Cuando la patria entra a la cancha: Armandito Torres y la soberanía deportiva
Reseña al libro Armandito… Conciencia del deporte nacional, de José Enrique Laboy Gómez

Por Dr. Carlos I. Hernández Hernández
¡Oh, deporte, eres la paz! -Pierre de Coubertin
En 1912, Pierre de Coubertin obtuvo una medalla de oro en la competencia literaria de los Juegos Olímpicos de Estocolmo por su Oda al deporte. En aquel poema, el deporte aparecía como fuerza, belleza, justicia, alegría, fecundidad, progreso y paz. Más de un siglo después, aquellas palabras adquieren en Puerto Rico una resonancia distinta: para un pueblo sin soberanía política, el deporte ha sido también territorio de afirmación, espacio de resistencia y una de las pocas canchas internacionales donde la nación puede pronunciar su nombre con voz propia.
Puerto Rico vive una de las contradicciones más reveladoras de su historia contemporánea: carece de soberanía política, pero ejerce una soberanía deportiva reconocida internacionalmente. Compite con bandera propia, escucha La Borinqueña, viste un uniforme que lleva el nombre del país y presenta ante el mundo un Equipo Nacional. Durante esos minutos, el territorio subordinado se comporta como nación soberana; el país administrado desde afuera se representa a sí mismo; y el pueblo que no controla plenamente sus destinos políticos entra a la cancha sin pedir permiso para existir. Estudios recientes -que citaremos más adelante- han descrito precisamente a Puerto Rico como uno de los pocos territorios políticamente dependientes que conserva una representación deportiva separada.
Esa paradoja constituye el trasfondo indispensable para leer Armandito… Conciencia del deporte nacional, del historiador José Enrique Laboy Gómez. Publicado en 2025, el libro no es solamente la biografía de un baloncelista, dirigente y apoderado. Es una historia sobre la manera en que el deporte puede convertirse en escuela de ciudadanía, defensa de la identidad y afirmación de una voluntad nacional.
El doctor Félix R. Huertas González ha estudiado con profundidad la relación entre deporte e identidad nacional. En Deporte e identidad: Puerto Rico y su presencia deportiva internacional (1930-1950) examina la formación de una representación deportiva puertorriqueña en medio de la subordinación colonial. Su mirada permite comprender que el deporte no es una actividad aislada de la historia, sino un escenario donde se negocian símbolos, pertenencias y aspiraciones colectivas.
Desde esa perspectiva, la presencia internacional de Puerto Rico no constituye un simple privilegio administrativo ni una curiosidad del olimpismo. Es una forma de afirmación nacional. El deporte reúne sectores sociales, fortalece vínculos culturales y puede funcionar como medio de resistencia frente a las fuerzas que pretenden diluir la personalidad de un pueblo. El propio libro de Laboy recoge este planteamiento de Huertas: la actividad deportiva sirve como vehículo de afirmación nacional y como terreno donde se conquistan derechos y se forjan identidades.

A esta discusión se suma la voz del periodista ponceño José “Pepén” Fernández Colón, quien ha dedicado décadas a estudiar, narrar y preservar la historia deportiva del país. Su ensayo “Relación entre deporte y política en Puerto Rico”, incluido en el volumen Nación atlética, desmonta una de las frases más repetidas -y menos ciertas- del discurso público: que el deporte y la política no deben mezclarse. En Puerto Rico nunca han estado separados. La selección de los símbolos, el derecho a competir, el uso de la bandera, la ejecución del himno, la autonomía de las federaciones y la participación internacional son asuntos deportivos, pero también son decisiones atravesadas por relaciones de poder.
Armandito Torres Ortiz fue un ejemplo vivo de esa unión entre conciencia deportiva y compromiso nacional.
Nació el 18 de octubre de 1941 en el Hospital Damas de Ponce, pero un día después fue llevado a San Germán. Allí echó raíces entre las lomas de Santa Marta de San Germán, las leyendas del baloncesto, la Farmacia Martín, la cancha Arquelio Torres, las escalinatas de Porta Coeli y la memoria de los grandes jugadores del Monstruo Anaranjado. Su vida quedó unida para siempre a la Ciudad de las Lomas, pero su horizonte nunca se limitó a las fronteras municipales. San Germán fue su patria chica; Puerto Rico, la patria grande.
