Richard Avedon, el fotógrafo que miraba “como un cabrón”
Ron Howard presenta en Cannes un documental eficaz sobre el gran retratista estadounidense, aunque demasiado reverente con su objeto de estudio



Cannes – 18 MAY 2026 – 23:30 AST
“No sigo reglas, leyes ni consejos”. La frase aparece en boca de Richard Avedon al inicio del nuevo documental dedicado al fotógrafo estadounidense, presentado este lunes en el Festival de Cannes al margen de la competición. Y anuncia, en la heroica declaración de principios de su protagonista, los tintes hagiográficos de la película que dirige Ron Howard, responsable de Apolo 13, Una mente maravillosa o Frost/Nixon, cada vez más volcado en el documental que en la ficción. En un retrato sin apenas sombras, Avedon presenta al retratista de la segunda mitad del siglo XX como un genio absoluto, un hombre que avanzó a contrapelo de la cultura visual de su tiempo. No tenía, decía él mismo, grandes virtudes artísticas; no sabía escribir ni pintar. “Pero sé mirar como un cabrón”, se le escucha decir al comienzo. De niño caminaba por la calle y entornaba los ojos con fuerza para fijar las imágenes que encontraba a su paso, como si ya llevara un obturador instalado en la retina.
El documental recorre una carrera que empieza en la posguerra y alcanza el principio del siglo XXI. Avedon empezó en una biblia de la moda como Harper’s Bazaar en 1944, con apenas 21 años, apadrinado por figuras decisivas como Alexey Brodovitch y Carmel Snow. En 1966 siguió a la legendaria Diana Vreeland a Vogue y, en 1992, Tina Brown lo fichó para The New Yorker como primer fotógrafo de plantilla de la revista de la intelectualidad de la costa este. Retrató a Humphrey Bogart y Katharine Hepburn, a Pablo Picasso y Andy Warhol, al matrimonio Reagan y a Gerald Ford, además de poner ante su cámara a cientos de perfectos desconocidos. Avedon se hizo célebre fotografiando a famosos, pero su grandeza reside en haber sabido quitarles la máscara, como insiste una larga galería de entrevistados que lo conocieron de cerca, de Lauren Hutton, Isabella Rossellini y Calvin Klein a fotógrafos como Joel Meyerowitz, Sebastian Kim (su antiguo asistente, reprobado cuando lo dejó para irse con Steven Meisel y luego perdonado) o jóvenes talentos como Tyler Mitchell. Solo se echa de menos la participación de una discípula oficiosa y heredera evidente como Annie Leibovitz.

Los retratos de Avedon son espontáneos y elegantes, minimalistas pero llenos de detalles, capaces de desnudar sin reírse de nadie. El documental se detiene en su foto de Marilyn Monroe, a la que retrató no como icono radiante, sino como la mujer depresiva que aparecía cuando los focos se apagaban. “Cualquier persona que revela su vulnerabilidad me atrae”, se le escucha decir. Tal vez porque la misma tensión entre luz y sombra también estaba en él. “Es casi como si escribiera mi autobiografía con las personas que fotografío”, afirma en otro momento. Su obra lo confirma: apostó por cuerpos extraños o élficos como los de Twiggy y Penelope Tree, antes de que se pusieran de moda las bellezas escuálidas del Swinging London. Y luego luchó contra viento y marea para retratar a China Machado, primera mujer no blanca en aparecer en una gran revista de moda estadounidense, o la afroamericana Donyale Luna, que ensancharon la idea de belleza en plena era de los derechos civiles.
Howard adopta un enfoque vagamente psicoanalítico, aunque nunca acabe de sacarle partido. Avedon nació en Nueva York, en una familia judía. Su padre, Jacob Israel Avedon, inmigrante ruso, llegó a dirigir un próspero negocio de moda en la Quinta Avenida. La película no hace gran cosa de la relación entre ese origen y la brutalidad de la asimilación judía en Estados Unidos, su gusto por lo mundano y la necesidad de reconocimiento del hijo de inmigrantes. Su madre arrancaba de los álbumes las fotos en las que la familia no parecía perfecta; incluso los perros de algunas imágenes eran prestados. Howard no articula bien lo biográfico con el contenido de su obra. Con la única excepción de la figura de Louise, su hermana menor, primera musa y fantasma recurrente de sus imágenes tempranas: frágil, hermosa y enferma, diagnosticada de esquizofrenia y fallecida a los 42 años tras años de tratamiento psiquiátrico.

