín del Times, y dirige la cobertura de Alemania, Austria y Suiza.
Lee más en: Unión Europea, Pedro Sánchez, Donald Trump
Trump da marcha atrás, pero aún hay dudas sobre Irán y el estrecho de Ormuz
El alto al fuego fue, sin duda, una victoria táctica en la cuerda floja. Pero no resuelve ninguno de los problemas fundamentales que llevaron a la guerra.


Por David E. Sanger
David E. Sanger ha cubierto la información sobre cinco presidentes estadounidenses en más de cuatro décadas en el Times. Ha escrito extensamente durante los últimos 20 años sobre los sucesivos esfuerzos para negociar con Irán, sabotear su programa nuclear e imponer sanciones para contener sus acciones.
8 de abril de 2026
A las 8:06 a. m. del martes, el presidente Donald Trump lanzó una amenaza apocalíptica a Irán, en la que declaraba que, a menos que se cumpliera su exigencia de abrir el estrecho de Ormuz antes del anochecer, “toda una civilización morirá esta noche, para no volver más”.
Diez horas y 26 minutos más tarde, a las 6:32 p. m. hora del este, levantó la amenaza, de momento. Dijo que una intervención del gobierno paquistaní había llevado a un alto al fuego de dos semanas en una guerra que ha sacudido la economía mundial y ha mostrado el dominio tecnológico estadounidense y la inesperada resistencia iraní.
La táctica de Trump de elevar su retórica a niveles astronómicos sin duda le ayudó a encontrar una salida que llevaba semanas buscando. Ese éxito por sí solo puede alimentar su creencia de que las tácticas que aprendió en el mundo inmobiliario neoyorquino —ignorar viejas convenciones, plantear exigencias maximalistas— funcionan también en geopolítica.
Sin duda, fue una victoria táctica en la cuerda floja, que debería, al menos temporalmente, conseguir que el petróleo, los fertilizantes y el helio fluyeran de nuevo a través del estrecho de Ormuz, y calmar los mercados que temían que una crisis energética mundial condujera a una recesión mundial.
Pero no resuelve ninguno de los problemas fundamentales que llevaron a la guerra.
Deja un gobierno teocrático, respaldado por el despiadado Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, a cargo de una población amedrentada que ha sido asediada con misiles y bombas, y que se encuentra todavía bajo el yugo de un régimen familiar, aunque bajo una nueva dirección. Deja intactas las reservas nucleares de Irán, incluidos los 440 kilogramos de material casi apto para bombas que, en teoría, eran el casus belli de esta guerra.
Dejó tambaleándose a los aliados del Golfo, con el descubrimiento de que los rascacielos de cristal de Dubái y las plantas desalinizadoras que hacen habitables los enclaves ricos de Kuwait pueden ser destruidos por misiles y drones iraníes. Los precios de la gasolina se han disparado y están a punto de poner a prueba la promesa de Trump de que volverán a bajar a los antiguos niveles en cuanto cesen los combates.
Y ha dejado a la base política de Trump fracturada, con antiguos partidarios que ahora acusan al presidente y a sus leales, empezando por el vicepresidente JD Vance, de violar su promesa de no meter a Estados Unidos en guerras imposibles de ganar en Medio Oriente.
Todo ocurrió en un momento en que Irán ha demostrado que puede absorber 13.000 ataques selectivos y aun así llevar a cabo una impresionante guerra asimétrica asfixiando el suministro de petróleo y enviando a su ejército cibernético a atacar la infraestructura estadounidense.
Ahora Trump se enfrenta al reto no solo de alcanzar un acuerdo más permanente, sino de demostrar a Estados Unidos y al mundo que, para empezar, valía la pena luchar en este conflicto. Y para ello, tendrá que demostrar que ha eliminado el dominio de Irán sobre el canal de casi 34 kilómetros que forma el estrecho, y sus posibilidades de llegar a construir un arma nuclear.
A este respecto, la descripción iraní del acuerdo contenía un elemento de mal agüero. El ministro de Asuntos Exteriores iraní, Abbas Araghchi, escribió que el transporte marítimo continuaría, pero bajo el control de las “Fuerzas Armadas de Irán”, que determinarían quién pasa y cuándo.
“Irán sigue controlando el estrecho, lo que no ocurría antes de la guerra”, dijo Richard Fontaine, director ejecutivo del Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, un grupo de investigación de Washington. “Me cuesta creer que Estados Unidos y el mundo puedan aceptar una situación en la que Irán siga controlando indefinidamente un punto de control energético clave. Sería un resultado materialmente peor que el que existía antes de la guerra”.
Lo mismo podría ocurrir con un acuerdo final. Hace cuatro semanas Trump exigía la “rendición incondicional” de Irán, y decía que él determinaría cuándo el país había sido completamente derrotado. El martes por la noche su tono era diferente. Aceptó basar las próximas dos semanas de conversaciones en un plan de 10 puntos que Irán presentó a los paquistaníes. Trump lo calificó de “base viable sobre la que negociar”.
“¿Han mirado el plan de Irán?”, preguntó Fontaine. “Se lee como una lista de deseos de Teherán de antes de la guerra, en la que pide un reconocimiento global del derecho de Irán a enriquecer uranio, la retirada de todas las fuerzas estadounidenses de la región y un levantamiento de las sanciones económicas. Y pide el pago de reparaciones a Irán por los daños causados en la guerra”.
Por supuesto, esto es solo el punto de partida de la negociación. Pero la distancia entre la visión iraní de un acuerdo de paz definitivo y la visión estadounidense es tan grande que imaginar un acuerdo en dos años, y mucho menos en dos semanas, requiere cierto jiu-jitsu diplomático. El gobierno de Barack Obama tardó dos años y medio en negociar el acuerdo nuclear de 2015, del que Trump se deshizo en 2018, y eso fue en tiempos de paz. Esta negociación se celebrará bajo la espada de una posible reanudación de las hostilidades.
Los presidentes llevan 20 años negociando con Irán, sancionando a Irán y saboteando a Irán. Ahora Trump se enfrenta al reto de demostrar que haciendo la guerra con Irán se consiguen mejores resultados. No será fácil.
Si no consigue sacar del país los 440 kilogramos de uranio enriquecido al 60 por ciento, junto con cantidades mucho mayores de combustible nuclear menos enriquecido,Trump habrá logrado menos en una guerra de mil millones de dólares diarios que Obama hace 11 años. En aquel acuerdo, Irán sacó del país el 97 por ciento de sus reservas nucleares.
