«Valor y vigencia en Luis Muñoz Rivera»: conferencia de Elsa Tió en la Fundación Luis Muñoz Marín
La Fundación Luis Muñoz Marín conmemoró el 167 aniversario del natalicio de Luis Muñoz Rivera con una actividad celebrada el 18 de julio de 2026 en su sede en Trujillo Alto. El encuentro fue encabezado por el director ejecutivo de la institución, el doctor Alemán Iglesias, quien ofreció la bienvenida y tuvo a su cargo la presentación de la poeta y escritora Elsa Tió.

La conmemoración reunió a historiadores, educadores, maestros, periodistas, estudiantes y representantes del ámbito político, quienes se dieron cita para recordar la trayectoria y el legado de Muñoz Rivera, periodista, poeta y dirigente político nacido en Barranquitas.
Durante su conferencia, titulada Valor y vigencia en Luis Muñoz Rivera, Tió repasó distintos episodios de su vida pública, su labor periodística y su participación en las luchas por un gobierno propio. La escritora también examinó la defensa que hizo Muñoz Rivera de las libertades civiles, la cultura, el idioma y los derechos de los puertorriqueños durante los periodos de dominación española y estadounidense.
Al concluir la disertación, Tió recibió el reconocimiento de los asistentes por una exposición centrada en la dimensión histórica, política y literaria de Muñoz Rivera, así como en la vigencia que, a su juicio, mantienen sus ideas ante los desafíos que enfrenta Puerto Rico en el siglo XXI.
A continuación, se reproduce el texto de su conferencia.

Valor y vigencia en Luis Muñoz Rivera
¿Cómo la invasión nos dividió entre el entreguismo fácil y la resistencia difícil?
Puerto Rico para los puertorriqueños y la fuerza del país está en el país. “Se ama la patria porque sí” —Luis Muñoz Rivera
Para celebrar la vida del periodista, el poeta y el político Luis Muñoz Rivera, y cobrar conciencia de su vigencia y de lo que representan sus palabras y acciones en el siglo XXI, tenemos que empezar por arrancárselo al olvido.
Irónicamente, se trata de un olvido visible, porque su nombre aparece ostentosamente en avenidas, escuelas y letreros; sin embargo, el patriota desaparece en los salones de clase y en la memoria colectiva.
¿A qué le tienen miedo? A que sintamos orgullo de su heroica resistencia en defensa del país en tiempos de desesperanza… tan parecidos a los de hoy.
Repudiemos la ignorancia de la cual se aprovecha la calumnia.
La corrupción no solo consiste en robarse los fondos públicos, sino también en robarse la verdad histórica de un pueblo.
Nos acercaremos a un Luis Muñoz Rivera en carne viva, atacado con saña y violencia por el delito de defender el legado de don Román Baldorioty de Castro, quien promovió una fórmula descolonizadora: el ideal autonomista.
Luis Muñoz Rivera, el heredero político de Baldorioty, recoge la bandera autonomista y le imprime nueva vida. Por ello será perseguido, arrestado, encarcelado y enjuiciado; sufrirá intentos de asesinato entre y durante dos siglos convulsos, por dos imperios tan poderosos como autoritarios. Luchar por alcanzar la libertad de un gobierno propio y lograr la mayor descentralización dentro de la unidad nacional con España fue el norte de su acción política.
Luis Muñoz Rivera supo convertir sus palabras en acción. Se sabía depositario de un legado de libertad, en defensa de nuestros derechos civiles y de nuestras libertades públicas, con el fin de crear un Puerto Rico moderno. Para lograrlo, era necesario estructurar el gobierno de Puerto Rico por los propios puertorriqueños; que los puertorriqueños dirigieran los destinos del país. Esto no había ocurrido en Puerto Rico. Y se dedicó a echarle raíces a los sueños.
Por su valerosa defensa y amor al país, sus adversarios lo llamaron el Hombre Patria.

