¿Qué hacemos después de protestar? Hacia una organización política de la clase trabajadora
Después de cada protesta queda una pregunta que no podemos seguir evitando: ¿qué hacemos después? Las luchas por el agua, contra Esencia, por la defensa de nuestras comunidades y por mejores condiciones de vida demuestran que existe malestar, organización y disposición para luchar. Pero si queremos que esa fuerza no se disperse cuando termine la manifestación o llegue el próximo ciclo electoral, tenemos que convertir la indignación en organización permanente. Es hora de construir comités de trabajadores y de barrios desde las luchas existentes y comenzar a desarrollar una organización política propia de la clase trabajadora.


Por Bianca Morales
La movilidad social que se está desarrollando en Puerto Rico, desde las recientes manifestaciones de los trabajadores y trabajadoras de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA), hasta las luchas comunitarias y ambientales contra el proyecto Esencia y las movilizaciones espontáneas provocadas por la crisis de los servicios esenciales, expresa un elemento que no debe pasar desapercibido: existe un creciente malestar y una acumulación de conciencia social entre las masas trabajadoras. La lucha por reivindicaciones concretas siempre puede convertirse en la punta de lanza de transformaciones mayores. Esto no es nuevo en Puerto Rico. Durante años, distintos sectores han luchado contra el deterioro de las condiciones de vida y trabajo. Lo nuevo es que esas condiciones continúan empeorando y, con ellas, también se acumulan las razones para pasar de la resistencia inmediata a una transformación política.
Debemos ser honestos con nosotros mismos y asumir la responsabilidad que corresponde. Las organizaciones que hoy se manifiestan llevan años luchando y, en ocasiones, han sido señaladas con los mismos prejuicios y argumentos utilizados por los sectores corruptos del bipartidismo. Precisamente de eso tenemos que comenzar a desprendernos. Las masas trabajadoras tienen que empezar a desconfiar de estructuras políticas que ya han demostrado suficientemente para quiénes están hechas. Las manifestaciones necesitan apoyo masivo porque cuando una movilización logra expresar el descontento de amplios sectores de la población, deja de ser solamente una protesta y comienza a convertirse en una fuerza social significativa.
Pero entonces aparece una pregunta fundamental: ¿qué ocurre después de la manifestación? ¿Dónde queda ese movimiento cuando regresen las elecciones? ¿Qué sucederá cuando las iglesias vuelvan a cumplir su función de apaciguar el coraje de las masas trabajadoras? ¿Qué ocurrirá cuando sectores de la izquierda continúen apostando al ciclo electoral dominado por la burguesía, cuando algunos sigan fragmentando la lucha en reivindicaciones aisladas o cuando sindicatos burocratizados vuelvan a alinearse con el bipartidismo a cambio de beneficios particulares? Si la clase trabajadora continúa dispersa, esas fuerzas volverán a ocupar el espacio político. Por eso, el vacío político que hoy se llena muchas veces mediante la espontaneidad tiene que comenzar a llenarse mediante organización política permanente.
Las movilizaciones actuales pueden ser mucho más que campañas de activismo. Pueden convertirse en el punto de partida para construir las bases de un poder político propio de la clase trabajadora. La acción inmediata es indispensable, pero no puede sustituir la organización política permanente. Por el contrario, una organización política de trabajadores y trabajadoras permitiría hacer más ágiles las luchas inmediatas y, al mismo tiempo, convertir cada movilización en una escuela de liderazgo, debate político, toma de decisiones y organización colectiva. No podemos seguir esperando que la conciencia política aparezca espontáneamente cuando las condiciones ya nos están obligando a plantearnos una alternativa al dominio burgués.
