Gaby, Fofó y Miliki: Memoria, televisión y pedagogía infantil en Puerto Rico

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Por Dr. Julio E. Quirós Alcalá

A Fofó, en recuerdo del cincuentenario de su fallecimiento…

La pérdida de figuras que pertenecen a nuestra memoria colectiva, padres, familiares, amigos o conocidos, tiene un peso particular: no cierra solo una biografía, sino un mundo íntimo que se desvanece entre nuestros sentidos humanos. Y ese mundo, si no se nombra, si no se recuerda, corre el riesgo de diluirse hasta volverse irreconocible. Cuando nos afrontamos al sino de la muerte, no solo se trata únicamente de la desaparición física, sino del colapso silencioso de una arquitectura interior que sostenía nuestra manera de habitar el mundo. La muerte irrumpe como una grieta en la continuidad de la experiencia: aquello que dábamos por estable, rostros, voces, gestos, rutinas, se vuelve frágil y provisional. En ese instante comprendemos que nuestra relación con el mundo no está hecha solo de cosas presentes, sino de vínculos que, al romperse, arrastran consigo una porción de nuestra propia identidad.

La memoria cultural no se pierde de manera súbita; se desvanece lentamente, como una imagen que se desgasta con el tiempo si no es restaurada. Recordar a los Payasos de la Tele desde la conciencia de su ausencia es, por tanto, un acto de afirmación: la certeza de que aquello que nos hizo felices no puede quedar abandonado al desgaste del tiempo.

La evocación de Gaby, Fofó y Miliki en la televisión puertorriqueña nos sitúa precisamente ante ese riesgo: el de olvidar no solo a los artistas, sino el modelo de infancia, de educación emocional y de convivencia social que ayudaron a construir. Recordarlos, por tanto, no es un gesto nostálgico, sino un acto crítico de recuperación histórica y cultural.

La trayectoria de los llamados Payasos de la Tele se inscribe en una tradición circense europea transmitida generacionalmente dentro de la familia Aragón. Gabriel, Alfonso y Emilio Aragón, octava generación familiar, iniciaron su carrera en España en 1939, en un contexto marcado por la Guerra Civil y sus secuelas, lo que los llevó a emprender un desplazamiento hacia América Latina en busca de nuevas oportunidades artísticas. Este tránsito no fue meramente geográfico: implicó una transformación profunda de su lenguaje escénico, que debió adaptarse a públicos diversos sin perder la esencia de su propuesta estética.

Un punto fundamental en esta trayectoria fue su experiencia en Cuba, donde en 1949 tuvieron su primer contacto con la televisión, un medio emergente que transformaría su influencia y alcance. En esta isla caribeña, crearon un formato que integraba humor físico, interacción directa y música, anticipando el modelo que más tarde establecerían en otras naciones. Cuba funcionó así como laboratorio creativo, donde los elementos del circo tradicional se articularon con las posibilidades del nuevo medio televisivo.

Ese aprendizaje encontró en Puerto Rico un terreno particularmente fértil. A mediados de la década de 1960, la isla experimentaba un proceso acelerado de modernización industrial, conocido como la “Operación Manos a la Obra”, en el que la televisión comenzaba a ocupar un lugar central en la vida cotidiana.

La llegada de la televisión a Puerto Rico  no solo marcó un avance tecnológico, sino que abrió una nueva dimensión en la formación cultural y educativa del país. El 6 de enero de 1958, como regalo a los niños y la familia puertorriqueña, el gobernador de Puerto Rico, Luis Muñoz Marín, inaugura la primera estación estatal de televisión educativa de Puerto Rico, WIPR TV, Canal 6. Su propósito era llevar la educación a traves de la nueva tecnología democratizando el saber y la informacion en la isla a través de la pantalla chica en un aula extendida. Ante esta efeméride, la primera dama de Puerto Rico, Inés María Mendoza, reflexiona sobre este momento:

La verdad es que la televisión es una hermosa espada para deshacer entuertos de malos maestros, para abatir malandrines que le llenan la cabeza de trapos a los niños en vez de llenárselas de ensueños, para desencantar a las verdades de la ciencia y del arte cautivas en la enredada cárcel del verbalismo y la confusión.  “Pasa que esta gran espada libertadora de la televisión la estamos usando para cortar salchichas”, me decía Luis Muñoz Marín.  La televisión mejorará al maestro mediocre y multiplicará al maestro excelente. Pero ella por sí, solo es un instrumento más.

En ese contexto, las reflexiones de doña Inés sobre la televisión como “espada libertadora” adquieren una relevancia particular: el medio no era un fin en sí mismo, sino una herramienta que podía elevar o empobrecer la formación de la niñez dependiendo de su uso.