Celebramos la historia de un hombre tan enamorado de su país que enamoró a su pueblo. Así lo sintieron y juzgaron en su época sus compatriotas. Entre ellos, el humorista y escritor Nemesio Canales, quien en sus funerales, en 1916, expresó: “Aquel hombre que había hecho de su persona un símbolo y de su vida un poema, un hermoso y romántico poema de amor a su tierra y a los suyos; sobre él, la tierra novia que había amado tanto”. Rafael Monagas escribió: “Fue generoso con el débil, implacable con el canalla. Y la patria, que fue su novia, llora”.
Empieza su vida política en medio de una opresión despiadada de compontes y torturas contra los autonomistas y contra la prensa liberal del país.
A los 26 años, en 1886, Luis Muñoz Rivera sufrió su primer arresto por conseguir delegados para la histórica Asamblea Autonomista que había convocado Baldorioty de Castro, a celebrarse en 1887, en Ponce, en el año terrible del horror. En ese ambiente, Baldorioty de Castro y 15 autonomistas, la mayoría de ellos periodistas, fueron encarcelados en los temibles calabozos del Morro por fundar el Partido Autonomista.
Dos años más tarde, en 1889, muere Baldorioty, quedando el Partido Autonomista a la deriva, perseguido y sin fondos.
En medio de ese ambiente tenebroso, se necesitaba un heredero político. Baldorioty había señalado el camino. Ramón Marín, director del periódico El Pueblo, en acuerdo con el liderato autonomista, le lanzó un reto al poeta y periodista Luis Muñoz Rivera para que viniera de Barranquitas a Ponce a hacerse cargo del partido.
Luis Muñoz Rivera acepta el desafío, a sabiendas del peligro al que se enfrentaba.
En 1890, a los 30 años, se muda a Ponce.
Sigue la visión de Baldorioty de obtener un gobierno propio.
A los 31 años, por su alma rebelde, se atrevió a desafiar al Gobierno español y fundó, en 1891, el periódico La Democracia, periódico que el poeta independentista José de Diego llamó taller, templo, antorcha y barricada.
Así lo entendió su adversario político Rafael Martínez Nadal, representante a la Cámara por el Partido Republicano, cuando en 1916 escribe: “Luis Muñoz Rivera llega a Ponce, funda La Democracia, se constituye en periodista de prosa tan vibrante como su verso (…). A partir de aquella fecha inolvidable, no hubo en la lucha por nuestras libertades una voluntad más recia, ni una pluma más firme, ni un corazón más generoso que el de ese amado compatriota (…). La vida política de Muñoz Rivera fue, desde entonces, vida de combate sin tregua y sin cuartel, pero también de triunfos”.
Empieza su campaña por lograr una Constitución Autonómica para Puerto Rico y también le declara la guerra a la corrupción. Sus artículos los contestó el Gobierno español, acusándolo de injuria por medio de la imprenta. Querían silenciarlo.
El periodista Mariano Abril recuerda el momento en que Luis Muñoz Rivera funda La Democracia y, en breve periodo, paseaba las carreteras con la Guardia Civil, lo apresaban en cárceles de Caguas y Guayama, desafiaba la cólera de los capitanes generales, sufría cien procesos, lo encerraban en los calabozos de Ponce, lo multaban y lo condenaban. Y no podían rendirlo ni doblegarlo jamás.

Se logra la Constitución
A los 31 años, un 17 de febrero de 1891, comenzó su campaña pro pacto. A los 39 años, en 1897, por su carisma y talento político, en consenso y en consulta con su partido, logró por primera vez, luego de 400 años, que le otorgasen a Puerto Rico la Constitución Autonómica.
Constitución que incluía nuestra propia moneda y personalidad jurídica de gobierno propio, logrando la autonomía directa en unión con España. Podíamos legislar sobre la banca, el crédito público, los tratados comerciales y la fijación de aranceles.
