Desconocido actor teatral español gana a Robert de Niro: 1976, el año en que España arrasó en Cannes
Cuando celebramos la altísima presencia española en el Festival de Cannes de 2026 se cumple medio siglo de aquel año en que ‘Cría Cuervos’ y el actor José Luis Gómez triunfaron ante el jurado



Esta edición del festival de Cannes, que se inició este pasado martes y terminará el próximo 26 de mayo, incluye una inusual presencia española, con tres películas en la competición oficial y varios directores o coproducciones con participación nacional en secciones paralelas. Sin embargo, habrá que esperar a la ceremonia de clausura para comprobar si esto se traduce en una sustanciosa cosecha de premios; el año pasado, de las dos cintas a concurso, Sirat de Oliver Laxe se hizo con el Premio del jurado, mientras que Romería, de Carla Simón, se fue de vacío tras una acogida moderadamente positiva por parte de la crítica.
Dejando aparte a Almodóvar, en los últimos tiempos el concurso de Cannes no ha sido muy generoso con nuestro país. Pero la selección este año para el programa de proyecciones al aire libre Cinéma de la Plage de Cría Cuervos, de Carlos Saura, estrenada originalmente en 1976 y ahora restaurada en 4K, nos recuerda que hace exactamente 50 años el cine español sí que logró arrasar en el palmarés.
La 29ª edición del festival de Cannes se celebró en mayo de 1976, cuando en nuestro país hacía medio año de la muerte de Franco, el presidente del gobierno aún era Carlos Arias Navarro y faltaba un año para las primeras elecciones democráticas tras la dictadura. Y se presentaban en competición dos películas españolas perfectamente representativas de aquel momento convulso: Cría cuervos, del muy prestigioso y asentado Carlos Saura, y Pascual Duarte, segundo largometraje de un joven director, Ricardo Franco, que adaptaba al cine la novela de Camilo José Cela con un tono de crudo realismo que criticaba las desigualdades e injusticias del entorno rural español, y que por ello había tenido sus más y sus menos con la censura, aún operativa. Ambas eran producciones de Elías Querejeta, por entonces el español con mejor pasaporte para acceder a los festivales internacionales.

El jurado de aquel año estaba presidido por el dramaturgo norteamericano Tennessee Williams y de él también formaban parte el escritor Mario Vargas Llosa, el director Costa-Gravras, la actriz Charlotte Rampling y el crítico español Lorenzo López Sancho. Fuera de concurso se vieron películas que hoy son clásicos, como Novecento, de Bernardo Bertolucci, Cara a cara, de Ingmar Bergman o El imperio de los sentidos, de Nagisa Oshima. Mientras, en la competición oficial las favoritas eran La marquesa de O, de Éric Rohmer, y Taxi driver, de Martin Scorsese. El jurado decidió conceder a esta última el premio principal, la Palma de Oro, mientras que el segundo en importancia, el Gran Premio del Jurado, fue a parar a la obra de Rohmer. Pero el director francés compartió este galardón con Cría cuervos de Saura, otra de las películas que había obtenido una excelente consideración crítica. Y el premio de interpretación masculina se lo llevó el español José Luis Gómez por Pascual Duarte, por encima de Robert de Niro en Taxi Driver (que después sería nominado al Oscar) y Alain Delon en El otro Sr. Klein (que obtendría una nominación al César). En contraste con aquellos grandes nombres, Gómez era un joven actor teatral que venía de formarse junto los legendarios Jacques Lecoq y Jerzy Grotowski, y que prácticamente debutaba en el cine.
El cine español había salido victorioso de Cannes gracias aquellos dos premios centrales, un saldo que hasta entonces solo había superado la conflictiva Palma de Oro para Viridiana de Luis Buñuel en 1961, y que después no ha vuelto a igualarse. Sin embargo, la carrera posterior de las dos películas sería bastante dispar.