Armandito conoció el baloncesto desde todos sus ángulos. Fue mascota, jugador, árbitro, dirigente, apoderado, comentarista y pensador del deporte. Como jugador vistió el uniforme de Puerto Rico; como dirigente estuvo al frente del Equipo Nacional; como apoderado reconstruyó a los Atléticos de San Germán; y como columnista convirtió la palabra escrita en otra forma de entrar al tabloncillo. Para él, dirigir no consistía solamente en ordenar jugadas. El dirigente debía ser, como repetía, un “imaginador de posibilidades”.
Esa frase resume tanto su filosofía deportiva como su visión del país. Imaginar posibilidades significaba observar lo que otros consideraban imposible, estudiar las debilidades del adversario, desarrollar jugadores descartados y devolverle esperanza a una fanaticada. Pero también significaba pensar a Puerto Rico más allá de sus limitaciones coloniales. La cancha podía transformarse en un laboratorio de futuro: allí un puertorriqueño dirigía, decidía, organizaba, representaba y competía ante otras naciones en condiciones de igualdad.
Su defensa de la soberanía deportiva no fue abstracta. Armandito participó en la Asociación Puertorriqueña de Atletas y Deportistas y se enfrentó a los intentos de intervenir con los himnos, las banderas y la autonomía del Comité Olímpico. En aquella lucha entendió que permitir la intromisión del poder político en la representación deportiva equivalía a aceptar que Puerto Rico no tenía derecho a presentarse ante el mundo con sus propios símbolos. Por eso convocó a jugadores, dirigentes, fanáticos y ciudadanos a defender un espacio de dignidad que había sido conquistado durante décadas.
PublicidaSu columna “Conciencia Deportiva”, publicada en El Mundo, fue una prolongación de ese combate. Desde allí cuestionó las estructuras cerradas del baloncesto, reclamó transparencia administrativa, defendió a los jugadores y propuso democratizar las instituciones deportivas. Laboy identifica cuatro propósitos centrales en aquellos escritos: democratizar el deporte, abrir espacios de comunicación, entenderlo como instrumento de transformación social y subrayar el carácter puertorriqueñista de su visión.
Armandito comprendía que la soberanía no comienza únicamente en los parlamentos ni se limita a las constituciones. También se aprende administrando con honradez, respetando las reglas propias, protegiendo las instituciones nacionales y confiando en la capacidad del país para gobernarse. Un pueblo que organiza su selección forma sus atletas y defiende sus símbolos está practicando, aunque sea parcialmente, el ejercicio de decidir por sí mismo.
Sin embargo, la soberanía deportiva no debe convertirse en consuelo de la falta de soberanía política. No puede ser la excepción permitida para que olvidemos la regla colonial. Todo lo contrario: su existencia hace más visible la contradicción. ¿Cómo puede Puerto Rico ser reconocido como nación dentro de una cancha, pero tratado como territorio subordinado fuera de ella? ¿Cómo puede tomar decisiones sobre su representación olímpica, pero carecer de autoridad final sobre asuntos fundamentales de su economía, sus relaciones exteriores y su destino colectivo?
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Armandito no utilizó el deporte como anestesia. Lo convirtió en conciencia.
El campeonato de los Atléticos de San Germán en 1985, después de una sequía de treinta y cinco años de espera, representa uno de los momentos culminantes de esa visión. El triunfo desbordó la cancha: las lomas se llenaron de música, banderas, abrazos, lágrimas y memoria. Los ancianos que habían esperado décadas salieron a las calles; los niños bailaron; el pueblo recuperó una esperanza que parecía extraviada. Armandito dedicó aquella victoria a su padre, a su tío Arquelio, a San Germán y a Puerto Rico. Desde su patria chica colocó el campeonato a los pies de la patria mayor y recordó a Pedro Albizu Campos, nacido también un 12 de septiembre en el barrio Tenerías de Ponce. Así se cerraba simbólicamente el círculo entre la Perla del Sur, la Ciudad de las Lomas y la nación puertorriqueña.
Aquel campeonato fue mucho más que una serie ganada. Fue la demostración de que una comunidad podía organizarse, recaudar fondos, rescatar una institución, confiar en sus talentos y vencer los pronósticos. Fue una pequeña república levantada alrededor de un balón y un aro. Durante aquella temporada San Germán no esperó que otros vinieran a salvarlo: asumió la responsabilidad de su futuro.
Ese es quizás el legado más profundo de Armandito Torres. Nos enseñó que la identidad no es una consigna vacía ni una bandera que solo se levanta después de una victoria. Es trabajo, disciplina, memoria, responsabilidad y defensa de lo propio. Su patriotismo no se quedó sentado en las gradas. Bajó a la cancha, discutió con los árbitros de la historia, trazó estrategias y exigió que Puerto Rico jugara con dignidad.