El reconocido jurista José Trías Monge, expresidente del Tribunal Supremo, interpreta el momento: “No cabe duda de que el régimen autonómico de 1897 constituyó un extraordinario paso de avance hacia el gobierno propio de Puerto Rico, varios de cuyos rasgos aún no han sido superados hasta el día de hoy. Se colman las aspiraciones básicas del programa autonomista puertorriqueño y, en ciertos aspectos, lo rebasan”.
Autonomismo que no es separación ni es anexión, sino todas las libertades compatibles con la metrópoli.
Por primera vez en 400 años, en Puerto Rico —por la coyuntura del pacto autonómico— los puestos públicos estarían a cargo de puertorriqueños. Se cumplían las máximas de Luis Muñoz Rivera: “La fuerza del país está en el país” y “Puerto Rico para los puertorriqueños”. Desde esa gesta, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
La invasión
Sin embargo, no habían pasado cinco meses de empezarse a formar el Gobierno autonómico provisional, con una excelente generación de patriotas, una visión renovadora y ganas de hacer grandes cosas en lo económico, educativo y social, cuando Estados Unidos nos invade. Pero, de no haberse obtenido la Constitución, hubiera sido más difícil enfrentarnos al poderío de Estados Unidos cuando terminó, en 1898, la Guerra Hispanoamericana.
Puerto Rico, sin ejército y con un gobierno provisional, solo podía negociar.
Entonces, el presidente de Estados Unidos era McKinley, el mismo que despojó de su soberanía a la reina de Hawái y la encarceló.
Con esa mentalidad imperial invadieron Puerto Rico y eliminaron la Constitución recién otorgada.
Tantos años de lucha por alcanzar un Gobierno autonómico y nos convirtieron en botín de guerra.
Y así nos trataron. Irónicamente, el país de las libertades nos impuso un dictatorial gobierno militar en 1898. Con lucidez, Luis Muñoz Rivera interpreta el momento: “Que no se nos arrebate lo que poseemos antes de darnos algo que lo sustituya con ventaja”. Pero ocurrió lo que se temió.
Nos quedamos sin un ápice de soberanía.
La situación se complicaba cuando el Partido Republicano, liderado por Barbosa, respaldó el gobierno militar.
Nos encontrábamos ante un país dividido.
De la noche a la mañana, Luis Muñoz Rivera pasó de ser jefe de Estado, secretario de Gracia, Justicia y Gobernación, a ser un ciudadano común. Tenía 40 años.
Luego de tantos años de lucha y de anhelos perdidos, muchos pensaron que Luis Muñoz Rivera, derrotado, se rendiría.
El abogado Rafael Hernández Usera supo interpretar el drama:
“Nunca se nos aparece la figura de Muñoz Rivera tan grande como en aquel momento de su vida en que, acabada la dominación española en Puerto Rico, reanuda sin desmayo su misión política y acude al campo de combate de simple soldado; él, que había obtenido la victoria como su líder. Son contados los hombres capaces de tan alto ejemplo”.
En ese momento, Luis Muñoz Rivera se autorretrata: “Tengo la bravura de la victoria y tengo aún más la bravura después de la derrota”.

Luis Muñoz Rivera le declara la guerra a la Ley Foraker
La situación se agravó cuando, a los dos años de la invasión, en 1900, las libertades prometidas en 1898 resultaron ser falsas.
Entonces nos impusieron la tiránica Ley Foraker.
Luis Muñoz Rivera la consideró una afrenta al país e, indignado, expresó: “Se nos arrebata lo que es nuestro, lo que nos pertenece: el derecho a elegir nuestros funcionarios, de votar por nuestros tribunos, de dirigir la marcha de nuestra isla, de ser los amos en nuestra propia casa”.
Sus palabras marcaron la guardarraya. Luis Muñoz Rivera se negó a aceptar menos poderes de los que ya habíamos conseguido de España. Decidió alcanzar nuevamente poderes de gobierno propio con Estados Unidos, no a la usanza latina, sino con las formas de una autonomía sajona que imperaba en las colonias británicas. Desde un valor irrefutable, le declara la guerra a la dictatorial Ley Foraker. El 25 de julio de 1900 rehúsa asistir a la fiesta de celebración de la entrada de los americanos por Guánica.
