El vampiro y el inquilino: Netanyahu, Trump y la imposibilidad de salir del avispero
La supervivencia del proyecto colonial sionista depende del estado de guerra permanente.


Manu Pineda(*)
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Cuando la administración Trump-Vance anunció el Memorándum de Entendimiento con Irán, hubo quien lo interpretó como una muestra de pragmatismo diplomático, incluso como un giro de Trump hacia la moderación. Nada más lejos de la realidad. Ese documento no es el fruto de una voluntad pacificadora, sino el producto de un pánico geopolítico: la constatación de que Estados Unidos había sido arrastrado a una escalada que amenazaba con desbordarse más allá de los límites que cualquier cálculo imperial podía tolerar. El MoU no es una apuesta por la paz duradera; es una salida de emergencia, un torniquete improvisado sobre una herida abierta desde Tel Aviv con una precisión quirúrgica.
Sumario: Para Israel, el conflicto es el oxígeno político que cohesiona una sociedad construida sobre la sangre, la muerte y la destrucción de otra y sostiene un expansionismo territorial que requiere, para legitimarse, un enemigo constante y una frontera siempre en movimiento
El error estructural de Trump consistió en creer que el papel que él firmó en Versalles sería respetado por Tel Aviv. Confundió la escenografía de la diplomacia con su sustancia, y confundió su imagen de negociador implacable con capacidad real para disciplinar al socio que, desde hace décadas, arrastra a Washington a sus propias guerras. Netanyahu actuó con la frialdad de quien sabe exactamente qué márgenes tiene y cuáles son los resortes que puede activar. Puso el MoU en la diana antes de que la tinta se secara, dinamitó cualquier posibilidad de implementación real y anunció, sin disimulo, la continuidad de la ocupación y la agresión en el Líbano. Fue una declaración de principios con una lógica interna coherente: la supervivencia del proyecto colonial sionista depende del estado de guerra permanente. Para Israel, el conflicto es el oxígeno político que cohesiona una sociedad construida sobre la sangre, la muerte y la destrucción de otra y sostiene un expansionismo territorial que requiere, para legitimarse, un enemigo constante y una frontera siempre en movimiento.
Trump, intoxicado por su propia performance de jefe supremo del orden mundial, llegó a enfadarse con Netanyahu. Creyó que podía imponer disciplina sobre quien ha convertido la manipulación del poder estadounidense en el arte más refinado de la política exterior israelí. Pero fue un espejismo que se disolvió en cuestión de semanas. Netanyahu activó el lobby en el Congreso, presionó a través de los think tanks que manufacturan el consenso atlantista, y recordó a Trump varias cosas, la más confesable de ellas es algo que todos los presidentes estadounidenses han terminado asumiendo: Israel domina la base evangélica y neoconservadora sobre la que descansa cualquier proyecto de poder en Washington. El resultado fue el de siempre. Trump se arrodilló y ha reactivado la agresión contra Irán como penitencia impuesta por quien, en la práctica, dicta los límites de la política exterior norteamericana en toda la región.
La supuesta tensión entre Washington y Tel Aviv es, en la mayoría de los casos, teatro doméstico para consumo interno: al final del proceso, los intereses israelíes prevalecen.
Este episodio evidencia una vez más que la Casa Blanca es un engranaje funcional al servicio de una entidad que ha logrado subordinar los intereses estratégicos de la primera potencia mundial a su propia agenda de dominación regional. Estados Unidos financia, arma, protege diplomáticamente y legitima internacionalmente cada operación militar israelí, incluidas aquellas que contradicen abiertamente sus propios objetivos declarados. La supuesta tensión entre Washington y Tel Aviv es, en la mayoría de los casos, teatro doméstico para consumo interno: al final del proceso, los intereses israelíes prevalecen.
El llamado “acuerdo” entre Israel y el presidente colaboracionista libanés no merece otro calificativo que el de capitulación que pone al país al servicio de la entidad sionista
El llamado “acuerdo” entre Israel y el presidente colaboracionista libanés no merece otro calificativo que el de capitulación que pone al país al servicio de la entidad sionista. Está diseñado para otorgar una cobertura de legalidad formal a la continuidad de la ocupación del sur del Líbano, mientras el país entero es empujado hacia una guerra civil y al colapso económico, social y político. No se trata de un proceso de paz; es la conversión del país en un protectorado israelí.
Otros actores regionales que han optado por la colaboración con este esquema, como Baréin y Emiratos Árabes Unidos, se apresuran a montar el relato que justifica la reactivación de la guerra de agresión contra Irán. Su alineamiento es la coreografía de siempre, ejecutada por quienes prefieren la subordinación a Israel y Estados Unidos a sus propios intereses nacionales y su soberanía, sin asumir que el “paraguas imperial” no solo no los protege sino que los pone más en peligro.
El mundo asiste a la confirmación de algo que el movimiento antiimperialista lleva décadas señalando: el orden internacional no lo está determinando la diplomacia multilateral ni el derecho internacional, sino la capacidad de imponer hechos consumados sobre el terreno
Asia Occidental vuelve a entrar en un ciclo de gobierno de intensificación de la agresión de la coalición Epstein, de reconfiguración de alianzas y endurecimiento de posiciones. Las esperanzas de desescalada, frágiles desde el principio, quedan de momento en suspenso. El mundo asiste a la confirmación de algo que el movimiento antiimperialista lleva décadas señalando: el orden internacional no lo está determinando la diplomacia multilateral ni el derecho internacional, sino la capacidad de imponer hechos consumados sobre el terreno. Israel lleva setenta y ocho años demostrándolo con una claridad absoluta. Cada resolución ignorada, cada alto el fuego violado, cada kilómetro cuadrado colonizado, es la expresión práctica de una doctrina que no reconoce más legalidad que la propia fuerza y la protección incondicional de su patrón imperial.
El problema no es Netanyahu. Netanyahu es el síntoma. El problema es la entidad sionista israelí y un sistema imperial que, para mantener su hegemonía en Asia Occidental, requiere la perpetuación de Israel como potencia de choque, como gendarme regional,
Trump hizo un gesto de querer salir del avispero. Netanyahu le recordó que no hay salida, porque el avispero es la casa común donde ambos residen, aunque uno crea ser el propietario y el otro sepa con precisión que su inquilino paga el alquiler con sangre ajena. El MoU quedará como testimonio de la incapacidad estructural de Washington para controlar las fuerzas que él mismo ha desatado, armado y financiado durante décadas. El problema no es Netanyahu. Netanyahu es el síntoma. El problema es la entidad sionista israelí y un sistema imperial que, para mantener su hegemonía en Asia Occidental, requiere la perpetuación de Israel como potencia de choque, como gendarme regional, como punta de lanza contra cualquier proyecto de soberanía que amenace con escapar a su órbita. Mientras ese sistema siga en pie, las escaladas no serán accidentes; serán la norma.
(*) Secretario de Relaciones Internacionales del PCE
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