Es precisamente dentro de este horizonte pedagógico que se inserta la figura de los payasos Gaby, Fofó y Miliki, cuya presencia en la televisión puertorriqueña desde los inicios de la televisión en 1956, respondió a una necesidad concreta: la de traducir los principios educativos en experiencias accesibles, afectivas y memorables para la infancia. Lejos de ser meros entretenedores, estos artistas funcionaron como mediadores culturales que lograron articular el juego, la música y la enseñanza en un lenguaje comprensible para los niños.

En una época en la que el sistema educativo puertorriqueño enfrentaba retos de acceso, desigualdad y metodologías tradicionales rígidas, los payasos ofrecieron una alternativa pedagógica basada en la emoción y la participación. Sus canciones, rutinas y diálogos no solo promovían la risa, sino que reforzaban valores fundamentales como la amistad, el respeto, la imaginación y la curiosidad intelectual. En este contexto, representaban el deseo manifestado por doña Inés: emancipar el conocimiento de la “cárcel del verbalismo” y convertirlo en algo vivo, dinámico y relevante.

Asimismo, su influencia debe ser considerada dentro de un ecosistema mediático en desarrollo. La televisión educativa requería contenidos que atrajeran a una audiencia infantil variada, abarcando sectores con acceso restringido a recursos educativos formales. Gaby, Fofó y Miliki lograron establecer un puente entre el hogar y la escuela, convirtiéndose en figuras de confianza que acompañaban el proceso formativo cotidiano. Su objetivo era “brindar un un programa sano, alegre, educativo, y tratar de mantener a los chiquillos una hora delante de la pantalla del televisior, sin que la madre tenga que preocuparse porque sus hijos presencien algún detalle de mal gusto”. Su presencia contribuía a humanizar la pantalla, transformándola en un espacio de cercanía y aprendizaje emocional.

La necesidad de este tipo de figuras en el Puerto Rico de los años sesenta también responde a una dimensión cultural más amplia. En un periodo de modernización acelerada, migración y cambios sociales, la televisión se convirtió en un agente de cohesión simbólica. Los payasos no solo cumplían una función educativa, sino que también contribuían a la formación de una memoria colectiva compartida, donde elementos como el humor, la música y la inocencia actuaban como vínculos entre diferentes generaciones.

Así, el papel de Gaby, Fofó y Miliki puede interpretarse como una manifestación concreta del ideal de televisión educativa propuesto en 1958: un medio capaz de multiplicar la figura del “maestro excelente”. No reemplazaron al docente tradicional, pero sí ampliaron sus capacidades, evidenciando que una enseñanza efectiva no depende únicamente del contenido, sino también de la manera en que se presenta. En última instancia, su legado demuestra que la educación infantil en medios masivos requiere no solo un enfoque pedagógico riguroso, sino también creatividad, empatía y una comprensión profunda de las emociones infantiles.

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Gaby, Fofó y Miliki llegaron a Puerto Rico desde Cuba y Estados Unidos bajo contrato con Telemundo (Canal 2) entre 1956 a 1958. En 1965, se asentaron formalmente en la isla con el Show de las 5, producido por Paquito Cordero y dirigido por Alfredo Mercado para Telemundo. Este programa, transmitido en vivo, se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural, no solo por su popularidad, sino por la manera en que redefinió la relación entre la televisión y la infancia.

A diferencia de otras propuestas contemporáneas, el Show de las 5 situaba al niño como sujeto central y no como espectador pasivo. La interacción directa, el lenguaje cercano y la repetición de frases y juegos de palabras generaban un sentido de pertenencia y familiaridad. Expresiones tales como “¿Cómo están ustedes?”, “Se me lengua la traba” o “Cambia, papá” trascendieron la pantalla para integrarse al habla cotidiana puertorriqueña, evidenciando el profundo arraigo del programa en la cultura popular de la isla.

Como parte de su producción artística en Puerto Rico, en 1967 lanzaron un disco con sus más reconocidas canciones infantiles titulado Gaby, Fofó, Miliki y familia en el Show de las 5.

No obstante, uno de los aportes más significativos de Gaby, Fofó y Miliki fue el uso de la canción infantil como herramienta pedagógica. Lejos de ser simples piezas de entretenimiento, sus canciones funcionaban como dispositivos de socialización y formación ética. Temas como Había una vez un circoOle, don PepitoLa gallina turuleca o Susanita ofrecían narrativas accesibles que introducían a los niños en valores como la amistad, la convivencia, la empatía y el respeto por la diferencia.

La organización melódica y cíclica de estas canciones hacía más sencillo recordarlas, lo que permitía que los contenidos se asimilaran de forma casi automática. En Ole, don Pepito, pieza musical original del cómico y artista puertorriqueño Ramón Ortiz de Rivero, mejor conocido por su nombre artístico de Diplo, ejemplifica, el contraste entre el saludo cordial y la comunicación cómica que exponen, de forma lúdica, la importancia del entendimiento mutuo. En Susanita, la aspiración de formar una familia es presentada con humor, pero también con una dimensión normativa que refleja valores sociales de la época. Incluso en canciones aparentemente absurdas como La gallina turuleca, el juego con lo extraordinario estimulaba la imaginación y la aceptación de la diferencia entre la juventud.