El 27 de julio publica “¿Por qué no celebramos?”. Aquí un fragmento:
“El Gobierno americano encontró en Puerto Rico una autonomía más amplia que la de Canadá. Debió respetarla o ensancharla y solo quiso y pudo destruirla.
Teníamos tres representantes en el Senado y dieciséis en el Congreso (…). Teníamos un Consejo de secretarios, cuyos decretos apoyó siempre el gobernador.
Hoy tenemos un Consejo Ejecutivo, en su mayoría compuesto de personas que no nacieron aquí ni aquí poseen arraigo alguno, y que se interesan por la nación que los nombra y no por la región que les paga. Teníamos unas cámaras insulares electas por el voto del pueblo, con facultades para legislar en materia de presupuestos, obras públicas, instrucción pública, beneficencia, sanidad, correos y telégrafos, y puertos.
Ahora tendremos una Cámara cuyas facultades anula el Consejo Ejecutivo, dueño absoluto de aprobar y rechazar leyes (…)”.
Rechazar la Ley Foraker fue desenmascarar sus verdaderas intenciones. Su máxima, “La fuerza del país está en el país, no la busquemos fuera de ella”, nos daba a respetar desde la dignidad de sus palabras. Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
Para entender por qué Luis Muñoz Rivera arremete contra la Ley Foraker, sepamos en qué consistió:
Todos los puestos serían nombrados por el presidente de Estados Unidos. El gobernador y el Consejo Ejecutivo serían norteamericanos, y los cinco restantes, puertorriqueños: un sello de goma.
Todas las leyes aprobadas por la Legislatura tenían que ser ratificadas por el Congreso de Estados Unidos, que se reservaba el poder de veto. Los miembros del Tribunal Supremo igualmente serían nombrados por el presidente norteamericano.
Todo se agravaba porque el Partido Republicano, encabezado por Barbosa, aplaudió la Ley Foraker, obstaculizando la negociación de poderes. Cualquiera hubiera tirado los guantes, pero no Luis Muñoz Rivera.
La confusión definió el momento: un sector creyó que, al momento de la invasión, el país de las libertades iba a otorgar la independencia. Pensaban que no iban a dar menos libertades que la retrógrada España y apoyaron la invasión. Pero fueron de la ilusión al desengaño.
Muñoz Rivera empieza su vigorosa oposición a la Ley Foraker: “Queremos que el país dirija los destinos del país”. Palabras que se contestarán con una persecución brutal.
Salvador Tió Montes de Oca fue exacto al escribir: “La invasión nos dividió entre el entreguismo fácil y la resistencia difícil”.
Entonces, el plan del Gobierno fue absorbernos y dividirnos. Por ello, desde 1899, se creó la Policía Insular, se prohibió enarbolar la bandera de Puerto Rico y celebrar el Día de Reyes y el Día del Descubrimiento de Puerto Rico.
Desmantelaron municipios hasta trocarlos en juntas decorativas.
En las escuelas se implementó el plan de arrancarnos la lengua, el español, el oro de nuestra cultura y nuestra máxima señal de identidad.
Luis Muñoz Rivera lo combate: “La insufrible subalternidad del idioma. Todos los yugos nos parecen odiosos; el del idioma nos parece intolerable”.
Desde su lucha heroica contra la absorción y a favor de nuestra lengua y cultura, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
Pero lo cortés no quita lo valiente.
Luis Muñoz Rivera nunca fue antiespañol ni antiamericano, pero sí fue un férreo enemigo de sus injusticias.
Y advierte que la Ley Foraker venía con el plan perverso de despojarnos de nuestras tierras agrícolas. ¿Por qué?
La caña era entonces el oro de la época.
Pero, para desarrollar el monocultivo de la caña, necesitaban grandes extensiones de terrenos.
¿Y cómo lo lograron? El Gobierno norteamericano en la isla impuso contribuciones a la tierra, que no existían en tiempos de España; devaluó nuestra moneda, que cotizaba en Wall Street, y eliminó el crédito.