Si no consigue que Irán limite el tamaño de su maltrecho arsenal de misiles, o la distancia que pueden recorrer, se habrá quedado corto en uno de sus principales objetivos.
Y si sus conversaciones con un gobierno dirigido por el nuevo líder supremo, Mojtaba Jameneí, quien se cree que se está recuperando de las heridas sufridas en el atentado que acabó con la vida de su padre, el ayatolá Alí Jameneí, acaban consolidando la autoridad del nuevo gobierno, corre el riesgo de faltar a la confianza del pueblo iraní.
Hace solo poco más de cinco semanas, Trump instaba al pueblo iraní a levantarse y derrocar a su gobierno. Ahora está haciendo negocios con ese gobierno. El martes repitió su afirmación de que el nuevo líder supremo forma parte de una generación de líderes “diferentes, más inteligentes y menos radicalizados”. Las agencias de inteligencia estadounidenses tienen sus dudas.
“Puede que esto funcione”, dijo Fontaine, exasesor del difunto senador John McCain. “Pero existe la posibilidad de que esto acabe con Estados Unidos y el mundo en una situación peor que cuando empezó”.
Farnaz Fassihi y Anton Troianovski colaboraron con la reportería.
Guerra en Irán: Trump anuncia un alto al fuego de 2 semanas
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Cómo Trump llevó a EE. UU. a la guerra con Irán
David E. Sanger cubre el gobierno de Donald Trump y una amplia gama de temas relacionados con la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito cuatro libros sobre política exterior y retos de seguridad nacional.
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Irán presenta 10 puntos que dice son la base para las pláticas de alto al fuego
El plan, que reafirma el control de Irán sobre el estrecho de Ormuz y mantiene el derecho del país al enriquecimiento nuclear, no es el mismo que el que el presidente Trump dijo que era una “base viable” para las negociaciones.


Por Erika Solomon
8 de abril de 2026
Irán hizo público el miércoles lo que dijo era el marco de 10 puntos para las conversaciones que el presidente Donald Trump describió como “una base viable sobre la que negociar” el fin de la guerra. Gran parte de ello consistía en exigencias maximalistas que parecen difíciles, si no imposibles, de conciliar con los objetivos estadounidenses.
Un funcionario de la Casa Blanca dijo que los puntos no coinciden con los referidos por Trump. El funcionario habló bajo condición de anonimato para discutir las discusiones internas de la Casa Blanca.
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Irán hizo pública su versión de la propuesta la mañana después de que Estados Unidos e Irán acordaran un alto al fuego de dos semanas, y pide que los soldados estadounidenses abandonen la región, reafirma el control de Irán sobre el estratégico estrecho de Ormuz y mantiene el derecho de Irán al enriquecimiento nuclear.
Es probable que muchas de estas exigencias entren en conflicto con una propuesta de 15 puntos que los mediadores estadounidenses presentaron el mes pasado.
Dicha propuesta nunca se hizo pública, pero funcionarios informados sobre el plan, que hablaron con The New York Times bajo condición de anonimato para discutir detalles delicados, dijeron que abordaba los programas nuclear y de misiles balísticos de Irán, así como el comercio marítimo. En negociaciones anteriores, los mediadores estadounidenses habían presionado para que se limitara el alcance de los misiles balísticos iraníes y se detuviera todo el enriquecimiento nuclear de Irán.
El miércoles, Trump pareció referirse a ese plan estadounidense, al escribir en las redes sociales que “ya se han acordado muchos de los 15 puntos” y repitiendo su insistencia en “no enriquecer uranio”.
A continuación, los 10 puntos de la propuesta de Irán, según la agencia de noticias oficial iraní, IRNA, y dónde podrían entrar en conflicto estas exigencias con los objetivos de Washington:
1. Una garantía estadounidense de no agresión con Irán
En la propuesta anterior de 15 puntos ofrecida por los mediadores estadounidenses, solo se ofrecía un alto al fuego. Los funcionarios iraníes quieren garantizar un fin formalizado de las hostilidades que sea más permanente.
Esta es una de las principales exigencias en las que se centrará Irán, según las entrevistas con figuras de la seguridad regional y un antiguo diplomático iraní.
2. Irán mantiene el control del estrecho de Ormuz
Es probable que esto se convierta en un importante punto de fricción. La capacidad de Irán para estrangular el tráfico a través del estrecho, por el que pasa una quinta parte del petróleo mundial, ha causado estragos en la economía mundial. Es muy poco probable que Washington o los países árabes del Golfo, vecinos de Irán, acepten esto.
3. Poner fin a la guerra regional en todos los frentes, incluso contra el aliado de Irán, Hizbulá, en Líbano
Esto podría convertirse en un eventual punto de alineación.
Estados Unidos e Israel quieren que Teherán frene una alianza de milicias que ha fomentado en toda la región, a la que denomina “Eje de la Resistencia”. Muchas de esas milicias han salido en defensa de Irán en la guerra actual, al lanzar ataques con drones y misiles contra objetivos estadounidenses, países del Golfo e Israel. Entre ellas se encuentra el grupo armado libanés Hizbulá, al que Israel respondió con una gran ofensiva. Israel anunció entonces planes para ocupar partes del sur de Líbano.
Israel afirma que el actual alto al fuego no se aplica a sus operaciones en Líbano. Que el frente del Líbano pueda incorporarse a un acuerdo a más largo plazo es un asunto pendiente.
4. Retirada de las fuerzas de combate estadounidenses de todas las bases y posiciones de la región
Las fuerzas estadounidenses mantienen bases en los estados árabes del Golfo, Israel e Irak. Es difícil concebir un escenario en el que Estados Unidos acepte esto.
5. Reparaciones a Irán por daños de guerra
Irán ha sufrido un nivel devastador de destrucción, no solo en sus instalaciones militares, sino también en infraestructuras críticas, como plantas farmacéuticas y siderúrgicas, puentes, universidades e instalaciones energéticas.
No ha habido indicios de que los funcionarios estadounidenses se planteen ofrecer una compensación.
6. Aceptación del derecho de Irán al enriquecimiento nuclear
Esto es diametralmente opuesto a las declaraciones más recientes de Trump, en las que ha vuelto a pedir el enriquecimiento cero de uranio.
Algunos diplomáticos regionales han intentado suavizar las exigencias estadounidenses, sugiriendo que Teherán podría aceptar no llevar a cabo activamente el enriquecimiento, o limitarlo a una cantidad simbólica en el umbral más bajo para fines civiles. Sigue sin estar claro si Washington lo aceptaría.