El bipartidismo continúa dominando, entre otras razones, porque mantiene una influencia profunda sobre las bases obreras y porque millones de trabajadores siguen dependiendo de estructuras que pretenden representarlos políticamente. Esa realidad difícilmente cambiará mientras no exista un organismo político dirigido democráticamente por los propios trabajadores, capaz de discutir y construir una alternativa independiente de la burguesía. Aquí también existe una responsabilidad para algunos sectores políticos de izquierda. Si se habla de socialismo, independencia y transformación social, pero no se confía en la capacidad política de la clase trabajadora para organizarse y gobernar sus propios asuntos, se termina reproduciendo una visión burguesa o pequeño burguesa de la política.
La clase obrera y sus capas más pobres no solo somos mayoría, sino que también somos históricamente quienes más sufrimos las consecuencias de la crisis y, precisamente por eso, poseemos condiciones materiales para darle un giro profundo a la situación de Puerto Rico. Pero esa posibilidad no se desarrolla en lo abstracto. Tiene que construirse en lo concreto. Hay que comenzar a hablar de democracia obrera. La clase trabajadora continúa dispersa mientras buena parte de las ideas sobre el futuro son formuladas por estructuras que no están organizadas a imagen y semejanza de los propios trabajadores. Sin embargo, las organizaciones que actualmente se están movilizando tienen una oportunidad extraordinaria: transformar la acumulación de luchas existentes en una organización política permanente de la clase trabajadora.
Y ya existe un punto de partida. Tomemos como ejemplo a Defiende a Cabo Rojo. Lo que comenzó como una campaña local contra Esencia ha avanzado hacia una red nacional. La organización ha anunciado movilizaciones en distintos municipios bajo el concepto “78+ contra Esencia y por la vida”, buscando conectar organizaciones locales y ejercer presión sobre alcaldes y funcionarios. Esto constituye un adelanto importante, pero debemos preguntarnos qué limita ese proceso. Si ya existe una campaña organizativa, coordinación territorial y discusión política, ¿por qué no llevarla a un plano directamente político? ¿Por qué limitarse a exigir o presionar cuando podemos comenzar a discutir quién debe administrar nuestros recursos naturales y para beneficio de quién deben utilizarse?
La propia coalición plantea conectar distintas luchas territoriales y ambientales, sin limitarse exclusivamente a Esencia. Su composición reúne organizaciones comunitarias, ambientales, profesionales y otros sectores. Esa experiencia puede elevarse hacia una organización política permanente de la clase trabajadora. ¿Qué esperamos? ¿Las elecciones? ¿O podemos aprovechar este momento como pieza angular de una lucha inmediata y, al mismo tiempo, como un ensayo de lo que debería ser la administración de los recursos que existen en nuestras comunidades y centros de trabajo?
La lucha de Exigimos Agua ofrece otro ejemplo todavía más concreto. Esta coalición reúne comunidades alrededor de una reivindicación fundamental: cambios estructurales en la AAA y una solución al problema del servicio de agua. Aquí existe una posibilidad enorme. Los trabajadores y trabajadoras de la Unión Independiente Auténtica (UIA), junto a las comunidades afectadas, podrían participar en la construcción de un programa político que no se limite a exigir un mejor servicio, sino que comience a discutir cómo debe organizarse y administrarse la AAA para responder a las necesidades de la población. ¿Por qué no discutir abiertamente la administración de la AAA por la propia clase trabajadora, junto a las comunidades que dependen de ella?
Tanto las luchas contra Esencia como las movilizaciones por el agua contienen, aunque todavía de manera prematura y espontánea, elementos de coordinación que pueden llevarse a un nivel superior: la creación de comités comunitarios y comités de trabajadores. Estos comités podrían surgir desde las propias bases de coordinación existentes y avanzar hacia la elaboración de un programa político común, una estructura permanente de dirección democrática y espacios para discutir alternativas de poder dirigidas por la clase trabajadora. Entonces la pregunta vuelve a aparecer: ¿por quién estamos esperando? ¿Por Dalmau? ¿Por el bipartidismo? ¿Por Eliezer Molina? ¿Por la exclusividad del activismo social y político? ¿Por las mismas estructuras institucionales que nos han llevado al colapso? No podemos seguir esperando.