Se prohibió la comercialización de los productos del país; cerraron los puertos de Ponce, Arecibo y Aguadilla, y los bancos. En 1899, San Ciriaco nos azota.
Como resultado, la economía cayó en picada y nuestros agricultores perdían sus tierras. Las medidas fueron tan devastadoras que, para la década del 30, la miseria sería la triste vitrina de nuestros paisajes. Durante los primeros 40 años que nos gobernaron gobernadores americanos, la miseria creció como la espuma. No fue hasta que llegó un gobernador puertorriqueño, Luis Muñoz Marín, que Puerto Rico empezó a prosperar.
Hallan los restos del vuelo 526A de Pan Am, avión de la Tragedia del Viernes Santo de 1952
Para implementar la Ley Foraker y su plan de despojo de nuestras tierras agrícolas, en 1900 nos enviaron al primer gobernador civil, Charles Allen.
Este se encolerizó al encontrar que quedaba en pie un periódico combativo, El Diario de Puerto Rico, que era como se llamaba el periódico de Muñoz Rivera en San Juan.
Un año antes de la Ley Foraker, en 1899, Luis Muñoz Rivera ya había puesto el dedo en la llaga al advertir que en el Congreso se discutía el Bill Hollander y anticipó sus consecuencias:
“Hay un americano, Mr. Hollander, partidario de la asimilación a todo trance, que viene a facilitar el camino. Si se aprobara su Bill, antes de un lustro la mayoría de las fincas habrían pasado de manos de los puertorriqueños a los continentales. Estos, una vez afincados, serían los dueños absolutos del país; y tras la emigración de braceros, que ha empezado, vendría la de los propietarios y, tras estas, la emigración de todas las clases sociales. El Bill Hollander es, pues, el primer puntapié con que se ha de arrojar de este país a un pueblo y a una raza”.
Luis Muñoz Rivera se enfrenta a los grandes señores de la caña al repudiar una Ley Foraker que no respetaba la personalidad puertorriqueña y nos anulaba como país. Indignado ante las medidas económicas impuestas, expresó que “convertía a la isla en una colonia de explotación”. No estuvo dispuesto a someterse al gobernador. Como resultado, se incrementaron los violentos ataques contra el periodista.
La advertencia de Luis Muñoz Rivera sobre la Ley Hollander probó ser cierta y, durante la creación del Partido Unión, en 1904, revela:
“De las ciudades y los campos se alza el rumor de un descontento sordo y profundo o el clamor de una protesta que no cabe ya en los moldes de nuestra mansedumbre legendaria. La agricultura paga jornales exiguos porque la producción no basta a compensar el trabajo; el comercio, en la ruina; no hay crédito; los negocios marchan con lentitud abrumadora; el hambre, que no existió nunca en nuestra isla, existe dondequiera, en el litoral lo mismo que en el interior. Las fincas que representaban valores inmensos representan valores ridículos. Familias que en 1898 vivían sobre tapices de opulencia, en 1904 mueren sobre harapos de indigencia. El malestar engendra la emigración, y a Hawái, a Yucatán, a Cuba y a Santo Domingo van los infelices braceros buscando el trozo de pan que Puerto Rico les rehúsa”.
“Nos quieren quitar los ríos, nos quieren quitar las playas y que abuelita se vaya” no son luchas nuevas. El líder tabacalero Tomás Carrión Maduro lo interpretó: “El ideal fijo de Luis Muñoz Rivera no fue otro que Puerto Rico para los puertorriqueños”. Desde su máxima, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
El poder absoluto de Charles Allen desata su rabia contra Luis Muñoz Rivera y, en alianza con las turbas republicanas que actuaban bajo su poderoso manto protector, atacan, en septiembre de 1900, las oficinas del periódico El Diario, de Luis Muñoz Rivera. Convirtieron su imprenta en chatarra, pero aun así no pudieron silenciarlo.