7. Levantar todas las sanciones primarias a Irán
Washington ha impuesto a Irán diferentes formas de sanciones primarias, o restricciones directas a las transacciones financieras, desde la fundación de la República Islámica tras la revolución de 1979.
En negociaciones anteriores, los mediadores buscaban que los funcionarios estadounidenses levantaran algunas sanciones a cambio de concesiones sobre el programa nuclear iraní. La propia declaración de Trump del miércoles aludió a la idea de ofrecer un “alivio de aranceles y sanciones”.
8. Levantar todas las sanciones secundarias a Irán
Además de bloquear directamente el comercio con Irán, Estados Unidos también impone sanciones que penalizan a otros países o empresas no estadounidenses que hacen negocios con Irán.
Al igual que el punto sobre las sanciones primarias, esta parte de la propuesta sería probablemente negociable en función de lo que ofrezca Irán.
9. Finalización de todas las resoluciones contra Irán de la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de la Energía Atómica
El pasado mes de junio, el organismo de vigilancia nuclear de la ONU aprobó una resolución contra Irán por primera vez en 20 años, afirmando que Irán no cumplía sus obligaciones de no proliferación nuclear, una medida que Irán condenó por considerarla política.
Washington no puede obligar al OIEA a revocar sus resoluciones, pero tal vez podría presionar a los países aliados para que lo hagan como parte de un acuerdo global con Irán.
10. Terminación de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas contra Irán
La ONU ha emitido varias resoluciones contra Irán, en particular sobre la proliferación nuclear. En octubre, las Naciones Unidas volvieron a imponer sanciones a Irán, alegando que este país había incumplido un acuerdo de 2015 para limitar el enriquecimiento nuclear iraní.
Washington podría intentar influir en sus aliados para que lo hicieran, pero, de nuevo, probablemente requeriría un acuerdo global con Irán.
Tyler Pager colaboró con reportería.
Cómo Trump llevó a EE. UU. a la guerra con Irán
Elogios, alivio y el agobio: los líderes mundiales reaccionan al alto al fuego en Irán
Trump da marcha atrás, pero aún hay dudas sobre Irán y el estrecho de Ormuz
Cómo Trump llevó a EE. UU. a la guerra con Irán
En una serie de reuniones, el presidente Trump sopesó sus instintos frente a las profundas preocupaciones de su vicepresidente y una evaluación pesimista de los servicios de inteligencia. Esta es la historia sobre cómo se tomó la decisión.
La decisión del presidente Trump de iniciar la participación en un ataque contra Irán junto a Israel se vio influida por una presentación del primer ministro Benjamin Netanyahu en febrero, que dio lugar a una serie de debates en la Casa Blanca durante los días y semanas siguientes.Credit…Al Drago para The New York Times


Por Jonathan Swan y Maggie Haberman
Jonathan Swan y Maggie Haberman son corresponsales en la Casa Blanca para el Times, y son los coautores del próximo libro Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump. Este artículo se basa en la investigación realizada para ese libro.
- 8 de abril de 2026
El todoterreno negro en el que viajaba el primer ministro Benjamín Netanyahu llegó a la Casa Blanca poco antes de las 11:00 a. m. del 11 de febrero. El dirigente israelí, que llevaba meses presionando a Estados Unidos para que accediera a realizar un ataque de gran envergadura contra Irán, fue conducido al interior sin apenas ceremonias, fuera de la vista de los periodistas, preparado para uno de los momentos más cruciales de su larga carrera.
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Funcionarios estadounidenses e israelíes primero se reunieron en la Sala del Gabinete, adyacente al Despacho Oval. Luego Netanyahu se dirigió escaleras abajo para el acto principal: una presentación altamente clasificada sobre Irán para el presidente Donald Trump y su equipo en la Sala de Situación de la Casa Blanca, que rara vez se utilizaba para reuniones en persona con dirigentes extranjeros.
Trump se sentó, pero no en su posición habitual a la cabeza de la mesa de conferencias de caoba de la sala. En su lugar, se sentó a un lado, frente a las grandes pantallas instaladas a lo largo de la pared. Netanyahu se sentó al otro lado, justo enfrente del mandatario.
En la pantalla situada detrás del primer ministro aparecía David Barnea, director del Mosad, la agencia de inteligencia exterior israelí, así como oficiales del ejército israelí. Dispuestos visualmente detrás de Netanyahu, creaban la imagen de un líder en tiempo de guerra rodeado por su equipo.


David Barnea, director del Mosad, el servicio de inteligencia exterior de Israel, Netanyahu y varios altos mandos del ejército israelí participaron en la reunión de alto nivel con el Trump en la Sala de Situación de la Casa Blanca.Credit…Amir Cohen/Reuters; Eric Lee para The New York Times
Susie Wiles, jefa de gabinete de la Casa Blanca, se sentó en el extremo opuesto de la mesa. El secretario de Estado, Marco Rubio, quien también ejercía de asesor de seguridad nacional, estaba en su asiento habitual. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, y el general Dan Caine, jefe de la Junta de Jefes de Estado Mayor, que solían sentarse juntos en este tipo de reuniones, estaban a un lado; junto a ellos estaba John Ratcliffe, director de la CIA. Jared Kushner, yerno del presidente, y Steve Witkoff, enviado especial de Trump, quien había estado negociando con los iraníes, completaban el grupo principal.
La reunión había sido deliberadamente reducida para evitar filtraciones. Otros altos secretarios del gabinete no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo. También estaba ausente el vicepresidente. JD Vance se encontraba en Azerbaiyán y la reunión se había programado con tan poca antelación que no pudo regresar a tiempo.
La presentación que Netanyahu haría en la hora siguiente sería fundamental para llevar a Estados Unidos e Israel hacia un conflicto armado de gran envergadura en medio de una de las regiones más volátiles del mundo. Y desencadenaría una serie de discusiones dentro de la Casa Blanca en los días y semanas siguientes, cuyos detalles no se han divulgado anteriormente, en las que Trump analizó sus opciones y los riesgos antes de dar el visto bueno a unirse a Israel para atacar a Irán.
Este relato de cómo Trump llevó a Estados Unidos a la guerra se ha extraído de la investigación para un libro de próxima publicación llamado Regime Change: Inside the Imperial Presidency of Donald Trump. Revela cómo las deliberaciones dentro del gobierno pusieron de manifiesto los instintos del presidente, las fracturas de su círculo íntimo y su manera de dirigir la Casa Blanca. Se basa en extensas entrevistas realizadas bajo condición de anonimato para relatar debates internos y temas delicados.