Armandito solía decir: “Yo no juego de embuste”. Tampoco concebía de embuste su amor por San Germán ni su compromiso con Puerto Rico. Sabía que se podía diferir sin dejar de amar, competir sin perder la humanidad y defender una causa sin pedir disculpas por creer en ella. Su vida demuestra que el deporte, cuando posee conciencia, puede hacer algo más que producir campeones: puede ayudar a formar un país.
Cada vez que un Equipo Nacional entra a la cancha, Puerto Rico ensaya el país que puede ser. Decide su uniforme, levanta su bandera, canta su himno y se enfrenta a otras naciones sin complejos ni tutelas. Durante el tiempo que dura el juego, nadie pregunta si somos suficientemente grandes, adecuadamente ricos o políticamente poderosos para existir. El marcador reconoce lo que la política todavía se resiste a aceptar: que somos un pueblo con nombre, memoria y voluntad propia.
Armandito comprendió que el deporte era mucho más que una competencia o un marcador: era una escuela de vida, un espacio de encuentro y una esperanza reivindicadora para un país que, tantas veces dividido por la política y las desigualdades, ha sabido reconocerse unido bajo una misma bandera. Para él, la cancha debía pertenecer a todos los niños, sin distinciones de clase social, color de piel o lugar de procedencia. Allí, cada pase podía abrir un camino, cada canasto derribar una barrera y cada juego enseñar que ningún origen determina hasta dónde puede llegar una persona.
Su legado vive también en quienes recibieron su mano generosa. Armandito ayudó al desarrollo de José “Piculín” Ortiz, lo acogió en su propia casa y contribuyó a formar no solo a uno de los grandes baloncelistas de Puerto Rico, sino a un hombre que llevaría el nombre del país por las canchas del mundo. Ese gesto revela la verdadera grandeza de su obra: no se limitó a descubrir talentos, sino que abrió puertas, ofreció refugio y convirtió la solidaridad en una forma de hacer patria.
Décadas después, el destino le cantó a Piculín la quinta falta personal cuando apenas tenía 62 años. La chicharra final llegó demasiado pronto para quien tantas veces hizo vibrar las canchas y levantó al país con su juego. Sin embargo, su figura no desaparece cuando se apagan las luces del coliseo. Permanece en la memoria de un pueblo que lo vio crecer, triunfar y representar con orgullo los colores de Puerto Rico. En su trayectoria permanece también la huella de Armandito, porque detrás del atleta que alcanzó la gloria estuvo aquel hombre que supo reconocer su talento, abrirle las puertas de su hogar y acompañarlo en los primeros pasos de su camino.
Recordaremos para siempre a Piculín, pero recordaremos también a Armandito y la visión humanista que hizo posible parte de aquella historia. Ambos legados se encuentran en cada niño que recibe una oportunidad, en cada entrenador que comprende que formar seres humanos es más importante que ganar campeonatos y en cada atleta puertorriqueño que levanta nuestra bandera ante el mundo. Hay hombres que, aun después de abandonar la cancha, continúan jugando en la memoria colectiva e iluminando el porvenir de su país.
Esta historia nos recuerda que Puerto Rico ya conoce el significado de representarse, organizarse y decidir por sí mismo. Lo hace cada vez que sus atletas compiten con nombre propio, cada vez que una victoria reúne al archipiélago entero y cada vez que nuestra bandera asciende mientras se escucha “La Borinqueña”. En ese instante, el deporte deja de ser solamente un juego y se convierte en afirmación colectiva, en espacio de dignidad y en ejercicio vivo de soberanía deportiva.
La pregunta, entonces, no es por qué Puerto Rico puede ejercer soberanía dentro del deporte. La verdadera pregunta es por qué esa capacidad de representarse, organizarse y decidir por sí mismo habría de detenerse cuando termina el juego, cuando suena la chicharra final y se apagan las luces de la cancha. Quizá el legado más profundo de Armandito y Piculín consista precisamente en invitarnos a imaginar un país que, como aquellos niños a quienes el deporte abrió sus puertas, se atreva a entrar en la cancha de su propia historia, levantar la mirada y jugar, por fin, con la certeza de que también puede decidir su destino.
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Sobre el autor
Dr. Carlos I. Hernández Hernández
Historiador Oficial de Puerto Rico.Ver artículos de Dr. Carlos I. Hernández Hernández
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