Furiosos, días más tarde, planean un segundo ataque y lanzan una hoja suelta invitando a atacar, esta vez, su hogar en la calle Fortaleza número 19.

¿Y a quién arrestaron? Al periodista Luis Muñoz Rivera, y no a las turbas republicanas que fueron a atacarlo.
Para colmo, le fabrican un caso judicial, acusándolo de graves cargos. De salir culpable, hubiera cumplido cuatro años de cárcel, lo necesario para inutilizarlo. Pero Luis Muñoz Rivera salió absuelto; se pudo comprobar su inocencia y la de sus seguidores. Luis Muñoz Rivera pasó de víctima a héroe popular. Su inagotable entereza ante la adversidad renovaba la admiración del pueblo.
Resulta irónico que el periodista que a los 31 años había fundado un periódico y a los 39 años había alcanzado una Constitución, a los 41 años estuvo a punto de acabar en la cárcel. Ya había estado preso en 42 ocasiones. Tenía más arrestos que edad. Su lealtad al país y al ideal autonomista de gobierno propio perturbaban al Gobierno. Oportunas sus palabras: “Pueblo que al triunfo la humildad confía, ni libre ser, ni respetado espere”.
Sin embargo, ni bajo el poderío de Estados Unidos pudieron frenar sus escritos ni doblegarlo. Sin la palabra de Luis Muñoz Rivera, éramos presa fácil para que nos absorbieran.
Destrozaron su imprenta, pero no su espíritu.
Luis Muñoz Rivera se hace de otra imprenta y se muda a Caguas. Su lucha por mantener su periódico para defender los derechos patrios es un ejemplo para los periodistas que, en el Puerto Rico del siglo XXI, ante censuras, legislaciones y persecuciones, siguen defendiendo la libertad de prensa. Desde esa lucha, el periodista y las palabras de Luis Muñoz Rivera siguen vigentes: “Cuando la justicia la inspire, no hay tribuna más alta ni labor que merezca más respeto de los hombres que el periodismo”.
El gobernador Allen, iracundo al ver que Muñoz Rivera mantenía su lucha contra el despojo de tierras, decidió que era necesario desaparecer al Partido Federal que presidía Luis Muñoz Rivera.
La estrategia fue implementar el fraude electoral. Luis Muñoz Rivera lo combate. Ante la reciente aprobación de leyes que promueven el fraude electoral, desde su lucha digna por el voto limpio, Luis Muñoz Rivera sigue vigente. Con la diferencia de que, en el siglo XX, nos invadieron desde afuera, pero en el siglo XXI nos invaden desde adentro.
La vida de Luis Muñoz Rivera corría peligro. En 1901 marcha a Nueva York; en 1902 regresa.
En 1904, Luis Muñoz Rivera, consternado al ver cómo se iba empobreciendo el país y que necesitábamos poderes para resolver nuestros problemas con soluciones propias, funda el Partido Unión de Puerto Rico, junto a José de Diego, Santiago R. Palmer y Matienzo Cintrón. Establecieron principios básicos del self-government y el reconocimiento del pleno derecho a que se protejan los productos de la isla de Puerto Rico, buscando o abriendo mercados para ellos.
Para ello, clama por la unión de las fuerzas de afirmación puertorriqueña y lanza un manifiesto que puede repetirse hoy:
“No pido a mis paisanos que se acerquen a mí; les pido que se acerquen los unos a los otros, que se detengan a contemplar la tierra madre herida en sus entrañas, que miren de qué modo triste la pobreza cunde y se aclimata la esclavitud y se abre sitio a la gente forastera; que no cierren los ojos a la evidencia de los hechos y que se dispongan en una acción en que los cerebros y los brazos estén unidos, muy unidos, tan unidos que no logre aflojarlos el interés ni alejarlos la intriga”.