La investigación subraya hasta qué punto el pensamiento belicista de Trump se alineó con el de Netanyahu durante muchos meses, más de lo que reconocían incluso algunos de los principales asesores del presidente. Su estrecha asociación ha sido una característica duradera a lo largo de dos gobiernos, y esa dinámica —por tensa que haya sido a veces— ha generado intensas críticas y sospechas tanto en la izquierda como en la derecha de la política estadounidense.
Y muestra cómo, al final, incluso los miembros más escépticos del gabinete de guerra de Trump —con la clara excepción de Vance, la figura dentro de la Casa Blanca que más se oponía a una guerra a gran escala— se plegaron a los instintos del mandatario, incluida su gran confianza en que la guerra sería rápida y decisiva. La Casa Blanca declinó hacer comentarios.
En la Sala de Situaciones del 11 de febrero, Netanyahu hizo una propuesta dura, sugiriendo que Irán estaba maduro para un cambio de régimen y expresando la creencia de que una misión conjunta estadounidense-israelí podría acabar finalmente con la República Islámica.
En un momento dado, los israelíes reprodujeron para Trump un breve video que incluía un montaje de posibles nuevos dirigentes que podrían hacerse cargo del país si cayera el gobierno de línea dura. Entre ellos figuraba Reza Pahlavi, el hijo exiliado del último sha de Irán, ahora un disidente radicado en Washington que había intentado posicionarse como un líder laico que podría guiar a Irán hacia un gobierno posteocrático.
Netanyahu y su equipo esbozaron unas condiciones que, según ellos, apuntaban a una victoria casi segura: el programa de misiles balísticos de Irán podría ser destruido en pocas semanas. El régimen quedaría tan debilitado que no podría asfixiar el estrecho de Ormuz, y la probabilidad de que Irán asestara golpes contra intereses estadounidenses en países vecinos se consideró mínima.
Además, la inteligencia del Mosad indicaba que volverían a empezar las protestas callejeras dentro de Irán y —con el ímpetu de la agencia de espionaje israelí ayudando a fomentar disturbios y rebeliones— una intensa campaña de bombardeos podría fomentar las condiciones para que la oposición iraní derrocara al régimen. Los israelíes también plantearon la posibilidad de que los combatientes kurdos iraníes cruzaran la frontera desde Irak para abrir un frente terrestre en el noroeste, lo que estiraría aún más las fuerzas del régimen y aceleraría su colapso.
Netanyahu hizo su presentación con un tono monótono y seguro. Parece que eso le gustó a la persona más importante de la sala, el presidente estadounidense.
Suena bien, le dijo Trump al primer ministro. Para Netanyahu, esto significaba una probable luz verde para una operación conjunta estadounidense-israelí.
Netanyahu no fue el único que salió de la reunión con la impresión de que Trump casi había tomado una decisión. Los asesores del mandatario pudieron comprobar que había quedado profundamente impresionado por la promesa de lo que podían hacer los servicios militares y de inteligencia de Netanyahu, al igual que cuando ambos hablaron antes de la guerra de 12 días contra Irán en junio.
Antes, en su visita a la Casa Blanca el 11 de febrero, Netanyahu había intentado centrar la atención de los estadounidenses reunidos en la Sala del Gabinete en la amenaza existencial que representaba el líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jameneí, de 86 años.
Cuando otras personas que estaban en la sala le preguntaron al primer ministro sobre los posibles riesgos de la operación, Netanyahu los reconoció, pero hizo una observación central: en su opinión, los riesgos de la inacción eran mayores que los riesgos de la acción. Argumentó que el precio de la acción solo aumentaría si retrasaban el ataque y le daban más tiempo a Irán para acelerar su producción de misiles y crear un escudo de inmunidad en torno a su programa nuclear.
Todos los presentes comprendieron que Irán tenía capacidad para aumentar sus arsenales de misiles y aviones no tripulados a un costo mucho menor y mucho más rápidamente de lo que Estados Unidos podría construir y suministrar los interceptores, mucho más caros, para proteger los intereses estadounidenses y de sus aliados en la región.
Las presentaciones de Netanyahu —y la respuesta positiva de Trump a las mismas— crearon una tarea urgente para la comunidad de inteligencia estadounidense. Durante la noche, los analistas trabajaron para evaluar la viabilidad de lo que el equipo israelí había dicho al presidente.
Los consejos militares
Los resultados del análisis de los servicios de inteligencia estadounidenses se compartieron al día siguiente, 12 de febrero, en otra reunión solo para funcionarios estadounidenses en la Sala de Situación. Antes de que llegara Trump, dos altos funcionarios de inteligencia informaron al círculo íntimo del presidente.
Los funcionarios de inteligencia tenían profundos conocimientos de las capacidades militares estadounidenses y conocían al dedillo el sistema iraní y sus actores. Habían desglosado la presentación de Netanyahu en cuatro partes. La primera era la decapitación: matar al ayatolá. La segunda era paralizar la capacidad de Irán para proyectar poder y amenazar a sus vecinos. La tercera era un levantamiento popular dentro de Irán. Y la cuarta era el cambio de régimen, con la instalación de un líder laico para gobernar el país.
Los funcionarios estadounidenses consideraron que los dos primeros objetivos eran alcanzables con la inteligencia y el poder militar estadounidenses. Consideraron que las partes tercera y cuarta del discurso de Netanyahu, que incluían la posibilidad de que los kurdos organizaran una invasión terrestre de Irán, estaban alejadas de la realidad.
Cuando Trump se incorporó a la reunión, Ratcliffe lo informó sobre la evaluación. El director de la CIA utilizó una palabra para describir los escenarios de cambio de régimen del primer ministro israelí: “ridículos”.

En ese momento, Rubio intervino. “En otras palabras, es una patraña”, dijo.
Ratcliffe añadió que, dada la imprevisibilidad de los acontecimientos en cualquier conflicto, podría producirse un cambio de régimen, pero no debería considerarse como un objetivo alcanzable.
Otros intervinieron, entre ellos Vance, recién llegado de Azerbaiyán, quien también expresó un fuerte escepticismo ante la perspectiva de un cambio de régimen.
El presidente se dirigió entonces al general Caine y le preguntó: “General, ¿qué opina?”.