La película menciona algunas de sus heridas, pero teme que contaminen en exceso el retrato positivo del artista. Su supuesta bisexualidad, documentada por biógrafos pero discutida por su entorno, está ausente del relato que propone Howard. El director lleva años alternando la ficción con documentales sobre los Beatles, Pavarotti, Jim Henson o José Andrés, al que siguió en We Feed People. Su cine suele buscar el consenso más que la fricción y esa tendencia pesa sobre Avedon. Howard no se adentra en las zonas oscuras de un creador obsesionado con la perfección absoluta y la adrenalina de la obsesión por el trabajo. El resultado es eficaz e informativo, pero también convencional, con abundancia de archivo, verborrea de bustos parlantes, pocos hallazgos formales y escasos momentos de poesía.
La parte más interesante llega cuando Avedon rompe con la moda. En sus imágenes de los sesenta aparecen el racismo institucional y las múltiples desigualdades de un país segregado. Surge ahí su colaboración con James Baldwin, Nothing Personal, un libro de 1964 que cruzaba retratos y ensayo en plena lucha por los derechos civiles, y que fue criticado por estetizar la violencia social que pretendía denunciar. Ahí está también su retrato de los Chicago Seven, activistas juzgados por conspiración tras las protestas contra la guerra de Vietnam en 1968; de Allen Ginsberg en pelotas junto a su amante Peter Orlovsky, de coroneles, magnates y damas de la alta sociedad capturados sin piedad.
Nancy Reagan aparece con manos que parecen garras, un detalle que la enfureció al descubrir la foto. Y, en su célebre retrato de los duques de Windsor, al sentirse incapaz de arrancarles una expresión no protocolaria, Avedon les anunció que había llegado tarde porque su coche había atropellado a un perro, sabiendo que eran grandes amantes de los canes. Ese truco provocó “una expresión de desconsuelo en esa pareja de conocidos fascistas y antisemitas”, según dice con sorna en el documental.

El tramo final se cierra con In the American West, proyecto realizado entre 1979 y 1984, en el que Avedon fotografió a trabajadores, vagabundos, adolescentes, presos y desconocidos sobre un fondo blanco que abolía el paisaje para concentrarlo todo en el rostro y el cuerpo. Muchos no se reconocieron en aquel Oeste tan áspero. Después llega su etapa en The New Yorker, donde Avedon entiende que “hay que morder la mano que te lee”, como asegura Tina Brown.
Su último proyecto fue una serie sobre la democracia estadounidense. Fotografió en la convención demócrata a un viejo zorro como Joe Biden y a un joven senador llamado Barack Obama. Después, de camino a Texas, inspeccionó lo que hoy parecen los albores del trumpismo: un paisaje donde abunda la violencia armada, la obsesión con la frontera mexicana, la obesidad y las crisis de salud pública, la desigualdad social y las adolescentes preñadas. Avedon sufrió allí una hemorragia cerebral y murió, a los 81 años, con las botas puestas. Howard termina así, con la linealidad esperada, una película agradable e informativa, aunque demasiado fascinada por su personaje. Siendo un fotógrafo que hizo de cada rostro humano una superficie de conflicto y dolor, que buscó el cuerpo a cuerpo incluso con las mayores estrellas del planeta, le habría sentado mucho mejor una película un poco menos reverente.
Sobre la firma

Álex VicenteVer biografía
Recibe la información y la agenda del mundo del arte en tu correo
Cultura El País en TwitterComentarios0Ir a los comentariosNormas ›
Archivado En
Descubre más desde Nueva Pensamiento Crítico
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.