Este uso de la música como vehículo formativo revela una concepción integral de la infancia, en la que el entretenimiento no está reñido con la educación, sino que educativamente la amplía y la dinamiza. La canción infantil, en manos de los payasos, se convierte en un espacio de mediación cultural donde el niño aprende códigos de conducta, formas de relación y marcos de interpretación del mundo. En este sentido, su propuesta puede entenderse como una pedagogía afectiva, basada en la risa, la repetición y la cercanía emocional.

Como parte de su producción artística en Puerto Rico, en 1967 lanzaron un disco con sus más reconocidas canciones infantiles titulado Gaby, Fofó, Miliki y familia en el Show de las 5, consolidando así su presencia en el ámbito musical y televisivo dirigido al público infantil.

Los Payasos de la Tele finalmente se despidieron de Puerto Rico en 1971, marcando el cierre de una etapa significativa en la televisión local. Posteriormente, dirigieron sus pasos hacia Argentina, donde desde 1970 ya desarrollaban una intensa actividad artística que abarcaba la televisión, el circo, el cine y la producción discográfica. Este periodo consolidó su proyección internacional y amplió su impacto en el público infantil latinoamericano. Finalmente, en 1972 regresaron a España, donde iniciaron una nueva fase de trabajo con el público infantil a través de Televisión Española, reafirmando su lugar como referentes del entretenimiento educativo para niños.

Anuncio de un evento con Gaby, Fofó y Miliki publicado en el periódico El Mundo en 1957. FLMM.

Sin embargo, como ocurre con toda construcción cultural, el paso del tiempo trajo consigo la fragmentación. La muerte de Fofó en 1976, seguida por la de Gaby en 1995 y Miliki en 2012, marcó el cierre progresivo de una etapa. Cada una de estas pérdidas no solo significó la desaparición de una figura artística, sino la erosión de un modelo de televisión y de infancia que había dejado una huella profunda en la sociedad puertorriqueña y latinoamericana.

Miliki visitó a Puerto Rico en el año 2000, invitado para honrar la trayectoria histórica de los programas infantiles en la isla. Dicho regreso puede interpretarse como un gesto de reconocimiento y despedida, una reactivación consciente de la memoria colectiva. Este evento evidenció que, más allá del tiempo transcurrido, el vínculo afectivo entre los artistas y el público permanecía intacto. Porque la memoria, aunque no pueda vencer a la muerte, tiene la capacidad de desafiarla. Y en ese desafío se juega no solo la permanencia de unos artistas, sino la posibilidad de recuperar una visión de la infancia como territorio de cuidado, imaginación y dignidad.

Resulta imprescindible volver a la visión profundamente adelantada de la maestra de escuela y primera dama de Puerto Rico, doña Inés María Mendoza: «Ya es hora de empezar las grandes bibliotecas de la televisión con las obras maestras logradas en distintos países. La televisión traerá los museos en sus colores, los paisajes de lejanos países por los campos y pueblitos más remotos, los grandes libros leídos en voz alta, estimulantes, que se seguirán leyendo a solas con avidez. Y enseñará a ver lo que se cree que se ve y no se ve en los pájaros, en el agua, en la luz y en las frutas, en los insectos y en las gentes, agrandará al desnudo ojo humano añadiéndole un lente enorme que se maneja con un sencillo botón. ¿Cuándo empezaremos a educar con la televisión? Ya es tiempo, amigos».

La primera dama entendió la televisión no como un mero medio de entretenimiento, sino como una poderosa herramienta educativa y cultural, un aula expandida y transformadora capaz de complementar la educación formal y de conectar a las nuevas generaciones con su entorno cultural, natural e histórico.

En la actualidad, cuando la infancia está cada vez más mediada por lógicas de consumo acelerado y fragmentación digital, la experiencia de Gaby, Fofó y Miliki adquiere una relevancia particular. Su legado invita, como doña Inés afirmaba, a repensar el papel de la televisión, y de los medios en general, como espacios de formación ética y cultural. Recordarlos es, en esencia, una manera de oponerse a la pérdida de una memoria que no solo pertenece al pasado, sino que también tiene el potencial de iluminar el presente.

Sobre el autor…

El Dr. Julio E. Quirós Alcalá es Doctor en Historia de Puerto Rico y el Caribe y director del Archivo Histórico de la Fundación Luis Muñoz Marín.

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La redacción del Periódico El Adoquín está compuesta por un grupo de escritores y editores independientes que trabajan para publicar información de interés cultural puertorriqueño los siete días de la semana.

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