“Señor, según mi experiencia, este es el procedimiento operativo habitual de los israelíes. Exageran y sus planes no siempre están bien desarrollados. Saben que nos necesitan y por eso exageran”, respondió el líder militar.
Trump analizó rápidamente la valoración. El cambio de régimen, dijo, sería “problema de ellos”. No estaba claro si se refería a los israelíes o al pueblo iraní. Pero lo esencial era que su decisión sobre si ir a la guerra contra Irán no dependería de si las partes 3 y 4 de la presentación de Netanyahu eran realizables.
Trump parecía seguir muy interesado en cumplir la primera y segunda parte: matar al ayatolá y a los principales dirigentes de Irán y desmantelar el ejército iraní.
El general Caine —el hombre al que a Trump le gustaba referirse como “Razin’ Caine”— había impresionado al presidente años antes al decirle que el Estado Islámico podía ser derrotado mucho más rápidamente de lo que otros habían previsto. Trump recompensó esa confianza ascendiendo al general, quien había sido piloto de combate de las Fuerzas Aéreas, convirtiéndolo en su máximo asesor militar. Caine no es un político leal, y le preocupaba seriamente una guerra con Irán. Pero fue muy cauto en la forma de presentar sus puntos de vista al presidente.
Mientras el pequeño equipo de asesores que estaban al tanto de los planes deliberaba durante los días siguientes, Caine compartió con Trump y con otros la alarmante valoración militar de que una gran campaña contra Irán agotaría drásticamente las reservas de armamento estadounidense, incluidos los interceptores de misiles, cuyo suministro se había agotado tras años de apoyo a Ucrania e Israel. Caine no veía un camino claro para reponer rápidamente estos arsenales.
También señaló la enorme dificultad de asegurar el estrecho de Ormuz y los riesgos de que Irán lo bloqueara. Trump había descartado esa posibilidad suponiendo que el régimen capitularía antes de llegar a eso. El mandatario parecía pensar que sería una guerra muy rápida, impresión que se había visto reforzada por la tibia respuesta al bombardeo estadounidense de las instalaciones nucleares iraníes en junio.
El papel de Caine en el período previo a la guerra captó una tensión clásica entre el consejo militar y la toma de decisiones presidencial. Tan persistente fue en no adoptar una postura —repitiendo que no era su papel decirle al presidente lo que tenía que hacer, sino presentar opciones junto con los riesgos potenciales y las posibles consecuencias de segundo y tercer orden— que a algunos de los que le escuchaban podía parecerles que estaba argumentando simultáneamente todos los lados del tema.
Preguntaba constantemente: “¿Y luego qué?”. Pero, a menudo, Trump parecía escuchar solo lo que quería.

Caine difería en casi todos los aspectos de su anterior jefe, el general Mark A. Milley, quien había discutido a gritos con Trump durante su primer gobierno y quien consideraba que su función era impedir que el presidente tomara medidas peligrosas o imprudentes.
Una persona familiarizada con sus interacciones señaló que Trump tenía la costumbre de confundir los consejos tácticos de Caine con el asesoramiento estratégico. En la práctica, eso significaba que el general podía advertir en un momento sobre las dificultades de un aspecto de la operación y, en el siguiente, señalar que Estados Unidos disponía de un suministro prácticamente ilimitado de bombas de precisión baratas y que podría atacar Irán durante semanas una vez lograda la superioridad aérea.
Para el general, se trataba de observaciones separadas. Pero Trump parecía pensar que lo más probable era que la segunda anulara a la primera.
En ningún momento de las deliberaciones, Caine le dijo directamente que la guerra contra Irán era una idea terrible, aunque algunos de sus colegas creían que eso era exactamente lo que pensaba.
Trump, el halcón
Aunque muchos de los asesores del presidente desconfiaban de Netanyahu, la opinión del primer ministro sobre la situación estaba mucho más cerca de la de Trump de lo que a los antintervencionistas del equipo de Trump o del movimiento más amplio “Estados Unidos primero” les gustaba admitir. Durante muchos años esto había sido así.
De todos los retos de política exterior a los que Trump se había enfrentado a lo largo de dos presidencias, Irán destacaba por encima de los demás. Lo consideraba un adversario singularmente peligroso y estaba dispuesto a asumir grandes riesgos para obstaculizar la capacidad del régimen de librar una guerra o de adquirir un arma nuclear. Además, el planteamiento de Netanyahu había encajado con el deseo de Trump de desmantelar la teocracia iraní, que había tomado el poder en 1979, cuando Trump tenía 32 años. Desde entonces, había sido una espina clavada en el costado de Estados Unidos.
Ahora, podría convertirse en el primer presidente en lograr un cambio de régimen en Irán desde que la cúpula clerical tomó el poder hace 47 años. Normalmente no se mencionaba, pero siempre estaba en segundo plano, la motivación añadida de que Irán había tramado matar a Trump como venganza por el asesinato, en enero de 2020, del general Qasem Soleimani, a quien Estados Unidos consideraba una fuerza impulsora de la campaña iraní de terrorismo internacional.

Cuando regresó a la presidencia para un segundo mandato, la confianza de Trump en la capacidad del ejército estadounidense había aumentado. Se sintió especialmente envalentonado por la espectacular incursión de un comando para capturar al líder venezolano Nicolás Maduro en su complejo el 3 de enero. No se perdieron vidas estadounidenses en la operación, una prueba más para el presidente de la incomparable destreza de las fuerzas estadounidenses.
Dentro del gabinete, Hegseth era el mayor partidario de una campaña militar contra Irán.
Rubio indicó a sus colegas que era mucho más ambivalente. No creía que los iraníes aceptaran un acuerdo negociado, pero su preferencia era continuar una campaña de máxima presión en lugar de iniciar una guerra a gran escala. Sin embargo, Rubio no intentó disuadir a Trump de la operación y, una vez iniciada la guerra, presentó la justificación gubernamental con plena convicción.
A Wiles le preocupaba lo que podría suponer un nuevo conflicto en el extranjero, pero no solía opinar con dureza sobre temas militares en las reuniones más importantes; más bien, animaba a los asesores a compartir sus opiniones y preocupaciones con el presidente en esos entornos. Wiles ejercía influencia en muchos otros asuntos, pero en la sala con Trump y los generales, se mantenía al margen. Sus allegados dijeron que no consideraba que su papel fuera compartir con el mandatario sus preocupaciones sobre una decisión militar delante de los demás. Y creía que la experiencia de asesores como los generales Caine, Ratcliffe y Rubio era más importante para el presidente.