Cría cuervos se había rodado meses antes de la muerte de Franco, pero algunos de sus temas se enunciaban de manera más abierta que en los anteriores trabajos de Saura, quien firmaba su primer guion en solitario tras casi una década colaborando con Rafael Azcona. Su nueva película, narrada en tono intimista, contaba la historia de Ana, una niña de siete años (Ana Torrent, a la que Saura había elegido tras quedar fascinado por ella en El espíritu de la colmena, de Víctor Erice) que ha visto morir a su padre, un militar adúltero y autoritario (Héctor Alterio), y también a su madre, una mujer delicada y sometida (Geraldine Chaplin), y que junto a sus dos hermanas pasa a la tutela de su estricta tía soltera (Mónica Randall). Ana se enfrenta al asfixiante statu quo que le imponen los adultos mediante la administración de lo que cree que es un veneno mortal, y está convencida de que así acabó con su padre y asesinará también a su tía. En esta situación no era difícil ver una metáfora de la España sojuzgada por el régimen franquista, que buscaba vías de escape hacia un futuro más luminoso.

La película se abría con una escena de impacto en la que Ana descubría que su padre había muerto de un ataque al corazón fulminante durante un encuentro sexual con la mujer de un amigo, interpretada por la actriz Mirta Miller (quien, por cierto, en la vida real se convertiría poco después en pareja de Alfonso de Borbón y Dampierre, primo del rey Juan Carlos I que estuvo casado oficialmente con la nieta de Franco, Carmen Martínez Bordiú, hasta 1982). Según explicaba Agustín Sánchez Vidal en su libro El cine de Carlos Saura, el personaje de ese padre militar molestó a los estamentos oficiales, en particular al teniente general franquista Fernando de Santiago y Díaz de Mendívil, vicepresidente para asuntos de Defensa. Pero el asunto se dejó pasar gracias a la selección de la cinta para Cannes en un momento en el que convenía proyectar al exterior cierta imagen de aperturismo.
Saura ya había empleado dispositivos alegóricos sobre el régimen franquista en sus colaboraciones con Rafael Azcona, en especial El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos (1973) o La prima Angélica (1974), que se había llevado el Premio del Jurado en Cannes dos años antes. Pero la salida de Azcona implicó nuevos enfoques en el cine del director, que pudo explorar su interés por el universo femenino (Azcona no destacaba precisamente por su sensibilidad hacia esta cuestión), y cambió los toques de humor negro por un tono más intimista e intelectual. La historia de Cría cuervos estaba contada en primera persona y desde el futuro por una Ana ya adulta (de nuevo Geraldine Chaplin), que rememoraba sin nostalgia los años angustiosos de su infancia. A través de los enormes ojos de Ana Torrent, testigo de las mezquindades del mundo adulto y de la grisura de las estructuras políticas y sociales del establishment franquista, se destapaban así las grietas de un régimen en avanzado estado de descomposición.
La prensa internacional no pasó por alto estas connotaciones políticas. De “espectáculo de la buena burguesía franquista” habló la revista Le Nouvel Observateur. Sin embargo, en The New York Times, el crítico Vincent Canby escribió una reseña que la comparaba desfavorablemente con La prima Angélica, ambientada parcialmente en los tiempos de la Guerra Civil y el primer franquismo. En esto coincidía con Luis Buñuel, el principal referente de Saura, que en su libro de memorias confesaba que Cría cuervos tampoco le había interesado demasiado. Por su parte, Elías Querejeta sugeriría que los medios españoles habían silenciado el éxito en Cannes, acaso por motivos políticos. “Por algunos datos sospecho que, una vez más, algunos tratan de manipular negativamente una realidad que, en este caso, aparece con perfiles claramente objetivos”, declaró a EL PAÍS. También achacó a meros condicionantes de mercado que la cinta de Saura no se hubiera llevado la Palma de Oro.