En el siglo XXI, ante un enemigo común insensible, que niega que Puerto Rico sea un país, que agrede nuestros recursos naturales, no protege nuestra zona marítimo-terrestre ni nuestra universidad pública, privatiza los recursos esenciales y no cree en el desarrollo económico sustentable, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
Ante un enemigo que ensucia el voto limpio, que canjea votos por drogas en las cárceles y confunde los fondos públicos con sus bolsillos personales, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
Luis Muñoz Rivera entendió que la esperanza consistía en unir las fuerzas vivas de afirmación puertorriqueña. Ahora más que nunca, por amor al país y por nuestra cultura, hay que volver a abrir los ojos y unirnos. Es más lo que nos une que lo que nos divide.
Ante la corrupción y la operación demolición sobre nuestras instituciones, ante la sed de agua y la sed de justicia, por su espíritu de unidad, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
Oportunas las palabras de Luis Muñoz Rivera: “Nunca podríamos explicarnos para qué sirve el poder público, nacido de la voluntad de los ciudadanos, si no sirve para impedir que los intereses particulares se impongan a los intereses generales”. El pueblo encontró en Luis Muñoz Rivera un eco de sí mismo.
Para 1912, consternado ante una miseria dolorosa y creciente, el Partido Unión celebra la Asamblea de Miramar. ¿Les suena familiar?
Allí se aprobó un programa propuesto por Muñoz Rivera, que apoyaron José de Diego, Antonio R. Barceló, el licenciado Díaz Navarro y Matienzo Cintrón. Muñoz Rivera dio instrucciones sobre un programa legislativo que atendía temas económicos, educativos, de salud y relacionados con las leyes obreras:
“El obrero puertorriqueño debe disfrutar mayor salario, tener un hogar propio, alimentarse y calzarse con decoro, reducir a un límite de ocho horas las faenas diarias; indemnización por accidentes del trabajo, pensiones para los inválidos, empréstitos que faciliten a los obreros la adquisición de casas a precios baratos y amortizables en largos periodos”.
La visión de la justicia social que sembró Baldorioty echaba raíces. La semilla la abonará Muñoz Rivera y luego la implementará su hijo, Luis Muñoz Marín, desde una hacienda pública honrada, eliminando el plato hambriento y el pie descalzo. RHC dio una nueva forma a la justicia social al crear las 936. Se establecieron fábricas bien remuneradas en todos los pueblos de la isla, que pagaban entonces $15.50. Eliminarlas por fanatismo fue empobrecernos pueblo por pueblo.
Sila María Calderón le imprimió nueva vida a la justicia social con las comunidades especiales. La misión de justicia social no caduca; el pueblo sufre hoy nuevas pobrezas morales y económicas. En ese batallar, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
Muñoz Rivera, líder del posibilismo, llega a Washington en 1910 como comisionado residente. Encuentra que años de campañas de prensa en su contra, en Estados Unidos y ante el Congreso, le hacían muy difícil el camino en Washington. Pero, poco a poco, Muñoz Rivera fue desvaneciendo esa atmósfera falsa que se había formado.
Relata Dalmau Canet: “Se dio cuenta el Congreso de que había sido engañado por unos periodistas mercenarios y por unos escritores sin conciencia. Muñoz resultaba un comisionado de un talento muy cultivado, de experiencia en la política, hábil en las cuestiones del país. Lo habían presentado como un enemigo de la república, un hombre que soñaba con hacer una matanza de americanos. Y resultaba todo lo contrario”.
Por sus esfuerzos en Washington, se aprobó en 1917 el Bill Jones, que no llenaba las expectativas, pero era mejor que la dictatorial Ley Foraker.
Reabrió el camino para conseguir aspiraciones autonómicas de gobierno propio, todavía inconclusas.
Muñoz Rivera, partidario de la ciudadanía puertorriqueña, expresó en el Congreso:
“Deseamos proteger y mantener la ciudadanía natural nuestra, que no se funda en arbitrariedades jurídicas, sino en el hecho de que nacimos en una isla y amamos a esta isla sobre todas las cosas. Y no cambiaríamos nuestra patria por otra, así fuera tan libre y tan grande como Estados Unidos”.
La asimilación la consideraba una calamidad.