Mientras no elevemos el carácter político de estas luchas, las demandas continuarán relativamente separadas: agua, oposición a Esencia, defensa de las costas, energía, vivienda, conservación ambiental, participación ciudadana y tantas otras. Pero existe la posibilidad de aprovechar esta infraestructura social que ya está surgiendo para transformarla progresivamente en una fuerza política de la clase trabajadora. Ahí reside una diferencia fundamental con los partidos tradicionales y con las fórmulas electorales existentes. Las coaliciones actuales no necesitan comenzar definiéndose como proyectos electorales. Pueden comenzar creando organismos políticos de la clase trabajadora alrededor de problemas materiales concretos.
Porque es precisamente en esos problemas donde puede comenzar una transformación de la conciencia. “No tenemos agua.” Entonces preguntamos: ¿por qué no tenemos agua? ¿Cómo y quién administra la AAA? ¿Quién controla nuestros recursos? ¿Por qué se priorizan determinados proyectos? ¿Quién toma las decisiones? Estas preguntas pueden convertirse en materia de discusión y organización dentro de los comités de trabajadores y de barrios. Cuando las personas que sufren directamente los problemas comienzan a discutir quién decide, cómo se administra y para quién se utilizan los recursos, la lucha comienza a trascender la simple reivindicación.
Los comités de trabajadores y comunidades no tienen por qué limitarse a negociar con empresarios o presionar gobiernos. Pueden convertirse en espacios donde los trabajadores y las comunidades discutan, decidan y busquen ejecutar colectivamente soluciones en sus centros de trabajo y barrios. En su etapa inicial, pueden constituir una vanguardia todavía incompleta de la organización política obrera. Pero precisamente por eso tienen un enorme potencial: pueden trascender la lucha exclusivamente reformista y comenzar a abrir el camino hacia la construcción de un poder propio. Estos organismos pueden consolidarse progresivamente a nivel nacional y garantizar una estructura política permanente.
La historia reciente de Puerto Rico ha ofrecido grandes ejemplos de organización social. El reto actual no consiste simplemente en repetirlos, sino en aprender de ellos y avanzar de acuerdo con las condiciones presentes. Y esas condiciones ya están mostrando elementos de coordinación tanto en las luchas contra Esencia como en Exigimos Agua. Por eso, la próxima manifestación convocada en Cabo Rojo puede ser algo más que otra jornada de protesta. Puede convertirse en un espacio para reunir a esa multitud y plantear una propuesta concreta: crear inmediatamente comités de trabajadores y de barrios en los centros de trabajo y comunidades de todo Puerto Rico.
Comités de Trabajadores y Trabajadoras de la Educación. Comités de Trabajadores y Trabajadoras de la AAA. Comités de Trabajadores de la Energía. Comités de Trabajadores y Trabajadoras en cada centro laboral. Comités de Barrio en las Parcelas de Boquerón. Comités en cada comunidad dispuesta a organizarse. Estos organismos no tendrían que surgir todos de la misma manera ni responder desde el primer momento a una estructura nacional. Lo fundamental es comenzar desde las necesidades concretas de cada centro de trabajo y cada comunidad, desarrollar mecanismos democráticos de participación y conectar progresivamente esas experiencias con otras luchas.
No se trata de esperar otra elección, otro candidato o otra crisis. Se trata de comenzar a construir, desde las luchas que ya existen, los organismos mediante los cuales la clase trabajadora pueda discutir su propio futuro. La manifestación puede terminar cuando la multitud se disperse. La organización no puede hacerlo. El desafío es convertir la indignación en organización, la organización en conciencia política y la conciencia en una fuerza capaz de disputar el poder.
Puerto Rico necesita que las protestas comiencen a organizar el poder de quienes las protagonizan: los trabajadores y trabajadoras y sus comunidades.
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