Sin embargo, Wiles les dijo a sus colegas que le preocupaba que Estados Unidos se viera arrastrado a otra guerra en Medio Oriente. Un ataque a Irán conllevaba la posibilidad de disparar los precios de la gasolina meses antes de las elecciones intermedias que podrían ayudar a decidir si los dos últimos años del segundo mandato de Trump serían años de logros o de citaciones por parte de los demócratas de la Cámara de Representantes. Pero, al final, Wiles estuvo de acuerdo con la operación.
Vance, el escéptico
Nadie en el círculo íntimo de Trump estaba más preocupado por la perspectiva de una guerra con Irán, ni hizo más por intentar detenerla, que el vicepresidente.
Vance había construido su carrera política oponiéndose precisamente al tipo de aventurerismo militar que ahora se estaba analizando seriamente. Había descrito una guerra con Irán como “una enorme distracción de recursos” y “masivamente cara”.
Sin embargo, no era un pacifista en todos los aspectos. En enero, cuando Trump le advirtió públicamente a Irán que dejara de matar manifestantes y prometió que la ayuda estaba en camino, Vance había animado en privado al presidente a hacer cumplir su línea roja. Pero lo que el vicepresidente impulsó fue un ataque punitivo limitado, algo más parecido al modelo del ataque con misiles de Trump contra Siria en 2017 por el uso de armas químicas contra civiles.
El vicepresidente pensaba que una guerra de cambio de régimen con Irán sería un desastre. Prefería que no hubiera ningún ataque. Pero, sabiendo que era probable que Trump interviniera de algún modo, intentó orientarse hacia una acción más limitada. Más tarde, cuando parecía seguro que el presidente estaba decidido a emprender una campaña a gran escala, Vance argumentó que debía hacerlo con una fuerza abrumadora, con la esperanza de alcanzar rápidamente sus objetivos.

Ante sus colegas, Vance le advirtió a Trump que una guerra contra Irán podría provocar el caos regional y un número incalculable de bajas. También podría romper la coalición política de Trump y sería vista como una traición por muchos votantes que creyeron en la promesa de no tener nuevas guerras.
Vance también planteó otras preocupaciones. Como vicepresidente, era consciente del alcance del problema de municiones de Estados Unidos. Una guerra contra un régimen con una enorme voluntad de supervivencia podría dejar a Estados Unidos en una posición mucho peor para librar conflictos durante algunos años.
El vicepresidente dijo a sus colaboradores que ninguna perspicacia militar podía calibrar realmente lo que haría Irán en represalia cuando estaba en juego la supervivencia del régimen. Una guerra podría tomar fácilmente direcciones imprevisibles. Además, pensaba que habían pocas posibilidades de construir un Irán pacífico después del enfrentamiento.
Más allá de todo esto estaba el mayor riesgo de todos: Irán tenía ventaja en lo que se refería al estrecho de Ormuz. Si esa estrecha vía fluvial que transporta grandes cantidades de petróleo y gas natural quedaba bloqueada, las consecuencias internas en Estados Unidos serían graves, empezando por el aumento de los precios de la gasolina.
Tucker Carlson, el comentarista que había surgido como otro destacado escéptico de la intervención, había acudido al Despacho Oval varias veces durante el año anterior para advertirle a Trump que una guerra con Irán destruiría su presidencia. Un par de semanas antes de que empezara la guerra, Trump, que conocía a Carlson desde hacía años, intentó tranquilizarle por teléfono. “Sé que estás preocupado, pero todo va a salir bien”, dijo el presidente. Carlson le preguntó cómo sabía que saldría bien. “Porque siempre es así”, respondió Trump.
En los últimos días de febrero, los estadounidenses y los israelíes discutieron un nuevo dato de inteligencia que aceleraría significativamente su cronograma. El ayatolá se reuniría en la superficie con otros altos cargos del régimen, a plena luz del día y totalmente expuesto a un ataque aéreo. Era una oportunidad fugaz para atacar el corazón de la cúpula iraní, el tipo de objetivo que era posible que no volviera a presentarse.
Trump le dio a Irán otra oportunidad de llegar a un acuerdo que bloqueara su camino hacia las armas nucleares. La diplomacia también le dio a Estados Unidos tiempo extra para trasladar activos militares a Medio Oriente.
El presidente había tomado efectivamente una decisión semanas antes, dijeron varios de sus asesores. Pero aún no había decidido exactamente cuándo. Ahora, Netanyahu lo instaba a actuar con rapidez.
Esa misma semana, Kushner y Witkoff llamaron desde Ginebra tras las últimas conversaciones con funcionarios iraníes. Durante tres rondas de negociaciones en Omán y Suiza, ambos habían puesto a prueba la voluntad de Irán de llegar a un acuerdo. En un momento dado, le ofrecieron a los iraníes combustible nuclear gratuito durante toda la vida de su programa, una manera de probar si la insistencia de Teherán en el enriquecimiento realmente tenía por objeto la energía civil o preservar la capacidad de construir una bomba.
Los iraníes rechazaron la oferta, calificándola como un atentado contra su dignidad.
Kushner y Witkoff le expusieron el panorama al presidente. Probablemente podrían negociar algo, pero llevaría meses, dijeron. Si Trump preguntaba si podían mirarle a los ojos y decirle que podían resolver el problema, iba a costar mucho llegar a ese punto, le dijo Kushner, porque los iraníes estaban jugando.
‘Creo que tenemos que hacerlo’
El jueves 26 de febrero, hacia las 5:00 p. m., se inició una última reunión en la Sala de Situación. A estas alturas, las posiciones de todos los presentes estaban claras. Todo se había discutido en reuniones anteriores; todos conocían la postura de los demás. El debate duraría aproximadamente una hora y media.
Trump estaba en su lugar habitual, en la cabecera de la mesa. A su derecha se sentaba el vicepresidente; junto a Vance estaba Wiles, luego Ratcliffe, después el abogado de la Casa Blanca, David Warrington, y luego Steven Cheung, el director de comunicaciones de la Casa Blanca. Frente a Cheung estaba Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca; a su derecha estaba el general Caine, y luego Hegseth y Rubio.
El grupo de planificación de la guerra se había mantenido tan restringido que los dos funcionarios clave que tendrían que gestionar la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado mundial del petróleo, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el secretario de Energía, Chris Wright, estaban excluidos, al igual que Tulsi Gabbard, la directora de inteligencia nacional.