Su reclamo ante el Congreso de Estados Unidos era alcanzar la autonomía plena, conservando la ciudadanía puertorriqueña.
Sus luchas las hizo de frente al país; sabía que el destino de un país necesita consensos. La creación del estadolibrismo puertorriqueño no se dio en los años 50; vino de lejos, empezó con Baldorioty, con sus principales líderes en la cárcel. No se descoloniza a un país eliminando la historia de Puerto Rico de la papeleta, ni fraccionando las fuerzas, ni suplantando nuestra lengua por otra, ni con plebiscitos que eliminen la única fórmula de estatus alcanzada en más de un siglo, a ver qué pasa. Ni permitiendo que soluciones imposibles les cierren el paso a las posibles. Posible es alcanzar poderes autonómicos para el desarrollo del Estado Libre Asociado. Luis Muñoz Rivera luchó por horizontes de libertad y, exigiendo justicia, le dio vida al país. En ese esfuerzo por mayores libertades, Luis Muñoz Rivera sigue vigente.
La determinación la tenemos que tomar los puertorriqueños. Luis Muñoz Rivera le habló al americano sin servilismo y sin rencor.
Su fuerza era su voz y su misión, el periodismo. Logró unir a los mejores, convirtiéndose en un gran líder de masas.
Y el líder es el que une, no el que divide.
Ante el ataque injusto y la mentira organizada contra él, defendió a Puerto Rico con voluntad inquebrantable. Por ello, el pueblo depositó en él su confianza y el Congreso lo respetó.
El honorable William A. Jones, presidente del Comité de Asuntos Insulares, ante el fallecimiento del honorable Luis Muñoz Rivera, reconoció su gran capacidad como comisionado residente y solicitó al speaker que se designara un día para que los miembros de la Cámara de Representantes rindieran sus tributos. Al efecto, presentó una resolución que fue unánimemente aceptada.
También el presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos envió un reconocimiento, y Frank McIntyre, del Departamento de Guerra de Estados Unidos, Asuntos Insulares en Washington, escribió:
“Las relaciones que he mantenido con el señor Muñoz han sido más íntimas durante las últimas sesiones del Congreso que en ninguna otra ocasión en el pasado. Creo que ello se debía principalmente a su interés en que se aprobase pronto una Ley Orgánica adecuada a Puerto Rico y a su confianza en que el Negociado de Asuntos Insulares y el Departamento de Guerra harían todo lo que fuese posible por ayudarle a conseguir la aprobación de la referida ley.
La pérdida del señor Muñoz en esta época es una pérdida que el pueblo de Puerto Rico difícilmente puede soportar”.
Observar las fotos, leer las crónicas sobre sus apoteósicos funerales y comprobar cómo lo juzgaron sus correligionarios y adversarios nos ayuda a entender por qué el pueblo lo enterró como un héroe. Tal vez recordarían sus palabras:
“Desde que vinimos a luchar en la prensa, nuestro anhelo profundo, las supremas ansias de nuestro espíritu, consisten en hacer patria, en destruir una colonia y crear un país”.
Su valor sostenido fue épico. Su lucha por alcanzar libertades dentro de la asociación con Estados Unidos fue inagotable y sigue pendiente en las aspiraciones de mayores poderes. En sus funerales, el pueblo se vio a sí mismo, por primera vez, como protagonista de su historia; emergió como una gran fuerza colectiva, como un país.
Para terminar
Su obra periodística no vino a apoyar la disolución de un pueblo, sino a afirmar un país, a darle ánimo para las luchas presentes y futuras.
Como buen soldado de su pluma, desenfundó palabras patriotas dirigidas al corazón de su pueblo. Fue la libertad verbal que conmovió a un país y el enigma de los que no se rinden ante los poderosos.
Grabemos en nuestros corazones sus versos…
No caeré; mas si caigo, entre el estruendo,
rodaré bendiciendo
la causa en que fundí mi vida entera,
vuelta siempre la faz a mi pasado,
y como buen soldado,
envuelta en un jirón de mi bandera.
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