Tras su paso por el festival en 1976, la película inició su periplo internacional, para convertirse en el primer gran éxito del cine español de autor del postfranquismo. Fue nominada como mejor película extranjera en los César franceses y en los Globos de Oro y también la elegida para representar a España en los Oscars, pero esta vez no entró entre las cinco nominadas. Hoy en día es una de las obras más populares y mejor valoradas de toda la filmografía de Saura, y sigue siendo una de las más representativas del cine del primer tramo de la transición.
Por desgracia, Pascual Duarte no tuvo la misma suerte. La primera novela de Camilo José Cela, La familia de pascual Duarte, publicada en 1942, ya había sido objeto de otros intentos de adaptación, uno de ellos a manos de Fernando Fernán Gómez. Elías Querejeta recibió la propuesta de dirigirla él mismo, pero prefirió ceder el puesto de director a Ricardo Franco, que solo tenía 27 años, y cuyo único largometraje, El desastre de Annual, rodado seis años antes, era una obra experimental en 16 mm que ni siquiera se había estrenado debido a problemas con la censura, que la tachó de “anarcosubversiva”. Querejeta buscaba alejarse lo más posible de la obra de Cela, pero Franco rodó su película en un estilo fiel al clima tremendista de la historia original, la de un campesino extremeño educado en la violencia que acaba cometiendo un matricidio. Para ello, eligió un reparto de actores no demasiado conocidos encabezados por José Luis Gómez (también volvía a aparecer Héctor Alterio como el padre de Pascual). Según contaba el crítico Diego Galán en EL PAÍS, Pascual Duarte tuvo que someterse a las exigencias de la censura, que eliminó la presencia de las banderas y el himno republicanos en una historia ambientada en el periodo anterior a la dictadura franquista. La escena en la que el protagonista es ejecutado a garrote vil también tuvo que modificarse: en la imagen puede apreciarse cómo José Luis Gómez grita “hijos de puta”, pero el doblaje impone sobre ella un grito inarticulado. Se quedaron, sin embargo, las violentas escenas en las que se mata a un perro y una yegua, que causaron un fuerte impacto en el festival.
Por lo demás, los censores dejaron pasar la producción, que esta vez solo consideraron “deprimente y negativa”. Pese al éxito y al premio en Cannes, su repercusión en la taquilla fue escasa. José Luis Gómez, que se convertía en el primer actor español premiado en el festival de cine más relevante del mundo, al poco se trasladaría a temporalmente Nueva York para seguir formándose junto a Lee Strasberg. A su regreso a España proseguiría una prestigiosa carrera; resulta poco aventurado afirmar que es uno de los mejores actores en activo de nuestro país.
Al año siguiente, Fernando Rey se llevaría en Cannes el mismo premio que él por Elisa, vida mía, de Carlos Saura. Los otros actores españoles premiados en el festival serían Alfredo Landa y Francisco Rabal (en 1984, por Los santos inocentes), Javier Bardem (gran salto a 2010, con Biutiful) y Antonio Banderas (por Dolor y gloria, en 2019). Y este año las quinielas vuelven a incluir a Bardem por El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen.
Por cierto, Carlos Saura y Ricardo Franco volvieron constituir una doble representación española en el concurso de Cannes solo dos años después, en 1978. El primero con Los ojos vendados (de nuevo producida por Elías Querejeta) y el segundo con Los restos del naufragio. Sin embargo, ninguno de los dos obtuvo premio en una edición en la que la Palma de Oro fue para El árbol de los zuecos, de Ermanno Olmi. Durante las dos décadas siguientes, la presencia española en el concurso del festival tendería a reducirse, más allá de los premios de interpretación y de algunos reconocimientos para Saura y Erice antes de que Todo sobre mi madre de Almodóvar fuera la favorita para la Palma de Oro y se llevara finalmente el premio a la mejor dirección en 1999. Este año, con la mayor presencia de la historia en la sección oficial a concurso, pero también con grandes nombres como Ryusuke Hamaguchi, Pawel Pawlikowski, Ira Sachs, Asghar Farhadi o Hirokazu Kore-eda también en liza, está por ver si el cine español obtiene un resultado similar al de aquel 1976.
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