El presidente inició la reunión preguntando: “Bien, ¿qué tenemos?”.


El secretario de Defensa, Pete Hegseth, fue el principal defensor de una campaña militar contra Irán dentro del gabinete. El secretario de Estado, Marco Rubio, dejó entrever a sus colegas que su postura era mucho más ambivalente.Credit…Fotografías por Eric Lee para The New York Times
Hegseth y Caine repasaron la secuencia de los atentados. Entonces, Trump dijo que quería escuchar las opiniones de todos.
Vance, cuyo desacuerdo con toda la premisa estaba bien establecido, se dirigió al presidente: “Sabes que creo que es una mala idea, pero si quieres hacerlo, te apoyaré”.
Wiles le dijo a Trump que si consideraba que debía proceder por la seguridad nacional de Estados Unidos, que siguiera adelante.
Ratcliffe no ofreció ninguna opinión sobre si proceder o no, pero habló de la nueva y asombrosa información de inteligencia que los dirigentes iraníes estaban a punto de reunir en el complejo del ayatolá en Teherán. El director de la CIA le dijo al presidente que el cambio de régimen era posible dependiendo de cómo se definiera el término. “Si solo nos referimos a matar al líder supremo, probablemente podamos hacerlo”, dijo.
Cuando se le preguntó, Warrington, el asesor jurídico de la Casa Blanca, dijo que era una opción legalmente admisible desde el punto de vista de la forma en que el plan había sido concebido por los funcionarios estadounidenses y presentado al presidente. No ofreció una opinión personal, pero cuando el mandatario lo presionó para que diera una, dijo que, como veterano de la Infantería de Marina, había conocido a un militar estadounidense asesinado por Irán años antes. Esta cuestión seguía siendo profundamente personal. Le dijo al presidente que si Israel tenía la intención de proceder, a pesar de todo, Estados Unidos también debía hacerlo.
Cheung expuso las probables consecuencias para las relaciones públicas: Trump se había postulado a las elecciones en contra de más guerras. La gente no había votado a favor de conflictos en el extranjero. Además, los planes iban en contra de todo lo que el gobierno había dicho tras la campaña de bombardeos contra Irán en junio. ¿Cómo explicarían ocho meses de insistencia en que las instalaciones nucleares iraníes habían sido totalmente destruidas? Cheung no dio ni un sí ni un no, pero dijo que cualquier decisión que tomara Trump sería la correcta.
Leavitt le dijo al presidente que era su decisión y que el equipo de prensa la gestionaría lo mejor que pudiera.
Hegseth adoptó una postura más estrecha: en algún momento tendrían que ocuparse de los iraníes, así que más les valía hacerlo ahora. Ofreció valoraciones técnicas: podrían ejecutar la campaña en un tiempo determinado con un nivel determinado de fuerzas.
El general Caine se mostró sobrio, exponiendo los riesgos y lo que la campaña supondría para el agotamiento de las municiones. No ofreció ninguna opinión; su postura era que si Trump ordenaba la operación, los militares la ejecutarían. Ambos altos mandos militares del presidente anticiparon cómo se desarrollaría la campaña y la capacidad de Estados Unidos para degradar las capacidades militares de Irán.
Cuando le llegó el turno de hablar, Rubio ofreció más claridad, diciéndole al presidente: si nuestro objetivo es un cambio de régimen o un levantamiento, no deberíamos hacerlo. Pero si el objetivo es destruir el programa de misiles de Irán, ese es un objetivo que podemos lograr.
Todos se apoyaron en los instintos del presidente. Lo habían visto tomar decisiones audaces, asumir riesgos insondables y, de algún modo, salir airoso. Ahora nadie se lo impediría.
“Creo que tenemos que hacerlo”, le dijo el presidente a la sala. Dijo que tenían que asegurarse que Irán no pudiera tener un arma nuclear y que no pudiera disparar misiles contra Israel o contra toda la región.
Caine le dijo a Trump que disponía de tiempo; no tenía que dar el visto bueno hasta las 4:00 p. m. del día siguiente.
A bordo del Air Force One, la tarde siguiente, 22 minutos antes del plazo fijado por el general Caine, Trump envió la siguiente orden: “Se aprueba la Operación Furia Épica. No se aborta. Buena suerte”.
Jonathan Swan es corresponsal del Times en la Casa Blanca y cubre el gobierno de Donald Trump. Puedes contactarlo de manera segura en Signal: @jonathan.941
Maggie Haberman es corresponsal en la Casa Blanca para el Times y reporta sobre el presidente Donald Trump.
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Los peajes en el estrecho de Ormuz desafían el derecho internacional
Tanto EE. UU. como Irán hablan ahora de imponer tasas a los barcos que utilicen el paso vital. Eso podría contradecir un tratado que acabó con siglos de anarquía en alta mar.
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8 de abril de 2026
La mayoría de los países del mundo han acordado un tratado internacional, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, que prohíbe interferir con los barcos que atraviesan el estrecho de Ormuz.Pero ni Estados Unidos ni Irán han ratificado el tratado. Y ahora, ambos dicen que quieren imponer peajes a los barcos que pasen por el estrecho.
Eso sería ilegal según el derecho del mar, como se conoce ampliamente el pacto. Las acciones representan un desafío significativo a un tratado negociado por las Naciones Unidas que establece una amplia gama de normas de comportamiento en aguas que ninguna nación posee o controla.El lunes, Donald Trump les dijo a los periodistas en una conferencia de prensa que le gustaría que Estados Unidos impusiera un peaje en el estrecho de Ormuz, un canal de navegación vital que Irán lleva bloqueando desde el comienzo de la guerra. Respondía así al hecho de que Irán ha estado estableciendo peajes por su cuenta en la vía marítima, y recientemente ha indicado que tiene intención de hacerlo una vez restablecida la paz. Anteriormente, funcionarios estadounidenses habían calificado estas acciones de ilegales.
Alrededor de una quinta parte del petróleo mundial suele pasar por el estrecho de Ormuz. Los ataques a los barcos que allí navegan, supuestamente por parte de Irán, han hecho que el tráfico caiga en picada y han disparado los precios del petróleo en todo el mundo.
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“Todo el derecho internacional, desafortunadamente, es frágil” y depende del respeto mutuo entre las naciones, dijo Saleem Ali, experto en política y director del departamento de geografía de la Universidad de Delaware.
Las leyes internacionales no conllevan las mismas consecuencias para los infractores que las nacionales. El derecho del mar establece un proceso para los litigios internacionales, pero solo para los países que han ratificado el tratado. En efecto, requiere que las naciones acepten cooperar, lo que dificulta su aplicación.
El presidente Trump declaró recientemente a The New York Times que no necesita el derecho internacional, solo su propia moralidad.
El derecho del mar funciona como un tratado que han ratificado 171 naciones y la Unión Europea. Fija las fronteras nacionales en el océano, crea normas para industrias como la pesca y establece el paso seguro de los barcos por aguas internacionales fuera de la jurisdicción de un país individual. También establece que ciertas vías marítimas, como el estrecho de Ormuz, sean libremente transitables para la navegación internacional y prohíbe interferencias como los peajes.
Desde que la ley actual entró finalmente en vigor en 1994, ha funcionado, aunque de forma imperfecta. Ello se debe a que el puñado de naciones que no ratificaron la ley han seguido en general sus normas durante décadas, incluidos Estados Unidos e Irán, una práctica que reforzó la ley como statu quo internacional, dijo Ali.
Según Clayton Seigle, experto en seguridad energética del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, cualquier futuro acuerdo de peaje probablemente incrementaría el precio del petróleo y del gas, lo que afectaría sobre todo a los países que dependen de los envíos procedentes de esta región.
Pero lo más probable es que ese hipotético aumento de los precios fuera pequeño en comparación con el repunte que el mundo está experimentando ahora, dijo.
Si Irán siguiera cobrando peajes en tiempos de paz, como ha dicho que pretende hacer, ello podría sentar un precedente que tentara a otras naciones que tienen costas en vías marítimas críticas de todo el mundo a seguir su ejemplo, dijo Donald Rothwell, profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Australia, especializado en derecho internacional de los océanos.
Aparte de la situación en el estrecho de Ormuz, desde hace un año el gobierno de Trump ha manifestado su intención de hacer caso omiso del derecho del mar de otra manera. El gobierno ha dicho que planea expedir permisos que permitirían a las empresas explotar el lecho marino en busca de minerales y recursos valiosos en aguas internacionales, una práctica que el derecho del mar también fue concebido para regular.Cuando las Naciones Unidas crearon la ley, delegaron la tarea de supervisar la industria minera de los fondos marinos en una organización independiente, que ha pasado una década debatiendo un reglamento de la industria aún inacabado. Hasta el año pasado, Estados Unidos había participado en esos debates, aunque no había ratificado el derecho del mar.
El riesgo, según Rothwell, es que otros países que ambicionan iniciar la explotación minera de los fondos marinos, como Japón, también se sientan tentados a seguir el ejemplo de Estados Unidos y posiblemente abandonen el tratado.
No es infrecuente que los países que han ratificado el derecho del mar impugnen diversas partes del mismo, dijo Scott Savitz, profesor de la Escuela Rand de Políticas Públicas. China, por ejemplo, ha reclamado partes del mar de China Meridional como territorio nacional.
Sachi Kitajima Mulkey cubre el clima y el medioambiente para el Times.
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El papa León XIV lanzó una dura reprimenda a Trump
El primer pontífice nacido en EE. UU. ha hecho un llamado constante al diálogo en Medio Oriente. Se refirió a las amenazas de Trump a Irán como “verdaderamente inaceptables”.


Por Ephrat Livni
8 de abril de 2026
El papa León XIV, el primer pontífice nacido en Estados Unidos, emitió el martes una inusual reprimenda contra el presidente Donald Trump, al decir que era “verdaderamente inaceptable” amenazar con acabar con “toda la civilización” de Irán.
No mencionó al presidente por su nombre, pero estaba claro a quién se refería.
“Hoy, como todos sabemos, también se ha producido una amenaza contra todo el pueblo de Irán. Y esto es verdaderamente inaceptable”, les dijo el papa a los periodistas el martes por la noche en Italia, horas antes de que Trump anunciara que se había alcanzado un alto al fuego de dos semanas. “Aquí hay ciertamente cuestiones de derecho internacional, pero aún más, es una cuestión moral que concierne al bien de la gente en su conjunto, en su totalidad”.
Trump había amenazado anteriormente con destruir todos los puentes y centrales eléctricas de Irán si Teherán no permitía el paso seguro de buques comerciales por el estrecho de Ormuz. La destrucción deliberada de infraestructuras civiles está prohibida por el derecho internacional. La amenaza de Trump suscitó la condena generalizada de legisladores demócratas y republicanos, así como de funcionarios de las Naciones Unidas y otras personas de todo el mundo.
En su primer año como pontífice, León ha evitado en gran medida meterse directamente en la política estadounidense, pero ha pedido sistemáticamente el fin de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y la vuelta al diálogo para resolver el conflicto. También ha rechazado los esfuerzos de algunos miembros del gobierno de Trump por enmarcar la guerra en términos cristianos.
El secretario de Defensa, Pete Hegseth, pidió en marzo a los estadounidenses que rezaran por la victoria en la batalla y la seguridad de sus soldados “en el nombre de Jesucristo”.
Poco después, el papa hizo una advertencia en contra de invocar el nombre de Jesús para la batalla, en la que dijo que Jesús “no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza”.
En una homilía durante una misa previa a Pascua la semana pasada, León dijo que la misión cristiana había sido “trastocada por lógicas de dominio, totalmente ajenas al camino de Jesucristo”.
Luego, el Domingo de Pascua, renovó su llamado a la paz. “Dejemos a un lado toda voluntad de disputa, de dominio y de poder, e imploremos al Señor que conceda su paz al mundo asolado por las guerras”, dijo León a decenas de miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro.
Trump había impuesto un plazo hasta el martes por la noche para que Irán abriera el estrecho de Ormuz o de lo contrario se enfrentaría a la devastación. León presionó a favor de la diplomacia. “Hay que volver a la mesa. Hay que hablar”, dijo Leo el martes por la noche. “Busquemos soluciones de forma pacífica”.
Horas después, poco antes de las 8 p. m., Trump hizo el anuncio sobre el acuerdo de alto al fuego. En una publicación en las redes sociales, Trump también afirmó estar “muy lejos de un Acuerdo definitivo sobre la PAZ a largo plazo con Irán, y la PAZ en Medio Oriente”.
Elisabetta Povoledo y Motoko Rich colaboraron con reportería.
Ephrat Livni es una reportera del Times que cubre las noticias de último momento en todo el mundo. Radica en Washington.
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